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¿ÉTICA DEL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO SIN RELIGIÓN? (Natalia López Moratalla)

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La investigación con células madre embrionarias a 2005


 

¿ÉTICA DEL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO
SIN RELIGIÓN?



La tesis  que planteo es que la capacidad de recorrer éticamente el camino propio de la ciencia en la búsqueda de la verdad del mundo real, es una cuestión, en último t
érmino, religiosa.

Por Natalia López Moratalla

Arvo Net, 15.XII.2005

 

SUMMARY. Scientific activity should be respectful with the symbolic language of natural world. Facts are signs of a profound and mysterious reality. Confidence on the rational consistency used by natural reality talking to man is indeed a religious question. Positivism, relativism, and the presumed conventionality of scientific truth, or the assumption of scientific knowledge as the only one with a solid guarantee are deeply rooted in a personal question: an acknowledgement of whom is talking to man and what is the natural world expressing to him. And an acknowledgement of the image of the Creator each one has and how the relationship with Him is conceived.

 

Resumen. La actividad científica exige respetar el lenguaje propio en que se manifiesta el mundo natural que es un lenguaje simbólico; los hechos son signo de la realidad profunda y misteriosa. La confianza en la coherencia racional con que la realidad natural habla al hombre es una cuestión, en último término, religiosa. Tanto el positivismo, el realtivismo, como la presunta convencionalidad de la verdad científica, o la asunción del conocimiento científico como el único garantizado, hunden sus raíces en una cuestión personal: del reconocimiento de quién y de qué habla al hombre el mundo natural; de la imagen que cada uno tiene del Creador y de cómo se conciba la relación con Él.

 

 

La ciencia moderna es el resultado de la tarea de aprender a conocer la naturaleza. Como toda actividad de búsqueda de la verdad tiene calificación ética. Exige respetar el lenguaje propio en que se manifiesta el mundo natural que es un lenguaje simbólico. Lo que aparece en primer plano, asequible al modo humano de conocer los hechos, es signo de la realidad profundamente misteriosa del mundo.

El lenguaje formalizado de la ciencia es insuficiente para comprender el sentido íntimo de la realidad y, por tanto, requiere apertura a otra forma de conocerla. Más aún, si como es frecuente, el conocimiento científico se cierra sobre sí mismo con la única finalidad de permitir el dominio de ese mundo. El lenguaje de la técnica, ceñido en el nivel de la apariencia, puede ser muy exacto en lo cuantitativo, pero falso en cuanto referencia a la verdad del ser de la realidad de la que trata. La “gran mentira” que se permite al científico, por mero pragmatismo utilitarista, es precisamente considerar el lenguaje fragmentario de la ciencia como la palabra del todo: “Esto es todo; no hay nada más que transcienda este hecho”.

Actualmente, el alcance del conocimiento científico se mide desde la perspectiva de la autonomía del hombre como dador de sentido a la realidad. Esta postura produce una resistencia firme a admitir que la medida de la racionalidad del universo no sea la inteligencia humana. Inteligencia centrada exclusivamente en lo que puede ser demostrable por medio de la experimentación y reducida a la racionalidad técnica que identifica la realidad con las posibilidades de la acción humana, como mero material neutro. Cultivar la ciencia positiva supone la ambición de comprender el mundo natural, de conocerlo y dar razón de él. Conocer por qué es como es y funciona como funciona. Por qué existe y de qué manera ha sido hecho. Sin embargo, la verdad de las cosas aparece, no ya inalcanzable al conocimiento humano, sino inexistente; esto es, meramente convencional.

La tesis  que planteo es que la capacidad de recorrer éticamente el camino propio de la ciencia en la búsqueda de la verdad del mundo real, es una cuestión, en último termino, religiosa. Es esencial el reconocimiento y aceptación de que el mundo natural, que no es hechura humana, es un mundo creado con sentido. Se trata de percibir que la coherencia racional de ese mundo que está ahí, previo a cualquier intervención humana, habla al hombre. La cuestión clave es que la actitud ante esa luminosidad de la naturaleza, por la que se hace accesible a nuestro conocer, depende de una decisión personal: de la imagen que cada uno tiene del Creador y de cómo se conciba la relación con Él. Depende del reconocimiento de quién y de qué habla al hombre el mundo natural. Es pues una cuestión religiosa, entendiendo como religioso el conjunto general de explicaciones e interpretaciones que componen las tradiciones de la humanidad y se refieren a mensajes orales, textos, libros que estructuran la memoria de los orígenes, las razones, el destino. Las eternas cuestiones humanas de quiénes somos de dónde venimos y a dónde vamos.  Origen, vida y destino, más allá de lo que describe la ciencia.

 

1. Mundo científico y verdad

Analizaré las posturas más significativas en el mundo científico respecto a la verdad científica,  con relación a la visión del mundo y del hombre que se manifiesta en ellas.

 

La verdad es inalcanzable.

Karl R. Popper describió la lógica de la ciencia como “Búsqueda sin término”[1]. Las teorías son o bien falseadas o sólo establecidas provisionalmente “. Un solo cisne negro echa por tierra la hipótesis de que todos los cisnes sean blancos; pero millones de cisnes blancos no nos permiten dar por seguro que todos los cisnes sean blancos”. Esta teoría tuvo el punto de arranque en una observación de carácter psicológico: el contraste entre la actitud realista de Einstein y el dogmatismo de los filósofos Marx y Freud. Para Popper fue decisivo saber que Einstein buscaba experimentos cruciales, cuyo acuerdo con sus predicciones en modo alguno establecería su teoría; mientras que un desacuerdo, como él mismo fue el primero en señalar, mostraría que su teoría era insostenible. “Esta, pensé, era la verdadera actitud científica”.

¿Es así la lógica de los enunciados científicos? Realmente ¿mil cisnes blancos no sirven para afirmar que los cisnes son blancos y, sin embargo, basta un solo cisne negro para negarlo? No; la actividad científica tiene límites menos estrechos. Incluso el propio Popper se da cuenta de que hay una cierta relación entre la ciencia y muchas certezas de la sabiduría natural. Afirma en el prefacio de su obra de 1958 “La lógica de la investigación científica”, que el conocimiento científico es el resultado del aumento del sentido común… algo así como el conocimiento de sentido común en grande. 

Los hombres iniciaron desde antiguo respuestas a las cuestiones perennes con la potencia de la capacidad de contemplación. Respuestas a veces fantásticas, otras veces muy ingeniosas y acertadas y siempre con un trasfondo de verdad que posteriormente la experimentación científica ha precisado, cuando los hombres aprendieron a  manipular la realidad  para deshacerla en partes y poder medir y pesar. Entre el conocimiento precientífico y el científico se da una continuidad natural. Y es que en ambos niveles el conocimiento se alcanza y progresa por  “ensayo y error”. La diferencia está en que en el nivel científico se busca consciente y concienzudamente detectar los errores, porque en esto consiste la lógica del descubrimiento, o de la investigación.

¿Por qué se duda de la capacidad de conocer la verdad? La historia muestra que, apoyándose en la sabiduría precientífica y en las observaciones y datos anteriores, los conocimientos se perfeccionan de forma helicoidal. Los resultados se contrastan con nuevos experimentos, y así se ajustan las teorías y se diseñan los modelos que describen lo que se sabe de la realidad. Muy pocas veces ocurre que las conclusiones que se derivan de algunos datos echan por tierra algún planteamiento anterior; y, tal vez por eso, nunca debería hacerse radicalmente. A  un solo cisne negro hay que buscarle explicación. Y esperar y encontrársela, como se esperó pacientemente a sacar la deducción de que los cisnes son blancos.

En el fondo, y en última instancia, el problema del positivismo actual, heredado de Popper respecto a la verdad y la ciencia, incluso la indiferencia hacia la verdad, es el problema de la salida del sol. Una cuestión, que los filósofos de la religión estudian con gran minuciosidad, es el hecho de que en todos los cultos primitivos se da la coincidencia de ofrecer sacrificios diarios al sol. Hay muchas razones para que sea así;   pero la razón principal es que los hombres primitivos no estaban seguros de que el sol fuera a salir el día siguiente. Más tarde, cuando avanzó el conocimiento y surgió la astronomía, los hombres supieron las leyes que rigen el movimiento de los astros y la coherencia racional del universo, el sol se desmitificó, y el hombre ganó en confianza en su propio mundo. El sol ha salido ya millones de años, por lo tanto hay un elemento de juicio para decir con cierta tranquilidad que saldrá también mañana.

Pero ¿tenemos absolutamente todos los elementos de juicio para afirmarlo con certeza? Todos no, si la ciencia fuera una búsqueda sin término y además de ello  fuese el único conocimiento garantizado. Todos no, si no pudiera haber otro modo de certeza. Si no hubiera un orden, que es la naturaleza, sería dudoso que el universo de mañana se pudiera comportar de una manera que refutara las más comprobadas generalizaciones de hoy. Si lo que es válido para los casos experimentados, no se puede afirmar de ninguna manera que sea válido también para los no experimentados, no se puede acceder desde enunciados singulares a teorías universales. La formulación de la hipótesis no tendría una lógica, dice el positivismo. La hipótesis sólo puede ser contrastada después de ser formulada, no antes. Y sin embargo, en la actividad científica encontramos, tanto por observación como por experimentación, regularidades, uniformidades, comportamientos constantes, leyes. 

En sus últimos escritos (Post Scriptum a la lógica de la investigación científica), Popper[2] acepta que si bien nuestras teorías no reconstruyen la realidad sí pueden llegar a encontrar puntos nodales de su comportamiento. Esa probabilidad es físicamente real, es una propensión, una tendencia que está en las cosas -como están las fuerzas newtonianas- y que descubren los experimentos. Las propensiones del mundo físico permiten una correlación entre el conocimiento y la realidad. Esta afirmación supone por primera vez en la trayectoria de su pensamiento la aceptación, tímida, de que la verdad puede ser en cierta medida alcanzable. De que es posible la inducción esencial que lleva de algunos a todos, pasando por ese nódulo del todo. Ciertamente no se puede pasar de uno a todos por generalización, pero sí por inducción esencial; esto es,  por determinación de una estructura natural, tal como ya afirmó Aristóteles.

¿Se puede admitir que lo que ha valido hasta ahora valga en el futuro? No estamos seguros de que haya ese orden ni de que sea continuo, es decir que se extienda del pasado al futuro -dice Popper-;  pero si lo hay, entonces la inducción esencial toma de ahí su fuerza y sería la fundamentación del método de ensayo y error, hipotético- deductivo.

La verdad científica existe porque el pensamiento humano es captación de realidades; es  capaz de encontrar los puntos nodales, si hay coherencia en el mundo real: si existen realmente esos puntos nodales. La ciencia, como modo de conocimiento, tiene que dar cuenta de sus certezas no sólo ante el tribunal de la lógica, sino ante el tribunal de la coherencia de lo real. Los elementos que permiten avanzar a la ciencia, finalidad, orden, etc., hablan de que ese mundo natural que se trata de conocer tiene una coherencia racional. Se trata de un presupuesto que consciente o inconsciente está relacionado con  la convicción religiosa en un Creador bueno. Como dice Einstein, “Dios puede ser refinado, pero no malvado, y la ausencia de finalidad en la naturaleza sería un rasgo inequívoco de maldad”.

 

La indiferencia hacia la verdad científica.

Kuhn[3], otro teórico de la ciencia, rompía el cerco de la lógica positivista para acentuar el papel que juega la psicología del científico en  las búsquedas y en los encuentros. La ciencia como actividad -viene a afirmar- tiene su lógica propia, pero el científico, como persona, tiene su psique y su mundo. Con él y los que vienen después, la racionalidad científica pasa a ser vista como una mera lucha de poderes e intereses. El contenido de certeza de un modelo o paradigma, incluso la irrupción de nuevos fenómenos tienen poco, o casi nada que ver con el proceso revolucionario por el que el antiguo modelo se hundió. Los científicos, según Kuhn, comparten puntos de vista sobre sus disciplinas y sobre el mundo en general. Estos paradigmas no son ni verdaderos ni falsos, y unos desplazan a otros por motivos mucho más subjetivos que el grado de verdad que contienen: poder, dinero, modas, acuerdos políticos, capacidad de arrastre de quienes los proponen, etc.

Ciertamente en todas las épocas ha habido pensadores originales capaces de enfocar de forma original, y con factores muy personales de claridad y de estética, que hacen atractivas sus teorías. Y ciertamente hay muchos elementos que desempeñan un papel crucial en la elaboración de una teoría, como muestra la Historia de las ciencias, pero no son elemento intrínseco del método científico; nada es más contrario a la actividad investigadora que dar por supuesto que la ciencia no ofrezca nada verdadero, sino solamente una sucesión de interpretaciones, unas mejores que otras para los objetivos específicos y prácticos que dictan las modas. 

Einstein ejemplificó la miopía de los intelectuales con los intereses demasiado parciales. La superespecialización permite que se pongan de moda con “irresistible atracción” parcelas y modelos; y se dificulta aún mas el trabajo serio en pro de la comunicación de las ciencias positivas entre sí. Esa tarea lleva tiempo y no todos están dispuestos a emplearlo en algo de poca utilidad a corto plazo. Y, así, una teoría, que ha mostrado su temple por no tener resultados negativos que la contradigan, se puede abandonar sólo porque no llegan “a tiempo” los resultados que la confirman.

Menos aún se trabaja en serio en pro de la comunicación de las ciencias positivas con  las humanidades. Comprender la riqueza de la realidad requiere un continuo esfuerzo de sumar lo que observamos desde diversas perspectivas: tender puentes, abrir caminos, dejarse iluminar por otras luces. Los símbolos dan que pensar. La naturaleza no esconde sus secretos pero hay que preguntarle por ellos. Y para escuchar su lenguaje es preciso asumir que Alguien nos habla palabras reales con el lenguaje simbólico de la naturaleza.

En todas las épocas, la mente humana se ve profundamente influida por la visión del mundo, el modelo del universo que acepta; pero también el modelo recibe la influencia de la mentalidad predominante. Como refleja Lewis[4], los fenómenos que hayan de apoyar un nuevo modelo aparecerán oportunamente, cuando los cambios de la mente humana produzcan suficiente desagrado por el antiguo modelo y suficiente anhelo por otro nuevo. Esta cuestión es de gran importancia. El nuevo modelo no se establecerá sin pruebas palpables; la ciencia positiva se encarga de buscarlas y comprobarlas. Pero las pruebas no surgirán hasta que la necesidad de comprender llegue a ser lo suficientemente grande para preguntar a la naturaleza.

El carácter de las pruebas depende de la forma de interrogar; y en definitiva la necesidad de interrogar depende de que se crea que hay algo más de realidad que lo que aparece a primera vista. Por eso un buen interrogador puede hacer maravillas. Sin embargo, lo esencial es si la realidad es o no un testigo honrado al que nadie podrá jamás sonsacarle una mentira. El mundo natural es real y habla. El conocimiento científico aporta una prueba nuclear de la honradez del testigo: el mundo natural aparece a la mirada interrogante con una coherencia sobrecogedora. En todas las épocas los hombre se han llenado de admiración que el mundo real sea inteligible, que nos pongamos a pensar y resulte que las cosas sean “así”; que las explicaciones sean muchas veces profundamente convincentes. 

Aceptar y confiar en la racionalidad de la realidad tiene su apoyo en la aceptación y confianza en el Creador.

 

Relatividad y relativismo.

Frank, Carnap, Reichenbarg, y otros filósofos del Circulo de Viena habrían querido que bajo la fotografía de Einstein quedara para siempre la lapidaria frase “todo es relativo”. Y muchos lo siguen deseándolo y repitiéndolo. Pero el relativismo no tiene por padre a este sabio. Su principal objetivo fue colaborar a alcanzar una interpretación cósmica en la que la realidad fuese una totalidad de cosas consistentemente interelacionadas. Una visión absoluta, en el sentido de que su existencia no fuera relativa a los espectadores que la observaran. La interpretación de una realidad cósmica, totalmente coherente, unificada y simple que existiera independientemente del observador. Una interpretación también absoluta en el sentido de que si el conocimiento de los observadores de la realidad, la formulación de las leyes científicas era correcta,  la ley en cuestión tenía que permanecer invariable, al igual que el universo es invariable.

La teoría de la relatividad de Einstein puso sobre la mesa la cuestión acerca de hasta qué punto es válido o no fiarse de un  conocimiento que no es un registro directo de la realidad, puesto que los registros provenientes de los sentidos se han convertido en construcciones mentales. ¿Existe la verdad científica o todo es según el color del cristal con que se mira?

Hay respuestas a esta pregunta que no son validas. Una es la tesis del absolutismo fenomenológico -para la que el mundo es como aparece y aparece para todos igual-, aunque sólo fuera porque la historia nos muestra a diario que miramos las mismas cosas y no todos vemos “lo mismo”. Esto es bien claro porque los fenómenos naturales no son absolutamente neutros. Tienen un significado propio y cuanto más rico es más dimensiones tiene, y la mirada se fija más en una o alguna de esas dimensiones que en otras.  

También es razonable abandonar el extremo opuesto, el “etnocentrismo” que plantea que la capacidad para tratar de representarse mentalmente lo que se percibe, está condicionada en cada cultura sólo en función de su particular sistema de valores, y no de la realidad misma. No se trata aquí de exponer y discutir teorías acerca de la percepción, ni mucho menos discutir diversas teorías del conocimiento. Se trata únicamente de señalar que la actividad científica  no se desarrolla sencillamente por acumulación de datos obtenidos de la simple observación de hechos naturales. Observar es ver, mirar y saber lo que está ahí, dónde y para qué. La experiencia no es algo pasivo, no consiste en una mera acumulación de impresiones o datos sensoriales. Al contrario, es activa, y el observador la enriquece desde el principio y la misma recogida de sensaciones externas es selectiva. 

Los encuentros con la realidad son siempre ampliables y deben completarse desde otros ángulos porque la realidad es muy rica. Experimentar es interrogar; es manipular la realidad y oír su  respuesta al ver y observar lo que le acaece como consecuencia de la interferencia a que se le somete, sin perderse en las señales que dan los artefactos  producidos por la propia injerencia. La verdad científica existe en tanto existe un mundo natural racional; como escribió Einstein[5], “la creencia en un mundo independiente, exterior al sujeto perceptor, es la base de toda ciencia natural”. La posibilidad de distorsión, o ambigüedad, no radica en los hechos sino en su descripción. Einstein nunca se separó completamente del humilde reconocimiento de que la última palabra en la ciencia pertenece a los hechos, es decir, a la verificación por observación de las teorías. Con el método de las ciencias positivas se buscan proposiciones, descripciones del estado de cosas reales o hechos del mundo; una proposición tiene significado cognoscitivo si es verificable empíricamente en esas condiciones concretas y específicas. En ese estado concreto son verdaderas y la totalidad de las proposiciones verdaderas constituyen la ciencia natural. Y la comprensión científica del mundo se enmarca en un ámbito de comprensión más amplio. Hay necesidad de una justificación de los enunciados por la lógica interna y se requiere además necesariamente una justificación a la pregunta por la verdad de las proposiciones respecto a la realidad misma. Sólo así la ciencia es camino de conocimiento verdadero.

La actividad científica no es un proceso autónomo con respecto al contexto intelectual, ni social, ni siquiera al de las modas. Las creencias religiosas, políticas y metacientíficas interfieren de hecho en el pensamiento del científico, ya que los datos experimentales son una mitad y la otra mitad de la imagen del mundo real es el conocimiento acumulado que produce la experiencia. Pero, aun cuando llevemos gafas con cristales coloreados, siempre hay muchas cosas que relucen intactas a través de ellos y nos llegan tal como son. Lo que no pueden hacer unas gafas es crear la visión.

Hacer ciencia requiere saber mirar, saber preguntar y saber escuchar. Siempre me impresionó el hecho del nacimiento de mi disciplina, la Bioquímica. Hasta que no se formuló la pregunta correcta ¿Cuál es el papel fisiológico de este paso metabólico?, los hechos conocidos -un conjunto de reacciones químicas-, no pudieron ser integrado dentro de una teoría consistente, el metabolismo celular.

Y de nuevo aparece la cuestión que nos ocupa. Es el interrogador según sus propias creencias quien puede distorsionar las preguntas a la naturaleza o puede no comprender las respuestas. Siempre me he preguntado ante los resultados del ruso Oparin, que le hacían percibir realmente la evidencia de ese orden natural del flujo de las reacciones en la vida si simplemente tenía que guardar silencio por el régimen político en que desarrolló su actividad o no era capaz de escuchar las repuestas de la naturaleza a sus preguntas. Es más, si yo no hubiera tenido una formación de raíces cristianas ¿vería evidente que los procesos vitales persiguen un fin que forma parte de la unidad de sentido del orden cósmico?

 

¿No es conocimiento garantizado el que no puede ser contrastado por experimentación?

La conciencia moderna se presenta como incapaz de concebir nada supraempírico o metacientífico. Más aún, se niegan el espíritu como trascendente a la materia (es el caso de Freud), o (como para Marx) el espíritu sería como algo no real. No son realidad, son ideas producidas por la conciencia humana: las más nobles ideas, pero tan sólo eso. En relación a esta cuestión puede ser muy útil examinar la actitud popperiana[6] -de íntima reticencia a lo que está más allá del positivismo- muy típica de la mentalidad actual.

Popper llegó al convencimiento de la necesidad de la metaciencia aunque mantuvo el temor de que este conocimiento no fuera más que arbitrariedad o dogmatismo, lo que denominó pseudociencia. Esto es, una especulación inverificable porque no puede ser contrastable por hechos experimentales; incluso una especulación presuntuosamente dogmática que busca proteger y hacer la teoría invulnerable frente a las posibles dificultades en la experiencia. Su embate se dirige a los que considera exponentes de la filosofía de su época, Marx y Freud, precisamente por la pretensión de conocer leyes necesarias, leyes científicas del desarrollo de la historia, de problemas sociales o psicológicos, sin someterse a las exigencias de la ciencia. No tuvo contacto con la metafísica del ser, no la conoció. Y justamente el conocimiento de las grandes cuestiones, la metafísica, nunca ha querido hacerse pasar por ciencia, por eso no es pseudociencia. La coherencia racional del mundo, su consistencia interna son datos metacientíficos que están y estarán siempre en el origen interno de la ciencia. Y no al contrario. El conocimiento científico no es el único conocimiento garantizado. Hay un modo de conocimiento metacientífico que no está encerrado en  los estrechos límites del positivismo, justamente porque se abre de suyo a ese más allá del hecho empírico. Los hechos naturales tienen un sentido y un significado propio que trascienden la mera descripción empírica. 

Ya en 1748,  Hume había afirmado el predominio de la esfera empírica negando la esfera transcendente: las impresiones son intensas, vivaces, inmediatas. Las ideas, por el contrario, son representaciones débiles, mortecinas, pálidas. La metafísica se hace con ideas y sólo la ciencia se hace con impresiones, con experiencias. Sin embargo, y cada vez más, “el predominio absoluto de lo empírico” se cuestiona desde el análisis de estos gestos prototípicos humanos. Los gestos naturales, el lenguaje del cuerpo humano se dan en la esfera empírica, donde aparecen y se comprueban; pero su significado no se desvela plenamente en ellos. Remiten más allá, a la persona, y se desvelan precisamente como una señal de la transcendencia y remitiendo a ella.

Dos ejemplos concretos. En primer lugar el fenómeno humano de la risa. La risa la provoca la percepción de la discrepancia. Y todas las discrepancias dependen de una que es la verdaderamente fundamental; es la discrepancia de una libertad que aparece incidiendo en el automatismo de los hechos o procesos biológicos en los que el hombre puede o no quedar aprisionado. Esto puede percibirse trágicamente y de hecho muchos lo perciben como la fuente de la tragedia; pero es también la fuente de la risa, la fuente de lo cómico. ¿Qué significa esa percepción cuando se tiene hondamente? Significa que somos capaces de percibir que este mundo fáctico no es lo último. Si fuera lo último entonces necesariamente lo tendríamos que percibir trágicamente y no reír nunca ante lo dispar. Si somos capaces de reír de lo disparatado con verdad, y  con legitimidad, quiere decir que éste mundo no es lo último, que hay otro ámbito de realidad en el que el hombre vive libre sin riesgo.

Igual ocurre con las palabras de la madre, típicamente humanas, “no tengas miedo, todo está en orden, todo está bien” al niño pequeño que se despierta en mitad de la noche con una espantosa pesadilla. Es algo que ocurre en la esfera empírica: un hecho constatable. Hay oscuridad y se siente solo y acosado. Y el niño se tranquiliza, es decir recupera la confianza en la realidad. ¿Miente la madre? Si toda la realidad se extiende sin solución de continuidad al mundo que la razón empírica puede manejar y controlar, esta madre miente. No es la luz sino la oscuridad lo que le espera. No es la seguridad pasajera del orden, sino la pesadilla del caos. Miente la madre, a no ser que exista otro mundo, otra realidad además de la oscuridad y el caos de la carencia total de sentido. Si no fuera así, la madre mentiría, y hay algo irreductible en nosotros que nos dice que la madre no miente; conocemos bien un impulso que indica que al orden humano le corresponde un orden transcendente que no se quiebra sin más y que este orden transcendente es de tal carácter que el hombre puede confiar en él.

Lo que percibimos en las experiencias humanas es “empíricamente contrastable”, existe; pero es mucho más que eso. Son fundamentalmente experiencias humanas accesible al común de los hombres, prototípicamente humanas y, por tanto, válidas para todos. Se contrasta con la realidad y coincide con ella. Ahora bien podrían no estar fundadas y ser sólo algo plenamente convincente desde el punto de vista subjetivo, pero insuficiente objetivamente. ¿Qué es lo real? ¿Qué ocurre realmente cuando una persona muere? Son preguntas inevitables, cuestiones que no se pueden eludir o soslayar. Siempre los hombres se las han hecho de un modo u otro. Es inevitable una reflexión sobre la verdadera naturaleza de la realidad, sobre el sentido último del todo. Sobre la verdad y la coherencia de lo real que impide dar por cerrado en el conocimiento científico el tema de la transcendencia.

De nuevo aparece el núcleo de la cuestión: qué legitima aquello que manifestándose en los hechos trasciende lo empírico. Porque la forma de raciocinio de la ciencia positiva tiene necesariamente que descomponer la realidad para analizarla y después componer lo diseccionado. Y es, precisamente, en ese volver a componer donde cabe el peligro de reformular el proyecto original, cambiar el sentido propio, es decir vaciarlo de sentido. En palabras de Josef Pieper[7], “no se puede evitar que los mitos, por ejemplo, los escatológicos, por citar algunos referidos a Platón, signifiquen algo completamente distinto para el intérprete moderno, si éste está convencido de que en verdad existe algo como un juicio después de la muerte, o si consideran absurda semejante convicción”.

¿Es imposible hacer que el científico de hoy piense, al menos una vez, sí en el mundo existe un orden de alguna manera jerárquico? Más aún ¿existe algún tipo de embate intelectual o moral que le haga replantearse la convicción de que lo que tiene valor y sentido es sólo lo que es obra del poder onmipotente de la técnica? La superación de este  callejón sin salida (no hay más que “afirmación científica” o pura fantasía) está en reconocer que hay una tercera esfera, la del sentido propio del mundo natural.

En cierta medida se percibe que el deseo de convertirse en dador de sentido a la realidad creada es un factor clave de la violencia de la cultura de la muerte; para muchos la falta de referencias éticas para conducir la técnica derivada de los conocimientos científicos plantea la cuestión de la ética del conocimiento mismo. La tarea cultural, en la que el científico está involucrado, exige no dar por terminado el conocimiento de las ciencias positivas antes de tiempo. Se requiere tomarse en serio la empresa de saber qué hay de verdad en los conocimientos transmitidos por tradición de quienes nos han precedido. Qué hay de ropaje defectuoso y qué de verdad expresada en un lenguaje que ha de ser necesariamente simbólico, porque la realidad es más. Los hombres de hoy no estamos condenados a ir a ciegas en las cuestiones de sentido en las que nos jugamos la propia vida; el conocimiento científico no es el único garantizado. La ética de la actividad científica exige la apertura a esa otra forma de conocer que trata precisamente de las cuestiones últimas a las que la ciencia no llega, ni puede llegar.

Nuevamente la pelota vuelve de nuevo al tejado de las creencias religiosas. El mundo natural real habla con un lenguaje simbólico. Expresa una realidad escondida en él: el sentido profundo que su Hacedor ya relató en la revelación primitiva a todos y para todos los hombres y que sólo tomará una forma de expresión más nítida en la revelación judeocristiana. En definitiva la cuestión es si hay algún criterio racional que permita legitimar el  núcleo universal de verdad entre todo aquello que nos llega  “desde antiguo” por las culturas y tradiciones de la humanidad y que obviamente nos llega envuelto en un lenguaje peculiar. No nos llega expresado en conceptos universales sino se nos narra en historias que con frecuencia tienen ropajes de fábulas, de descripciones científicas pintorescas, o de mitos. La posibilidad de legitimar racionalmente el núcleo de verdad depende –afirma Pieper- de quien se concibe como su autor último, porque el narrador expresamente no es el autor; no habla como testigo presencial de los hechos que relata, sino como el que transmite lo que recibió por tradición.

La voz del lenguaje simbólico de la naturaleza amplificado con la revelación primitiva la puede recibir cada hombre; está escrita en lo nuclear de toda religión y su eco resuena en el corazón del hombre. Es una cuestión de resonancia de lo intangiblemente verdadero en cada uno. Por ello, sólo la amplitud del ámbito interior de apertura de cada uno permite, o no, percibir la armonía de las voces y depurarlas de todo aquello que disuena y confunde. Es el ámbito del espacio de apertura personal a Dios. La legitimación de los núcleos de verdad es la concordia con la verdad cristiana. Una verdad, tanto la natural como la cristiana, que ha de ser aceptada y acogida libre y personalmente.

 

Enviado por Arvo Net - 15/12/2005 ir arriba
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