Ahora que las ciencias exactas, naturales y
humanas han logrado avances prodigiosos en
el conocimiento del hombre y de su universo,
es grande la tentación de querer
circunscribir totalmente la identidad del
ser humano y encerrarlo en el conocimiento
que se puede tener de él. Para evitar este
peligro, es preciso dejar espacio a la
investigación antropológica, filosófica y
teológica, que permite mostrar y mantener el
misterio propio del hombre, puesto que
ninguna ciencia puede decir quién es el
hombre, de dónde viene y adónde va. Por
tanto, la ciencia del hombre se convierte en
la más necesaria de todas las ciencias.
Es lo que dijo Juan
Pablo II en la encíclica
Fides et ratio:
«Un gran reto que tenemos (...) es el de
saber realizar el paso, tan necesario como
urgente, del fenómeno al fundamento.
No es posible detenerse en la sola
experiencia; incluso cuando esta expresa y
pone de manifiesto la interioridad del
hombre y su espiritualidad, es necesario que
la reflexión especulativa llegue hasta su
naturaleza espiritual y el fundamento en que
se apoya» (n. 83).
El hombre está siempre más allá de lo que se
ve o de lo que se percibe mediante la
experiencia. Descuidar la cuestión sobre el
ser del hombre lleva inevitablemente a dejar
de buscar la verdad objetiva sobre el ser en
su integridad y, de este modo, a la
incapacidad para reconocer el fundamento
sobre el que se apoya la dignidad del
hombre, de todo hombre, desde su fase
embrionaria hasta su muerte natural.
Durante vuestro coloquio habéis
experimentado que las ciencias, la filosofía
y la teología pueden ayudarse para percibir
la identidad del hombre, que está en
constante devenir. A partir de la cuestión
sobre el nuevo ser surgido de la fusión
celular, que es portador de un patrimonio
genético nuevo y específico, habéis mostrado
elementos esenciales del misterio del
hombre, caracterizado por la alteridad: un
ser creado por Dios, un ser a imagen de
Dios, un ser amado hecho para amar. En
cuanto ser humano, jamás está encerrado en
sí mismo; siempre conlleva una alteridad y,
desde su origen, se encuentra en interacción
con otros seres humanos, como nos lo revelan
cada vez más las ciencias humanas.
¿Cómo no evocar aquí la maravillosa
meditación del salmista sobre el ser humano,
formado en lo secreto del vientre de su
madre y al mismo tiempo conocido en su
identidad y en su misterio únicamente por
Dios, que lo ama y lo protege? (cf. Sal
139, 1-16).
El hombre no es fruto del azar, ni de una
serie de circunstancias, ni de
determinismos, ni de interacciones
físico-químicas; es un ser que goza de una
libertad que, teniendo en cuenta su
naturaleza, la trasciende y es el signo del
misterio de alteridad que lo caracteriza.
Desde esta perspectiva, el gran pensador
Pascal decía que «el hombre supera
infinitamente al hombre».
Esta libertad, propia del ser humano, hace
que pueda orientar su vida hacia un fin;
hace que, con los actos que realiza, pueda
dirigirse hacia la felicidad a la que está
llamado para la eternidad. Esta libertad
muestra que la existencia del hombre tiene
un sentido. En el ejercicio de su libertad
auténtica, la persona cumple su vocación, se
realiza y da forma a su identidad profunda.
En el ejercicio de su libertad también
ejerce su responsabilidad sobre sus actos.
En este sentido, la dignidad particular del
ser humano es a la vez un don de Dios y la
promesa de un futuro.
El hombre tiene la capacidad específica de
discernir lo bueno y el bien. La sindéresis,
puesta en él por el Creador como un sello,
lo impulsa a hacer el bien. Movido por ella,
el hombre está llamado a desarrollar su
conciencia mediante la formación y el
ejercicio, para orientarse libremente en su
existencia, fundándose en las leyes
esenciales, que son la ley natural y la ley
moral. En nuestra época, en la que el
desarrollo de las ciencias atrae y seduce
por las posibilidades que ofrece, es más
importante que nunca educar las conciencias
de nuestros contemporáneos para que la
ciencia no se convierta en criterio del bien
y para que se respete al hombre como centro
de la creación y no se lo transforme en
objeto de manipulaciones ideológicas, ni de
decisiones arbitrarias, ni tampoco de
abusos de los más fuertes sobre los más
débiles. Se trata de peligros cuyas
manifestaciones hemos podido conocer a lo
largo de la historia humana, y en particular
durante el siglo XX.
Toda práctica
científica debe ser también una práctica de
amor, debe estar al servicio del hombre y de
la humanidad, contribuyendo a la
construcción de la identidad de las
personas. En efecto, como señalé en la
encíclica
Deus caritas est,
«el amor engloba la existencia entera y en
todas sus dimensiones, incluido también el
tiempo. (...) El amor es "éxtasis"», es
decir, «como camino, como un permanente
salir del yo cerrado en sí mismo hacia su
liberación en la entrega de sí y,
precisamente de este modo, hacia el
reencuentro consigo mismo» (n. 6).
El amor hace salir de sí para descubrir y
reconocer al otro; al abrirse a la
alteridad, confirma también la identidad del
sujeto, ya que el otro me revela a mí mismo.
Esta es la experiencia que, como muestra la
Biblia, han hecho numerosos creyentes, a
partir de Abraham. El modelo del amor, por
excelencia, es Cristo. En el acto de
entregar su vida por sus hermanos, de
entregarse totalmente, se manifiesta su
identidad profunda, y ahí tenemos la clave
de lectura del misterio insondable de su ser
y de su misión.
Encomendando vuestras
investigaciones a la intercesión de santo
Tomás de Aquino, a quien la Iglesia honra en
este día y que sigue siendo un «auténtico
modelo para cuantos buscan la verdad» (Fides
et ratio, 78),
os aseguro mi oración por vosotros, por
vuestras familias y por vuestros
colaboradores, e imparto con afecto a todos
la bendición apostólica.