«ES
QUE YA RALLAS»
Autor:
Javier Láinez
Fuente: Escritos Arvo
Arvo.net, 19.10.2008
En un mundo en el
que han desaparecido casi todos los
indicadores de los caminos...“Mil
policías controlando el tráfico no
pueden decirte de dónde vienes ni a
dónde vas”.
En el diccionario, rallar es
sinónimo de molestar. Hoy se entiende que un
tío que ralla es un tío que marea con su
rollo. La tragedia de algunos jóvenes es que
te dicen que les ralla la insistencia que
pones en que no se dejen arrastrar por el
ambiente. Y todo porque llegan a creer que
su yo no vale por sí mismo, sino por el
valor que le dan los otros o, peor aún, por
el imperio voraz de la circunstancias.
LOS DILEMAS DE GUSTAVO.
La barbaridad que Gustavo le
había dicho a la camarera de aquel pub
era tan bestia que sus amigos alucinaron.
Se quedaron bocas, por decirlo en su
lenguaje. Ninguno dudaba que era
absolutamente incapaz de cumplir su parte en
aquella proposición obscena. Y eso sin
contar con que la chavala le sacaba más de
diez años. Los que le conocen, saben que
Gustavo está atado por un montón de
prejuicios sociales y familiares, que acude
a un colegio de pago, que se curra a tope
cada evaluación y que en el fondo de su alma
es un inocente con cuerpo de oso fondón.
Pero la memez ya estaba dicha y las risas
corrieron a la par que se extendía
-exagerada- la narración de la hazaña por
otros grupetes de coleguillas.
Uno de sus amigos, más noblote
que él, le echó más tarde en cara aquella
salvajada. “Me estás rallando, tío”,
fue toda la respuesta de Gustavo. Una
traducción de urgencia vendría a querer
decir algo así como: “Me aburre que me
recuerdes lo que ya sé”. Pero su amigo
en aquella ocasión no se anduvo con
chiquitas. Le arrinconó contra la pared y
después de darle un par de galletas -no
fuertes, pero sí bien dadas- le obligó a
volver al bar y pedir perdón a la chica de
la barra. Gustavo es muy cobardón y terminó
haciéndolo. La camarera sonrió al ver el
agobio del petimetre, arrugó un poco la
nariz y le dio un cachetito en la mejilla
mientras le sugería: “Madura,
¿vale?”
“Me tienen que dar dos tortas
para que me caiga del guindo” -me
contaba él mismo unos días después- “porque
hasta ese momento estaba como en una nube.
Cuando salgo por ahí me dejo la conciencia
en casa. No sé ser yo mismo. Tengo que hacer
la gracieta para no desentonar”.
YO Y MIS CIRCUNSTANCIAS.
Tengo un amigo -profesor de
Filosofía- que se enfada un poco porque
muchos de los que en su día tuvieron tiempo
de estudiar a su admirado Ortega y Gasset
en el ya extinto COU, no recuerdan a la
vuelta de los años sino aquella frasecilla
célebre: “Yo soy yo y mi circunstancia”.
“Es de agradecer, asevera, que
sean capaces de decirlo en singular y no el
triste “mis circunstancias” que sueltan
alegremente algunos paletos ilustrados que
dominan los magazines de la radio”. A
raíz de este chascarrillo, me ha dado por
pensar que me vengo encontrando últimamente
con muchos jóvenes talentos a los que “su
circunstancia” les ha comido el “yo” con el
mismo frenesí con el que el Cookie
Monster se comía las galletas de todos
en Sesamo Street.
Lo del pobre Gus no deja de ser
una macarrada de tardoadolescente que sólo
busca dar la nota. “Si hago las cosas
como sé que debo hacerlas -argumentaba
Gustavo- no tendré prestigio entre los
demás. Tengo que decir cosas sucias a las
camareras, hacer patochadas en clase, hablar
mal de mis padres y aparentar que lo único
que me importa son las pelas”. Lo que de
verdad me aflige es la respuesta -”me
estás rallando, tío”- a la llamada de la
conciencia.
IKER YA NO CREE EN NADA.
Hace poco comí con Iker.
Compartimos aulas y tardes de música durante
un buen puñado de años. Era uno de mis
catequistas más solventes. Ahora es un
ejecutivo de prometedor futuro. Tras hablar
de nuestros respectivos trabajos y de años
de no vernos, llegamos a la almendra de la
conversación. Se había desembarazado de su
fe como si fuera ropa vieja. La apertura
mental de la universidad, los atractivos
modelos de pensamiento y de vida de los
amigos, el despertar de un agudo sentido
crítico y algo de comodidad -para qué
engañarse-, le hicieron abrir los ojos.
Es curioso, pensaba yo más
tarde, lo que se ha sembrado en este chico
es mucho más de lo corriente. Tanto en su
familia como en el colegio y en la
universidad, la semilla que caía en los
surcos de su alma era una semilla
profundamente cristiana. A la vuelta de
pocos años, cuando sale por fin de los
confortables invernaderos en los que se ha
formado, la semilla no sólo no ha dado fruto
sino que ha desaparecido como por ensalmo.
He de reconocer (hay, lo siento,
un deje de melancolía en esto) que la
historia de Iker la he visto repetida, con
mil acentos diferentes pero igual en
sustancia, en muchos -demasiados- antiguos
alumnos míos. Jesucristo habla de este tipo
de situaciones en una parábola preciosa que
puede encontrarse con explicación incluida
en el Evangelio de San Lucas (8, 4-15).
Jesús contempla dos resultados de la misma
acción: sembrar, y el misterio se centra en
dar fruto o no darlo. La simiente siempre es
la misma mientras lo que cambia es el
terreno. Tierra buena, esponjosa y fértil,
de un lado. De otro, el suelo endurecido de
un camino, el campo asfixiado por la
malahierba o la baldía vaciedad de los
pedregales.
El de Iker pretendía pasar por
un proceso de conversión intelectual.
¿Qué te queda ahora?, le pregunté yo. “La
gente, los amigos, las personas... Cada cual
es un mundo y cada uno tiene un modo de
interpretarlo”. -¿Y el tuyo?,
seguí indagando. Me refería a su mundo y a
su interpretación. Hubo como un destello de
sonrisa en sus ojos claros. Lanzó desafiante
su respuesta como quien exhibe una tarjeta
de visita de esas modernas: mucho coco y
mucho diseño en una cartulina de ocho por
cuatro: “Mi mundo es mirar”. Debí
suponerlo. No en vano se dedica al cine. A
vender cine, ojo, no a crearlo.
MIRAR LOS ESCAPARATES.
El programa de vida que se
reduce a mirar al escaparate sin sentirse
protagonista de nada y la estética del
video-clip, con su desenfado insustancial,
son un peligroso sucedáneo de la
interioridad. En un mundo en el que han
desaparecido casi todos los indicadores de
los caminos, si al final no somos más que
una pieza perdida del puzzle social sin
brújula alguna para orientarnos, no es de
extrañar que nos “rallen” los sherpas
voluntariosos que señalan alguna ruta
segura. Y ni siquiera ellos solos, como bien
señala el poeta T.S. Eliott: “Mil
policías controlando el tráfico no pueden
decirte de dónde vienes ni a dónde vas”.
Me preocupa la desaparición de
la conciencia individual. Si, a fin de
cuentas, la circunstancia se traga mi yo o
lo políticamente correcto aventa de mi
cerebro cualquier atisbo de originalidad,
¿cómo voy a saber quién soy yo? Dos guapas
triunfadoras, Marta y Marilia, nos han hecho
llegar ese mismo mensaje en su último disco:
“Si nada es tuyo, nada es mío, ¿cómo
repartimos los amigos? ¿cómo repartimos los
recuerdos de este amor?” ¡Bien por las
chicas de Ella Baila Sola! Y me atrevo a
añadir: ¿Cómo voy a ser capaz de encontrar a
Cristo, el único capaz de mostrarme, en su
rostro, el mío?
SER VIRGEN A LOS 20.
De Laura ya he contado en otra
ocasión. Es la chica a la que su noviete
dejaba volver sola a casa porque a él le
dejaban sus padres una hora más de "movida".
Hemos vuelto a encontrarnos cuando ella es
una aplicada universitaria con dos carreras
a cuestas. Sigue tan guapa, tan ilusionada y
tan soñadora como siempre. Por desgracia,
también ella ha notado el zarpazo de “la
circunstancia” y piensa que su fe se ha ido
a hacer gárgaras desde hace un par de años.
¡Vaya, como Iker! Lo que pasa es que Laura
es de otra pasta. Tiene mucho dentro -tierra
buena- y pelea como una leona para que su
interior no se desmorone. Lloraba hasta
provocar ternura porque a sus veinte años
sigue conservando su pureza y su integridad
virginal.
En los ambientes medio bohemios
en los que se mueve -una de sus carreras es
Arte Dramático- no deja de ser una
provocación comportarse así. Se le saltan
las lágrimas (¡Nunca tengo kleenex a
mano!) porque empieza a no entender en qué
narices se fundamenta su actitud. Intenté
animarla, le hablé de la hermosura de la
castidad, del amor verdadero con el que
sueña y llegué a decirle aquello de ser “un
lirio en medio del estercolero”. Esto último
no pareció convencerla del todo. No le gusta
singularizarse.
Pensaba en algo que he leído en
el Catecismo.
El yo del que venimos hablando se identifica
con lo que en la Biblia se llama corazón, y
se describe como “la morada donde yo
estoy, donde yo me adentro. Es nuestro
centro escondido (...) es el lugar de la
decisión, en lo más profundo de nuestras
tendencias psíquicas. Es el lugar de la
verdad”. Lo que Laura intuye -aunque no
lo sepa- y lo que Iker ha decidido ignorar,
es que el corazón es insondable. Nadie puede
llegar a su fondo, ni nuestra razón ni la de
otros. Salvo Dios. Por eso, dejar que “la
circunstancia” malbarate ese tesoro no deja
de ser una gran pérdida.
LA REVOLUCIÓN CULTURAL.
No creo que haya muchos
estudiantes del bachiller actual que sepan
lo que fue la Revolución Cultural de la
China de Mao. Tampoco es que yo sepa mucho,
pero me impresionó vivamente lo que cuenta
Jung Chang en su libro “Cisnes salvajes”.
Cuando ella era una adolescente, vulnerable
e insegura, se vio empujada a formar parte
de la Joven Guardia Roja. Se les entregó un
lema: “Destruid primero; la
reconstrucción llegará por sí misma”.
¡Qué luchas tremendas en su corazón cuando
la obligaban a apalear a viejecillos
-calificados de burgueses y
contrarrevolucionarios- por el grave delito
de tomar el té en los pocos locales públicos
que iban quedando! ¡Qué desconcierto al
hacer lo que le repugnaba! Un mundo de
indignación hervía contra esa destrucción
colectivizada de su yo. Pero Jung Chang
peleó -como espero que sepa hacerlo Laura- y
venció. Aquella patraña no se comió su
corazón.
En una revista universitaria he
tropezado con los versos de un poeta
chileno, Pablo de Rocka. Estremecedores: “Soy
la multitud y estoy solo”/ Cantaba en la
adolescencia, / Solo, y definitivamente
solo, / No adentro de la multitud, / Sino
con la multitud adentro”. Hay en lo más
íntimo de lo que yo soy un ansia de
expandirse que nunca podrán comprar los
mercaderes de lo efímero. Hay mundos
enteros, multitudes, que quieren enriquecer
al mundo y no diluirse en el triste
anonimato de los que simplemente miran
escaparates. Y ya que hablamos de poetas
chilenos, he aquí otro -Ibáñez Langlois- con
la solución al acertijo: “A los
buscadores del infinito por cuenta propia /
se les hace saber / que el objeto de sus
nobles y erráticas exploraciones / ha sido
ya encontrado en una cruz / el viernes de
Nisán en las afueras de Jerusalén”.
Laura, guapa, toma nota.
CHRIS O’DONNELL, ATTICUS FINCH Y JUAN PABLO
II.
Recomendaría sin dudarlo a
muchos universitarios que vieran la película
Esencia de mujer. La trama principal
es toda de Al Pacino, pero la secundaria es
un dilema impresionante en el que el joven
Charlie (Chris O’Donnell) pelea para no
dejar que “la circunstancia” (chivarse de
unos compañeros -imbéciles, por otra parte-
a cambio de una beca) se meriende su yo (no
soy un soplón ni cedo al chantaje). A quien
le guste más lo clásico, puede deleitarse
con los diálogos de Atticus Finch y su hija
Scout en la maravillosa Matar a un
ruiseñor. Una perla: Cuando la chica le
pide a su padre que transija ante una
injusticia para poder vivir en paz con los
vecinos, su padre le espeta: “No deseo
enemistarme con nadie, Scout, pero la
primera persona con la que tengo que
convivir es conmigo mismo”.
Y así podríamos seguir. Desde
Sócrates hasta ayer mismo hemos encontrado
en la historia quienes nos han enseñado que
el valor de la persona y de su interioridad
tiene algo de sagrado. Y es precisamente ese
terreno sagrado en el que es posible
encontrar a Cristo. Es Él quien de verdad
conoce nuestro yo y puede hacer que cada uno
lo descubra en la hondura de su propio
corazón, redimido con la sangre de la cruz.
El verano pasado el mundo
asistía estupefacto al espectáculo de un
anciano Papa rodeado por dos millones de
jóvenes en Tor Vergata (Roma). Él también
tenía la solución al enigma y no parecía que
a los oyentes les “rallase” su mensaje:
“En realidad, es a Jesús a
quien buscas cuando sueñas con la felicidad.
Él te está esperando cuando no te satisface
nada de lo que encuentras. Él es la belleza
que tanto te atrae. Él es quien hace nacer
en ti esa sed de radicalidad que te impide
ser un conformista. Él es quien te está
pidiendo que te quites esas máscaras que
falsean tu vida. Él es quien sabe leer en tu
corazón las decisiones más hondas, esas
decisiones que otros querrían sofocar dentro
de ti. Es Jesús quien suscita en ti ese
deseo de hacer algo grande con tu vida; ese
afán por seguir un ideal; ese rechazo a
dejarte atrapar por la mediocridad; esa
valentía que te lleva a comprometerte, con
humildad y perseverancia, para mejorar: en
primer lugar a ti mismo; y luego, a la
sociedad, haciéndola más humana y fraterna.
Querido joven del siglo que comienza: ¡decir
sí a Cristo es decir sí a tus ideales más
nobles!”. Pues eso.