Por Guilleromo Malavassi(*)
"Quisquis bonus
verusque christianus est, Domini sui esse intelligat ubicumque
invenerit, veritatem". San Agustín
Indice - EL DESEO DE SABER - LA CIENCIA
TIENE HISTORIA - LA AUTONOMíA DE LA CIENCIA - CIENCIA Y
CRISTIANISMO - CRISTIANIZAR LA CIENCIA Y TODA LA CULTURA
EL DESEO DE SABER En su obra conocida por
la posteridad como Metafísica, Aristóteles reconoce este hecho: todo
hombre naturalmente apetece saber. Muestra este autor cómo se pone
continuamente de manifiesto tal característica humana. También
indaga sobre las formas de saber: la experiencia, la técnica, la
prudencia, la ciencia, la inteligencia y la sabiduría.
Cada
uno de estos modos de saber lo explica en su correcto sentido en el
momento de hacer su investigación.
De manera que, en tan
temprana época de la historia, disponían los seres humanos de
maneras de alcanzar el saber.
Es claro que también hay dos
formas de alcanzar el saber que ya otros han descubierto:
adquiriendo de oídas, por confianza, por fe el saber que otros con
su esfuerzo hallaron; o descubriéndolo uno mismo.
En nuestro
tiempo se acostumbra hablar del conjunto de los saberes. En
ocasiones se los enuncia así: saber filosófico, saber religioso,
saber teológico, saber científico, saber artístico y técnico, saber
popular, saber ideológico... Inteligentes esfuerzos han sido hechos
por diversos pensadores para clasificar los saberes, para determinar
su objeto y el modo de adquirir el saber. Ello ha llevado a muy
famosas clasificaciones, por ejemplo en lo que se refiere a las
ciencias.
Ha habido, pues, y hay saberes y saberes. Siempre
se ha sabido. Ello muestra las formas en que las personas han
satisfecho su ansia de saber.
No todas las personas han
hallado por sí mismas cada saber, sino que lo más frecuente es que
lo hayan recibido de otros: por tradición, por enseñanza, por
decires, por lecturas de obras.
En algún momento le fue
planteado al gran San Agustín en qué forma debía actuar un cristiano
respecto del saber que no procedía directamente de la Revelación
cristiana. Su respuesta es que la verdad es del Señor dondequiera
que se encuentre. Con ello se establece un criterio: la verdad es
digna de aprecio en cualquiera de los saberes. La tarea de cada uno
es saber discernir entre la verdad y lo que no lo es. Aceptables son
los saberes si de veras son "saber": ello comporta que expresen la
verdad de su objeto. Si no hay verdad, será superstición, fantasía,
engaño. O una hipótesis: un saber provisional.
LA CIENCIA
TIENE HISTORIA Podemos tomar de nuevo a Aristóteles para
ilustrar cómo concibió éste la ciencia hace más de dos mil años:
Es conocimiento de la esencia de las cosas. Es
conocimiento de las cosas por sus causas. Es conocimiento
necesario. Es conocimiento universal: fijo, inmutable y
necesario (de lo particular e impermanente no hay ciencia). En
síntesis, para Aristóteles la ciencia es conocimiento universal,
fijo, estable, necesario y cierto de las cosas, que llega hasta sus
esencias, las expresa en definiciones y las explica por sus causas
(causas extrínsecas: eficiente y final; causas intrínsecas: material
y formal).
En Aristóteles, además, la ciencia es un saber
demostrativo: versará no sobre los principios, sino sobre las
conclusiones. El saber de los principios, corresponde a la
inteligencia. Con base en esos criterios el mencionado autor
clasifica las ciencias en tres géneros: TEORETICAS (Física,
Matemática y Filosofía Primera, llamada luego Metafísica); PRACTICAS
(Etica: Monástica, Económica y Política); POETICAS (las artes en
general, tanto las bellas como las útiles). A la LOGICA, su más
original creación, Aristóteles no la catalogó entre las ciencias,
sino como instrumento de las ciencias.
En Aristóteles puede
hallarse explicación sobre la formación del concepto universal, la
teoría de la abstracción, los primeros principios, el concepto de
verdad y el valor de la ciencia. Su influencia fue profunda en
Occidente.
Toda ciencia es conocimiento de la realidad en sus
fundamentos o causas, en sus porqués. Pero como la realidad es
compleja, los hombres en su búsqueda del saber distinguirán las
apariencias y la realidad, la realidad inmediata y la realidad
subyacente, última. Todo esto traerá cambios en el modo de enfrentar
el conocimiento de la realidad, y en el sentido de la ciencia, y en
la clasificación y relación de los saberes. Al fin y al cabo una
"ciencia" no podrá ser más que una prolongación del conocimiento
natural espontáneo que se tiene de la realidad.
La tendencia,
tan vigorosa en Galileo, de medir cuantitativamente los fenómenos,
va a traer importantes replanteamientos: unir lo experimental con lo
inteligible, dentro de la idea de que hay regularidad en la
naturaleza. De ello se seguirán novedades: para algunos será muy
vívida la creencia en la constancia de la naturaleza que siempre se
manifestará regularmente, ello como manifestación de la voluntad de
Dios omnisciente y todopoderoso; para otros –visión popular– la
ciencia afirma únicamente lo visible, en general lo sensible; al
mismo tiempo surge la ciencia experimental en general: los
principios que adopta, los métodos que practica, las conclusiones a
que llega se fundan en la experimentación: la misma ciencia
interviene en la constitución de lo que considera sensible. Ya no se
trata de la sola observación que toma una realidad tal como se da
sin elaboración previa.
La ciencia experimental más y más se
convertirá en ciencia en condiciones de laboratorio. Ello traerá
división entre las ciencias o dentro de una misma ciencia: parte de
observación, parte de experimentación.
Lo anterior permite
afirmar que, en términos generales, la ciencia antigua acepta las
apariencias tal como se ofrecen en tanto que realidad sensible; la
ciencia moderna experimental en general estudiará "fenómenos" en los
que la realidad sensible ha sido preparada en el laboratorio con el
fin de hacerla accesible a la medida: se pretendía alcanzar la
matematización de un contenido de conocimiento sensible que no se
toma tal como aparece en la naturaleza, sino como resulta de una
manipulación de laboratorio.
Fácil es comprender cómo a
partir de estos cambios surgirán muchas posibilidades de estudiar el
objeto de la ciencia, al mismo tiempo muchas complejidades: cómo
entender la naturaleza, la realidad, la causa próxima y la última,
el valor del conocimiento empírico y el de las hipótesis. A ello se
añade el modo particular de moverse dentro de esa problemática cada
uno de los grandes científicos modernos y contemporáneos. Cambia el
significado de la ciencia y de las ciencias. Diversas posiciones de
concepción del mundo y de los métodos de la ciencia pretenderán
explicar de modo diferente lo que sea ciencia, su valor y el valor
de otros saberes. Recuérdese lo que han propuesto dentro de ese
marco, por ejemplo, el positivismo, el afán de lograr un sistema
axiomático, el causalismo, el empirismo, etc.
LA AUTONOMIA DE
LA CIENCIA El desarrollo de la ciencia moderna y contemporánea
trajo la necesidad de reclasificar los saberes y de reconocer el
ámbito legítimo de acción de cada uno. Ello ha planteado un tema
específico: la autonomía de las ciencias. Con ello se entiende que
cada ciencia posee leyes, campos y métodos que las diferencia y que
deben ser respetados. También puede entenderse algo más exigente: la
negación de toda relación de subordinación o dependencia de las
ciencias respecto de otras formas de saber como la Religión, la
Filosofía, la Teología, la Política, o creencias derivadas de esos
saberes. La ciencia solo aceptará lo que provenga de los métodos y
principios de la ciencia misma.
Lo anterior llevó a plantear
así el asunto: no es aceptable la autonomía externa, cosa que
equivaldría, de aceptarse tal autonomía, a absolutizar la ciencia,
lo cual es no solo anticientífico, sino fuente de conflictos y
abusos. El científico y por ende la ciencia debe respetar leyes,
derechos humanos, deberes éticos. Se justifica poner límites éticos
y sociales a la actividad del científico. Por ejemplo, es justo
prohibir la experimentación con seres humanos; los derechos y
deberes humanos están por encima de la experimentación científica;
la familia merece respeto como fundamento de la sociedad, etc.
En cuanto a la autonomía interna, lo que se examina es lo
siguiente: hay la conformación intrínseca de la ciencia y la
relación de dependencia del saber científico con respecto a otros
saberes de superior alcance, de mayor grado de abstracción o de
mayor universalidad; por ejemplo, el saber teológico, metafísico o
político. ¿Es que cada ciencia por sí misma debe dar razón de los
principios en que se funda y de los métodos que emplea? ¿Debe, más
bien, encomendar tan fundamental tarea a una clase superior de
saber? Con respecto a esta cuestión se pueden señalar cinco etapas
históricas:
1.- Epoca antigua y medieval: se reconoce la
diversidad de ciencias con métodos propios y se afirma que
corresponde a la metafísica, en cuanto ciencia primera, dar razón de
las demás. Además, el cuerpo de los saberes forma unidades
sistemáticas.
2.- Epoca de la ciencia clásica: corresponde al
siglo XVII, aunque sus inicios vienen de siglos anteriores. Se
establece una precisa y definida relación de dependencia de la
ciencia con respecto de la Filosofía. Por ejemplo, Galileo y el
principio filosófico de la simplicidad o economía; Kepler establece
las condiciones de inteligibilidad de una teoría científica; Newton
define las nociones filosóficas de espacio absoluto y tiempo
absoluto que tienen clara y precisa aplicación mecánica; Leibniz
ofrece el cálculo infinitesimal vinculado a una teoría filosófica
del infinito; Descartes presenta su árbol de la ciencia, cuyas
raíces son la metafísica, su tronco la física y las ramas las
ciencias principales. Por ello la época clásica se caracteriza, en
su origen, por el establecimiento de una explícita relación de
dependencia de la ciencia con respecto a ciertos principios y
conceptos cuyo fundamento es de carácter filosófico.
3.-
Desarrollo de la ciencia clásica: se caracteriza por la búsqueda
metódica de la independencia de la ciencia respecto de la Filosofía,
siglo XVIII; Laplace ilustra esta época: se esfuerza por depurar los
métodos científicos y por cortar todo vínculo con la
Filosofía.
4.- Culminación de la ciencia clásica: en el siglo
XIX la anterior búsqueda de independencia de la ciencia se torna en
la proclamación del dogma de la independencia de la Ciencia, que se
escribirá con mayúscula.
Se le advierte al científico:
físico, cuídate de la metafísica. Se vive la soberanía de la
ciencia.
5.- La ciencia de hoy: surge lo imprevisto.
Habiéndose liberado la ciencia de todo compromiso con la Filosofía,
la ciencia de hoy se ve acosada por interrogantes filosóficos que
surgen de su propio quehacer. Son algunos científicos de hoy los que
se ven obligados a escribir cuestiones de ciencia y de filosofía. La
Filosofía –y otras cuestiones– le surgieron por dentro a la ciencia
(¿De lo que huyes serás perseguido?).
Sobre todo en el campo
de las ciencias físico-químicas han surgido interrogantes sobre los
conceptos de causalidad, azar, simetría, complementariedad, etc.,
cuestiones que deben plantearse y discutirse en el campo
filosófico.
Todo lo anterior muestra que la ciencia tiene
historia, y que los científicos al pretender proclamar la autonomía
de la ciencia, en realidad se movían prejuiciados: su propósito
ocultaba el deseo de alcanzar un saber exclusivo de tipo
racionalista; es decir, un saber que fuera capaz de agotar el
conocimiento de la realidad mediante una única ciencia empírica o
deductiva –según los casos–, con lo que de paso pretendían suplantar
nada menos que toda religión y toda filosofía. Eso ha sido superado
y dejado atrás. Es propósito desmesurado, sin fundamento científico,
hijo del prejuicio y, quizá, de la mala voluntad contra el debido
respeto a la Filosofía, a la Religión y a la
Teología.
CIENCIA Y CRISTIANISMO "La idea de que la obra
de Dios es racional y puede ser descrita bajo la forma de leyes
universales, hizo posible la investigación científica". Así lo
expresó A. Maurois. Mariano Artigas explica que "sobre todo, el
cristianismo de Europa proporcionó una ‘matriz cultural’ que hizo
posible que la ciencia misma tuviera sentido y que los científicos
encontraran el estímulo imprescindible para su difícil tarea". (Ver
su obra dedicada al tema Ciencia, Razón y Fe, Libros MC, 2 Ed.,
Madrid, 1985, 187 ps.).
Es que la doctrina cristiana sobre
las relaciones entre Dios, el hombre y el universo constituye el
fundamento teórico de la actitud científica, y la hizo
posible.
Recuerda el mencionado Artigas el punto de vista del
historiador de la ciencia y físico Stanley L. Jaki sobre esta
cuestión: en las culturas antiguas hubo varios intentos de
nacimiento de la ciencia experimental que no llegaron a término, por
falta de unas convicciones capaces de prestar a la ciencia sus
fundamentos filosóficos. Mas esas condiciones se dieron, por mucho
tiempo, en la Europa cristiana. De hecho, la base de la ciencia
moderna ha sido siempre un realismo metafísico y gnoseológico, el
que se encuentra en continuidad con el razonamiento metafísico que
lleva hasta Dios.
Es que la ruta de la ciencia experimental
es un realismo en el que se admite la racionalidad del mundo, que
existe un orden racional de la naturaleza, que tal orden natural
puede ser conocido por la inteligencia humana. Este realismo sólo
llegó a ser una convicción generalizada cuando, gracias al
cristianismo, una cultura entera admitió que el mundo tiene que ser
racional por ser obra de un Dios infinitamente inteligente, y que el
hombre tiene la capacidad de conocer ese orden racional por estar
hecho a imagen y semejanza de Dios.
Es por ello que cabe
afirmar la dirección común de la ruta de la ciencia y del
conocimiento racional de Dios, como condición que hizo posible el
moderno desarrollo científico. A mayor abundamiento, los grandes
científicos que crearon la ciencia moderna fueron creyentes
convencidos.
Dice Artigas con todo el fundamento histórico de
su parte, que "La ciencia experimental moderna no nació a pesar de
la teología, sino de su mano". Y una vez desarrollada, no se opone a
ella ni a la fe cristiana: el mismo camino racional que sigue la
ciencia es el que, debidamente estudiado y profundizado, conduce al
reconocimiento de la existencia de Dios y del alma espiritual
humana.
Es oportuno recordar, entonces, que la concepción
metafísica central de Kepler era la de la existencia desde la
eternidad en la mente de Dios, de ideas arquetípicas, que eran
reproducidas, por una parte, en el universo visible y, por otra, en
la mente humana. Kepler dejó escritas esas sus convicciones que lo
llevaron a hacer la ciencia que hizo. Estuvo persuadido de que el
hombre puede conocer las leyes naturales, puesto que Dios quiso que
las reconociéramos al crearnos según su propia imagen, de manera que
pudiéramos participar en sus mismos pensamientos.
Copérnico
tenía las mismas convicciones, como también Galileo y Newton, y las
tenían precisamente porque eran cristianos interesados, además, en
las cuestiones religiosas y teológicas.
CRISTIANIZAR LA
CIENCIA Y TODA LA CULTURA Para bien de la ciencia y de los
científicos y de toda la cultura humana, debe haber colaboración y
adecuado influjo de los bienes del cristianismo en la vida y en el
modo de saber de todos. Así se recuperan las raíces de esta
historia.
Cuando hay distanciamientos entre la ciencia y
aquella fe, ello proviene de prejuicios o de doctrinas equivocadas
que arbitrariamente pretenden presentarse como científicas sin serlo
y que ignoran cómo ocurrieron las cosas. Por ejemplo, el
materialismo niega la espiritualidad, y por ende la inmortalidad del
alma humana; para ello argumenta que la ciencia no puede
comprobarla; pero olvida que el método experimental propio de las
ciencias físicas no es apto para estudiar realidades espirituales.
Ocurre que en nombre de la ciencia no falta quien rechaza la
creación divina basándose, por ejemplo, en teorías evolucionistas,
mas no toma en cuenta que el evolucionismo solo puede intentar
explicar transformaciones de los seres ya existentes, pero no puede
dar razón de su misma existencia.
La ciencia –en realidad
las ciencias que, como escribió Bunge, son cerca de dos mil– es un
bien admirable para la vida de las personas.
Pero debe
tenerse presente que siendo tan valiosa por su fiabilidad, debido a
la certeza de sus conocimientos, al éxito de sus aplicaciones y al
progreso que alcanzan ambos campos, en todo, fuera de la ciencia
experimental también se puede alcanzar y se alcanza la certeza. Ello
es así porque hay varias formas de saber. Además, el enfoque propio
de la ciencia experimental tiene, como se ha señalado, los límites
que dejan fuera de consideración las cuestiones vitales más
importantes.
Pensar, por otra parte, que todo lo que circula
como ciencia es cierto y está demostrado, es un mito que perjudica a
la propia ciencia y lleva al cientificismo que es un error. El error
básico de muchos autores consiste en mitificar la ciencia
considerándola como el único o principal modelo de todo conocimiento
válido, cuando realmente ni lo es ni tiene por qué serlo.
Los
caminos hacia la verdad son muchos. La ciencia se refiere a una
parte de la realidad. Mas la fe se funda en el testimonio de quienes
han visto lo que vale la pena saber para vivir mejor y procurar
satisfacer hondas aspiraciones del espíritu.
Es un hecho que
la fe ilumina el ámbito de las verdades básicas que pueden
alcanzarse mediante la razón y proporciona, además, una perspectiva
superior que señala el sentido último del hombre y de la naturaleza.
Bien lo supieron y lo vivieron Galileo, Descartes, Kepler, Newton...
El desarrollo integral del científico como persona demanda
de él la apertura al sentido total de la existencia.
Para su
quehacer en cuanto científico las verdades del cristianismo –terreno
fecundo en que nació la ciencia– le dan un marco valioso, y para su
condición de persona, le orientan hacia los caminos de la
trascendencia.
Ciencia y fe juntas en la vida del hombre, sin
reduccionismos mutilantes: es lo que necesita el hombre de
hoy.
(*) Guillermo
Malavassi: Catedrático por cuarenta años de Historia del
Pensamiento, ex Ministro de Educación de Costa Rica (1966-1969), ex
Diputado (1982-1986), cofundador de la Universidad Autónoma de
Centro América (1975-1976), Rector de ella desde su fundación en
1976; autor de varios libros y muchos artículos; comentarista radial
del programa PANORAMA desde 1982. Comendador de la Orden Civil
"Alfonso El Sabio"; Grand’Ufficiale Dell’Ordine al Merito della
Repubblica Italiana; Oficial en la Orden de las Palmas Académicas de
la République Francaise; "Galardón Democracia y Libertad" de la
Cámara de Comercio de Costa Rica (1990); Académico Honorario de la
Academia Costarricense de Ciencias Genealógicas; Doctor Honoris
Causa de la Universidad Autónoma de Centro América con la mención de
Magnvs Docendi Libertatis Defensor.
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