Por Ignacio Sánchez
Cámara
ABC Cultural. 9-2-2002
La cultura
no puede quedar escindida en dos ámbitos incomunicados
ni hostiles: la ciencia y las humanidades. Sin la ciencia,
la cultura queda privada de un miembro vital y, por tanto,
moribunda. La ignorancia de la ciencia testimonia en contra
de la cultura de un hombre. En un artículo publicado
en el último número de Revista de Occidente,
Antonio Fernández-Rañada afirma, con toda razón,
que la ciencia es influida por la cultura pero también
influye sobre ella, y enuncia afirmaciones objetivas, es decir,
supraculturales y universales.
La valoración de la ciencia debe,
si no estoy equivocado, huir de dos tesis contrapuestas, ambas
inadecuadas. Ni cabe asumir el relativismo escéptico
posmoderno que niega la pretensión de objetividad,
dejándola reducida a mera visión particular
del mundo, sin valor universal, ni es correcto asumir la tesis
de que pueda agotar el conocimiento de toda la realidad y
la solución de todos los problemas, de manera que fuera
de ella sólo quede abierto el ámbito del prejuicio
o de la arbitrariedad.
Mitología
La ciencia no puede fundamentar la realidad
espiritual y el ámbito de lo trascendente, ni, por
lo tanto, las creencias religiosas, pero tampoco puede refutarlos.
Sencillamente no se ocupa de ellos. Consiste en el conocimiento
de un tipo de realidades, mediante un determinado método,
no el único. Muchos de los más grandes científicos
han justificado la realidad espiritual o incluso han adoptado
una posición abiertamente mística. Erwin Schródinger
escribió: "Por lo general, la ciencia se proclama
atea. Lo cual no resulta asombroso después de todo
lo que hemos dicho. Si su imagen del mundo no contiene siquiera
a lo azul, lo amarillo, lo amargo, lo dulce, ni la belleza,
el placer o la pena, si la personalidad queda convencionalmente
excluida de ella, ¿cómo podría contener
la idea más sublime que puede concebir la mente humana?"
Bien es verdad que de esta amputación de lo trascendente
no incumbe la responsabilidad tanto a los grandes científicos
como a los pequeños filósofos. Si la vida del
espíritu se le escapa a la ciencia no es como consecuencia
de ninguna deficiencia suya. No se puede encontrar lo que
no se busca. Nada de esto impide afirmar la contribución
de la ciencia al humanismo, ni significa la adopción
de ninguna forma de irracionalismo.
También la ciencia puede
convertirse en una mitología. Lo que más importa
rebasa su ámbito propio. Por ello no es razonable esperar
de ella la solución del problema del sentido de la
vida. Hacia el final del Tractatus escribió Wittgenstein:
"Sentimos que aun cuando todas las posibles cuestiones
científicas hayan recibido respuesta, nuestros problemas
vitales todavía no se han rozado en lo más mínimo.
Por supuesto que entonces ya no queda pregunta alguna; y esto
es precisamente la respuesta". La verdad del primer párrafo
no depende de la improbable validez del segundo.
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