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Reflexiones a propósito
de la encíclica "Fides et ratio"
Conferencia del Cardenal
Joseph Ratzinger,
Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe
¿De qué se trata, en el fondo, en la encíclica "Fides et
ratio"? ¿Es un documento sólo para especialistas, un intento
de renovar desde la perspectiva cristiana una disciplina en
crisis, la filosofía, y, por tanto, interesante sólo para
filósofos, o plantea una cuestión que nos afecta a todos?
Dicho de otra manera: ¿necesita la fe realmente de la
filosofía, o la fe -que en palabras de San Ambrosio fue
confiada a pescadores y no a dialécticos- es completamente
independiente de la existencia o no existencia de una
filosofía abierta en relación a ella? Si se contempla la
filosofía sólo como una disciplina académica entre otras,
entonces la fe es de hecho independiente de ella. Pero el
Papa entiende la filosofía en un sentido mucho más amplio y
conforme a su origen. La filosofía se pregunta si el hombre
puede conocer la verdad, las verdades fundamentales sobre sí
mismo, sobre su origen y su futuro, o si vive en una
penumbra que no es posible esclarecer y tiene que recluirse,
a la postre, en la cuestión de lo útil. Lo propio de la fe
cristiana en el mundo de las religiones es que sostiene que
nos dice la verdad sobre Dios, el mundo y el hombre, y que
pretende ser la "religio vera", la religión de la verdad.
"Yo soy el Camino,
la Verdad
y la Vida": en estas palabras de Cristo según el Evangelio
de Juan (14, 6) está expresada la pretensión fundamental de
la fe cristiana. De esta pretensión brota el impulso
misionero de la fe: sólo si la fe cristiana es verdad,
afecta a todos los hombres; si es sólo una variante cultural
de las experiencias religiosas del hombre, cifradas en
símbolos y nunca descifradas, entonces tiene que permanecer
en su cultura y dejar a las otras en la suya.
Pero esto significa lo siguiente: la cuestión de la verdad
es la cuestión esencial de la fe cristiana, y, en este
sentido, la fe tiene que ver inevitablemente con la
filosofía. Si debiera caracterizar brevemente la intención
última de la encíclica, diría que ésta quisiera rehabilitar
la cuestión de la verdad en un mundo marcado por el
relativismo; en la situación de la ciencia actual, que
ciertamente busca verdades pero descalifica como no
científica la cuestión de la verdad, la encíclica quisiera
hacer valer dicha cuestión como tarea racional y científica,
porque, en caso contrario, la fe pierde el aire en que
respira. La encíclica quisiera sencillamente animar de nuevo
a la aventura de la verdad. De este modo, habla de lo que
está más allá del ámbito de la fe, pero también de lo que
está en el centro del mundo de la fe.
Hasta qué punto no es moderno preguntar por la verdad, lo ha
representado magníficamente el escritor y filósofo C. S.
Lewis en un libro de éxito aparecido en los años cuarenta,
"Cartas del diablo a su sobrino". Está compuesto por cartas
ficticias de un demonio superior, Escrutopo, que imparte
enseñanzas a un principiante sobre el arte de seducir al
hombre, sobre el modo correcto como tiene que proceder. El
demonio pequeño había expresado ante sus superiores su
preocupación de que precisamente los hombres inteligentes
leyesen los libros de los sabios antiguos y pudiesen de este
modo descubrir las huellas de la verdad. Escrutopo le
tranquiliza con la aclaración de que el punto de vista
histórico del que los espíritus infernales han conseguido
afortunadamente persuadir a los eruditos del mundo
occidental, significa precisamente esto: "que la única
cuestión que con seguridad nunca se planteará es la relativa
a la verdad de lo leído; en su lugar se pregunta acerca de
las repercusiones y dependencias, del desarrollo del
respectivo escritor, de la historia de su influjos, y otras
cuestiones análogas". Josef Pieper, que reproduce este
pasaje de C. S. Lewis en su tratado sobre la interpretación,
señala al respecto que las ediciones de un Platón o un Dante
por ejemplo, planificadas en los países dominados por el
comunismo, anteponían una introducción a cada obra editada,
que quiere proporcionar al lector una comprensión histórica
y así excluir la cuestión de la verdad. Una cientificidad
ejercida de este modo inmuniza frente a la verdad. La
cuestión de si lo dicho por el autor es o no, y en qué
medida, verdadero, sería una cuestión no científica; nos
sacaría del campo de lo demostrable y verificable, nos haría
recaer en la ingenuidad del mundo precrítico. De este modo,
se neutraliza también la lectura de la Biblia: podemos
explicar cuándo y bajo qué circunstancias ha surgido un
texto, y, de este modo, lo tenemos clasificado dentro de lo
histórico ("Historisch"), que a la postre no nos afecta. En
el trasfondo de este modo de interpretación histórica hay
una filosofía, una actitud apriórica ante la realidad que
nos dice: no tiene sentido preguntar sobre lo que es; sólo
podemos preguntar sobre lo que podemos hacer con las cosas.
La cuestión no es la verdad, sino la praxis, el dominio de
las cosas para nuestro provecho. Ante tal reducción
aparentemente iluminadora del pensamiento humano surge sin
más la pregunta: ¿qué es propiamente lo que nos aprovecha? Y
¿para qué nos aprovecha? ¿Para qué existimos nosotros
mismos? El observador profundo verá en esta moderna actitud
fundamental una falsa humildad y, al mismo tiempo, una falsa
soberbia: la falsa humildad, que niega al hombre la
capacidad para la verdad, y la falsa soberbia, con la que se
sitúa sobre las cosas, sobre la verdad misma, en cuanto
erige en meta de su pensamiento la ampliación de su poder,
el dominio sobre las cosas.
Lo que en Lewis aparece en forma de ironía, lo podemos
encontrar hoy presentado científicamente en la crítica
literaria. En ella se descarta abiertamente la cuestión de
la verdad como no científica. El exégeta alemán Mario Reiser
ha llamado la atención sobre un pasaje de Umberto Eco en su
novela de éxito "El nombre de la rosa", donde dice: "La
única verdad consiste en aprender a liberarse de la pasión
enfermiza por la verdad". El fundamento para esta renuncia
inequívoca a la verdad estriba en lo que hoy se denomina el
"giro lingüístico": no se puede remontar más allá del
lenguaje y sus representaciones, la razón está condicionada
por el lenguaje y ligada al lenguaje. Ya en el año mil
novecientos uno F. Mauthner había acuñado la siguiente
frase: "lo que se denomina pensamiento es puro lenguaje". M.
Reiser comenta, en este contexto, el abandono de la
convicción de que se puede remitir con medios lingüísticos a
lo supralingüístico. El relevante exégeta protestante U. Luz
afirma -totalmente en consonancia con lo que hemos oído de
Escrutopo al principio- que la crítica histórica ha abdicado
en la Edad Moderna de la cuestión de la verdad. Él se cree
obligado a aceptar y reconocer como correcta esta
capitulación: que ahora ya no hay una verdad a buscar más
allá del texto, sino posiciones sobre la verdad que
concurren entre ellas, ofertas de verdad que hay que
defender ahora con discurso público en el mercado de las
visiones del mundo.
Quien medita sobre estos modos de ver las cosas, sentirá que
le viene casi inevitablemente a su memoria un pasaje
profundo del "Fedro", de Platón. En él Sócrates cuenta a
Fedro una historia que ha escuchado de los antiguos, los
cuales tenían conocimiento de lo verdadero. Una vez Thot, el
"padre de las letras" y el "dios del tiempo", visitó al rey
egipcio Thamus de Tebas. Instruyó al soberano sobre diversas
artes inventadas por él, y especialmente sobre el arte de
escribir por él concebido. Ponderando su propio invento,
dijo al rey: "Este conocimiento, oh rey, hará a los egipcios
más sabios y vigorizará su memoria; es el elixir de la
memoria y de la sabiduría". Pero el rey no se deja
impresionar. Él prevé lo contrario como consecuencia del
conocimiento de la escritura: "Esto producirá olvido en las
almas de los que lo aprendan por descuidar el ejercicio de
la memoria, ya que ahora, fiándose a la escritura exterior,
recordarán de un modo externo; no desde su propio interior y
desde sí mismos. Por consiguiente, tú has inventado un medio
no para el recordar, sino para el caer en la cuenta, y de la
sabiduría tú aportas a tus aprendices sólo la
representación, no la cosa misma. Pues ahora son eruditos en
muchas cosas, pero sin verdadera instrucción, y así pensarán
ser entendidos en muchas cosas, cuando en realidad no
entienden de nada, y son gente con la que es difícil tratar,
puesto que no son verdaderos sabios, sino sólo sabios en
apariencia". Quien piensa hoy en cómo programas de
televisión de todo el mundo inundan al hombre con
informaciones y le hacen así sabio en apariencia; quien
piensa en las enormes posibilidades del ordenador y de
Internet, que le permiten al que consulta, por ejemplo,
tener inmediatamente a disposición todos los textos de un
Padre de la Iglesia en los que aparece una palabra, sin
haber penetrado en cambio en su pensamiento, ése no
considerará exageradas estas prevenciones. Platón no rechaza
la escritura en cuanto tal, como tampoco nosotros rechazamos
las nuevas posibilidades de la información, sino que hacemos
de ellas un uso agradecido. Pero pone una señal de aviso,
cuya seriedad está comprobada a diario por las consecuencias
del giro lingüístico, como también por muchas circunstancias
que nos son familiares a todos. H. Schade muestra el núcleo
de lo que Platón tiene que decirnos hoy cuando escribe: "Es
del predominio de un método filológico y de la pérdida de
realidad que se sigue, de lo que nos previene Platón".
Cuando la escritura, lo escrito, se convierte en barrera
frente al contenido, entonces se vuelve un antiarte, que no
hace al hombre más sabio, sino que le extravía en una
sabiduría falsa y enferma. Por eso, frente al giro
lingüístico, A. Kreiner advierte con razón: "El abandono del
convencimiento de que se puede remitir con medios
lingüísticos a contenidos extralingüísticos equivale al
abandono de un discurso de algún modo aún lleno de sentido".
Sobre la misma cuestión el Papa advierte en la encíclica lo
siguiente: "La interpretación de esta Palabra (de Dios) no
puede llevarnos de interpretación en interpretación, sin
llegar nunca a descubrir una afirmación simplemente
verdadera". El hombre no está aprisionado en el cuarto de
espejos de las interpretaciones; puede y debe buscar el
acceso a lo real, que está tras las palabras y se le muestra
en las palabras y a través de ellas.
Aquí hemos arribado al punto central de la discusión de la
fe cristiana con un tipo determinado de la cultura moderna,
que le gustaría pasar por ser la cultura moderna sin más,
pero que, afortunadamente, es sólo una variedad de ella. Se
pone de manifiesto, por ejemplo, muy claramente en la
crítica que el filósofo italiano Paolo Flores d'Arcais ha
hecho a la encíclica. Justo porque la encíclica insiste en
la necesidad de la cuestión de la verdad, comenta él que "la
cultura católica oficial (es decir, la encíclica) no tiene
ya nada que decir a la cultura 'en cuanto tal'...". Pero
esto significa también que la pregunta por la verdad está
fuera de la cultura "en cuanto tal". Y entonces ¿no es esta
cultura "en cuanto tal" más bien una anticultura? ¿Y no es
su presunción de ser la cultura sin más una presunción
arrogante y que desprecia al hombre?
Que se trata justamente de este punto, se pone de relieve,
cuando Flores d' Arcais reprocha a la encíclica del Papa
consecuencias mortíferas para la democracia, e identifica su
enseñanza con el tipo "fundamentalista" del Islam. Argumenta
remitiendo al hecho de que el Papa ha calificado como
carentes de validez auténticamente jurídica las leyes que
permiten el aborto y la eutanasia. Quien se opone de este
modo a un Parlamento elegido e intenta ejercer el poder
secular con pretensiones eclesiales, muestra que el sello de
un dogmatismo católico permanece esencialmente estampado en
su pensamiento. Tales afirmaciones presuponen que no puede
haber ninguna otra instancia por encima de las decisiones de
una mayoría. La mayoría coyuntural se convierte en un
absoluto. Porque de hecho vuelve a existir lo absoluto, lo
inapelable. Estamos expuestos al dominio del positivismo y a
la absolutización de lo coyuntural, de lo manipulable. Si el
hombre queda fuera de la verdad, entonces ya sólo puede
dominar sobre él lo coyuntural, lo arbitrario. Por eso no es
"fundamentalismo", sino un deber de
la Humanidad
proteger al hombre contra la dictadura de lo coyuntural
convertido en absoluto y devolverle su dignidad, que
justamente consiste en que ninguna instancia humana puede
dominar sobre él, porque está abierto a la verdad misma.
Precisamente por su insistencia en la capacidad del hombre
para la verdad, la encíclica es una apología sumamente
necesaria de la grandeza del hombre contra lo que pretende
presentarse como la cultura "tout court".
Naturalmente es difícil volver a dar carta de ciudadanía a
la cuestión de la verdad en el debate público, debido al
canon metodológico que se ha impuesto hoy como sello
acreditativo de la cientificidad. Por eso, es necesario un
debate fundamental sobre la esencia de la ciencia, sobre la
verdad y el método, sobre el cometido de la filosofía y sus
posibles caminos. El Papa no ha considerado que sea tarea
suya tratar en la encíclica la cuestión, totalmente
práctica, de si la verdad puede llegar a ser nuevamente
científica y cómo. Pero muestra por qué nosotros debemos
acometer esta tarea. No quería realizar él mismo la tarea de
los filósofos, pero ha cumplido la tarea de la denuncia
admonitoria que se opone a una tendencia autodestructiva de
la cultura "en cuanto tal". Justamente esta denuncia
admonitoria es un acto auténticamente filosófico, revive en
el presente el origen socrático de la filosofía y muestra
con ello la potencia filosófica que se encierra en la fe
bíblica. A la esencia de la filosofía se opone un tipo de
cientificidad, que le cierra el paso a la cuestión de la
verdad, o la hace imposible. Tal autoenclaustramiento, tal
empequeñecimiento de la razón no puede ser la norma de la
filosofía, y la ciencia en su conjunto no puede acabar
haciendo imposibles las preguntas propias del hombre, sin
las que ella misma quedaría como un activismo vacío y, a la
postre, peligroso. No puede ser tarea de la filosofía
someterse a un canon metodológico, que tiene su legitimidad
en sectores particulares del pensamiento. Su tarea tiene que
ser justamente pensar la cientificidad como un todo,
concebir críticamente su esencia y, de un modo racionalmente
responsable, ir más allá de ello hacia lo que le da sentido.
La filosofía tiene que preguntarse siempre sobre el hombre,
y, por consiguiente, cuestionarse siempre sobre la vida y la
muerte, sobre Dios y la eternidad. Para ello tendrá que
servirse hoy, antes que nada, de la aporía de aquel tipo de
cientificidad que aparta al hombre de tales cuestiones y, a
partir de las aporías que nuestra sociedad pone a la vista,
intentar abrir siempre de nuevo el camino hacia lo necesario
y lo que se torna necesidad. En la historia de la filosofía
moderna no han faltado tales tentativas, y también en el
presente hay suficientes ensayos esperanzadores, para abrir
de nuevo la puerta a la cuestión de la verdad, la puerta más
allá del lenguaje que gira sobre sí mismo. En este sentido
la llamada de la encíclica es sin duda crítica ante nuestra
situación cultural actual, pero al mismo tiempo está en una
unión profunda con elementos esenciales del esfuerzo
intelectual de
la Edad Moderna.
Nunca es anacrónica la confianza en buscar la verdad y en
encontrarla. Es justamente ella la que mantiene al hombre en
su dignidad, rompe los particularismos y unifica a los
hombres, más allá de los límites culturales, por su dignidad
común.
2.- Cultura y verdad
Se podría definir lo tratado hasta ahora como la disputa
entre la fe cristiana expresada en la encíclica y un tipo
concreto de cultura moderna, por lo cual nuestras
reflexiones dejaron entre paréntesis el lado
científico-técnico de la cultura. El punto de mira estaba
dirigido a lo relativo a las ciencias humanas en nuestra
cultura. No sería difícil mostrar que su desorientación ante
la cuestión de la verdad, que entre tanto se ha convertido
en ira frente a ella, descansa, en última instancia, sobre
su pretensión de alcanzar el mismo canon metodológico y la
misma clase de seguridad, que se da en el campo empírico. La
renuncia metodológica de la ciencia natural a lo verificable
se convierte en el documento acreditativo de la
cientificidad, más aún, de la racionalidad misma. Esta
reducción metodológica, que está llena de sentido, más aún,
que es necesaria en el ámbito de la ciencia empírica, se
convierte así en un muro ante la cuestión de la verdad: en
el fondo se trata del problema de la verdad y del método, de
la universalidad de un canon metodológico estrictamente
empírico. Frente a ese canon, el Papa defiende la
multiplicidad de caminos del espíritu humano, la amplitud de
la racionalidad, que tiene que conocer diversos métodos
según la índole del objeto. Lo no material no puede ser
abordado con métodos que corresponden a lo material; así
podría resumirse, a grandes rasgos, la denuncia del Papa
frente a una forma unilateral de racionalidad.
La disputa con la cultura moderna, la disputa sobre la
verdad y el método, es la primera veta fundamental del
tejido de nuestra encíclica. Pero la cuestión sobre la
verdad y la cultura se presenta aún bajo otro aspecto, que
se remite substancialmente al ámbito propiamente religioso.
Hoy se contrapone de buen grado la relatividad de las
culturas a la pretensión universal de lo cristiano, que se
funda en la universalidad de la verdad. El tema resuena ya
durante el siglo dieciocho, en Gotthold Ephraim Lessing, que
presenta las tres grandes religiones en la parábola de los
tres anillos, de los que uno tiene que ser el auténtico y
verdadero, pero cuya autenticidad ya no es verificable. La
cuestión de la verdad es irresoluble y se sustituye por la
cuestión del efecto curativo y purificador de la religión.
Luego, a comienzos de nuestro siglo, Ernst Troeltsch
reflexionó expresamente sobre la cuestión de la religión y
la cultura, de la verdad y la cultura. Al principio aún
consideraba al cristianismo como la revelación entera de la
religiosidad personalista, como la única ruptura completa
con los límites y condiciones de la religión natural. Pero,
en el curso de su camino intelectual, la determinación
cultural de la religión le fue cerrando cada vez más la
mirada sobre la verdad y subordinando todas las religiones a
la relatividad de las culturas. A la postre, la validez del
cristianismo se convierte para él en un asunto europeo: para
él el cristianismo es la forma de religión adecuada a
Europa, mientras atribuye ahora al budismo y al brahmanismo
una autonomía absoluta. En la práctica se elimina la
cuestión de la verdad, y los límites de las culturas se
hacen insalvables.
Por eso, una encíclica que está dedicada por entero a la
aventura de la verdad, debía plantear también la cuestión de
la relación entre verdad y cultura. Debía preguntar si puede
darse una comunión de las culturas en la única verdad, si
puede decirse la verdad para todos los hombres,
trascendiendo las diversas formas culturales, o si a la
postre hay que presentirla sólo asintóticamente tras formas
culturales diversas e incluso opuestas.
A un concepto estático de cultura, que presupone formas
culturales fijas que a la postre se mantienen constantes y
sólo pueden coexistir unas con otras, pero no comunicarse
entre ellas, el Papa ha opuesto en la encíclica una
comprensión dinámica y comunicativa de la cultura. Subraya
que las culturas, "cuando están profundamente enraizadas en
lo humano, llevan consigo el testimonio de la apertura
típica del hombre a lo universal y a la trascendencia". Por
eso, como expresión del único ser del hombre, las culturas
están caracterizadas por la dinámica del hombre que
trasciende todos los límites. Por eso, las culturas no están
fijadas de una vez para siempre en una forma. Les es propia
la capacidad de progresar y transformarse, y también el
peligro de decadencia. Están abocadas al encuentro y
fecundación mutua. Puesto que la apertura interior del
hombre a Dios las impregna tanto más cuanto mayores y más
genuinas son, por ello llevan impresa la predisposición para
la revelación de Dios. La Revelación no les es extraña, sino
que responde a una espera interior en las culturas mismas.
Theodor Haecker ha hablado, a propósito de esto, del
carácter de adviento de las culturas precristianas, y entre
tanto muchas investigaciones de historia de las religiones
han podido mostrar de manera concreta este remitir de las
culturas al Logos de Dios, que se ha encarnado en
Jesucristo. En este orden de cosas, el Papa se vale de la
tabla de las naciones contenida en el relato pascual de los
Hechos de los Apóstoles (2, 7-14), en el que se nos narra
cómo es perceptible y comunicable el testimonio de la fe en
Cristo mediante todas las lenguas y en todas las lenguas, es
decir, en todas las culturas que se expresan en la lengua.
En todas ellas la palabra humana se hace portadora del
hablar propio de Dios, de su propio Logos. La encíclica
añade: "El anuncio del Evangelio en diversas culturas,
aunque exige de cada destinatario la fe, no les impide
conservar una identidad cultural propia. Ello no crea
división alguna, porque el pueblo de los bautizados se
distingue por una universalidad que sabe acoger cada
cultura, favoreciendo el proceso de lo que en ella hay de
implícito hacia su plena explicitación en la verdad".
A partir de esto, y respecto a la relación general de la fe
cristiana con las culturas precristianas, el Papa desarrolla
modélicamente en el ejemplo de la cultura india los
principios a observar en el encuentro de estas culturas con
la fe. Llama brevemente la atención, en primer lugar, sobre
el gran auge espiritual del pensamiento indio, que lucha por
liberar el espíritu de las condiciones espacio-temporales y
ejercita así la apertura metafísica del hombre, que luego ha
sido conformada especulativamente en importantes sistemas
filosóficos. Con estas indicaciones se pone de relieve la
tendencia universal de las grandes culturas, su superación
del tiempo y del espacio, y así también su avance hacia el
ser del hombre y hacia sus supremas posibilidades. Aquí
radica la capacidad de diálogo entre las culturas, en este
caso entre la cultura india y las culturas que han crecido
en el ámbito de la fe cristiana. El primer criterio se
colige por sí mismo, por así decir, del contacto interior
con la cultura india. Consiste en la "universalidad del
espíritu humano, cuyas exigencias fundamentales son
idénticas en las culturas más diversas". De él se sigue un
segundo criterio: "Cuando la Iglesia entra en contacto con
grandes culturas a las que anteriormente no había llegado,
no puede olvidar lo que ha adquirido en la inculturación en
el pensamiento grecolatino. Rechazar esta herencia sería ir
en contra del designio providencial de Dios..." Finalmente
señala la encíclica un tercer criterio, que se sigue de las
reflexiones precedentes sobre la esencia de la cultura: "Hay
que evitar confundir la legítima reivindicación de lo
específico y original del pensamiento indio con la idea de
que una tradición cultural deba encerrarse en su diferencia
y afirmarse en su oposición a otras tradiciones, lo cual es
contrario a la naturaleza misma del espíritu humano".
Si el Papa insiste en el carácter irrenunciable de la
herencia cultural forjada en el pasado, que ha llegado a ser
un vehículo para la verdad común de Dios y del hombre,
entonces surge espontáneamente la cuestión de si no se
canoniza así un eurocentrismo de la fe, que no parece
superarse por el hecho de que, a lo largo de
la Historia,
pueden introducirse, o ya se han introducido, nuevas
herencias en la identidad de la fe constante y que afecta a
todos. La cuestión es insoslayable: Hasta qué punto es
griega o latina la fe, que por lo demás no ha surgido en el
mundo griego o latino, sino en el mundo semita del antiguo
Oriente, en el que estaban y están en contacto Asia, África
y Europa. La encíclica toma postura, especialmente en su
segundo capítulo, sobre el desarrollo del pensamiento
filosófico en el interior de la Biblia, y en el cuarto
capítulo, con la presentación del encuentro decisivo de esta
sabiduría de la razón desarrollada en la fe con la sabiduría
griega de la filosofía. Quisiera añadir brevemente lo
siguiente:
Ya en
la Biblia
se elabora un acervo de pensamiento religioso y filosófico
variado a partir de mundos culturales diversos. La Palabra
de Dios se desarrolla en un proceso de encuentros con la
búsqueda humana de una respuesta a sus últimas preguntas.
Dicha Palabra no es algo caído del cielo como un meteorito,
sino que es precisamente una síntesis de culturas. Vista más
en lo hondo, nos permite reconocer un proceso en el que Dios
lucha con el hombre y le abre lentamente a su Palabra más
profunda, a sí mismo: al Hijo, que es el Logos. La Biblia no
es mera expresión de la cultura del pueblo de Israel, sino
que está continuamente en disputa con el intento, totalmente
natural de este pueblo, de ser él mismo e instalarse en su
propia cultura. La fe en Dios y el sí a la voluntad de Dios
le van desarraigando continuamente de sus propias
representaciones y aspiraciones. Él sale constantemente al
paso frente a la religiosidad propia de Israel y a su propia
cultura religiosa, que quería expresarse en el culto de los
lugares altos, en el culto de la diosa celeste, en la
pretensión de poder de la propia monarquía. Empezando por la
cólera de Dios y de Moisés contra el culto al becerro de oro
en el Sinaí, hasta los últimos profetas postexílicos, de lo
que siempre se trata es de que Israel se desarraigue de su
propia identidad cultural, de que debe abandonar, por así
decir, el culto a la propia nacionalidad, el culto a la raza
y a la tierra, para inclinarse ante el Dios totalmente otro
y no apropiable, que ha creado cielo y tierra, y es el Dios
de todos los pueblos. La fe de Israel significa una
permanente autosuperación de la propia cultura en la
apertura y horizonte de la verdad común. Los libros del
Antiguo Testamento pueden parecer, desde muchos puntos de
vista, menos piadosos, menos poéticos, menos inspirados que
importantes pasajes de los libros sagrados de otros pueblos.
Pero, en cambio, tienen su singularidad en la índole
combativa de la fe contra lo propio, en este desarraigo de
lo propio que comienza con la peregrinación de Abraham. La
liberación de la ley que Pablo alcanza por su encuentro con
Jesucristo resucitado, lleva esta orientación fundamental
del Antiguo Testamento hasta su consecuencia lógica:
significa la universalización plena de esta fe, que se
separa del orden nacional. Ahora son invitados todos los
pueblos a entrar en este proceso de superación de lo propio,
que ha comenzado en primer lugar en Israel; son invitados a
convertirse al Dios, que, desapropiándose de sí mismo en
Jesucristo, ha abatido "el muro de la enemistad" entre
nosotros (Ef 2, 14) y nos congrega en la autoentrega de la
cruz. Así, pues, en su esencia la fe en Jesucristo es un
permanente abrirse, irrupción de Dios en el mundo humano y
apertura correspondiente del hombre a Dios, que congrega al
mismo tiempo a los hombres. Todo lo propio pertenece ahora a
todos, y todo lo ajeno llega a ser también al mismo tiempo
lo propio nuestro, y todo ello abarcado por la palabra del
padre al hijo mayor: "Todo lo mío es tuyo" (Lc 15, 31), que
vuelve a aparecer en la oración sacerdotal de Jesús como
modo de dirigirse del Hijo al Padre: "Todo lo mío es tuyo, y
todo lo tuyo es mío" (Jn 17, 10).
Este patrón determina también el encuentro del mensaje
revelado con la cultura griega, que, por cierto, no empieza
sólo con la evangelización cristiana, sino que se había
desarrollado ya dentro de los escritos del Antiguo
Testamento, sobre todo mediante su traducción al griego y a
partir de ahí en el judaísmo primitivo. Este encuentro era
posible, porque ya se había abierto camino en el mundo
griego un acontecimiento semejante de autrotrascendencia.
Los Padres no han vertido sin más al Evangelio una cultura
griega que se mantenía en sí y se poseía a sí misma. Ellos
pudieron asumir el diálogo con la filosofía griega y
convertirla en instrumento del Evangelio allí donde en el
mundo griego se había iniciado, mediante la búsqueda de
Dios, una autocrítica de la propia cultura y del propio
pensamiento. La fe une los diversos pueblos -comenzando por
los germanos y los eslavos, que en los tiempos de la
invasión de los bárbaros entraron en contacto con el mensaje
cristiano, hasta los pueblos de Asia, África y América- no a
la cultura griega en cuanto tal, sino a su autosuperación,
que era el verdadero punto de contacto para la
interpretación del mensaje cristiano. A partir de ahí la fe
los introduce en la dinámica de la autosuperación. Hace poco
Richard Schäffler ha dicho certeramente al respecto que la
predicación cristiana ha exigido desde el principio a los
pueblos de Europa (que, por lo demás, no existía como tal
antes de la evangelización cristiana), "la renuncia a todos
los respectivos "dioses" autóctonos de los europeos, mucho
antes de que entraran en el campo de su visión las culturas
extraeuropeas". A partir de ahí hay que entender por qué la
predicación cristiana entró en contacto con la filosofía, y
no con las religiones. Cuando se intentó esto último,
cuando, por ejemplo, se quiso interpretar a Cristo como el
verdadero Dionisio, Esculapio o Hércules, tales intentos
cayeron rápidamente en desuso. Que no se entrara en contacto
con las religiones, sino con la filosofía, tiene que ver con
el hecho de que no se canonizó una cultura, sino que se
podía entrar a ella por donde había comenzado ella misma a
salir de sí misma, por donde había iniciado el camino de
apertura a la verdad común y había dejado atrás la
instalación en lo meramente propio. Esto constituye también
hoy una indicación fundamental para la cuestión de los
contactos y del trasvase a otros pueblos y culturas.
Ciertamente, la fe no puede entrar en contacto con
filosofías que excluyen la cuestión de la verdad, pero sí
con movimientos que se esfuerzan por salir de la cárcel del
relativismo. Tampoco puede asumir directamente las antiguas
religiones. En cambio, las religiones pueden proporcionar
formas y creaciones de diverso tipo, pero sobre todo
actitudes -el respeto, la humildad, la abnegación, la
bondad, el amor al prójimo, la esperanza en la vida eterna.
Esto me parece - dicho entre paréntesis- que es también
importante para la cuestión del significado salvífico de las
religiones. No salvan, por así decir, en cuanto sistemas
cerrados y por la fidelidad al sistema, sino que colaboran a
la salvación en la medida en que llevan a los hombres a
"preguntar por Dios" (como lo expresa el Antiguo
Testamento), "buscar su rostro", "buscar el Reino de Dios y
su justicia".
3.- Religión, verdad y salvación
Permítanme detenerme un momento aún en este punto, porque
toca una cuestión fundamental de la existencia humana, que
con razón representa también una cuestión capital en el
actual debate teológico. Pues se trata del mismo impulso del
que ha partido la filosofía, y al que tiene que volver
siempre; en él se tocan necesariamente filosofía y teología,
si éstas se mantienen fieles a su cometido. Es la cuestión
de cómo se salva el hombre, cómo se justifica. En el pasado
se ha pensado preferentemente en la muerte y en lo que viene
después de la muerte; hoy, cuando se ve el más allá como
inseguro y por ello se lo continúa excluyendo de las
cuestiones actuales, hay que continuar buscando lo recto y
justo en el tiempo, y no puede preterirse el problema de
cómo hay que habérselas con la muerte. Curiosamente, en el
debate acerca de la relación del cristianismo y las
religiones universales el punto de discusión que propiamente
se ha mantenido es cómo se relacionan las religiones y la
salvación eterna. La cuestión de cómo puede ser salvado el
hombre, se ha planteado aún en sentido más bien clásico. Y
ahora se ha impuesto de modo bastante general esta tesis:
las religiones son todas ellas caminos de salvación. Quizás
no el camino ordinario, pero al menos sí caminos
"extraordinarios" de salvación: por todas las religiones se
llega a la salvación; esto se ha convertido en la visión
corriente.
Esta respuesta corresponde no sólo a la idea de tolerancia y
respeto del otro que hoy se nos impone. Corresponde también
a la imagen moderna de Dios: Dios no puede rechazar a
hombres sólo porque no conocen el cristianismo y, en
consecuencia, han crecido en otra religión. El aceptará su
vida religiosa lo mismo que la nuestra. Aunque esta tesis -
reforzada entre tanto con muchos otros argumentos- es clara
a primera vista, sin embargo suscita interrogantes. Pues las
religiones particulares no exigen sólo cosas distintas, sino
también opuestas. Ante el creciente número de hombres no
ligados por lo religioso, esta teoría universal de la
salvación se ha extendido también a formas de existencia no
religiosas pero vividas coherentemente. Entonces comienza a
ser válido que lo contradictorio es considerado como
conducente a la misma meta; en pocas palabras: estamos
nuevamente ante la cuestión del relativismo. Se presupone
subrepticiamente que en el fondo todos los contenidos son
igualmente válidos. Qué es lo que propiamente vale, no lo
sabemos. Cada uno tiene que recorrer su camino, ser feliz a
su manera, como decía Federico II de Prusia. Así, a caballo
de las teorías de la salvación, otra vez se cuela
inevitablemente el relativismo por la puerta trasera: la
cuestión de la verdad se separa de la cuestión de las
religiones y de la salvación. La verdad es sustituida por la
buena intención; la religión se mantiene en lo subjetivo,
porque no se puede conocer lo objetivamente bueno y
verdadero.
a) La diferencia de las religiones y sus peligros
¿Nos tenemos que conformar con esto? ¿Es inevitable la
alternativa entre rigorismo dogmático y relativismo
humanitario? Pienso que en las teorías reseñadas no se han
pensado suficientemente tres cosas. En primer lugar, las
religiones (y entretanto también el agnosticismo y el
ateísmo) son consideradas todas ellas como iguales. Pero
precisamente esto no es así. De hecho, hay formas religiosas
degeneradas y enfermas, que no elevan al hombre, sino que lo
alienan: la crítica marxista de la religión no carecía
totalmente de base. Y también las religiones a las que hay
que reconocer una grandeza moral y que están en camino hacia
la verdad, pueden enfermar en ciertos trechos del camino. En
el hinduismo (que propiamente es un nombre colectivo para
religiones diversas) hay elementos grandiosos, pero también
aspectos negativos; el entrelazamiento con el sistema de
castas, la quema de viudas, que se había formado a partir de
representaciones inicialmente simbólicas; habría que
mencionar las aberraciones del Saktismo, por dar sólo un par
de indicaciones. Pero también el Islam, con toda la grandeza
que representa, está continuamente expuesto al peligro de
perder el equilibrio, dar espacio a la violencia y dejar que
la religión se deslice hacia lo externo y ritualista. Y
naturalmente hay también, como todos nosotros bien sabemos,
formas enfermas de lo cristiano. Por ejemplo, cuando los
cruzados, en la conquista de la ciudad santa de Jerusalén en
la que Cristo murió por todos los hombres, causaban ellos
mismos un baño de sangre entre musulmanes y judíos. Esto
significa que la religión exige discernimiento,
discernimiento entre las formas de las religiones y
discernimiento en el interior de la religión misma, según la
medida de su propio nivel. Con el indiferentismo de los
contenidos y de las ideas, que todas las religiones sean
distintas y sin embargo iguales, no se puede ir adelante. El
relativismo es peligroso, concretamente para la formación
del ser humano en lo particular y en la comunidad. La
renuncia a la verdad no sana al hombre. No puede pasarse por
alto cuánto mal ha sucedido en la Historia en nombre de
opiniones e intenciones buenas.
b) La cuestión de la salvación
Con ello tocamos ya el segundo punto que ordinariamente es
desatendido. Cuando se habla del significado salvífico de
las religiones, sorprendentemente se piensa, la mayoría de
las veces, sólo en que todas posibilitan la vida eterna, con
lo cual se acaba neutralizando el pensamiento en la vida
eterna, pues uno llega de todos modos a ella. Pero así se
empequeñece inconvenientemente la cuestión de la salvación.
El cielo comienza en la tierra. La salvación en el más allá
supone la vida correspondiente en el más acá. Uno, pues, no
puede preguntarse sólo quién va al cielo y desentenderse
simultáneamente de la cuestión del cielo. Hay que preguntar
qué es el cielo y cómo viene a la tierra. La salvación del
más allá debe reflejarse en una forma de vida, que hace aquí
humano al hombre y, de este modo, conforme a Dios. Esto
significa nuevamente que, en la cuestión de la salvación,
hay que mirar más allá de las religiones mismas y a ese
horizonte pertenecen reglas de vida recta y justa, que no
pueden ser relativizadas arbitrariamente. Yo diría, pues,
que la salvación comienza con la vida recta y justa del
hombre en este mundo, que abarca siempre los dos polos de lo
particular y de la comunidad.
Hay formas de comportamiento que nunca pueden servir para
hacer recto y justo al hombre, y otras, que siempre
pertenecen al ser recto y justo del hombre. Esto significa
que la salvación no está en las religiones como tales, sino
que depende también de hasta qué punto llevan a los hombres,
junto con ellas, al bien, a la búsqueda de Dios, de la
verdad y del bien. Por eso, la cuestión de la salvación
conlleva siempre un elemento de crítica religiosa, aunque
también puede aliarse positivamente con las religiones. En
todo caso, tiene que ver con la unidad del bien, con la
unidad de lo verdadero, con la unidad de Dios y del hombre.
c) La conciencia y la capacidad del hombre para la verdad
Este título lleva al tercer punto que quería abordar aquí.
La unidad del hombre tiene un órgano: la conciencia. Fue una
osadía de san Pablo afirmar que todos los hombres tienen la
capacidad de escuchar la conciencia, separar así la cuestión
de la salvación del conocimiento y observancia de la Thorá,
y situarla sobre la exigencia común de la conciencia en la
que el único Dios habla, y dice a cada uno lo verdaderamente
esencial de la Thorá: "Cuando los gentiles, que no tienen
ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin
tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran
tener la realidad de esa ley escrita en su corazón,
atestiguando su conciencia..." (Rom 2, 14 ss). Pablo no
dice: Si los gentiles se mantienen firmes en su religión,
eso es bueno ante el juicio de Dios. Al contrario, él
condena gran parte de las prácticas religiosas de aquel
tiempo. Remite a otra fuente, a lo que todos llevan escrito
en el corazón, al único bien del único Dios. De todos modos,
aquí se enfrentan hoy dos conceptos contrarios de
conciencia, que la mayoría de las veces sencillamente se
entrometen el uno en el otro. Para Pablo la conciencia es el
órgano de la trasparencia del único Dios en todos los
hombres, que son un hombre. En cambio, actualmente la
conciencia aparece como expresión del carácter absoluto del
sujeto, sobre el que no puede haber, en el campo moral,
ninguna instancia superior. Lo bueno como tal no es
cognoscible. El Dios único no es cognoscible. En lo que
afecta a la moral y a la religión, la última instancia es el
sujeto. Esto es lógico, si la verdad como tal es
inaccesible. Así, en el concepto moderno de conciencia, ésta
es la canonización del relativismo, de la imposibilidad de
normas morales y religiosas comunes, mientras que, por el
contrario, para Pablo y la tradición cristiana había sido la
garantía para la unidad del hombre y para la cognoscibilidad
de Dios, para la obligatoriedad común del mismo y único
bien. El hecho de que en todos los tiempos ha habido y hay
santos gentiles, se basa en que en todos lugares y en todos
tiempos - aunque muchas veces con gran esfuerzo y sólo
parcialmente- era perceptible la voz del corazón, y la Thora
de Dios se nos hacía perceptible como obligación en nosotros
mismos, en nuestro ser creatural y así se nos hacía posible
superar lo meramente subjetivo, en la relación de unos con
otros y en la relación con Dios. Y esto es salvación. Resta
por saber lo que Dios hace con los pobres fragmentos de
nuestro ascenso hacia el bien, hacia Él mismo, su misterio,
que no debíamos arrogarnos el querer controlar.
Reflexiones conclusivas
Al final de mis reflexiones quisiera llamar nuevamente la
atención sobre una indicación metodológica que da el Papa
para la relación de la teología y la filosofía, de la fe y
la razón, porque con ella se toca la cuestión práctica de
cómo podía ponerse en marcha, en el sentido de la encíclica,
una renovación del pensamiento filosófico y teológico. La
encíclica habla de un movimiento circular entre teología y
filosofía, y lo entiende en el sentido de que la teología
tiene que partir siempre en primer lugar de la Palabra de
Dios; pero, puesto que esta Palabra es verdad, hay que
ponerla en relación con la búsqueda humana de la verdad, con
la lucha de la razón por la verdad y ponerla así en diálogo
con la filosofía. La búsqueda de la verdad por parte del
creyente se realiza, según esto, en un movimiento, en el que
siempre se están confrontando la escucha de la Palabra
proclamada y la búsqueda de la razón. De este modo, por una
parte, la fe se profundiza y purifica, y, por otra, el
pensamiento también se enriquece, porque se le abren nuevos
horizontes. Me parece que se puede ampliar algo más esta
idea de la circularidad: tampoco la filosofía como tal
debería cerrarse en lo meramente propio e ideado por ella.
Así como debe estar atenta a los conocimientos empíricos,
que maduran en las diversas ciencias, así también debería
considerar la sagrada tradición de las religiones, y en
especial el mensaje de la Biblia, como una fuente de
conocimiento del que ella se deja fecundar. De hecho, no hay
ninguna gran filosofía que no haya recibido de la tradición
religiosa luces y orientaciones, ya pensemos en la filosofía
de Grecia y de la India, o en la filosofía que se ha
desarrollado en el ámbito del cristianismo, o también en las
filosofías modernas, que estaban convencidas de la autonomía
de la razón y consideraban esta autonomía como criterio
último del pensar, pero que se mantuvieron deudoras de los
grandes temas del pensamiento que la fe cristiana había ido
dando a la filosofía: Kant, Fichte, Hegel, Schelling no
serían imaginables sin los antecedentes de la fe, e incluso
Marx, en el corazón de su radical reinterpretación, vive del
horizonte de esperanza que había asumido de la tradición
judía. Cuando la filosofía apaga totalmente este diálogo con
el pensamiento de la fe, acaba -como Jaspers formuló una
vez- en una "seriedad que se va vaciando de contenido". Al
final se ve impelida a renunciar a la cuestión de la verdad,
y esto significa darse a sí misma por perdida. Pues una
filosofía que ya no pregunta quiénes somos, para qué somos,
si existe Dios y la vida eterna, ha abdicado como filosofía.
Quisiera concluir con la mención de un comentario a la
encíclica, que ha aparecido en el semanario alemán "Die Zeit",
en otras ocasiones más bien lejano a la Iglesia. El
comentarista Jan Ross sintetiza con mucha precisión el
núcleo de la instrucción papal, cuando dice que el
destronamiento de la teología y de la metafísica "no ha
hecho al pensamiento sólo más libre, sino también más
angosto". Sí, él no teme hablar de "entontecimiento por
increencia". "Cuando la razón se apartó de las cuestiones
últimas, se hizo apática y aburrida, dejó de ser competente
para los enigmas vitales del bien y del mal, de muerte e
inmortalidad". La voz del Papa -prosigue este comentarista-
ha dado ánimo "a muchos hombres y a pueblos enteros; en los
oídos de muchos ha sonado también dura y cortante, e incluso
ha suscitado odio, pero si enmudece, será un momento de
silencio espantoso" (fin de la cita). De hecho, si se deja
de hablar de Dios y del hombre, del pecado y la gracia, de
la muerte y la vida eterna, entonces todo grito y todo ruido
que haya será sólo un intento inútil para hacer olvidar el
enmudecerse de lo propiamente humano. El Papa ha salido al
paso ante el peligro de tal enmudecimiento con su parresía,
con la franqueza intrépida de la fe, y ha cumplido un
servicio no sólo para la Iglesia, sino también para la
Humanidad. Debemos estarle agradecidos por ello.
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Publicado en nuevo Arvo Net
25/04/2005 |
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