La Providencia, el Génesis
y la vida moderna
Por Cyril Domb
1. Introducción: Creencia
La ciencia no sería posible sin una creencia básica en la
regularidad de la naturaleza, es decir, que al realizar un
experimento en un tiempo y lugar dados, y ese mismo experimento,
bajo las mismas condiciones, en otro tiempo y lugar diferentes,
los resultados serán idénticos. No hay razón alguna para esta
creencia, y de hecho, ni siquiera es cierta. Si medimos varias
veces el número de partículas alfa emitidas en un segundo
por un espécimen de material radiactivo bajo las mismas condiciones,
se obtiene unas veces cero, otras uno, otras dos, etc. Pero
es tan importante mantener la hipótesis básica a que nos estamos
refiriendo, que para definirla se ha tomado un concepto prestado
de la matemática: incluso si los números no son idénticos,
las distribuciones probables sí lo son.
Con ayuda de esta hipótesis básica resulta posible construir
sistemáticamente un cuerpo de doctrina conocido como hecho
experimental y formular hipótesis que, con ayuda de las
matemáticas y el razonamiento lógico, puedan abonar dicho
cuerpo de doctrina. Los avanzados en astronomía y física se
sintieron grandemente impresionados por la sencillez de las
hipótesis que resultaban suficientes para satisfacer esta
necesidad, que no precisa de formalidades lógicas. Entre los
que pensaban que las leyes de la Naturaleza revelaban la obra
admirable del Creador se encontraban (1) Copérnico, Kepler,
Boyle, Newton y Maxwell. En nuestros días el más destacado
exponente de este punto de vista fue Albert Einstein; su pensamiento
queda resumido en el prólogo a la biografía definitiva escrita
por Pais (2).
«. . .vivió una fe profunda —una fe sin fundamento racional—
en que las leyes de la Naturaleza deben ser descubiertas.
Toda su vida persiguió este intento. Su realismo y su optimismo
quedan bien patentes en una frase suya: “Dios es sutil, pero
no malicioso”. Cuando un colega le preguntó qué quería decir
con ello, Einstein respondió: “La naturaleza esconde sus secretos
por su excelsitud esencial, pero no por medio de artimañas”.»
Desde los días de Einstein toda una serie de nuevos descubrimientos
ha reforzado su actitud: sirvan como ejemplos el papel de
la simetría en la teoría de las partículas elementales, los
pasos sustantivos hacia la unificación de las cuatro fuerzas
fundamentales de la naturaleza, y el descubrimiento de la
radiación cósmica lejana interpretada como un residuo de la
creación original del universo.
Los biólogos de estos dos últimos siglos se han mostrado,
en general, escépticos en este punto. Para muchos de ellos,
el punto dominante en la evolución y selección natural ha
sido más el azar que la determinación; incluso aunque el mundo
físico pudiese manifestar evidencias de determinación o planificación,
el hombre no sería más que un accidente. No obstante, el hecho
es que en las últimas décadas este punto de vista ha experimentado
serias críticas; se han ido acumulando experiencias suficientes
como para poner de relieve que muchas manifestaciones de la
naturaleza, que habían venido siendo consideradas como arbitrarias,
eran en realidad muy específicas (3), como, por ejemplo, que
pequeños cambios en determinadas constantes fundamentales
de la naturaleza habrían hecho imposible la vida. Esta situación
ha sido descrita expresivamente por Dyson (4).
«Es verdad que hemos aparecido en el Universo por azar, pero
la idea de azar no es más que una cobertura o tapadera de
nuestra ignorancia. Yo no me siento como un extraño en este
Universo. Cuanto más examino y estudio los detalles de su
arquitectura mayor evidencia encuentro de que el Universo,
en algún sentido, debe haber sabido que nosotros íbamos a
aparecer en él.»
Así, nosotros, en 1992, encontramos que la existencia de un
Creador es ampliamente aceptada por los científicos. Las notables
exposiciones divulgadoras del progreso científico debidas
a Paul Davies (5) dedican capítulos específicos a discutir
el papel de Dios en la naturaleza. Con lo que resulta que
ahora es el ateo el que tiene problemas para reconciliar sus
creencias con el saber científico.
Sin embargo, la existencia de un Creador no es más que un
primer dogma de la creencia religiosa. Todas las religiones
dan por supuesto que es posible influir en la conducta humana
por la educación y el ejemplo, lo que viene a significar que
tal conducta no puede estar predeterminada; es decir, debe
admitirse un elemento de voluntad libre en el hombre. Asimismo,
una religión en la que la oración para pedir la ayuda de Dios
ocupa un papel importante, implica que Dios interviene en
el quehacer humano de cada día.
El judaísmo, al que yo voy a referirme en este artículo, contiene
un determinado número de dogmas o principios de creencia,
entre los cuales se encuentra el que el Pentateuco es de origen
mosaico y posee validez eterna, y que el Antiguo Testamento
representa un conjunto verdadero de hechos escrito bajo inspiración
profética. Los principales puntos de creencia de la fe judaica
fueron formulados primero por Maimónides, notable médico y
filósofo judeo-español del siglo XII, que es uno de los más
profundos doctores de la Torah(6) en la historia judía.
Esta formulación ha constituido desde entonces tema de estudio
y discusión, pero sus principios básicos han sido universalmente
aceptados por los judíos observantes. Hoy, sin embargo, han
de ser presentados en términos modernos y sencillos y pueden
dar origen a conflictos aparentes o reales con algunas expresiones
o manifestaciones del pensamiento científico común. La mayor
parte de este artículo tratará de explicar cómo los científicos
judíos observantes tratan de resolver los conflictos que pueden
surgir en esta esfera. A lo largo de la historia y como consecuencia
del planteamiento de tales conflictos, se ha ido almacenando
toda una reserva de experiencia considerable, que puede servirnos
de guía en este intento. Un notable precedente son los ya
citados escritos de Maimónides, en los que se relatan sus
controversias con la filosofía aristotélica dominante en su
tiempo.
2. Providencia divina
Cuando Dios se muestra ante Israel en el Monte Sinaí no se
presenta como «Creador del Universo». El primer mandamiento
(Exodo, 20, 2) dice: «Yo soy Yahveh, tu Dios, que te
ha sacado del país de Egipto», lo cual subraya su preocupación
directa por los asuntos humanos. El Antiguo Testamento contiene
descripciones acerca de cómo, en ocasiones importantes, Dios
satisface las necesidades humanas. Es Él quien separa las
aguas en el mar Rojo, quien envía grandes bandadas de codornices
a los israelitas en el desierto para saciar su hambre, quien
responde a las peticiones de Ana, que era estéril y que concibe
un hijo varón. Cuando las hordas asirias de Senaquerib ponen
sitio a Jerusalén y el rey Ezequías pide ayuda al Altísimo,
Dios manda una peste que diezma a los sitiadores, obligándoles
a levantar el cerco. Digamos, en fin, que el Antiguo Testamento
está lleno de manifestaciones de la obra de Dios en beneficio
de su pueblo.
Muchos de estos hechos aparecen como milagros. ¿Significan
los milagros contravenciones de las leyes de la naturaleza?
¿Pueden ser contravenidas las leyes naturales?
El punto de vista tradicional judío es que Dios, creador de
las leyes de la naturaleza, tiene el poder de revocarlas,
pero que sólo lo hace en contadísimas ocasiones. En el lenguaje
del Midrash (7): «El Todopoderoso llegó a un acuerdo
con todo lo que fue creado en los seis días de la creación...
que las aguas se separasen ante los hijos de Israel, que el
pez vomitara a Jonás, que el fuego no abrasara a Ananías,
Azarías y Misael.» Se puede interpretar este pasaje como una
indicación de que tales milagros son muy raros, y muy aislados
los casos en que la contravención de las leyes de la naturaleza
son el resultado de una mención o aviso anterior; en circunstancias
normales, las leyes de la naturaleza son prioritarias.
¿Qué carácter tienen otros muchos acontecimientos «milagrosos»
recogidos en las páginas del Antiguo Testamento? Éste ha sido
el tema de un amplio ensayo, muy reciente, de Radkowsky (8),
quien subraya que el término «milagro», que aparece de vez
en cuando en la literatura científica moderna, tiene una connotación
muy diferente. Nachmanides, el notable estudioso de la Torah
del siglo XIII, señala que un hecho sorprendente e inusual
no constituye por ello mismo un milagro digno de ser recogido
en la Biblia. Cualquier lector del Libro de los Records
de Guinnes no puede sentirse impresionado por los hechos inusuales
que han sido recogidos en él como sucesos naturales. Nachmanides
afirma que en el Antiguo Testamento un milagro es un hecho
inusual que acontece después de haber sido predicho. La emigración
de las codornices es un fenómeno natural bien conocido; el
milagro surge si vienen a las manos de un pueblo exactamente
cuando se les ordena, tal como Dios había dicho a Moisés.
Las epidemias son un hecho en la vida diaria, pero una epidemia
que diezma el ejército asirio hasta tal punto que le obliga
a levantar el sitio de Jerusalén, según lo que Isaías había
profetizado, es un milagro.
Los hechos ordinarios están dentro del marco de las leyes
naturales. De hecho, el judaísmo en la era post-bíblica encarece
la oración sólo para lograr objetivos que pueden ser obtenidos
en un contexto natural (9). Pero no consulta a la opinión
científica común para decidir lo que es y lo que no es posible:
tiene sus propias tradiciones ya establecidas. Por ejemplo,
las plegarias para implorar la lluvia constituyen una parte
de las oraciones diarias judías; existe una fórmula especial
para pedir la salud de un enfermo, y desde el tiempo de los
Patriarcas las parejas sin hijos han orado para pedir descendencia.
La creencia de que estas súplicas pueden ser oídas y atendidas
chocan con el concepto determinista del Universo imperante
en el siglo XIX. Cuando un dogma de fe choca con una teoría
científica ordinaria, el creyente no abandona la fe, sino
que se reafirma en ella, sabiendo que las teorías científicas
pasan, y espera la aparición de una nueva teoría que se concilie
con su fe.
En el tiempo presente, el determinismo está ya completamente
abandonado. A nivel básico, la teoría cuántica está encerrada
en el lenguaje de la probabilidad, y la teoría del caos ha
mostrado que por muchos sistemas semejantes que la teoría
de los cuantos no diferencie, pequeños cambios verificados
en condiciones iniciales, imperceptibles para el hombre, pueden
tener consecuencias incalculables. El azar y la indeterminación
están presentes en el análisis moderno de los sistemas complejos;
pueden parecer indeterminados para los seres humanos, pero
el judío observante cree que son conocidos por Dios, poseedor
de todo saber y poder.
El ejemplo de la lluvia proporciona una ilustración particularmente
interesante, más aún cuando se ha aceptado recientemente que
los fenómenos meteorológicos son determinísticos, pero tan
complicados, que aún no sabemos cómo descifrarlos. El punto
de vista común (10) acepta la prevalencia del «efecto mariposa»
según el cual, un sistema meteorológico puede ser tan sensible
que el simple aletear de las alas de una mariposa puede originar
un huracán. No hay, pues, mucha dificultad en encontrar aceptable
la existencia de incidentes concretos por los que las codornices
bíblicas pudieran haber sido desviadas de su camino migratorio
normal, o por los que unas bacterias o virus pudieran haber
desencadenado una epidemia en el ejército asirio, sitiador
de Jerusalén. Un judío religioso no confía únicamente en la
plegaria, sino que conoce bien que debe tomar las medidas
precisas para conseguir de manera natural los objetivos que
pretende. Y así, en el caso de una enfermedad deben buscarse
los mejores remedios posibles; el progreso de la medicina
actual ha dado cabida a la esperanza de que no haya enfermedad
realmente incurable si se consiguen los conocimientos suficientes
acerca de ella. En los casos de infertilidad deben hacerse
todos los esfuerzos que sean posibles para hacer avanzar los
procedimientos destinados a remediarla. Dios responde a las
oraciones de muchas maneras, y el médico y el científico pueden
ser los «instrumentos» a través de los cuales se canaliza
la respuesta.
A la luz de todo lo anterior, consideremos uno de los acontecimientos
históricos del presente siglo, la supervivencia del Reino
Unido en 1940 y su influencia en el resultado de la II Guerra
Mundial. Todos los antecedentes de la historia militar hacían
pensar que los ingleses habrían debido ser derrotados sin
remedio a principios de los años 40. Los alemanes habían conquistado
la mayor parte de Europa y habían logrado una impresionante
superioridad militar por tierra y aire; habían organizado
una potente flota de submarinos, con lo que también parecían
dominar los mares. Cualquiera que lea un libro como el de
R.V. Jones, Most Secret War (11), en el que se describe
la situación interna de la época, no puede dejar de advertir
notables «coincidencias», por ejemplo, el desarrollo de los
Spitfire, del radar, el desciframiento del código secreto
alemán por la máquina Enigma, etc. Pero con todo ello, aún
era muy estrecho el margen de posibilidades.
Entonces, sucedió algo que parece increíble. Frustrado por
no poder acabar con los británicos según los planes que había
trazado, Hitler desafió la práctica militar normal y abrió
un segundo frente contra la Unión Soviética. El ejército alemán
era tan poderoso y estaba tan bien preparado, que la aventura
de Hitler estuvo a punto de triunfar: en noviembre de 1941,
los alemanes habían llegado a los suburbios de Moscú. Pero
entonces se encontraron con uno de los inviernos más crudos
de los últimos tiempos. La temperatura en Moscú descendió
hasta 52° bajo cero y la gente moría de frío en las calles
(12). Los planes militares de Alemania quedaron totalmente
desbaratados: éste fue el principio del cambio de dirección
de la campaña y de la guerra.
Para el creyente esto no fue una coincidencia: parece que
este hecho es un buen candidato a presentarse como un milagro
del siglo XX.
3. El Génesis y la vida moderna
Al principio de este trabajo hemos señalado que para un judío
observante el Pentateuco tiene validez eterna, es decir, que
contiene un mensaje para todas las generaciones. Ahora bien,
no todo lo que se relata en el Pentateuco debe ser tomado
al pie de la letra. Así, interpretar literalmente el versículo
«Circuncidad, pues, el prepucio de vuestros corazones» (Deut
10, 16), es, evidentemente, absurdo. Maimónides incluye la
incorporeidad de Dios en su relación de dogmas de la fe judaica,
e insiste por ello (13) en que cualquier referencia al «dedo
de Dios» (Ex 8, 15), «el brazo extendido de Dios» (Ex
6, 6) y la «faz de Dios» (Ex 33, 20) debe ser interpretada
simbólicamente (14).
En la época de Maimónides y durante varios siglos después,
el mundo intelectual estaba dominado por la doctrina de Aristóteles
acerca de la eternidad de la materia. Si hubiera estado convencido
de que esta descripción era válida, habría estado también
preparado para interpretar los primeros versículos del Génesis
simbólicamente y de manera coherente con aquella hipótesis.
Esto no hubiera creado más dificultad que las interpretaciones
simbólicas de las referencias corporales a Dios. Sin embargo,
dado que no encontró razones poderosas para asentir en este
punto de vista, se adhirió a la interpretación tradicional.
En conjunto, sentó las líneas de que los textos debían ser
tomados literalmente a menos que hubiese razones convincentes
en contra, en cuyo caso deberían ser considerados simbólicamente
(15).
En abierta oposición a las doctrinas aristotélicas, Maimónides
adoptó una postura personal contraria a la mayoría de sus
contemporáneos. Yo creo que las convicciones religiosas nos
obligan a examinar las ideas contemporáneas desde los primeros
principios, y si es preciso, pronunciarse contra la corriente.
El primer reto científico ante la interpretación correcta
del primer capítulo del Génesis surgió a mediados del
siglo XIX. La Geología y la Paleontología habían adquirido
un gran desarrollo y estimaban la edad de la Tierra en centenares
o millares de millones de años. Las teorías más antiguas podían
ser consideradas como especulativas y aparecían notables diferencias
entre las estimaciones del físico Lord Kelvin y las de los
biólogos. Pero el descubrimiento de la radiactividad llevó
a nuevas conclusiones, y gradualmente se fue produciendo un
acercamiento entre varios métodos alternativos de estimación,
dando la cifra de cuatro billones y medio de años.
Hoy parece que estos datos deben ser aceptados plenamente.
Entonces, ¿cómo puede resolverse el conflicto entre el Génesis
y la biología? En este campo existe una muestra muy representativa
de los puntos de vista de los estudiosos de la Torah
(16). Una solución sencilla propugnada por algunos de ellos
es la de que la palabra «día», referida a los seis días de
la creación, debe ser interpretada como un período de tiempo.
Y no faltan precedentes para esta interpretación, por ejemplo
el comentario del rabino Bachya ben Rabbi Asher, del siglo
XIV, acerca del Génesis 1, 1.
«Estos días no son días humanos, sino los días de los cuales
formó los años insondables, en un sentido semejante al versículo
“Sí, Dios es grande y no lo comprendemos: el número de sus
años es insondable” (Job 36, 26) y también: “Son como
días de hombre tus días?”Ib 10, 5), y en los Salmos:
“Tus días no tienen fin” (Sal 102, 28).»
La interpretación es coherente con el nuevo concepto de la
naturaleza del tiempo expresada por la teoría general de la
relatividad. Es la conocida «paradoja de los hermanos gemelos»:
mientras uno de ellos, viajando por el espacio, cumplía solamente
un día en su edad, su hermano gemelo, viviendo en la tierra
habría cumplido centenares de miles de años. Pues para los
seres humanos las escalas temporales son relativas y podría
entenderse, así, que el tiempo absoluto señalado al principio
del Génesis habría que referirlo a la escala temporal
de Dios.
¿Qué otros aspectos importantes del relato de la creación
se dan en el Génesis en relación con lo que estamos
tratando? En este punto quiero llamar la atención acerca de
una investigación reciente llevada a cabo por un colega de
mi Universidad de Bar-Ilan, el profesor Natan Aviezer. Judío
observante, el profesor Aviezer entendió que era su deber
ponerse al día en los últimos avances de las disciplinas relacionadas
con el relato de la creación: cosmología, astronomía, geología,
meteorología, biología, antropología y arqueología. Y encontró
en cada una de ellas cambios muy significativos a lo largo
de los últimos años, y que los planteamientos actuales encajaban
notablemente con una interpretación más o menos literal
del Génesis. Además ha podido encontrar interpretaciones
precisas en términos científicos actuales de una serie de
frases del Génesis que hasta ahora parecían oscuras
e indefinidas. Sus conclusiones se hallan en curso de publicación
(17), y muestran cuánto puede ser aún descifrado y aceptado
de la sencilla y tersa prosa del primer capítulo del Génesis.
4. El reto de la evolución
Una de las más graves oposiciones frontales al relato del
Génesis fue planteada por la teoría de la evolución
de Darwin. Las bases científicas de esta teoría pueden ser
resumidas en pocas palabras. Charles Darwin afirmó que no
había que buscar el origen de las especies en los bruscos
y dilatados procesos de la creación, sino en los cambios graduales
acumulados en larguísimos períodos de tiempo. Los cambios
se habrían producido por un proceso de selección natural,
en el que habrían sobrevivido las especies que mejor se adaptasen
al medio. Por consiguiente, se da una cadena continua de las
diferentes especies, entre el ser vivo más simple y el más
complejo, y entre los animales superiores y el hombre.
Desgraciadamente, en el período que siguió a la publicación
de El origen de las especies de Darwin, los defensores
de la teoría de la evolución fueron más allá de la ciencia
estricta y la utilizaron como la base de una nueva religión
o como contraria a la religión. Insistieron en que el proceso
de selección natural no fue planificado, sino que se debió
al azar; que el hombre no es otra cosa que un tipo superior
de animal; que la historia de la creación referida en el Génesis
no es otra cosa que folklore primitivo, y, en fin, que la
ética debería basarse, no en normas absolutas, sino en el
lugar que ocupa el hombre en el proceso evolucionista.
Es probable que por esto una gran parte del mundo judío de
la Torah rechazase la teoría de la evolución in
toto. Sin embargo, algunos la aceptaron, e incluso encontraron
base para ella en el progreso general desde los animales inferiores
a los superiores descrito en el Génesis (18). De otra
parte, se ha dicho también que no hay conflicto real entre
lo que dice el relato de la Torah y el contenido científico
de la teoría de la evolución.
Como todos los innovadores científicos, Darwin formuló una
serie de predicciones por las que podía ser contrastada su
teoría, respecto a la cual y durante muchos años no hubo evidencias
decisivas ni en pro ni en contra. Pero en las últimas décadas,
muchos investigadores han llegado a la conclusión de que la
teoría en su forma original es insostenible. Consideran que
la hipótesis de un cambio gradual, como base para el origen
de las especies, está hoy totalmente desacreditada (19). Las
especies nuevas aparecen de repente, existen durante períodos
de tiempo sin cambios significativos y desaparecen también
repentinamente, sin que haya evidencia de selección natural.
No obstante, y como ya se ha dicho, la evolución se ha convertido
en algo más que una teoría científica. Cuando aparecieron
las teorías de Darwin, encontraron abierta oposición por parte
de la Iglesia católica y la lucha contra la evolución fue
llevada con torpeza e incompetencia. En un famoso debate público
celebrado en 1860, el obispo Wilberforce fue completamente
derrotado por T. H. Huxley. El proceso contra John T. Scopes,
maestro de una escuela pública de Tennessee, en 1925, por
incluir la teoría de la evolución en el currículum de su centro,
contrastó claramente con el naciente espíritu liberal y tuvo
un «efecto boomerang». Durante este siglo XX la teoría
de la evolución ha avanzado hacia una posición institucional,
llegando a ser tenida como artículo de fe más que como una
hipótesis aproximativa, hasta el punto de que para un biólogo
profesional resultaba socialmente inaceptable aparecer como
antidarwinista. De aquí que los críticos de la teoría de Darwin
empezaran por proclamar su darwinismo, y que los legos en
la materia pensasen que la teoría darwiniana sólo precisa
de pequeños retoques.
Curiosamente, la reacción del establishment biológico
actual en relación con el nuevo modo de entender el desarrollo
tiene mucho que ver con el establishment religioso
del siglo XIX en relación con la teoría darwinista. Y así,
un intento, científicamente serio, de demostrar, por rayos
infrarrojos, que un arqueópterix fósil, tenido como
clave en la teoría evolucionista, no era auténtico, fue rechazado
por todas las revistas biológicas y únicamente halló cabida
en una publicación de temas fotográficos (20). Hay que resaltar
que la autenticidad de dicho fósil constituye uno de los soportes
de la teoría darwiniana.
Sin duda alguna, Darwin fue un notable pensador e innovador.
Pero la honestidad intelectual reclama el reconocimiento de
que las investigaciones modernas están en directa oposición
con su tesis central del cambio gradual en las especies.
En la publicación de Aviezer a que me he referido anteriormente
(21), se pasa revista a los últimos avances en biología y
se llega a una favorable comparación de estos avances y sus
resultados con el relato que de la creación se hace en el
Génesis.
5. Algunas conclusiones
El judaísmo empieza con un compromiso, y en lo anterior he
tratado de recoger algunas de las más importantes contribuciones
a este compromiso. Pero una vez que se ha aceptado, hay que
afrontar también las preguntas que surjan de él. Si la respuesta
a una pregunta determinada no es alentadora, no hay que abandonar
el compromiso, sino asumir implícitamente que puede aparecer
más adelante una respuesta satisfactoria, ya sea a lo largo
de la vida de quien pregunta o en las generaciones posteriores.
Y hay muchos ejemplos en nuestra generación que pueden justificar
una expectativa de este tipo. Muchos científicos han experimentado
en su trabajo un rayo de inspiración proyectado repentinamente
sobre un fenómeno que hasta entonces aparecía como insoluble.
Esto ocurre también en el ámbito de la reconciliación entre
ciencia y religión.
La experiencia siguiente, recogida en el Talmud, es
típica (22):
«El rabino Yossi dijo: Durante toda mi vida había tratado
de entender este versículo: “Andarás a tientas en pleno mediodía
como a tientas anda el ciego en las tinieblas” (Deut 28, 29).
¿Qué diferencia habría para un ciego entre andar en las tinieblas
y caminar a plena luz? Hasta que una experiencia práctica
me ofreció la respuesta. Caminaba yo una noche en plena oscuridad
por un sendero y me crucé con un ciego que marchaba con una
antorcha en la mano. Y le dije: “¿Para qué necesita una antorcha?”
El me respondió: “Cuando la gente me ve con una antorcha se
da cuenta de mi necesidad y me ayuda para que no caiga en
las zanjas o me lastimen las espinas y los cardos”.»
El acuerdo se basa en la fe; la razón, pues se utiliza para
analizar con detalle su naturaleza y examinar su conveniencia.
Pero si una persona no puede justificar el acuerdo, la alianza,
debe tener la suficiente humildad como para atribuirlo a sus
propias limitaciones y no a una intrínseca falta de justificación.
En conclusión, resulta razonable decir que la fe judía ha
obtenido inspiración y sostén de los avances científicos logrados
en el siglo XX, y que las tensiones que existían entre ciencia
y judaísmo en el pasado siglo han desaparecido en gran medida.
Quede aquí constancia de mi gratitud al rabino Aryeh Carmell
por su asesoramiento y acertadas indicaciones.
(Traducción: Joaquín Campillo.)
NOTAS
1. S.L. Jaki, TheRelevance of Physics (University of
Chicago Press, 1966), Ch. 10.
2. A. Pais, Subtle is Lord: The Science and Life of Albert
Einstein (Oxford 1982).
3. J.D. Barrow and F. J. Tipler, The Anthropie Cosmological
Principie (Oxford, 1986).
4. EJ. Dyson, Disturbing the Universe (Harper &
Row, 1979), p. 250.
5. Paul Davies, Space and Time in the Modern Universe
(Cambridge, 1977); Other Worlds (J.M. Dent, 1980); The
Accidental Universe (Cambridge, 1982); The Edge of
Infinite (Oxford, 1983); God and the New Physics
(J.M. Dent, 1983).
6. El corpus de la enseñanza judía viene descrito generalmente
con el término Torah.
7. Bereshit Rabbah, Ch. 5. (Una colección de sentencias de
la sabiduría talmúdica relativas al Pentateuco, editadas
en el siglo V). Traducción inglesa de Sancino, 1939.
8. Alvin Radkowsky en Encounter, eds. H. Chaim Schimmel
and Aryeh Carmeil (Feldheim, 1989), p. 42.
9. Misnah, Berachod 9:3, Shenot Elihayu. Comentarios de destacados
estudiosos del siglo XVIII sobre un texto rabínico del siglo
II.
10. Ian Stewart, Does God Play Dice? (Blackwell, 1989).
11. R.V. Jones, Most Secret War (Hamish Hamilton, 1979).
12. Estos datos me fueron facilitados por Yithak Silber, antiguo
profesor de matemáticas soviético emigrado a Israel en 1972.
Silber examinó los datos meteorológicos rusos personalmente.
13. Moses Maimónides, «The Guide of the Perplexed». («Guía
de descarriados») II, 25. (Traducción Shlomo Pines, University
of Chicago Press, 1963), pp. 327-30.
14. Ibid.
15. Moses Maimónides The resurrection of the Dead.
(«La resurrección de los muertos»). Traducción F. Rosner,
Ktav: New York, 1982), pp. 44-5.
16. Ref. 12, pp. 142-86.
17. Natan Aviezer, In the Beginning (Ktav: New York,
1990).
18. J.H. Hertz; «The Pentateuch and Haftorahs»; Soncino, «Additional
notes to Genesis».
19. Vid., p. ej., N. Eldredge,Time Frames (Simon &
Schuster: New York, 1985); S.M. Stanley, The Evolutionary
Time Table (Basic Books Inc.: New York, 1981); S.J. Gould
en «Conceptual Issues in Evolutionary Biology» ed. E. Sober
(MIT Press: Cambridge, Mass., 1984). Para una versión popular
vid. Francis Hitching, The Neck of the Giraffe (Pan
Books, 1982); G.R. Taylor, The Great Evolution Mystery
(Secker & Warburg, 1983).
20. RS. Watkins, F. Hoyle, N.C. Wickramasinghe, J. Watkins,
R. Rabilizirov, and L.M. Spetner, British Journal of Photography,
8 March 1985; 29 March 1985; 26 April 1985.
21. Vid. Nota 17.
22. Talmud Megillah 24b.
Publicado en el nº 12 de la revista Atlántida.
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