Por Carlos Javier Alonso. Profesor de
Filosofía
1. ¿Quién fue
Galileo?
Galileo Galilei nació en Pisa, en 1564.
Fue el primogénito de siete hermanos, hijos de Vicenzo Galilei, que
emigró a Pisa para establecerse como comerciante. En 1574, la
familia se trasladó a Florencia, donde Galileo estudió en el
monasterio de Santa María de Vallombrosa. En 1581 ingresó en la
Universidad de Pisa para estudiar medicina; a los cuatro años,
abandonó la universidad sin lograr el título, pero con unos amplios
conocimientos sobre Aristóteles. De vuelta a Florencia, se dedicó a
profundizar en el estudio de las matemáticas, bajo la dirección de
Ostilio Ricci, que había sido discípulo de Nicola Tartaglia, y
empezó a realizar observaciones en el ámbito de la física. En 1583
descubrió el isocronismo de las oscilaciones del péndulo. Después de
haber publicado en 1586 La pequeña balanza, donde ilustraba la
balanza hidrostática que había proyectado siguiendo las
indicaciones de Arquímedes, se dedicó a ampliar y a profundizar
también en su propia cultura literaria, hasta que en 1589, el gran
duque de Toscana le otorgó una cátedra de Matemáticas en la
Universidad de Pisa. En 1589 compuso un texto sobre el movimiento,
en el que criticaba las explicaciones aristotélicas sobre la caída
de los cuerpos y el movimiento de los proyectiles.
En 1592
el pisano fue elegido profesor de Matemáticas en la Universidad de
Padua, donde se ocupó de asuntos técnicos como la arquitectura
militar y la topografía, desarrollando invenciones como una máquina
para elevar agua, un termoscopio y un procedimiento mecánico de
cálculo expuesto en Le operazioni del compasso geometrico e
militare (1606). En 1609 transformó un anteojo fabricado en
Holanda, hasta convertirlo en un auténtico telescopio, con el que
observó que la Luna no era una esfera perfecta, como se deduciría de
las teorías de Aristóteles, sino un lugar con montañas y cráteres.
Descubrió cuatro satélites que giraban alrededor de Júpiter,
poniendo en duda la afirmación de que la Tierra era el centro de
todos los movimientos celestes, y reforzando la teoría heliocéntrica
de Copérnico. Expuso sus observaciones en el texto Sidereus
nuncius (Mensajero celestial, 1610). En 1632 consiguió el
imprimatur para su obra Dialogo sopra i due massimi sistemi del
mondo, tolemaico e copernicano (Diálogo sobre los dos principales
sistemas del mundo), a pesar de lo cual fue sometido a proceso
eclesiástico en 1633 por defender la teoría heliocéntrica y
condenado a reclusión perpetua en su villa natal. Escribió asimismo
Discorsi e dimostrazione matematiche intorno a due nuove
scienze (Consideraciones y demostraciones matemáticas sobre
dos nuevas ciencias, 1638). Murió en Arcetri, en 1642.
De
las más de 8.000 publicaciones de toda índole sobre Galileo , son
abundantes las que aluden al proceso inquisitorial que sufrió y que
incurren en parcialidad o repiten viejos tópicos. En el poco espacio
que podemos dedicar aquí a tan controvertido tema, intentaremos ir
al núcleo de la cuestión, desenmarañando esta madeja. Aunque resulte
sorprendente, el proceso de Galileo no fue, como tantas veces se
afirma, el resultado de un conflicto entre la ciencia y la fe, sino
más bien, como veremos en este apartado, la consecuencia de un
debate interno entre los católicos sobre el modo de encarar las
implicaciones religiosas de la naciente ciencia natural.
2. Galileo: un genio desafiante
Vayamos,
pues, derechos a la cuestión. Si hay algo en lo que todos los
conocedores de Galileo coinciden es en subrayar dos rasgos acusados
de su personalidad: de una parte, una clarividencia genial, una
lucidez mental deslumbrante que, a pesar de estar situado a cientos
de años en el pasado, le facultan razonar como una persona de
nuestro siglo, como alguien que sabía de antemano el rumbo que iba a
seguir la historia; de otra, sobresale el afán polémico de aquel
hombre, quien ya en su época de estudiante en la Universidad de Pisa
se hizo famoso por contradecir a sus profesores. Algo tiene que ver
este temperamento con las múltiples controversias en que se vio
envuelto. Amigo de sus amigos, Galileo fue también enemigo
implacable y contumaz, proclive a refutar a sus contradictores de un
modo que los hería y cubría del mayor ridículo.
Fue sometido a proceso eclesiástico en 1633 por
defender la teoría heliocéntrica y condenado a reclusión perpetua
en su villa natal Varios ejemplos bastarán para
ilustrarlo. En 1597, en sendas cartas a Jacopo Mazzoni y a Kepler,
se declara copernicano convencido. La noticia de la aparición de una
estrella "nova", el 9 de octubre de 1604, señala el comienzo de su
interés por la astronomía. Da tres conferencias sobre el significado
antiaristotélico que aquella aparición encerraba y sus opiniones son
criticadas anónimamente por Cesare Cremonini, colega suyo en la
universidad, que defiende una interpretación totalmente aristotélica
del fenómeno. Contra él escribe una dura réplica, pero los sucesos
astronómicos no confirman sus hipótesis, y Galileo deja de
interesarse momentáneamente por la astronomía copernicana.
Reemprende la discusión, en 1606, contra un escrito de Ludovico
delle Colombe, que comenta la aparición de una "nova" en sentido
aristotélico. (Como es bien sabido, el modelo de Universo propuesto
por Aristóteles modifica el modelo geométrico de Eudoxo y Calipo,
dando realidad física a las esferas homocéntricas -concéntricas
respecto de un mismo centro- y a la idea de movimiento físico. Así,
el universo aristotélico se divide en dos regiones diferenciadas: la
esfera sublunar, terrestre, que abarca la región de espacio
comprendida desde la esfera de la Luna hasta la Tierra, que ocupa
inmóvil el centro del Universo; la región en que el movimiento,
natural o violento, de los cuatro elementos -aire, tierra, fuego y
agua- da origen a la naturaleza, y la esfera supralunar, celeste,
que comprende la región que está más allá de la esfera de la Luna
hasta las estrellas fijas, y donde no hay cambio ni alteración
posible, a excepción del movimiento circular y uniforme de los
planetas llevados por sus esferas. Porque todos los cuerpos buscan
su lugar natural y el lugar natural de la Tierra, como cuerpo pesado
es el centro, la Tierra es centro inmóvil del Universo. Sobre este
modelo aristotélico, aplicó Ptolomeo todo el desarrollo que la
astronomía observacional y las técnicas matemáticas aplicadas a la
astronomía habían alcanzado, en el s. I d.C., con el desarrollo de
la ciencia helenística).
Quien denunció a Galileo fue un predicador
azuzado por jesuitas aristotélicos
Otro episodio
nos muestra a Baldasarre Capra, que intentó copiar uno de sus
inventos, el compás geográfico-militar. El episodio no tendría mayor
relevancia, pero Galileo reaccionó con extraordinaria energía: le
acusó de plagio, obtuvo la condena pública del ofensor, y se propuso
una prohibición absoluta del mismo, a pesar de haberse éste
retractado y solicitado su perdón. También discrepaba Galileo de los
profesores de Florencia y Pisa sobre la hidrostática, y en 1612
publicó un libro sobre cuerpos en flotación. Como respuesta,
inmediatamente aparecieron cuatro publicaciones que atacaban a
Galileo y rechazaban su física. En 1613 escribió un tratado sobre
las manchas solares y anticipó la supremacía de la teoría de
Copérnico. En su ausencia, un profesor de Pisa les dijo a la familia
de los Médicis (que gobernaban Florencia y mantenían a Galileo) que
la creencia de que la Tierra se movía constituía una herejía. En
1614, un sacerdote florentino denunció desde el púlpito a Galileo y
a sus seguidores. Éste escribió entonces una extensa carta abierta
sobre la irrelevancia de los pasajes bíblicos en los razonamientos
científicos, sosteniendo que la interpretación de la Biblia debería
ir adaptándose a los nuevos conocimientos y que ninguna posición
científica debería convertirse en artículo de fe de la Iglesia
católica.
A principios de 1616, los libros de Copérnico
fueron censurados por un edicto, y el cardenal jesuita Roberto
Belarmino dio instrucciones a Galileo para que no defendiera el
concepto de que la Tierra se movía. El cardenal le había avisado
previamente de que sólo tuviera en cuenta sus ideas como hipótesis
de trabajo e investigación, sin tomar literalmente los conceptos de
Copérnico como verdades y sin tratar de aproximarlos a lo escrito en
la Biblia. Galileo guardó silencio sobre el tema durante algunos
años y se dedicó a escribir El ensayador (1623). En él, aparte de
una errónea hipótesis sobre los cometas, se halla la profesión de fe
de Galileo en la ciencia moderna y la descripción de sus
características: aquella que sabe leer el libro de la naturaleza
escrito en lenguaje matemático. Pero la finalidad primordial de El
ensayador era desprestigiar el sistema de Tycho-Brahe, defendido y
difundido por los jesuitas del Collegio Romano como vía de
compromiso, al no ser aristotélico ni contradecir a la Biblia; la
ocasión se la brinda el libro del jesuita Orazio Grassi, quien, con
el seudónimo de "Sarsi", publica Libra astronomica ac philosophica
(con el equívoco buscado entre "libros" y "balanza"). Grassi se
atrevió a defender una teoría sobre los cometas discrepante de la de
Galileo, aunque más próxima a la verdad que la del pisano, y además
replicó a los ataques de uno de sus discípulos. La contrarréplica de
Galileo se convirtió en una persecución inmisericorde, en la que
todos y cada uno de los errores del contrincante son señalados,
ridiculizados y destruidos. Nada salva Galileo de su oponente: sus
fallos son imperdonables, sus aciertos se vuelven contra su misma
causa, sus argumentos denotan ignorancia, cortedad o mala fe. Cuando
sorprende al desdichado dando un paso en falso, lo aplasta entre sus
manos con regodeo.
No es necesario decir que este modus
operandi le atrajo enconadas enemistades. Quien denunció a Galileo
fue un predicador azuzado por jesuitas aristotélicos y profesores de
filosofía, agraviados unos por los ataques que habían sufrido de él,
envidiosos otros de su celebridad, y molestos todos con su
prepotencia. Cuando Galileo llega a Roma el 1 de abril de 1611, es
recibido con honores por el papa Pablo V, es nombrado miembro de la
Accademia dei Lincei y los jesuitas astrónomos y matemáticos del
Collegio Romano celebran su llegada. El cardenal Bellarmino pide
informes a Christopher Clavius sobre la fidelidad de las
observaciones. El cardenal Maffeo Barberini alaba públicamente a
Galileo (más adelante, se convertirá en el Papa Urbano VIII).
Galileo cuenta, además, con algún que otro discípulo directo o
amigo, como Benedetto Castelli y Piero Dini. Algunos liberales, como
Cremonini se oponen a las experiencias y observaciones de Galileo,
sólo por fidelidad a sus principios de siempre. Frente a Galileo
hay, no obstante, un grupo de aristotélicos, de no demasiada
categoría, cerriles y dogmáticos. El 14 de diciembre de 1613,
Benedetto Castelli, matemático de Pisa y discípulo y amigo de
Galileo, escribe a éste acerca de una reunión a la que asiste, junto
con filósofos y teólogos, en la Corte del Gran Duque de Toscana,
donde se le plantea, en pregunta directa hecha por la Gran Duquesa,
la cuestión de si las doctrinas copernicanas están o no de acuerdo
con las Escrituras. Castelli opina que las cosas científicas deben
solucionarse por vías exclusivamente científicas.
Galileo le
contesta con su carta del 21 de diciembre de 1613, abundando en
estas razones.
A la Escritura no le importa precisar si el
cielo se mueve o no, o si la Tierra es una esfera o un plano; le
importa enseñar cómo se va al cielo, no cómo es el
cielo.
Tras afirmar, como declaración de
principios, que las Sagradas Escrituras no pueden equivocarse,
sostiene acertadamente que sólo pueden hacerlo quienes las
interpretan ateniéndose a un sentido literal; el sentido literal hay
que dejarlo exclusivamente a los asuntos que son de fe (ex fide);
para el resto de cosas, que la "experiencia sensible" o las
"demostraciones necesarias" hacen evidente o verdadero, no debe
acudirse a la Escritura para mostrar una posible discordancia: como
dos verdades no pueden contradecirse, quienes interpretan la
Escritura han de hallar, para estos asuntos que no son de fe, el
verdadero sentido de acuerdo con las conclusiones de la experiencia
o de la razón; que nadie comprometa, pues, a la Escritura con
interpretaciones que puedan oponerse a la ciencia; que quien acuda a
ella se limite a cuestiones de fe. Se remite, luego, al conocido
pasaje de Josué (10, 12-13), no para demostrar que no ha de
entenderse literalmente, sino para observar que, si se interpreta en
sentido literal, sólo la hipótesis copernicana hace inteligible el
texto; en la hipótesis ptolemaica, detener el sol significaría
acortar el tiempo del ocaso. (El modelo de Universo de Copérnico,
tal como lo expone en el Commentariolus (hacia 1512) y en De
revolutionibus orbium coelestium (1543), sustituye la posición
central y estática de la Tierra, propia del sistema ptolemaico, por
la del Sol centro del Universo y supone que la Tierra gira a su
alrededor como uno cualquiera de los planetas. Los movimientos
propios de la Tierra -a saber: traslación en torno al Sol, rotación
sobre su propio eje y declinación del eje polar- explican todas las
irregularidades observadas desde antiguo en el movimiento de los
planetas, así como el movimiento del Sol en el horizonte, como
movimientos aparentes).
Galileo añade a esta carta otras: dos
a Piero Dini y una última Carta a la gran duquesa Cristina (hacia
1615); el conjunto de ellas recibe el nombre de Cartas copernicanas.
En la Carta a la gran duquesa Cristina defiende claramente la
hipótesis heliocéntrica y a su autor Copérnico contra quienes aducen
que esta teoría va en contra de varios pasajes de la Biblia. Afirma,
de nuevo, que la Escritura es infalible en cosas de fe, y que no
siempre ha de entenderse en sentido literal, pero que, en cuestiones
de "experiencias sensibles y demostraciones necesarias", no ha de
comenzar por consultarse el sentido literal de la Escritura.
Concede, no obstante, más que en la carta a Castelli: no es preciso
reservar a la Escritura sólo lo que es de fe, también se le puede
conceder superioridad de opinión en aquellas cosas humanas que no
pretendan ser un saber demostrativo; pero éste no es el caso de la
astronomía, para la que Dios, autor de todas las verdades, nos ha
dado ojos y razón. A la Escritura no le importa precisar si el cielo
se mueve o no, o si la Tierra es una esfera o un plano; le importa
enseñar cómo se va al cielo, no cómo es el cielo. En ningún modo, ha
de permitirse que nadie comprometa el sentido de los textos de la
Escritura, máxime en cuestiones tan discutidas desde Pitágoras a
Copérnico; que autores de poca monta se atrevan a aducir la
Escritura en contra de opiniones científicamente fundadas, como son
sus propios descubrimientos astronómicos, para obligar a defender
como verdaderas opiniones que van en contra de la ciencia, supone,
sin más, anular la posibilidad de toda ciencia y del mismo espíritu
científico .
3. El proceso a Galileo
Desde la
publicación de la documentación completa del juicio contra Galileo
en 1870, toda la responsabilidad de la condena a Galileo ha recaído
tradicionalmente sobre la Iglesia católica de Roma. Sin embargo, la
imagen que tradicionalmente se ha presentado de una Jerarquía
eclesiástica retrógrada, que habría censurado a Galileo por ser el
exponente del progreso que amenazaba derrumbar los dogmas con que
cobijaban sus privilegios, en modo alguno se compagina con la
verdad. No podemos olvidar que, en aquellos momentos, la Iglesia
católica representaba, desde el punto de vista sociocultural, la
potencia más pujante del orbe. Incluso, desde la óptica
estrictamente científica, no había en toda Europa nada comparable
con el Colegio Romano de los jesuitas. Galileo, como cualquier
matemático y astrónomo de su generación, lo sabía muy bien y trató
de conseguir por todos los medios, no sólo que la autoridad
religiosa tolerase el copernicanismo, sino, además, que lo adoptara
oficialmente. La tolerancia del copernicanismo la tenía ya
conseguida, pues, de hecho, la hipótesis astronómica copernicana
había circulado libremente en los países católicos desde su
formulación. En la Universidad de Salamanca, por ejemplo, se
explicaba desde 1561, y preferentemente desde 1594. Pero el programa
intelectual de Galileo choca de frente con las autoridades
eclesiásticas. Veamos cómo se suceden los hechos.
La hipótesis astronómica copernicana había
circulado libremente en los países católicos desde su
formulación El 24 de febrero de 1616, una comisión
del Santo Oficio descalifica la afirmación de que el Sol sea el
centro del mundo y esté quieto y que la Tierra no sea el centro del
mundo y se mueva. El 5 de marzo de 1616 la Congregación del Santo
Oficio declara acerca de la "falsa doctrina pitagórica" contraria a
la Sagrada Escritura, a saber, que la tierra se mueve y que el Sol
está quieto, enseñada por Nicolás Copérnico: que el libro De
Revolutionibus, en que se expone, ha de considerarse suspendido
de publicación -puesto en el Índice de libros prohibidos-
mientras no se corrija; así como se prohíbe, condena y suspende todo
libro o doctrina que hable en idéntico sentido. El Papa ordena al
cardenal Bellarmino que advierta a Galileo que abandone sus puntos
de vista copernicanos (26 de febrero de 1616). Galileo se compromete
bajo juramento a guardar silencio.
Pero, en 1624, Galileo,
que nunca da una batalla por perdida, empieza a trabajar en lo que
será su defensa más paladina del sistema copernicano. Comenzó a
escribir un libro que quiso titular Diálogo sobre las mareas, en el
que abordaba las hipótesis de Ptolomeo y Copérnico respecto a este
fenómeno. En 1630, el libro obtuvo la licencia de los censores de la
Iglesia católica de Roma, pero le cambiaron el título por Diálogo
sobre los sistemas máximos, y fue publicado en Florencia en
1632. De sus tres personajes, Simplicio y Salviati, defienden,
respectivamente, el sistema aristotélico y el copernicano, mientras
que Sagredo, es la persona de buen juicio que media entre uno y
otro. El libro está escrito en italiano porque se dirige al público
culto en general y trata de atraer al lector a la teoría
heliocéntrica, que presenta como más correcta. Simplicio es el
personaje tradicional y aristotélico que aduce razones propuestas
por filósofos de la época y hasta expone un argumento utilizado por
el propio Urbano VIII.
Inmediatamente Galileo fue llamado a
Roma por la Inquisición a fin de procesarle bajo la acusación de
"sospecha grave de herejía". Este cargo se basaba en un informe
según el cual se le había prohibido en 1616 hablar o escribir sobre
el sistema de Copérnico. Galileo presentó a favor del sistema
copernicano, que enfrenta al ptolemaico, su argumentación ex
suppositione, esto es, como si se tratara de una simple hipótesis
matemática de los movimientos planetarios, pero probablemente tal
planteamiento hipotético pareció a las autoridades eclesiásticas un
mero artificio de disimulación de una verdadera defensa del
copernicanismo. Por el incumplimiento de su juramento y, en menor
medida, porque en verdad el Papa Urbano VIII se sintiera
caricaturizado por Galileo al poner éste en boca de Simplicio una
opinión suya, Galileo es juzgado y condenado; el castigo implica la
abjuración de la teoría heliocéntrica, la prohibición del Diálogo,
la privación de libertad a juicio de la Inquisición (que es
conmutada por arresto domiciliario) y algunas penitencias de tipo
religioso. La tradición ha inventado que, al levantarse Galileo tras
permanecer arrodillado para la abjuración, golpeó con fuerza el
suelo con el pie exclamando: eppur si muove! ("sin embargo, se
mueve"). Durante los años siguientes, Galileo confinado
domiciliariamente, reúne todos sus apuntes sobre mecánica, en los
que había trabajado durante veinte años. El resultado son las
Consideraciones y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas
ciencias, publicadas en la Editorial Elzevier, de Leiden (1638),
con la advertencia que se hace "contra la voluntad del autor", truco
utilizado para escapar a la vigilancia de los inquisidores. La gran
aportación de Galileo en esta obra está en la tercera y cuarta
jornadas, de las cuatro en que la divide, donde se refiere a las
leyes del movimiento uniforme y acelerado y al movimiento de los
proyectiles, respectivamente. Es su gran obra científica. Antes de
la publicación de esta obra, Galileo se quedó ciego y murió el 8 de
enero de 1642 en Arcetri, cerca de Florencia.
4.
Valoraciones recientes
Los historiadores de la ciencia no
coinciden en sus valoraciones sobre el caso Galileo. Desde una
óptica marxista, Ludovico Geymonat sugiere que Galileo no sentía una
preocupación especial por la religión en general. El pisano habría
visto en la Iglesia nada más que un medio imprescindible para
alcanzar el fin prioritario de su existencia, esto es, la
instauración, a nivel social, de la nueva ciencia. No comparte tal
tesis Stillman Drake, probablemente la primera autoridad entre los
estudiosos de Galileo. Drake opina lo siguiente:
Su preocupación apuntaba más al futuro de la
Iglesia católica y a la defensa de la fe religiosa.
"Mi hipótesis sobre el caso Galileo puede
parecer a primera vista altamente improbable: Galileo no fue un
copernicano fanático, sino que su preocupación apuntaba más al
futuro de la Iglesia católica y a la defensa de la fe religiosa
contra cualquier descubrimiento científico que pudiera hacerse (...)
El idioma italiano de entonces requería frases corteses y ciertas
exageraciones que no pueden ser tomadas por sinceras; también es
cierto que el catolicismo exigía muestras verbales de deferencia
hacia las doctrinas de la Iglesia y sus dignatarios, las cuales no
tenían por qué ser necesariamente sentidas. Al aprender a leer el
italiano de Galileo, traté de no confundir estas expresiones
convencionales y un tanto diplomáticas con declaraciones realmente
sinceras. Esta fue la causa de que durante mucho tiempo apenas
reparase en sus frecuentes manifestaciones de "celo" por la Iglesia
(...) Sólo al ponerme a escribir este libro, y después de haber
redactado parte del mismo con una orientación distinta, se me
ocurrió de repente que acaso tuviera sentido suponer que Galileo
había hablado sinceramente acerca de su celo por la Iglesia y que
eso mismo fuese lo que le indujo a correr ciertos riesgos (...) El
efecto que esta nueva hipótesis ejerció entonces sobre mí fue
electrizante, igual que si hubiera hallado un documento olvidado que
permitiese despejar todas las viejas dudas".
Si la hipótesis
es correcta, el proceso de Galileo no fue, como tantas veces se ha
repetido, el resultado de un enfrentamiento entre la ciencia y la
fe, sino algo derivado de un debate interno entre católicos acerca
de las implicaciones religiosas de la ciencia moderna y su
compatibilidad con la Sagrada Escritura. Por su parte, el
estudioso W. Brandmüller incide más en que la equivocación no
residió sólo en el tribunal inquisitorial, sino que afectó a las dos
partes: a Galileo y a los eclesiásticos que le juzgaron.
Paralelamente, como suele suceder en todo debate, las dos posturas
albergaban argumentaciones correctas:
"Se da el hecho grotesco de que la Iglesia,
tantas veces acusada de error al meterse en un terreno tan alejado
de su competencia como el de las ciencias naturales, tuvo razón al
exigir a Galileo que defendiera sólo como hipótesis el sistema
copernicano (...) No se condenó en 1616 el sistema copernicano y
en 1633 el "Diálogo" de Galileo porque la Iglesia considerara
falsa la teoría heliocéntrica y verdadera la de Ptolomeo y Tycho
Brahe. La negativa de Roma a Galileo y a Copérnico se basó más
bien en la creencia de que la concepción copernicana estaba en
contradicción con la Sagrada Escritura. Y ahí fue donde se
equivocó la Inquisición. Empecinados en interpretar al pie de la
letra los textos bíblicos, la mayoría de los exégetas no se
atrevieron a adoptar la postura ya defendida por Cayetano ni
fueron capaces de vislumbrar qué diría de aquellos textos la
hermenéutica bíblica del siglo XX. Todavía no se había planteado
el tema de las diferentes formas de expresión, de los géneros
literarios dentro de la Biblia. Galileo, sin embargo, siguiendo a
San Agustín y otros teólogos de la antigüedad, desarrolló algunos
criterios de interpretación que cualquier especialista de hoy
aprobaría en lo esencial (...) Todo esto conduce al paradójico
resultado de que Galileo se equivocó en el campo de la ciencia y
los eclesiásticos en la teología, mientras que éstos acertaron en
los terrenos científicos y el astrónomo en la exégesis”.
Efectivamente, Galileo fue condenado por no
acatar, a pesar de haber sido oficialmente conminado a ello, la
prohibición de 1616 de enseñar y defender el sistema copernicano. El
inspirador de tal prohibición, el cardenal Belarmino, había
reconocido claramente que, si la tesis copernicana fuese demostrada
palmariamente, no habría más remedio que cambiar los criterios
exegéticos vigentes. Hoy se admite que Galileo no tenía tal
demostración, sino que fue aportada por Newton en 1687, al derivar
las leyes de Kepler desde la ley universal de la atracción
gravitatoria. Las afirmaciones de Belarmino indican que los teólogos
pensaron que si aceptaban la versión galileana del sistema
copernicano, tendrían que tomarse un trabajo considerable en el
campo de la hermenéutica bíblica y en lo referente a la
determinación de la autoridad de las interpretaciones de los Santos
Padres. Como consideraron que la posibilidad de verse obligados a
ello eran remotas, prefirieron ahorrarse el trabajo y proscribieron
las voces que planteaban tan incómoda exigencia. Galileo, en cambio,
pretendía que en los temas que no afectaban directamente al dogma y
a la moral, se otorgara preferencia a las conclusiones sobre el
sentido literal de unas fórmulas que podrían ser reinterpretadas
fácilmente. La historia ha dado en esto la razón a Galileo, y hay
base suficiente para pensar que aquellos teólogos se dejaron llevar
por la indolencia y el escaso aprecio por la capacidad de la razón
humana.
La figura de Galileo Galilei volvió a ponerse de
actualidad en 1979, cuando se inició por una comisión nombrada por
Juan Pablo II una investigación para esclarecer los distintos
aspectos del proceso al que fue sometido por un tribunal
eclesiástico. En octubre de 1992, esta comisión papal reconoció el
error del Vaticano. Se cierra así un asunto que, envuelto siempre en
una atmósfera enrarecida, se ha presentado como símbolo de un
supuesto enfrentamiento secular entre ciencia y fe. Sin embargo, los
partidarios de este supuesto enfrentamiento, deben retrotraerse al
siglo XVII y, además, sólo disponen de este ejemplo, lo cual no
significa que debiera de haber habido más casos. En cualquier caso,
se trata de una polémica rancia y caduca, como concluye Karl Popper,
cuyas palabras pueden servir muy bien de colofón a este
artículo:
"(...) en la actualidad, esa historia [el
proceso inquisitorial contra Galileo] es ya muy vieja, y creo que
ha perdido su interés. Pues la ciencia de Galileo no tiene
enemigos, al parecer: en lo sucesivo, su vida está asegurada. La
victoria ganada hace tiempo fue definitiva, y en este frente de
batalla todo está tranquilo. Así tomamos una posición ecuánime
frente a la cuestión, ya que hemos aprendido, finalmente, a pensar
con perspectiva histórica y a comprender a las dos partes de una
disputa. Y nadie se preocupa por oír al fastidioso que no puede
olvidar una vieja injusticia".
Para una
profundización sobre la personalidad de Galileo, su contribución a
la Ciencia y su proceso inquisitorial, pueden verse:
C.J.
ALONSO: "El proceso a Galileo", en Historia básica de la
ciencia, Eunsa, Pamplona, 2001 J. ARANA: "Galileo: el
hombre y el filósofo", Atlántida, 1990, 2:158-169 A. BANFI:
Vida de Galileo Galilei, Alianza, Madrid, 1967 B. A.
BELTRAN: Galileo, el autor y su obra, Barcanova, Barcelona,
1983 W. BRANDMÜLLER: Galileo y la Iglesia, 2ª edición, Rialp,
Madrid, 1992 L. COOPER: Aristotle, Galileo, and the tower of
Pisa, Itaca, Cornell University Press, New York, 1935 S.
DRAKE: Galileo, Alianza, Madrid, 1983 K. FISCHER: Galileo
Galilei, Herder, Barcelona, 1986 L. GEYMONAT: Galileo Galilei,
Península, Barcelona, 1969 P. REDONDI: Galileo herético,
Alianza, Madrid, 1990 P. THUILLIER: "Galileo y la
experimentación", en Mundo Científico, 1983, 26: 585-597 W. A.
WALLACE: Galileo and His Sources, Princeton, 1984 W. A.
WALLACE: Galileo, the Jesuits and the Medieval Aristotle,
Hampshire, 1991. K. POPPER: Conjeturas y refutaciones. El
desarrollo del conocimiento científico, Paidós, Barcelona, 1994,
pp. 116-117. |