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HABLAN ATEOS Y CREYENTES
Por Luis Fernández Cuervo
(*)
Es frecuente en el mundo actual la gente
que lleva su admiración por la Ciencia hasta el punto
de creer que sólo allí se encierra toda la sabiduría
y certeza posibles. Algunos, además, elevan su admiración
hasta la idolatría, pensando que el avance de ella
supone siempre un descrédito y derrota de la religión.
Eso equivale a anclar su mentalidad en
lo peor de los ilustrados del Siglo XVIII. No hace mucho leí,
en un artículo de otro diario, la chocante afirmación
de que Pasteur, al demostrar que no existía la generación
espontánea de seres vivos a partir de material inerte,
había refutado con ello una idea religiosa.
Pero esa idea nunca fue una idea religiosa,
sino una idea científica equivocada en la que creyeron
los científicos, creyentes y no creyentes, hasta que
en el Siglo XIX, el genial Louis Pasteur demostró lo
contrario. ¡Pero resulta que Pasteur fue siempre un
católico practicante! y, además, dijo que “un
poco de ciencia aleja de Dios, pero mucha ciencia devuelve
a él”.
Si revisamos la historia, podemos comprobar
que muchos de los grandes avances científicos fueron
hechos por gente que no tuvo ningún conflicto entre
la ciencia que cultivaba y la religión en la que creía.
La lista de ellos es larga. Sin embargo,
también es verdad que, hoy día, muchos científicos
ilustres son agnósticos —no saben decir si Dios
existe o no—, o son ateos que pretenden convencerse
y convencernos de que su ciencia demuestra la no existencia
de Dios.
Aparte de los que mencioné en
mi artículo anterior, Watson y Crick, destacan hoy
por su franco ateísmo Steven Weinberg y Peter Atkins.
Asegura Atkins que no es necesaria la
existencia de un creador y que, mirado a fondo, “todo
es caos” y que “esta es la frialdad que hemos
de aceptar cuando escrutamos profunda y desapasionadamente
el corazón del universo”. En cuanto a Weinberg,
Premio Nóbel de Física, para él todo
el universo que conocemos, incluyendo la vida humana, sólo
es el resultado accidental, por casualidad, de un cúmulo
de coincidencias que pudieron no haberse dado. (¿Alabemos,
entonces, a la diosa Casualidad?).
E insiste en que: “Cuanto más
comprensible parece el Universo, tanto más sin sentido
parece también”. Con eso no están de acuerdo
muchos otros físicos, entre ellos Albert Einstein,
que, sin practicar nunca ninguna religión, aseguraba
que: “Cuanto más estudio la ciencia más
creo en Dios”.
El error de esos agnósticos o
ateos está en lo limitado de su ciencia y en lo desorbitado
de su soberbia intelectual. Cuando hablan de caos habría
que decirles que siempre parece sin sentido lo que conocemos
mal o sólo en parte y que si acaso creen que ya lo
saben todo sobre el Universo. Cuando al descifrar las etapas
y estructuras del cosmos y de la vida observan, sin que se
vea un agente externo que la produzca, cómo unas cosas
son causas de otras y cómo se coordinan entre sí,
llegan a la conclusión, como el viejo Laplace, que
no hace falta Dios, que aquello se ha hecho solo. ¿Qué
supone más sabiduría y más poder humanos?
¿Un reloj antiguo que había que darle cuerda
o uno actual que no lo necesita? Escuchar un concierto transmitido
en ese mismo momento por la radio supone más inteligencia
y poder humanos que estar allí presentes en ese concierto.
La ciencia y el poder humanos han vencido
el espacio. Y escuchar años más tarde ese mismo
concierto en una casete, supone mayor inteligencia y poder
humanos que los de aquella radio, pues ahora se ha vencido
no sólo el espacio sino también el tiempo. Si
ésa es nuestra experiencia sobre el poder creador del
hombre, ¿por qué en cambio se lo niegan a Dios?
Precisamente, cuanto más autónomo aparece algo,
en su existencia y funcionamiento, más inteligente
y poderosa tiene que ser la Causa que pudo producirla. Y también
cuanto mayor complejidad y finura de estructuras y funcionamiento
tiene. Hay mayor inteligencia y poder creador para hacer un
moderno cronómetro que para hacer un reloj de arena.
Por eso, muchos físicos comprueban
que los parámetros fundamentales que rigen la fuerza
de la gravedad, la carga de los protones y la masa de los
neutrones, la distancia de la tierra al sol, etc., parecen
haber sido ajustados muy precisa e inteligentemente de modo
que permitiesen surgir organismos conscientes.
De hecho, modificar en lo más
mismo esos valores habrían hecho perder a los átomos
su integridad, que las estrellas no brillasen, que ninguna
galaxia hubiera podido albergar vida o que el colapso del
universo sucediera segundos después del “Big
Bang”. John Polkinghorne, físico de la Universidad
de Cambridge, observa que “cuando uno se da cuenta de
que las leyes de la naturaleza tienen que estar coordinadas
con máxima precisión para que den como resultado
el universo visible, es difícil resistirse a la idea
de que el universo no es casual, sino que tiene que haber
un propósito en él”. Y Jerzy A. Janik,
físico nuclear y miembro de la Academia de Ciencias
de Polonia y Noruega, concluye: “Tengo respeto al agnosticismo
en los físicos. Pero cuando dicen que son agnósticos
porque son científicos, hacen una extrapolación.
Pueden serlo, pero no partiendo de la física.
Hay que ser ateos honestos. La física
no da prueba negativa de Dios o de la realidad trascendente:
no es su objeto. (...) Eso no es el resultado de la ciencia,
depende de otros factores personales: el sufrimiento, la pobreza
de un pueblo...”. Sí, y precisamente el sufrimiento
es una piedra de escándalo que a algunos científicos
puede apartarles de Dios —tal parece ser el caso de
Weinberg— y a otros —como a Max Planck—
la ocasión para encontrarle. Espero poder hablarles
también de esto último.
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(*) Luis Fernández Cuervo, Dr. en
Medicina, columnista de El Diario de Hoy, colaborador de Arvo
Net; artículo publicado en El Diario de Hoy, 23.6.2003;
en Arvo Net, 23 de noviembre 2003.
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Fotografía: El astronauta español Pedro Duque
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