Por Sunsi Estil-les Farré
En
ESCRITOS ARVO
Arvo Net, 23/02/2007
Con
permiso de Mari Trini, por
interpretar la letra de su
antológica canción de un modo
personal. Y con permiso también
de nuestros adolescentes, que en
su mayoría no conocen a Mari
Trini ni saben de estrellas
“jardineras” empeñadas en
descolgarse sin previo aviso.
Llegó sin permiso la estrella de
antaño, la que antes era sólo
luz.
Cayó de repente desde el azul
del mundo y el corazón se me
encogió.
Y ABRIMOS EL BOTIQUÍN…
¿La
recuerdan?. Puede parecer una
frivolidad, pero este texto me ayuda
a preguntarme el porqué del
dolor.
¿Por
qué a mí se me ha caído una estrella
en el jardín?
Más
adelante nos daremos cuenta de que
la pregunta más acertada es para
qué. En ambos casos no resulta
sencillo; es intentar obtener una
explicación racionalista del
misterio.
Porque el hombre, en su sufrimiento,
es un misterio intangible. (Salvifici
doloris.
Juan Pablo II).
No
obstante, ante el misterio el ser
humano siempre reclama una
respuesta. Para acceder a ella
debemos subir un escalón, o dos, o
tres, y acercarnos a la dimensión
trascendente del hombre.
Una
respuesta… ¿La hay?. Y observamos
que la historia se repite, desde que
el hombre es hombre. El zarpazo del
sufrimiento no pide permiso… cae
de repente; se planta en
nuestras vidas y la primera reacción
no suele ser positiva.
A menudo comienza y se instaura con
dificultad.-
explica Juan Pablo II en su carta
apostólica Salvifici doloris- El
punto mismo de partida es ya
diverso; diversa es la disposición
que el hombre lleva en su
sufrimiento. Se puede, sin embargo,
decir que casi siempre cada uno
entra en el sufrimiento con una
protesta típicamente humana y con la
pregunta del «por qué».
Tiene que
haber una solución -lo primero que
emerge es nuestro “yo” racional-. Y
abrimos apresuradamente el botiquín.
Encontramos remedios para todo: para
el dolor de cabeza; para la acidez
de estómago; para la presión alta y
la presión baja; para poder dormir y
poder despertarnos; para subir el
ánimo y para calmarlo… ¿Dónde está
el fármaco que anula el sufrimiento?
Por mucho que revolvamos no lo
encontramos; no existe. Ni siquiera
un anestésico que lo amortigüe. Y
nos rebelamos.
“YA QUE ESTÁS AQUÍ … TÓMATE ALGO”
¿Por
qué así te has descolgado de tu otro
tiempo aquí en mi jardín?
Un
muchacho con una enfermedad
degenerativa realizó unas
declaraciones aparentemente
desconcertantes en una publicación
de ámbito local. ¿Pueden ser la
respuesta? Creo que sí. Él describe
su encuentro con el dolor con una
metáfora acertadísima: “Es como si
te llegara un invitado de honor sin
haberlo invitado. No sabes si
decirle: `¡Qué alegría! o `No hay
comida para ti’. Entonces le dije:
`no contaba contigo; pero ya que
estás aquí, tómate algo’ ”.
Ante el
sufrimiento caben dos posturas: o le
damos la espalda o lo miramos a los
ojos, nos armamos de valor y le
preguntamos ¿por qué
así te has descolgado?… Y
responde … a su manera. Si lo
agarramos fuerte, si lo abrazamos,
nos da la oportunidad de ir
arrancando las capas superficiales
de nuestra vida, de pararnos a
observar las luces y las sombras de
nuestra existencia. Si nos atrevemos
a abrirle la puerta, descubrimos que
nuestro invitado no viene de vacío.
Nos arranca del aburguesamiento y la
indiferencia, nos regala más
capacidad para amar, para comprender
el sufrimiento ajeno. Nos obsequia
con una visión más generosa del
mundo y quien lo habita; nos indica
dónde hay necesidad, dónde hacemos
falta.
LLUVIA DE ESTRELLAS
Ahora
ya sé dónde te escondes tú. Ahora ya
sé en dónde habitas tú.
No ha sido
fácil. El dolor, la enfermedad, la
contradicción siguen plantados en
la puerta esperando nuestra
hospitalidad. Y hemos sido -¡por
fin!- hospitalarios. Hemos sacado
algunas viandas de la despensa y se
ha sentado en la mesa. “De dónde
vienes?... ¿Para qué?”. La pregunta
del millón. Nuestro invitado nos ha
explicado que el sufrimiento son
las grietas del alma; grietas que
escuecen, pero permiten la entrada
del Amor. Sin grietas no puede
filtrarse; resbala y cae en el
vacío.
¿El amor?
¿Qué tiene que ver con el dolor?
Hacemos un esfuerzo y vamos
apartando esa neblina que nos ha
enturbiado la memoria y caemos en la
cuenta de que una vez, hace dos mil
años, Alguien sufrió por nosotros
hasta morir en la Cruz. Le movió el
motivo más hermoso: el Amor.
Nuestro
invitado es como ese bisturí de
platino que hiere para que
entendamos el Amor en todas sus
dimensiones. “Asómate a la ventana…
No esperabas la estrella y la has
agarrado. Ahí tienes tu lluvia de
estrellas”. Somos niños-grandes
desde que lo hemos agasajado. Y
lloramos -el dolor duele-. No
obstante sonreímos. Y sí. Tiene
sentido. Pero ha hecho falta un
diálogo íntimo –largo y tendido- con
el personaje que al principio nos
pareció el ser más inoportuno del
planeta. Ha hecho falta… para saber
que hace falta trasladar al
presente, sentir, notar el peso de
esa cruz –la de Cristo-, que se
esconde en los más diversos
acontecimientos de la vida
cotidiana.
El hombre no descubre este sentido a
nivel humano, sino a nivel del
sufrimiento de Cristo. Pero al mismo
tiempo, de este nivel de Cristo,
aquel sentido salvífico del
sufrimiento desciende al nivel
humano y se hace, en cierto modo, su
respuesta personal. Entonces el
hombre encuentra en su sufrimiento
la paz interior e incluso la alegría
espiritual. (Salvifici doloris)
¿Masoquismo? ¡No!. Víctor Frankl, un
psiquiatra judío, aseguraba que
valía la pena “atreverse a sufrir
(…) puesto que el sufrimiento
aceptado con sentido positivo nos
lleva más allá de nosotros mismos,
haciéndonos más aptos para vivir
valores humanos.”
POLVO DE ESTRELLAS
No da para
más; viene entre algodones. Las
palabras de Benedicto XVI son un
acicate para tomarnos en serio este
asunto:
Cuando uno sabe que el camino del
amor -ese éxodo, ese salir de sí
mismo- es el verdadero camino de la
humanización del ser humano,
entonces comprende que el
sufrimiento es un proceso de
maduración.
Toca
obligatoriamente abordar el tema de
las urnas y los algodones, el
microcosmos donde habitan nuestros
adolescentes. Los padres que
descubren el binomio inseparable del
amor y el dolor están preocupados.
El entorno ha fabricado unas rutas
donde se han borrado los senderos
con pendiente y los arbustos con
espinas. Este modo de vida que
impide que nuestros hijos maduren se
resume con una expresión: “Sin
esfuerzo, muchísimo mejor”.
Si me lo permiten, acudo a una
vivencia. Las personas implicadas
aún recuerdan los frutos de aquella
situación.
El
Tsunami acaparaba todos los
medios de información. Minuto a
minuto se palpaba la inequívoca
certeza de estar pegado por la ley
de la gravedad al mundo en el que
habían quedado aprisionados los que
agonizaban en las costas del sudeste
asiático. Sin casa, sin alimentos,
sin agua potable. Después de tantos
muertos, acechaba la enfermedad que
abonaban los cadáveres sin una
sepultura digna. Y por la mañana uno
no podía poner el pie en el suelo
como si el mundo siguiera girando
armónicamente. Era la punzante
realidad de saber que compartíamos
la misma redondez de todos aquellos
que el mar había engullido.
En los
rostros de los no tan niños se
adivinaba el desconcierto. Había que
explicar que esas terribles imágenes
no anunciaban un video-juego de los
catalogados como violentos. La
realidad, de nuevo, había superado
la ficción.
En casa de
mis amigos se suele ver el Informe
Semanal del primer canal de
televisión. Reproduzco la escena:
-Apaga,
por favor- sugiere Alberto,
oprimiendo los párpados para no ver,
para no llorar por lo que ve.
-No,
hijo. Abre los ojos.
Maribel
-una madre coherente, muy ducha en
“lluvias de estrellas”- sigue el
relato: “Abrir los ojos. Lo
necesitan. A los que no se pueden
desplazar al lugar de la tragedia
porque son menores, a los que no
pueden prestar sus conocimientos
porque aún no los han adquirido...
precisamente a ellos les conviene
abrir los ojos.
-Hijo,
abre los ojos de una vez. Esto que
ves no es un dolor inventado.
Grábalo a fuego en la memoria y
acuérdate:
-
Cuando un cambio de planes te
parece una catástrofe.
-
Cuando un error de los adultos
lo elevas a la categoría de
injusticia.
-
Cuando conviertes en un drama
terminar una tarea porque estás
cansado.
-
Cuando te cuesta esperar a la
cena y crees que eso es pasar
hambre.
-
Cuando pataleas para conseguir
¡ya! lo que te apetece. Y si no
lo consigues
te
sientes “frustrado”.
Abre los
ojos y aprende:
-
Que la soledad no son los
momentos en los que tú crees
estar solo, sino cuando dejas
solo con tu indiferencia al que
tienes a tu lado.
-
Que la miseria no es el capricho
que no te han dado, sino las
consecuencias de lo que dejas de
hacer para que en el futuro a
nadie le falte lo necesario.
-
Que la enfermedad no es una
gripe o un dolor de garganta,
sino la antesala de las
enfermedades y las muertes que
se podrán evitar si tú estudias
a fondo para saber cómo
combatirlas.”
CAPACIDAD DE AMAR
La
recristianización de la sociedad y
el compromiso por la paz, como
insiste el Santo Padre, reclaman
hoy que los hombres y mujeres de
mañana sean hombres y mujeres con
capacidad de abrazar el dolor; con
valentía para alojar a ese invitado
inesperado; con docilidad para no
zurcir las grietas imprescindibles
para que penetre el Amor verdadero,
el que traspasa las fronteras de la
muerte.
Y a
nosotros, los padres, nos exige que
acompañemos a nuestros hijos en esta
carrera de obstáculos, sin
adelantarnos para retirar los
escollos antes de que intenten
superarlos. Basta con correr a su
lado, ayudarles a levantarse cuando
caigan, aplicar mercromina en aquel
rasguño y soplarles al oído, siempre
que sea preciso: «¡Abre los ojos!».
Y abrir el
Evangelio; leerlo en familia. Nos lo
recomendaba Benedicto XVI en
Valencia. Allí el Maestro nos
recuerda:
Si alguno
quiere venir en pos de mí, niéguese
a sí mismo, tome su cruz y sígame.
Pero también nos dice: Venid a mí
todos los que estáis cansados y
agobiados, y yo os aliviaré. Cargad
con mi yugo y aprended de mí que soy
manso y humilde de corazón, y
vuestras almas hallarán descanso…
Termino
con un párrafo de la carta
Salvificis doloris, la mejor
síntesis. Cualquier añadido lo
estropearía:
Este es el sentido del sufrimiento,
verdaderamente sobrenatural y a la
vez humano. Es sobrenatural porque
se arraiga en el misterio divino de
la redención del mundo, y es también
profundamente humano porque en él el
hombre se encuentra a sí mismo, su
propia humanidad, su propia dignidad
y su propia misión.□