Por Sunsi Estil-les Farré
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Arvo Net, 23/02/2007
“No sé
cómo aprenderme esto”. “¿Qué
diferencia hay entre moverse y
desplazarse?”. El interrogatorio del
niño, cansado de intentar comprender
a través de un texto, terminó en la
calle. “Ponte una chaqueta...Vamos a
dar una vuelta.” Y salimos de casa.
Rondaría el mes de abril. Los
vecinos sacaban a pasear al perro.
Lluna parecía galopar cada vez que
su dueño le lanzaba lejos una
pelotita de goma. “Cómo corre Lluna.
Mira... ¡ahora se ha escondido
detrás de esa planta!”. El matorral
había crecido y estaba sacando hojas
nuevas. Lluna giraba a su alrededor
para rescatar la pelota que había
caído justo en el centro del
arbusto. La lección de Ciencias
Naturales la terminamos apoyados en
un muro mientras observábamos un
hecho cotidiano. “¡Claro! El perro y
la planta son seres vivos. Los
animales se desplazan y las plantas
no. Pero las plantas también se
mueven porque crecen aunque no
pueden corretear como Lluna.” ¿Y
esta piedra?. “¡No!, esta piedra no
está viva; sólo se mueve si algo la
mueve”. Nuestra retina observaba
sin obstáculos lo que una hora antes
la mente hubiera tenido que
reproducir en imágenes cerebrales,
pasando por el filtro de la letra
impresa.
Me
viene a la memoria aquel programa de
televisión, Todo está en los libros.
¿Todo?. Ahí caben muchos matices,
fundamentalmente en los libros
escolares. Los libros de texto
pretenden transcribir cómo se
entiende nuestro entorno con la
máxima fidelidad posible. Sus
autores realizan un gran esfuerzo
para que su contenido pueda ser
leído, comprendido y aprendido. Hace
tiempo que los textos han dejado de
ser un punto de referencia para
convertirse en material
imprescindible. Y se suman nuevas
materias. Luego... más libros de
texto que deben ser leídos,
comprendidos y aprendidos. Los
de-be-res se alargan y se ensanchan.
Hay que dedicar más tiempo. Pero las
horas siguen teniendo sesenta
minutos y la noche llega de
sopetón; el día no da para más. No
da para pasear, ni leer un cuento,
ni asomarse a la ventana mientras el
sol se esconde despacio hasta
diluirse. Los adultos nos hemos
acostumbrado a que se nos coma la
vida y posiblemente no caemos en la
cuenta de que nuestros escolares
corren pero no dan saltos de
calidad. No pueden porque no hay
tiempo para abonar la tierra más
fértil –la infancia- y germine la
semilla de la curiosidad. Wllslawa
Szymborska –premio nobel polaca- la
describe como un sentimiento con
ojos alargados, una tensión de la
atención tendida hacia lo ajeno. La
curiosidad nace de ver, de observar
y es el caldo de cultivo del
asombro. Para asombrarnos ante lo
que nos rodea hay que abrir los ojos
sin cristales que empañen su
belleza. Pero nuestro sistema
académico está concebido como una
página que se va llenando de
conceptos que se instalan en el
hemisferio izquierdo. En rellenar
esta hoja hasta el final y demostrar
que la hemos escrito correctamente
ocupamos gran parte de nuestra vida.
No da tiempo a buscar y encontrar
tiempo para contemplar y nutrir el
hemisferio derecho, el intuitivo, el
que piensa con imágenes y
sentimientos. Se relega a no sé qué
plano las habilidades propias de
este hemisferio, denominado también
holístico: relaciones espaciales,
formas y pautas, el canto y la
música, la sensibilidad al color, la
expresión artística, la creatividad,
la visualización, las emociones.
Lo leí
en un artículo de José Julio
Perlado. "Aprendo a ver", confesaba
Rilke caminando por las calles de
París. "No sé por qué todo penetra
en mí más profundamente y no
permanece donde, hasta ahora, todo
terminaba siempre. Tengo un interior
que ignoraba. Así es desde ahora.
(...) Aprendo a ver -repetía-. Sí,
comienzo". “ Y si Cézanne es Cézanne
-decía Picasso- es porque cuando
está frente a un árbol mira
atentamente lo que tiene ante sus
ojos”. Y “Monet -dirá Cézanne- sólo
es un ojo, pero ¡qué ojo!".
Tal vez
sea una quimera pretender –a mí no
me lo parece- que se incluya en los
planes de estudio estimular la
curiosidad y el asombro. Sólo se
requiere ojos para ver –o manos
para palpar-, silencio para
absorber, un entorno que contemplar
... y tiempo. Por un precio de risa
se puede fomentar un aprendizaje que
no tiene precio: el enriquecimiento
emocional, sensitivo e intuitivo de
los más pequeños. Sería una lástima
tener que cruzar los brazos y
pronunciar LA FRASE: “Es lo que
hay”.
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Sunsi Estil-les Farré
Diari de Tarragona