Por Natalia
López Moratalla.
Catedrática de Bioquímica
La forma de plantear las cuestiones
científicas está cambiando radicalmente en
la actualidad. Pero la naturaleza
propiamente dicha de la ciencia no ha
cambiado, ni puede hacerlo realmente. Esto
es especialmente evidente en el campo de la
biomedicina. La imagen humanitaria, propia
de la investigación que lucha por salvar
vidas humanes, por curar la enfermedad y
para paliar el dolor, a la que se apela no
es coherente con los medio que se pretende
emplear, y se emplean en ciertos casos para
conseguirlo. Es una contradicción con el fin
declarado de curar enfermedades de unos,
emplear a otros; o incluso llamar a la vida
sólo para ser utilizados como material
biológico. La naturaleza de la ciencia no
cambia; lo que debatimos, y sobre lo que
deliberamos, es cambiar la valoración de la
vida de unos a conveniencia de otros. En
nombre de la ciencia se trata de imponer a
nuestras sociedades una actitud hacia la
vida misma incompatible con los valores de
toda sociedad democrática. Pero esa actitud
no encuentra apoyo en la ciencia rigurosa.
1. ¿Tiene el mismo estatuto un embrión
in vitro que un embrión in útero?
Desde el punto de vista biológico la vida
humana comienza tras la fecundación con la
aparición de una realidad celular con
fenotipo cigoto. La fecundación no es un
“instante”, sino un proceso que dura horas y
sólo tras la constitución del cigoto, al
final del proceso de fusión de los gametos,
se establece la identidad genética del nuevo
individuo. Sea como fuere la forma y el modo
como ha llegado a la vida, cada cigoto vivo
es un ser humano con el carácter personal
propio y específico de todos los individuos
de la especie humana. El ciclo vital tras la
concepción tiene un comienzo y un final
definidos. Y a lo largo de su existencia
cada uno requiere, de diferente manera y con
intensidad diferente, la interacción con el
medio en que se desarrolla.
El que a un embrión in vitro no se le
destine (temporal o definitiva) a su
implantación en el seno materno, no
significa que su valor o status sea
diferente al embrión en útero: o es un
embrión humano o no lo será nunca. Sólo
significa que sus “progenitores-dueños” no
quieren, o no pueden permitirle que anide.
La visión de que la fuerza del status
moral de una entidad depende de en qué
espacio se le coloque, y por cuanto tiempo
esté fuera “de su sitio propio” es algo que
carece de justificación biológica y
ontológica. El concepto de embrión no
implantable no corresponde a una
situación natural sino que está creada por
la manipulación artificial del proceso de
transmisión de la vida.
Dos cuestionen incitan la duda, o más bien
el debate, acerca de si un embrión in
vitro tiene o no la misma realidad que
un embrión in útero.
1.1. Se puede fácticamente detener la
vida
En primer termino, la práctica de las
técnicas de reproducción humana -en muchos
casos abusiva en exceso- ha convertido el
fruto de la generación humana (los embriones
precoces) en poco más que una propiedad de
los donantes de gametos. El consenso entre
el deseo de los padres y la voluntad de
satisfacción de tal deseo por parte del
equipo biomédico prevalece sobre los serios
deberes que la existencia de ese embrión
impone al hombre y a la mujer de quienes
procede. Han dado vida a un hijo que exige
protección y que por tanto requiere ser
depositado en su ámbito natural materno para
proseguir la gestación. Todo embrión de
hecho no obtiene su derecho a existir de la
común acogida de sus progenitores, de la
aceptación de una mujer, o de una
determinación legal, sino de su condición de
ser humano. La implantación diferida en el
tiempo se ha hecho posible por las técnicas
de cultivo y crioconservación a largo plazo
de los embriones preimplantarios; con ello
se percibe muy diluida la responsabilidad
natural de los padres con el embrión y se da
una progresiva despersonalización en la
relación paternidad-filiación.
Una anidación o un embarazo diferido
-incluso hasta su conversión en sobrante-
turba y trastoca aun más la transmisión de
la vida hasta el punto de llegar a
considerar al hijo una propiedad disponible.
Disponible y abandonable.
La legislación admite la crioconservación de
embriones (y determina una duración máxima)
para evitar los intrincados problemas
jurídicos que podrían surgir en torno a esos
hijos cuya vida se ha detenido por la
congelación en espera de un futuro bastante
incierto. Aunque se trata de una realidad
que lleva años produciéndose de hecho no es
necesariamente inevitable. La existencia de
embriones producidos en exceso y de
embriones crioconservados, es una situación
irresponsable que debe necesariamente acabar
y resolverse de una vez para siempre como
situación excepcional.
1.2. La posibilidad fáctica de
producir embriones en exceso
La segunda cuestión es derivada de la
mentalidad surgida de la practica de la
fecundación in vitro. Es la
pretensión de justificar la fecundación de
más de un óvulo para disponer de la una
mayor número de embriones preimplantatorios,
bien para aumentar la eficacia procreativa
con las menores molestias posibles, o bien
para permitir la selección de aquellos
embriones considerados los óptimos por su
estado de previsible salud, o por mera
elección del sexo. Pero la lógica del
escoger es muy exigente: la posibilidad de
escoger lo óptimo está en relación directa
al numero producido. Aparecen así los
adjetivos de embriones subóptimos,
inviables, sobrantes, no implantables,
crioconservados. Términos todos ellos que no
modifican la realidad humana de los
embriones, pero que de forma imperceptible y
gradual suaviza la carga eugenésica de esta
práctica.
El proceso gradual de cambio en la forma de
plantear las cuestiones biomédicas es obvio.
Al inicio se pretendió justificar la
necesidad de una alta producción para poder
implantar varios embriones al mismo tiempo,
y facilitar así la supervivencia de alguno
de ellos, aumentando la escasa eficacia de
la práctica de la FIV. Esta medida ha sido
contestada por los clínicos dado que los
posibles embarazos múltiples no sólo son un
peligro para la madre sino que han resultado
un déficit para los niños que nacen
prematuros. El aborto selectivo de algunos
de ellos (conocida con el eufemismo de
reducción embrionaria) no resuelve el
segundo problema.
A su vez el tratamiento para inducir
multiovulación se desaconseja
científicamente[1]: los embriones producidos
por fecundación de la aproximada docena de
óvulos obtenidos tras multiovulación son
defectuosos, por su procedencia de óvulos
menos maduros que los que se forman en un
ciclo natural, en cuanto a su desarrollo y
capacidad de anidación. Si a su vez se
seleccionan los mejores de entre ellos es
obvio que los “sobrantes” que se congelan
son precisamente los más débiles y a los que
más les afecta el proceso de
congelación-descongelación. La sospecha de
la mayor debilidad que presentan estos
embriones una de las causas para que
aquellos donables y donados por padres
biológicos no sean fácilmente “acogidos” por
otras parejas, y que tras el tiempo que
permita la ley, pasen a disposición del
centro biosanitario para acabar siendo
potencial material biológico para
investigación. Más aún, la misma
probabilidad de ser defectuosos elimina
estos embriones para un uso terapéutico; es
decir cuando la investigación aplicada logre
dominar las células madre embrionarias que
proceden de ellos, será necesario producir
nuevos embriones para obtener esas células
de padres biológicos fértiles y donantes de
óvulos maduros.
Posteriormente se impuso el diagnostico
preimplantatorio a fin de asegurar que sólo
fueran gestados aquellos embriones que no
presentaran taras heredables. El deseo de un
hijo se transformó en exigencia de un hijo
sano. La existencia de algunas enfermedades
ligadas al sexo abrió el campo a la elección
del mismo y de ahí a la oferta de selección
de sexo que satisfaga el deseo legitimo pero
“no crucial” de los padre a elegir el sexo
de su hijo (siempre que no sea un sistema de
discriminación). Los centros de reproducción
humana asistida recomiendan hacerlo por la
técnica de la selección de los espermios,
portadores de cromosoma X o de cromosoma Y.
Consideran desproporcionada la selección de
los embriones del sexo deseado con abandono
del resto, pero podría aceptarse -afirman-
si las parejas donasen a otras los embriones
del sexo no deseado para la reproducción.
1.3. La supuesta potestad de disponer
del destino de los embriones
En esta cultura de la producción técnica,
van unidas una débil, o al menos temporal,
oposición a crear expresamente embriones
para investigación con la aceptación a
experimentar con los sobrantes de los
programas de fecundación in vitro.
Tales embriones sobrantes, con un largo
periodo de crioconservación y de hecho no
implantables (por no ser acogidos en útero)
están condenados a morir, tal vez de forma
lenta por la congelación pero
inexorablemente: son vidas detenidas
que no van a ser reanimadas tras la
descongelación y transferidas al útero de
una mujer. Para justificar la investigación
con embriones, ahora los sobrantes y más
adelante a la carta, se despoja a los
embriones preimplantatorios de valor
ontológico, o se convierte el problema en un
magnífico caso de que el fin justifica los
medios. Los investigadores podrán así ver en
el embrión humano no como una entidad con
valor intrínseco, sino dotado de
posibilidades para los intereses y objetivos
y utilidades científico-comerciales.
Y con ese enfoque, o error, de partida en la
consideración del valor del embrión humano,
los investigadores han abdicado del rigor de
la investigación científica y puesto en
evidencia las paradojas internas del
argumento de la necesidad para el progreso
científico.
- ¿cómo garantizar que van a obtener
respuesta válida, conocimiento verdadero, a
las preguntas que se consideran tan
cruciales como para justificar el sacrificio
de vidas humanas incipientes?
- ¿cómo encontrar la “justificación” médica
de las técnicas de FIV si es evidente la
creación de una presión
científico-médico-comercial para
introducirlas al servicio de nuevos deseos
que permitan colmar los “derechos
reproductivos”?
- ¿ cómo apelar al imperativo científico del
progreso si no se investiga ni las causas,
ni los procedimientos para paliar la
infertilidad?
- ¿cómo justificar el mantener en la
legalidad una investigación directa con
embriones humanos, en el contexto de la
reproducción asistida, sin el requisito
mínimo y esencial de una previa
investigación con animales?
Han pasado demasiados años desde que la FIV
se introdujo como solución de emergencia de
una creciente falta de fertilidad. La
solución de emergencia ha creado problemas
más graves para la vida del embrión y de los
nacidos de los que ha solucionado[2]. Más
aún, ha creado la falsa expectativa de que
toda persona en cualquier situación puede
reclamar un hijo en base a un ambiguo
derecho reproductivo.
Parece obvio que necesitamos asumir la
evidencia de que la realidad humana en
desarrollo es humana, y abandonar la
insistencia en adscribir valor moral a lo
humano en función de su contexto y de
valores externos adjudicados por otras
personas. Al rehuir la perspectiva del
carácter personal de la realidad humana
embrionaria se pasa necesariamente al
imperativo moral de la compasión a las
parejas sin hijos y de ahí al imperativo
moral de la compasión a los enfermos que nos
obliga a la investigación destructiva y
consumidora de embriones. Es más, se
presenta la gravedad de ciertas enfermedades
para dar carácter de urgencia a tales
investigaciones “por no haber otras
soluciones o al menos ser soluciones
lentas”: única o al menos la mejor solución
se ha hecho en estos años dogma inamovible
de la medicina regenerativa.
2. La realidad embrión humano en los
primeros seis días tras la fecundación.
Dos características del embrión precoz han
llevado a algunos a pensar que la vida
humana en los primeros días de desarrollo
antes de la implantación, sería insuficiente
para que se pueda asumir que posee el
carácter personal propio de todo individuo
de la especie humana.
Una de esas peculiaridades se refiere a la
capacidad natural de gemelación monocigótica:
la fisión o división espontáneamente de un
embrión antes de la anidación. Para algunos
supondría indefinición o carencia de
organización individual. La argumentación se
basa en que mientras exista posibilidad de
gemelación, la identidad del ser humano no
está determinada, y de ahí que no se pueda
decir que exista ningún individuo en
concreto. Carecería de una de las
propiedades esenciales de un individuo: la
unicidad o el ser único.
Una segunda propiedad esencial para ser un
individuo es la unidad: ser una realidad
distinguible de toda otra realidad. Pues
bien, la posibilidad de formación de
quimeras a partir de cigotos humanos se ha
considerado también como manifestación de
carencia de individualidad. La indefinición
del embrión preimplantatorio respecto a
ambas propiedades ha hecho dudar acerca de
que pudiera existir “alguien”, un sujeto, ya
que la identidad del ser que nacerá al final
aún no está determinada.
Una tercera peculiaridad es la viabilidad
natural del embrión preimplantatorio, dada
la frecuencia, supuestamente excesiva, de
perdidas espontaneas de embriones precoces.
Y en ultimo lugar, y más recientemente, se
añade la carencia de una autonomía en su
relación con la madre que le gesta. En este
punto está jugando un papel importante la
tendencia a considerar que sólo tienen
derechos los individuos autónomos capaces de
sentir y pensar que repite la ideología de
la autonomía total del ser humano.
Analizaremos estos aspectos estableciendo a
su vez la comparación de las similitudes y
diferencias entre el embrión concebido y el
creado y cultivado in vitro.
2.1. En los seres vivos cada nivel de
desarrollo es más que suma de los elementos
de partida.
En biología, el concepto de individuo no
remite a la imposibilidad de división, sino
a la idea de organización de la estructura.
El que un embrión puede acabar en gemelos o
en quimera no significa que no sea
individuo, o que no desarrolle como
individuo. Cada ser vivo es un individuo
cuando es un organismo, es decir, una unidad
integrada por estructuras y funciones, sea
cual sea su nivel de complejidad.
En los últimos años se han alcanzado nuevos
paradigmas biológicos del desarrollo hacia
la complejidad orgánica, con sus leyes
propias: un material de partida que tiene la
peculiar propiedad de poseer información
genética, la información posicional en el
espacio embrionario orgánico, la emergencia
de información con el desarrollo mismo por
interacción medio-genes y la continua
autoreferencia del individuo, en sus
diversas etapas vitales, a la identidad
conferida fundamentalmente por la
información genética heredada de sus
progenitores.
El desarrollo no depende sólo de los genes,
sino de una compleja interacción entre
genes, citoplasma, información posicional de
las células, entorno materno, etc. La
embriogénesis no es el desarrollo mecánico
del programa del genoma: tienen un papel
importante los factores espaciales y
temporales, así como las fluctuaciones al
azar de la concentración de las señales
moleculares que aparecen con el desarrollo.
Ahora bien el ser humano, el individuo
concreto, es inseparable de su desarrollo:
en cada fase el fenotipo que adquiere,
cambiante con el tiempo de desarrollo y
maduración, hace referencia intrínseca e
inseparable a la información genética con la
que se constituyó a partir de los materiales
heredados de sus progenitores.
Esta autorreferencia aporta la conexión del
embrión preimplantatorio con el término de
la embriogénesis, el feto, y del feto con el
termino del desarrollo fetal, el nacido y
así sucesivamente. Es realidad humana,
individuo de la especie, persona desde que
es cigoto porque posee toda la información
del sistema respecto al término: posee la
capacidad de un desarrollo orgánico
Para la mayoría, el embrión humano tiene un
valor alto, superior al de un cultivo de
tejidos humanos somáticos, debido a que
tiene identidad humana y un elevado
potencial de convertirse en persona y
merece, por ello, una protección que
trasciende la que aplicamos a animales. La
cuestión que debe ser justificada es -si no
fuera persona por el simple hecho de ser
individuo de nuestra especie-, qué estatuto
asignarle, y en qué fase de su desarrollo y
en razón de que cobraría los derechos
inherentes a la persona.
No podemos distinguir entre seres humanos y
personas. Podemos distinguir diferentes
fenotipos o diferentes fases en el
desarrollo humano, pero no crear estadios
con diferente nivel de realidad ontológica.
Una vez que comienza el desarrollo de un ser
humano, establecer una frontera para
comenzar a su protección implica una
decisión arbitraria.
2.2. Vida y muerte del embrión
preimplantatorio
La definición de vida y la constatación de
la muerte de un embrión preimplantatorio
in vitro, al igual que la de un embrión
en útero, o de un nacido, o de un adulto,
obviamente requieren el mismo criterio: la
existencia o constatación de perdida,
respectivamente, de la función vital
unitaria como organismo.
La vida como organismo individual es un
proceso unitario e integrado. Cada célula es
parte del todo en cuanto se está dando esa
función vital de crecimiento diferencial
organizado, en el espacio corporal y en el
tiempo, que tuvo su arranque en la
activación mutua de los gametos en la
fecundación que originó la célula con
fenotipo cigoto. Esta célula polarizada es
más que la suma de los gametos: es un nuevo
individuo que inicia un ciclo vital con
desarrolló, maduración, etc. En cada una de
las etapas iniciales de la existencia, cada
embrión requiere un medio y unas
interacciones específicas muy precisas para
desarrollarse en un proceso de desarrollo
embrionario, que es continuo en el tiempo y
ordenado en el espacio. Sin esas condiciones
imprescindibles el embrión muere, al perder
la función vital que hasta entonces poseía:
el crecimiento y diferenciación celular
según el lugar que ocupa cada una de ellas
en el diseño corporal que se traza con la
fecundación del óvulo por el espermio.
Actualmente, el criterio de constatación de
la muerte de una persona es la cesación
total e irreversible de toda actividad
encefálica[3], como manifestación de la
perdida de la vida como organismo. De igual
manera, el mismo criterio que define la
realidad “muerte del embrión” es la que
define su carácter de individuo desde la
concepción.
En efecto, la polarización del cigoto y el
establecimiento de los ejes del embrión,
como detallaremos después, demuestran sin
lugar a dudas la organización del embrión
desde el día uno de su existencia como
unidad vital. Desde el punto de vista de la
biología del embrión se puede afirmar
claramente la distinción entre la muerte del
embrión y la permanencia con vida de algunas
de sus células, de forma semejante a como se
distingue entre muerte del individuo y
órganos funcionando (por ejemplo, el corazón
latiendo) después. El individuo humano
embrión de varios días está vivo, y existe,
o está muerto. Las células que componen la
masa celular interna darán lugar a todos los
órganos y tejidos siempre y cuando estén
formando parte de la unidad orgánica viva
que es esa persona, y sólo entonces.
El concepto de muerte clínica del embrión
preimplantatorio crioconservado tiene la
particularidad de que su existencia está
detenida en el tiempo por la congelación: es
decir está parado su proceso vital de
desarrollo o función de crecimiento
orgánico. Mientras permanezca en ese estado
no es posible constatar si ha muerto o no
puesto que justamente el proceso vital está
detenido. Si el proceso de desarrollo se ha
parado por la congelación requerirá para
recomenzar, y continuar viviendo, que ese
embrión sea descongelado y reanimado.
Por ello se puede afirmar, que detenida la
vida por congelación cesa de inmediato la
función vital si tras la descongelación el
embrión no tiene las condiciones requeridas
para reiniciar y posteriormente continuar el
proceso vital de desarrollo. La
descongelación de un embrión vivo
crioconservado que se realizase sin las
condiciones y el medio de cultivo adecuado
para poder reanimarle muere con la
descongelación: no hay en él actividad
vital, no hay proceso funcional de
desarrollo unitario.
Sus células (que pueden ser funcionales como
tales células pero no como individuo),
pueden tomarse si van a ser donadas para
investigación, sin necesidad de delimitar un
periodo de tiempo después de la constatación
de que la muerte ha acaecido. De forma
análoga a como la detección de actividad
cerebral (muerte encefálica) permite
constatar si ha acaecido ya, o no, la muerte
del individuo, la perdida irreversible de la
función vital propia de crecimiento
diferencial (está en situación de
imposibilidad fáctica de reanudar o
reiniciar el proceso de desarrollo orgánico)
es signo indicativo, es signo, de que la
muerte del embrión ha acaecido.
Sólo el cadáver de embrión, como el cadáver
del nacido, puede donarse para transplante o
para investigación. Ciertamente las células
del embrión muerto no estarán en situación
exactamente igual que si está vivo, como los
órganos de un hombre muerto empiezan a
deteriorarse en el tiempo que media la
muerte y el transplante. Pero no usar como
material biológico un embrión humano vivo es
el mínimo que deberíamos exigirnos. Esto no
es una cuestión de matiz y tampoco es una
precisión hipócrita: investigar con
embriones vivos, aunque el destino más
probable sea morir al habérseles negado la
gestación, es una cosa y otra muy diferente
usar las células procedentes de embriones
que han muerto.
Hay un hecho específico de la vida
incipiente que se presenta más adelante: el
carácter totipotencial de conjuntos
específicos de sus células, que en tanto
separadas del organismo o cadáver del que
formaban parte, separadas de la unidad
orgánica, tienen capacidad de iniciar un
nuevo ciclo vital y dar lugar a un nuevo
ser. Ahora bien, una célula del embrión
humano de dos, o de cuatro, u ocho células,
o de la masa interna del embrión blastocisto
no tiene carácter totipotencial; en tanto
esté formando parte del embrión la
totipotencialidad es del embrión en
desarrollo. Sólo sacada de él, y manipulada
artificialmente, podría dar lugar (y por
ahora sólo teóricamente) a la formación de
un nuevo ser (uno o varios): gemelos
artificiales. La posibilidad de producir
artificialmente un nuevo embrión sacándolas
y manipulándolas no implica que cada una de
ellas sean en sí un embrión potencial
“dentro de otro embrión vivo o cadáver”.
Sólo serian capaces de reiniciar un nuevo
desarrollo, como gemelo artificial del
primer embrión, en unas condiciones muy
concretas de colocación en una envoltura
similar a una zona pelúcida de óvulo, medios
especiales de cultivo, etc. , o inserción en
otro blastocisto para dar una quimera.
En tales casos se habría producido
artificialmente un gemelo, o una quimera, a
partir del material biológico del embrión
cadáver donante. Ha habido un proceso de
producción in vitro de un nuevo
embrión por gemelación artificial, o por
fusión celular. Pero esa posible
manipulación de producción de un nuevo ser
no implica indefinición de la situación de
viva o muerte del embrión preimplantatorio.
3. El fenotipo cigoto e inicio del nuevo
ciclo vital
El conocimiento de la primera división del
cigoto, que ocurre dentro del primer día
tras el inicio de la fecundación, ha
permitido conocer que los ejes cabeza-cola y
dorso-ventral presentes en el blastocito
estaban incoados desde el momento de la
concepción. El cigoto se establece como
célula polarizada y por ello su primera
división se realiza de forma meridional con
el plano fijado por el polo heredado del
óvulo y el punto de entrada del espermio. En
efecto se ha podido demostrar la existencia
de un polo en el huevo fecundado ya que el
segundo corpúsculo polar permanece adherido
a la superficie del embrión en una posición
establecida que determina un polo del
cigoto. Zernicka-Goetz sospechó que el acto
mismo de la fecundación era la clave para
que se fijara un segundo polo, y
efectivamente encontró que se trataba del
punto por donde había penetrado el esperma.
En la mayoría de los casos, la posición
marcada coincidía aproximadamente con el
ecuador de la primera división celular,
indicando que el punto de ingreso del
esperma determina el plano por donde se
divide la célula la primera vez.
En experimentos posteriores marcaron las dos
primeras células de diferente color, usando
tinturas disueltas en aceite de oliva y
rastrearon sus descendientes en el
blastocito. Una célula generalmente da
origen a la región de la masa celular
interna y la otra a la región destinada
principalmente a formar la placenta y otros
tejidos de apoyo. La conclusión de Zernicka-Goetz
es que la primer división del huevo influye
en el destino de cada célula y por último,
en todos los tejidos del cuerpo. En efecto,
la organización del embrión está creada
antes de la implantación[4]. Esto supone un
cambio profundo en nuestra idea del embrión.
Hace unos pocos años, como comenta en
Nature Helen Pearson[5], nadie se
hubiera atrevido a afirmar que sólo 24 horas
después de la fusión de los gametos existe
ya un mapa de destinos en el cigoto. Hoy,
sin embargo, es difícil dejar a un lado esa
afirmación.
Esta primera división da lugar a la
aparición de los dos blastómeros desiguales
y con destino diferente en el embrión: el
que lleva el punto de entrada del espermio
se divide antes que el otro y lo hace además
ecuatorialmente. Estas dos células del
embrión, que es asimétrico y de tres
células, darán origen a la masa interna del
blastocisto. El otro blastómero inicial se
divide a continuación, constituyéndose el
embrión de cuatro células, y su progenie
dará origen al trofoblasto[6]. Del primero
de los dos blastómeros en que se divide el
cigoto se originan las células que van a
colocarse en el interior de la morula, tras
la etapa de compactación.
Los blastómeros no sólo son desiguales entre
sí, sino que además lo son respecto al
cigoto del que proceden: poseen en su
membrana componentes mediante los que
interaccionan especificamente constituyendo
una unidad orgánica bicelular. La
interacción célula-célula activa los caminos
de señalización intracelulares modificando
el estado del genoma: informan a cada
de las células de su identidad como parte de
un todo bicelular[7]. La autoorganización
asimétrica se mantiene a lo largo del
desarrollo preimplantatorio implicando
interacciones específicas intercelulares[8],
y con ello expresión de genes diferentes en
las células en función de la posición que
ocupan en el embrión temprano[9].
Por tanto, el embrión temprano no es sin más
un tejido homogéneo e indiferenciado: pueden
distinguirse por marcadores que además
señalan el destino que seguirán. Además de
las moléculas que interconectan las
membranas de modo específico en las
diferentes etapas, cada una de las célula
del embrión temprano posee una historia
espacial y temporal como células diferentes
de un único organismo. Es un crecimiento
acompañado de diferenciación: y ese
crecimiento orgánico es la función vital
unitaria que hace de ese conjunto celular un
organismo.
Tras las divisiones celulares alcanza el
estado de 16 células y las células del
exterior, justamente por su situación
externa, expresan una proteína clave que las
determina a ser trofoblasto, por estar
implicada en al formación del epitelio
funcional. Esta proteína citocortical,
denominada ezrina, es un componente del
citoesqueleto y juega un papel importante en
la formación y estabilización del polo de
las microvellosidades. El polo apical de la
microvellosidad es el factor de asimetría
mantenido durante las mitosis; la polaridad
es restablecida solo en la células hijas que
se llevan todo a parte suficiente del polo
de la célula inicial, cigoto[10].
Una primera consecuencia que se puede sacar
de esta información es que el cigoto tiene
carácter individual, y además posee la
información suficiente respecto al
término, pues posee una propiedad única: en
la primera división origina dos células
(blastómeros) con fenotipo diferente al suyo
(diferentes entre sí, e incluso, en algunas
especies al menos, con diferente destino en
el proceso ontogénico), que las constituye
en una unidad orgánica al interaccionar
específicamente. Por el contrario, una
célula sin el fenotipo propio del cigoto
origina al dividirse dos células que pueden
seguir creciendo, con o sin interacciones
entre ellas, de las que no emerge
información para autoconstituirse, en una
conformación del todo, con realidad propia.
La existencia de un patrón morfológico en
las primeras etapas del embrión humano pone
en en duda si ciertas técnicas de
reproducción asistida[11] podrían afectar
los delicados procesos de establecimiento de
los ejes corporales, como es el caso de la
ICSI. Con la inyección intracitoplásmica de
un espermio el punto de entrada del espermio
se pierde como segundo polo del cigoto.
Aunque es probable que la flexibilidad de
los embriones humanos sea suficiente para
compensar estas manipulaciones, lo cierto es
que los nacidos por ISCI tienen más riesgo
de defectos cromosómicos.
Dos cigotos de una sola fecundación
No conocemos el mecanismo de la gemelación
in vivo a partir de una única
fecundación. Sin embargo, se dio por
supuesto como único mecanismo la separación
de algunas células, que se reagrupan de
nuevo para dar una nueva unidad de
multiplicación celular, con lo que se
generarían dos embriones, que anidarían por
separado y originarían dos hermanos gemelos
monocigóticos. Según esa visión, la
gemelación espontánea se debería a la falta
de organización unitaria del embrión en su
estado preimplantatorio. Pero también se ha
aducido que la posibilidad de división no
tendría que indicar necesariamente que el
embrión carezca de carácter individual;
podría suponer sencillamente que una parte
de él, por estar en el inicio de la emisión
del mensaje, constituyera una nueva unidad
de emisión.
La fecundación misma puede verse como
originaria de la organización
individualizada del embrión en la etapa de
cigoto. Así, el patrón estructural del
blastocisto no se establece si la
fecundación no se inició por el camino
correcto: así, no lo alcanzan los
partenogenontes producidos por una
activación del óvulo maduro, ni el embrión
derivado de un cigoto al que se le ha
quitado el citoplasma cortical de la zona de
entrada del espermio[12]. Hay que añadir
además que el control del tiempo de la
primera y segunda división del cigoto tiene
mecanismos muy precisos[13]. La primera
división celular de un cigoto tiene dos
relojes moleculares, algo que marca
claramente su diferencia de la simple
división simple de otra célula en dos; son
mecanismos mediados por iones, especialmente
el calcio[14].
Estos datos permiten plantear un nuevo
escenario a la gemelación natural a partir
de una única fecundación: un adelanto en el
tiempo de la primera división respecto a la
organización celular que permite alcanzar el
fenotipo cigoto polarizado cuando está
terminando el proceso de fecundación. Es
decir, una ligera irregularidad en la
difusión del ion calcio alteraría la
sincronización de dos procesos habitualmente
sincronizados: división celular y
organización intracelular polarizada que
culminan con la adquisición del fenotipo
cigoto. De esta forma, si la célula,
producto de la fusión de los gametos, se
dividiera antes de haberse polarizado
plenamente, las dos células resultantes no
son dos blastómeros desiguales que
constituyen un embrión bicelular; por el
contrario, son dos células iguales derivadas
de la célula híbrida, producto de la fusión
de los gametos, y capaces de dar lugar a dos
cigotos idénticos.
Esto es, una sola fecundación daría dos
cigotos que se desarrollan
independientemente, bajo la misma cubierta
(la zona pelúcida del oocito fecundado), y
que serán hermanos gemelos. La gemelaridad
por aparición de dos cigotos al completarse
la fecundación puede entenderse como una
irregularidad “natural” causada por una
ligera modificación del flujo de calcio
desde la zona de entrada del espermio al
óvulo. Tal irregularidad podría ser inducida
por factores maternos; precisamente las
diversas situaciones en que se da un
incremento de la frecuencia de gemelaridad,
existe una reducción de los niveles de
calcio en la madre en el tiempo de la
fecundación[15]. En este caso esa
irregularidad natural sería provocada por el
estado materno. Y en cualquier caso no
desdice en absoluto de la individualidad del
embrión.
Fusión embrionaria y unidad
Obviamente dos gemelos, procedentes de una
única fecundación, o de dos independientes,
que se gestan al unísono pueden dar lugar a
un intercambio de células (incluso a través
de la madre) o a la implantación precoz de
células pluripotentes de uno de ellos
(posiblemente tras su muerte) en el otro en
fase temprana. Es más, el mecanismo de de
fusión es más sencillo que el de fisión en
el estrecho margen de espacio de la zona
pelúcida; sólo así se pueden explicar las
quimeras naturales, e incluso las quimeras
con hermafroditismo, que se deben a la
fusión embrionaria de células de un hermano
de diferente sexo y procedente de la
fecundación de dos óvulos diferente[16].
Aunque no hay datos que muestren la fisión
de embrión antes de la implantación se tiene
evidencia de que ocurren fusiones[17].
Gemelación artificial
Se entiende con este término de gemelación
artificial la separación de blastómeros
provenientes de embriones pre-implantatorios
de 2 a 8 ó más células y el alojamiento de
dichos blastómeros en una cubierta
proveniente de otro óvulo, o en una cubierta
artificial. Los embriones originados así
serán idénticos entre sí, tanto en genes
nucleares, como en genes mitocondriales pero
no idénticos a sus progenitores; no son pues
clones sino gemelos. Este procedimiento se
ha utilizado con fines experimentales, para
comprender la capacidad de desarrollo de
blastómeros aislados[18], y con fines
prácticos como una forma de incremento la
producción de embriones de animales
domésticos de interés comercial[19]; los
resultados muestran una muy baja eficacia
por una considerable perdida de embriones
por la manipulación.
Se conoce un solo intento de emplear esta
metodología, de forma experimental, en
humanos usando embriones poliploides no
viables[20]. Este sistema artificial de
obtención de gemelos no consiste en una
simple partición de un individuo en
‘mitades’, o ‘cuartos’. La existencia de
ejes que organizan las células derivadas de
la multiplicación del cigoto no permite
referirse a mitades o cuartos (como si se
tratara de una realidad biológica simétrica
y homogénea) sino a partes. Esto implica que
aún en el embrión de dos células la
separación de una de ellas y su
transferencia a otra zona pelúcida no supone
en sí la desaparición del embrión original,
al modo de lo que ocurre en la división
celular de una bacteria para desaparecer y
dar paso a dos bacterias “hijas”, ninguna de
las cuales mantiene la identidad de la
primera.
Por el contrario un blastomero (o un
conjunto de varios) sacados de un embrión
precoz y cultivados en condiciones adecuadas
pueden reprogramar su organización celular a
un nuevo sistema unitario; el embrión
“donante” de parte de sus células puede
reprogramar su desarrollo recuperando con
flexibilidad las células perdidas
manteniendo su configuración. Al embrión
bicelular le ocurriría lo mismo puesto que
los dos primeros blastómeros son diferentes
entre si, no puede hablarse de una partición
con desaparición del primero sino de una
regeneración celular de cada uno de los
blastómeros aislados artificialmente.
Se plantea la posibilidad de originar varios
embriones humanos por gemelación artificial
de no único para aumentar la eficacia de las
prácticas de reproducción humana asistida y
para la obtención de más embriones
“sobrantes” de estas prácticas a fin de
obtener material biológico (células madre
embrionarias) para investigación. La
inseguridad acerca de si se obtendrían
gemelos, o por el contrario se perdería el
de partida existente, hace poco probable la
práctica de esta técnica.
4. El fenotipo blastocisto
El embrión humano alcanza hacia el quinto
día de desarrollo la etapa de blatocisto;
estadio en el que aparecen ya establecidos
dos tejidos diferentes. Las células situadas
hacia el exterior y polarizadas se
configuran como tejido extraembrionario, el
trofoblasto o cubierta que le permitirá el
intercambio con el exterior de materia,
energía y señales moleculares para su
crecimiento armónico y funcionará además
como la primera barrera de defensa en la
vida en simbiosis con la madre, que iniciara
con la etapa de anidación.
Las células del interior se aglutinan
constituyendo la masa interna celular de las
que derivan los diferentes tejidos. Esta
primera diferenciación a dos linajes
celulares diferentes iniciada en la
constitución del cigoto, se compromete
definitivamente en el embrión de ocho
células con la compactación. La diferencia
de interacciones entre las células que
ocupan el interior y las del exterior
permite que reciban señales diferentes y se
diferencien tanto en morfología, como en
composición iónica del citoplasma y
composición de la membrana.
El trofoblasto no es sólo un tejido
"extraembrionario" que dará lugar a la
placenta, necesaria e imprescindible para la
comunicación con la madre en la gestación.
Es un componente del sistema inmunitario
innato con un papel esencial en la defensa
frente a infecciones bacterianas durante la
vida intrauterina[21]; para organizar la
respuesta immunitaria en la interfase
útero-placenta tiene lugar un "dialogo
molecular" materno-filial en el que los
factores, liberados por células del sistema
inmunitario de la madre presentes en las
trompas, se unen a receptores específicos
del trofoblasto del embrión y activan dichas
células.
Al término de la anidación las células de la
masa interna se han organizado como disco
embrionario bilaminar[22] y la siguiente
etapa, conocida como gastrulación
transforma, con una segunda diferenciación
celular, el disco embrionario en trilaminar.
Las tecnologías de reproducción in vitro
han mostrado que la viabilidad del embrión
en la étapa preimplantatoria es dependiente
del aporte de los factores moleculares;
factores que en el proceso natural la madre
aporta al embrión a su paso por las trompas.
La falta de eficacia de esta técnicas tiene
en ello una explicación obvia: ni los
gametos están en la situación biológica
optima para interaccionar y fecundarse y con
el embrión fuera de su sitio natural ni él
ni la madre intercambian las señales
imprescindibles para el desarrollo al paso
por las trompas y su posterior anidación
facilitada por las moléculas con
reconocimiento específico madre-hijo.
Gemelación monocigótica por fisión del
embrión preimplantatorio
La gemelación que se origina por una fisión
del embrión deriva de “decisiones”
moleculares que tienen lugar no más tarde
del día ocho del desarrollo embrionario[23].
La causa de la gemelación por escisión es un
retraso en el desarrollo temporal que
refleja una parada bioquímica, y por tanto
un enlentecimiento de la vida embrionaria
precoz. Se asocia a niveles bajos de calcio
en la madre por diversos factores como el
bloqueo de los canales de calcio, lactancia
(que comporta hipocalcemia), y es mucho más
frecuente en casos de inducción de la
ovulación y cuando la fecundación y cultivo
del embrión se ha hecho in vitro.
En tal situación un debilitamiento de la
fuerza de los enlaces intercelulares en el
embrión podría provocar su; la concentración
de calcio en el blastocisto libre in vitro
es significativamente más baja que cuando
tras su transferencia a la madre
interacciona con el endometrio[24]. También
se ha visto que la gemelación monocigótica
es más frecuente en hembras[25],
precisamente por el enlentecimiento del
desarrollo precoz que conlleva la menor
velocidad de replicación de dos cromosomas X
respecto a un cromosoma X y otro Y.
Así pues la gemelación por escisión, cuando
ocurre, no supone falta de organización
intrínseca del embrión sino factores
externos que le retrasan el contacto con el
endometrio materno. El mantenimiento del
embrión en un medio pobre en calcio puede
originar debilitamiento de los enlaces
intercelulares y en el momento de la
implantación deshacerse la polarización
axial, por lo que las células podrían
organizarse en dos ejes de crecimiento. Esto
se ha podido comprobar en estudios de
cultivo in vitro de blastocistos
murinos desprovistos de la zona pelúcida; de
cada cien, uno origina gemelos por
separación en dos unidades de la masa
celular interna al iniciarse el cono de
implantación en la zona opuesta al polo
embriónico[26]. De hecho la unión del
trofoectodermo del polo embrionario se une
al endometrio a través de integrinas
específicas que son dependientes de
calcio[27]; y requiere una total sincronía
con una ventana de tiempo en que la
implantación puede ser correcta[28].
Es decir la gemelación llamada homocigotica
puede ser debida a que una sola fecundación
acabe en dos cigotos, excepción que viene
potenciada por la situación de bajo calcio
materno. La otra posibilidad de gemelación
homocigotica es debida una escisión de la
masa interna del embrión por formarse dos
polos de implantación. Está es más frecuente
en la práctica de la FIV que en la
generación natural debido a la situación
precaria del embrión en desarrollo y sin
sincronización materna.
4.Viabilidad intrínseca del embrión
preimplantatorio in vivo e in
vitro: mortalidad embrionaria.
La posibilidad de seleccionar embriones
vivos óptimos y dejar crioconservados y
poder posteriormente llevar a cabo
investigaciones con los subóptimos requiere
definir desde el punto de vista biológico
los criterios acerca de la viabilidad del
embrión vivo in vitro. La definición
(basada en criterios morfológicos o
genéticos) tiene un carácter negativo: se
trata de definir qué condiciones observables
de los embriones in vitro pueden
asociarse a su no viabilidad posterior; es
decir qué criterios permiten predecir las
probabilidades de no continuar el desarrollo
después de su anidación. El mismo concepto
de viabilidad hace referencia también a los
defectos cromosómicos o del desarrollo
embrionario que no permiten que llegue a
termino y nazca o lo haga con tales
carencias y malformaciones que no sobreviva
en un margen de tiempo tras la separación de
la madre.
En el contexto de este trabajo nos vamos a
referir a la diferencia de viabilidad
intrínseca del embrión preimplantatorio
in útero e in vitro. Esto es, la
viabilidad y mortalidad asociada a la forma
en que han sido concebidos.
El número tan elevado de pérdidas de
embriones con la practica de la FIV se
intenta justificar con la afirmación de que
la pérdida de embriones es un hecho
transitorio ligado a las actuales
imperfecciones de las técnicas, pero que
mejoraran con el tiempo. Sin embargo no sólo
no ha sido así sino que la realidad muestra
algo muy distinto: el supuesto mejoramiento
de las técnicas ha conducido a que sobran
embriones que no son implantados y que
permaneces crioconservados. Es decir se
fecundan “muchos” aunque sean de peor
calidad, se eligen y el resto se rechaza.
La argumentación justificadora de estas
perdidas vuelve la mirada a los datos con
que se intentó apoyar la idea de un estado
pre-embrionario: ¿cómo es posible que la
naturaleza conduzca a una elevadísima muerte
de embriones antes de su implantación en el
útero materno? Puesto que no tiene
explicación lógica habría –-se afirma–- que
conceder que esa etapa por baja viabilidad
es incompatible con un ser personal (sería
algo asó como un “derroche injustificado de
almas”). Por tanto, el embrión
preimplantatorio in vivo (y como
consecuencia y con más razón in vitro)
carece de consistencia para predicar
de él el carácter personal propio de un
individuo de la especie.
La cuestión tiene un error de partida: la
supuesta elevada perdida de embriones
precoces en su fase inicial. Los datos
acerca de la mortalidad embrionaria muestran
que el porcentaje de embriones que detienen
su desarrollo entre las etapas de cigoto y
blastocisto es más elevada cuando la
generación e inicio del desarrollo tiene
lugar in vitro[29] que in vivo.
Lógico si se tienen en cuenta que la
“situación biológica primordial” es esencial
ya para el desarrollo temprano del embrión.
Un estudio publicado en 1954 mostró que
hasta un 30% de los embriones tienen
interrumpido su desarrollo antes del estadio
de blastocisto[30]. Este dato no ha sido
confirmado con posterioridad; así en un
estudio de 2002 se discute aún si los
niveles en orina de la hormona HCG es un
biomarcador fiable de la no-concepción,
concepción y perdida del embrión
temprano[31] . Por otra parte ese marcador
biológico puede estar igualmente elevado
tanto si se ha producido una verdadera
fecundación o no la ha habido. Y además, la
causa mayor de pérdidas durante la gestación
humana son las anormalidades cromosómicas.
La proporción de gestaciones de embriones
con anormalidad cromosómica decrece a lo
largo del tiempo de gestación[32]; lo cual
indica que la mortalidad embrionaria más que
constituir un signo de que el embrión
preimplantatorio no es un individuo de la
especie humana por carecer de suficiente
consistencia, es una clara muestra de un
sistema de selección natural.
Diversos análisis han estudiado la
mortalidad de los embriones producidos in
vitro[33]. Y varias causas podrían explicar
esta detención del desarrollo: la misma
infertilidad de los progenitores[34],
defectos intrínsecos del oocito[35] y sobre
todo las anormalidades cromosómicas. El
análisis cromosómico de embriones humanos
generados y cultivados in vitro ha puesto de
manifiesto que hasta un 40% de ellos