EL ESTUDIO DEL IDIOMA JAPONÉS
Ya he contado al principio de este relato que antes de venir al Japón se me produjo un neumotórax y tuve que hospitalizarme casi un mes. Cuando le comuniqué a José Ramón que se retrasaba mi llegada al Japón, me escribió una carta muy cariñosa y en correo aparte me llegó un libro titulado Japonés en cuatro semanas. El título me gustó, pero la primera lección empezaba con una lista de vocabulario en que, junto a palabras como apple y uncle, aparecían unos signos endiablados que me dejaron perplejo y desesperanzado.
—Nunca aprenderé japonés. —me dije.
Gracias a Dios enseguida recuperé la fe de que aprendería japonés, pero decidí dejar el estudio del japonés hasta que llegara al Japón.
Nada más mudarnos a aquella pequeña casa el 1 de febrero de 1959 nos pusimos a estudiar japonés por nuestra cuenta. La única escuela de japonés para extranjeros estaba en Tokio, a más de 800 kilómetros.
Tenía ya experiencia de haber estudiado italiano e inglés y, aplicando la lógica de José Ramón sobre la comida japonesa, pensé que el idioma que hablan cien millones de japoneses sería posible llegar a manejarlo …con codos y la ayuda de Dios.
Me hablaron de un joven profesor de la Universidad de Osaka de Estudios Extranjeros que sabía inglés y tenía experiencia de dar clases particulares de japonés a extranjeros. Además vivía cerca de nuestra casa. Le llamé por teléfono para ir a verle pero insistió en venir él a nuestra casa. Durante dos meses vino a darme clases privadas por un precio muy razonable. Luego me enteré que su insistencia por venir él a nuestra casa se debía a que vivía en un piso pequeñísimo y tenía un niño recién nacido.
Me consiguió un libro de texto que, sin pretender enseñar el idioma en cuatro semanas, era muy asequible y noté que progresaba. No pudo seguir viniendo, pero continuamos estudiando por nuestra cuenta muchas horas al día. Cuando me enredaba y no entendía, le preguntaba a José Ramón, que progresaba más rápido que yo.
En aquellas primeras semanas, el momento más esperado para nosotros era la llegada del cartero. El descifrar aquellas tarjetas postales era todo un suspense. Primero teníamos que poner la tarjeta de pie, y no pies arriba. Aunque por aquel entonces no había todavía código postal, no era difícil distinguir el lado de nuestras señas del lado del mensaje. El siguiente paso era buscar números, que ya habíamos aprendido. También sabíamos manejar un diccionario de caracteres chinos. Buscábamos los que venían en letras más gordas, y nos enterábamos que se trataba, por ejemplo, de la factura de la electricidad. El siguiente paso era más difícil porque se trataba de distinguir la cifra del número del contador del precio de la factura. Al cabo de un buen rato coronábamos nuestros esfuerzos y llegamos a estrecharnos las manos para felicitarnos por nuestra hazaña. Quizá sea una exageración, pero tengo la impresión de que aprendimos tanto japonés gracias al cartero que con los libros de texto.
Mientras estudiaba Derecho en Roma intentaba aprender inglés. Gracias al diccionario logré leer algo de inglés, pero no veía forma de llegar a hablarlo. Un irlandés compañero de estudios, que hablaba varias lenguas, me dio el siguiente consejo:
—Mira Fernando, lo que tienes que hacer es leer un libro interesante sin mirar el diccionario.
— ¡Pero qué dices!, ¿sin diccionario?
—Así como lo oyes, ¡sin diccionario! Haz una prueba: pon una rayita a lápiz en el margen de la línea en que haya una palabra que no entiendes, y luego escribe a pie de página cuántas palabras no has entendido.
Lo decía tan seguro de sí, que decidí probar. Al principio más bien para demostrarle que estaba equivocado. Pero resultó que escogí un libro muy interesante y, según avanzaba, pude comprobar que la cifra de palabras desconocidas bajaba. Hacia la página 30 ya sólo había dos o tres palabras. Acabé por darme cuenta que no se trataba de poder traducir al español cada una de las palabras sino de entenderlas en el contexto.
Al año y medio de llegar al Japón decidí aplicar este método al japonés. Primero me enteré de la novela de detectives que más se vendía. Adquirí un ejemplar y me puse a leerla. Para enterarme de quién era el criminal logré llegar al final, sin usar el diccionario. Me di con canto en los dientes y bendije a mi amigo irlandés.
Desde entonces he seguido leyendo libros en japonés. Hace unos diez años hice un impreso titulado Libros recomendados por el P. Acaso. Lo reparto a diestro y siniestro porque se trata de libros que pueden ayudar como introducción al cristianismo. Lo reedito cada año. Acabo de cambiar el título: ahora es Libros y DVDs recomendados por el P. Acaso. Ahora mis lecturas están más bien orientadas a poner al día este impreso.
SI EMPIEZAS A LEER UN LIBRO, NO LO DEJES HASTA LA PÁGINA 35.
En un libro de Minoru Hamao en el que leí algo que cambió mis hábitos de lectura. Minoru Hamao, católico muy ferviente, fue preceptor del actual emperador. Cuenta en ese libro que su única distracción era comprar libros al salir de sus servicios en el Palacio Imperial. Era también lo único que compraba, porque desde sus calcetines a la crema de afeitar se lo compraba su esposa. Pero un buen día se encontró con que tenía en casa muchos libros que no había llegado a leer. Le pareció un despilfarro, se propuso moderar su impulso al comprar libros, y se fijó el siguiente lema:
—Esperar una semana antes de comprar un libro.
Cuando encontraba un libro que le apetecía leer, se apuntaba el título en la agenda, y pasada una semana, muchos libros ya no le parecían tan interesantes como para comprarlos.
Este consejo me lo apliqué a mí mismo, y no sólo para comprar libros. Me ha dado muy buen resultado también para otras compras.
Minoru Hamao también aconsejaba otro principio:
—Si empiezas a leer un libro tienes que acabarlo.
Dudé si seguir este consejo. Ciertamente hay muchos libros que empiezo a leer, y si me resultan aburridos los dejo. Pero si me proponía este principio, iba a coger miedo a empezar a leer un libro.
Seguía con estas dudas y pedí consejo a un amigo. Éste me dijo que él seguía otro principio:
—Si empiezas a leer un libro, no lo dejes hasta la página 35.
Le pregunté por qué hasta la página 35, y no hasta la 40 o la 30. Me dijo que no lo sabía, que así le aconsejó un profesor en el bachillerato y que a él le había dado buen resultado.
Empecé a seguir este consejo y le estoy muy agradecido a aquel amigo. Me ha ocurrido varias veces que al llegar hacia la página 20, el libro me parecía un tostón y me daban ganas de dejarlo, pero he seguido hasta la página 35 y me ha resultado entretenido hasta el final. ...Pero con frecuencia al llegar a la página 35 he dejado de leer muchos libros.
REFRANES
Tanto al aprender italiano como inglés, noté que los refranes son muy útiles para transmitir un pensamiento. También al estudiar japonés busqué refranes y me encontré con un Diccionario de Refranes. Algunos, como El tiempo es oro, parecen ser comunes a todos los idiomas. Pero también me encontré con algunos peculiares del Japón. Un amigo que supo de esta afición mía me preguntó:
— ¿Cuál es el refrán japonés que más le gusta?
Casi sin pensarlo le dije uno que se podría traducir así al japonés:
—Los hoyuelos que deja la viruela en las mejillas son como los hoyuelos de una sonrisa.
Recuerdo que cuando me encontré con este refrán no lo entendí. Sobre todo porque aparecía por primera vez el carácter chino para los hoyuelos que deja la viruela. Y cuando lo busqué en el diccionario me quedé asombrado de que en japonés y chino, se pudiera decir tanto con un solo carácter. En un diccionario más extenso de refranes encontré la explicación: el refrán original era más extenso.
—A ojos enamorados, los hoyuelos que deja la viruela en las mejillas son como los hoyuelos de una sonrisa.
Pero ¿por qué respondí sin demora que este refrán era el que más me gustaba? Es que me di cuenta que este refrán venía a decir lo mismo que unas palabras del Fundador del Opus Dei que llevo grabadas en el corazón desde mi juventud: es el número 463 de Camino.
—Más que en “dar”, la caridad está en “comprender”. —Por eso busca una excusa para tu prójimo —las hay siempre—, si tienes el deber de juzgar.
Esto es lo que llevo intentando practicar y enseñar a los demás. Gracias a este refrán me parece que he podido hacer este pensamiento más asequible a los japoneses.
ATEOS RELIGIOSOS
La religiosidad de los japoneses es un tanto curiosa. En las encuestas Gallup que comparan la religiosidad de varios países, un noventa por ciento de los japoneses contestan que no creen en Dios. En este sentido es el país más ateo del mundo. Pero en las estadísticas que presentan anualmente todas las asociaciones religiosas reconocidas por la ley (y con este reconocimiento evitan pagar casi todos los impuestos), la suma de los afiliados a las distintas religiones suman doscientos millones, casi el doble que la población. ¿Cómo es esto posible? Es que casi todos los japoneses tienen dos religiones. O más exactamente, que la mayoría de los japoneses se casan con un rito shintoista y los entierran con un rito budista. (Un conocido mío, poco respetuoso con las religiones japonesas, me decía que el Shintoismo es el negocio de las bodas, y el budismo el negocio de los funerales). Otra de las preguntas de la encuesta Gallup es sobre la religión preferida. ¡Un tercio! de los japoneses contestan que la cristiana. El resto está dividido entre muchas religiones. El Shintoismo y el Budismo apenas llegan al diez por ciento.
Voy a relatar un sucedido en el que se refleja lo que acabo de escribir. Un joven arquitecto se disponía a viajar un par de años por el mundo, antes de montar su estudio en Tokio, y vino a practicar inglés conmigo. Nos hicimos amigos y me llevó a ver lo mejor de la arquitectura clásica japonesa en Nara y en Kyoto. Sólo por esto le estoy muy agradecido. Yo aproveché para hablarle sobre el cristianismo pero no mostraba el menor interés.
Al cabo de dos años volvió al Japón y vino a verme. Me dijo que había conocido a una japonesa en París y pensaban casarse. Me pidió que bendijera su matrimonio delante de sus familias y amigos, en la sala del hotel donde se celebraba la boda. Le pregunté por qué quería una ceremonia cristiana y me contó que, cuando decidieron casarse, lo primero que hicieron fue comprar dos cruces de oro con cadenitas, entraron en una iglesia donde no había nadie, se las pusieron uno al otro en el cuello y le rezaron a Dios. También me dijo que de momento no tenían intención de hacerse católicos, pero querían sellar su fidelidad hasta la muerte con la bendición del sacerdote católico.
Le dije que me dejara pensarlo dos o tres días. Fui a ver al arzobispo y le pedí consejo. Me dijo que aceptara y me enseñó cómo podía ser la ceremonia.
Los banquetes de las bodas en Japón son muy ceremoniosos y solemnes. Durante la mayor parte del tiempo sólo hay discursitos ingeniosos y graciosos que llevan preparados algunos invitados a los que se les ha pedido con anterioridad. Por supuesto que no hay baile, y lo que menos importa es la comida.
En mi caso la boda fue aún más solemne, antes de que sirvieran la comida, todos siguieron el rito de la bendición nupcial con gran respeto y devoción. Luego habo los discursitos de rigor.
La joven pareja se instaló en Tokio y les visité un par de veces. Todavía nos escribimos por Año Nuevo, pero siguen sin dar señales de bautizarse.
Pocos años después de aquella boda, la Conferencia Episcopal obtuvo permiso de la Santa Sede para oficiar matrimonios entre no cristianos en las iglesias.
UN DÓLAR SON TRESCIENTOS SESENTA YENES
Hoy día el dólar fluctúa alrededor de los cien yenes. Pero cuando llegamos al Japón se mantuvo en los trescientos sesenta yenes muchos años. Como veníamos de América, al ir de compras hacíamos el cálculo en dólares y todo nos parecía muy barato.
—Fíjate, un corte de pelo solo cuesta 30 centavos. Y estos calcetines menos de un dólar.
Hasta que un día, José Ramón, al volver de un viaje a Tokio, nos contó lo siguiente.
Un amigo suyo americano que había trabajado bajo las órdenes MacArthur durante la ocupación del Japón, se había establecido en Tokio y tenía una compañía de exportación e importación. Le contó a José Ramón que un domingo fue con su familia de paseo al campo y se fijó en una familia de campesinos que se dedicaban a hacer escobillas delante de su casa. Le parecieron un primor y les preguntó:
—Serán muy caras ¿verdad?
—Sí, cuestan diez yenes cada una.
Aquel americano se quedó sorprendido. Aquellas escobillas, auténticas piezas de artesanía, costaban sólo tres centavos de dólar.
Después de que José Ramón nos contara este sucedido, empezamos a calcular en escobillas.
—Fíjate, estos calcetines cuestan 36 escobillas. ¡Qué caros son!
NUSHIMA Y OKUASHIYA
El Fundador del Opus Dei seguía con todo detalle nuestros primeros pasos en Japón y en sus cartas se preocupaba de todo lo nuestro, con corazón de padre y de madre. Nos dijo que procuráramos descansar en el verano. El verano en Japón es de los más calurosos de toda Asia, y la humedad muy alta. Y entonces los acondicionares de aire en casas privadas eran un lujo sólo asequible a los muy ricos.
Antes de seguir adelante, voy a hacer un inciso, sobre el parecido entre Japón y Europa. De niño aprendí de mi madre que “la canícula es de Virgen a Virgen”. Es decir, los días de más calor son desde la Virgen del Carmen, 16 de julio, a la fiesta de la Asunción de la Virgen, 15 de agosto. Pues resulta que en Japón dicen que “la canícula es del 15 de julio al 15 de agosto”.
Durante la canícula no veíamos nada fácil irnos a descansar. Los extranjeros entonces éramos muy llamativos. Nos miraban como a bichos raros y susurraban a nuestras espaldas. Una vez fuimos a bañarnos a una playa, pero no nos quitaban ojo de encima. Los japoneses tienen un bronceado perpetuo, pero los occidentales somos de un blanco que parece que nos han hervido, y los hombres tenemos pelos en las piernas, los brazos y el pecho. Los chicos pequeños en vez de mirarnos de reojo se nos plantaban a un metro de distancia, sin el menor recato, o se alejaban llorando. …Así no hay forma de descansar.
En éstas estábamos cuando un amigo nos habló de Nushima, una isla diminuta en el Pacífico a unos diez kilómetros de la costa. Viven allí un centenar de pescadores y no hay por supuesto ningún hotel u hostal. Pero el bonzo había alquilado el verano anterior parte del templo al cónsul francés. Nuestro amigo se puso en contacto con el bonzo y fuimos a darle un vistazo a Nushima. El viaje fue una odisea: tren, barco, autobús, barquichuela. Nos llevó dos días ir y volver, pero valió la pena. Nushima nos pareció un paraíso y en el poblado parecía que todavía discurría el siglo XIX. La casa que nos alquilaba el bonzo tendría sus trescientos años y no tenía ni una silla. Era muy amplia y tenía mosquiteras que se colgaban del techo sobre las colchonetas y dejaban pasar la brisa pero no los mosquitos.
Desde el segundo verano después de nuestra llagada al Japón, nos dividimos en dos grupos y pasamos unos diez días cada grupo en este paraíso. La mujer del bonzo nos pasaba unas bandejas con las comidas. Casi todo el día lo pasábamos en una playa para nosotros solos. Allí estudiábamos y dábamos clases de Catecismo. Porque vinieron con nosotros aquellos residentes y amigos que se preparaban para el bautismo.
Los pescadores lugareños le llevaban a la mujer del bonzo raras especies de pescado para que nos lo sacara para la comidas. En la isla había un solo receptor de televisión en el sacro del templo, y por las tardes venían algunos pescadores ancianos a ver el sumo (una especie de lucha libre —pero menos— muy popular en Japón).
Al tercer verano quisimos apalabrar de nuevo aquella casa, pero el bonzo nos dijo muy amablemente que no. No nos dio razones, pero sospechamos que a los altos jefes de su secta no les pareció bien que se celebrara Misa todos los días en uno de los edificios del templo.
Buscamos otro lugar y encontramos una pequeña casa, anexo de un hotel, junto al estrecho de Naruto.
Por aquel entonces el Fundador del Opus Dei nos animó a buscar unos terrenos en un lugar fresco y tranquilo donde tener durante todo el año convivencias y cursos de retiros. Después de muchas pesquisas dimos con una zona en la cordillera detrás de la ciudad de Ashiya que estaban urbanizando. Pocos meses después se inauguró Okuashiya Study Center. Tiene habitaciones individuales para veinte personas, y está situado en el centro de un bosque de pinos.
Junto a este Centro hay un pico, que se llama Gorogoro, con vistas magníficas. Les preguntamos a varios amigos qué significaba gorogoro, porque no venía en ningún diccionario.
—Es que cuando truena en estos montes resuena en la costa con el ruido gorogoro. Nos quedamos satisfechos. Pero un día vimos que en la cima de este pico había este cartel: Pico Gorogoro, 565,6 metros sobre el nivel del mar. Y caímos en cuenta que la cifra 5656 admitía la lectura gorogoro.
AMAR AL PRÓJIMO
El alquiler de Seido Juku en Ashiya era caro y, para aumentar los ingresos tuvimos que aceptar dar clases de inglés por las mañanas en empresas públicas y privadas. Todas las semanas iba a enseñar una de estas clases en el centro de Osaka y tenía que tomar el metro. Desde la estación en que me bajaba tenía que recorrer un largo pasadizo hasta salir a la superficie. Un día vi que, al final de aquel pasadizo, había un hombre tumbado en el suelo. Por la vestimenta era obvio que no se trataba de un mendigo. Tuve un impulso repentino de correr hacia él, pero iba en el medio de un pelotón de unas cincuenta personas que nos bajamos en aquella estación, y no pude adelantarme. Mi sorpresa fue que los que me precedían ¡pasaron de largo sin hacerle caso! Unos que iban antes que yo, por fin se agacharon a atenderle. En parte me alegré porque por entonces mi japonés era muy deficiente. Me alegré más aún cuando aquel hombre abrió los ojos y se puso en pie. Parece ser que sólo fue un mareo. Pero...
— ¿Por qué pasaron de largo tantas personas?
Esta pregunta empezó a angustiarme, incluso durante la clase de inglés.
Nada más volver a casa le conté a José Ramón mi desconcierto.
—Mira Fernando, nosotros nos hemos criado en un país de tradición cristiana milenaria y llevamos en la sangre el imperativo de amar al prójimo como a uno mismo. Sin embargo, para los japoneses el primer mandamiento es no molestar al prójimo. …Y en eso con frecuencia nos dan lecciones a los cristianos. Además, estas inhibiciones se deben, en parte, porque al querer ayudar al prójimo hay el peligro en entrometerse indebidamente y causarle molestias. A esto se refiere quizá ese proverbio de que hay amores que matan. ...Pero no hay duda que con omisiones no basta. Lo que has presenciado es ciertamente lamentable, pero ¡para eso precisamente hemos venido al Japón!: a ayudarles con el cristianismo a elevar sus principios morales.
Después de bastantes años, cuando ya vivía en Nagasaki, un profesor de medicina que había hecho estudios en Suiza, me invitó a comer con el profesor suizo que había dirigido sus investigaciones y que se encontraba de viaje por Japón con su mujer. Ésta era católica y su marido ateo. Nos contaron sus impresiones del Japón. Hacia el final de la comida el profesor le dijo a su mujer.
—Tú siempre intentas acercarme a la Iglesia Católica, pero fíjate en los japoneses. Casi todos son budista agnósticos, pero ¡qué lecciones dan a los católicos suizos!
Y dirigiéndose a mí, prosiguió.
—En Tokio mi mujer se olvidó el bolso con los pasaportes y bastante dinero en un taxi, y a las pocas horas el taxista nos lo trajo al hotel. ¡Esto no habría ocurrido en Suiza!
Y me peguntó.
— ¿Qué opina usted?
Después de una pausa, le conté lo que presencié en el metro de Osaka. Me escuchó muy atento y, cambió de conversación.
En estos últimos años he podido observar en los japoneses más iniciativa para ayudar al prójimo. También han creado muchas organizaciones de voluntariado que están haciendo mucho bien dentro y fuera del país. Pero no cabe duda que la evangelización potenciará aún más este amor al prójimo.
FEDERACIÓN DE ESTUDIANTES CATÓLICOS
En el primer verano en Japón, 1959, el arzobispo de Osaka, Mons. Taguchi, me pidió que acompañara al P. Yasuda —más tarde arzobispo de Osaka— a la Asamblea Nacional de la Federación de Estudiantes Católicos, que ese año tuvo lugar en Yokohama. Esta Federación fue disuelta por la Conferencia Episcopal en 1970 por razones que pienso explicar, pero entonces tenía gran vitalidad. En las vacaciones de primavera había convenciones diocesanas, y en el verano asamblea nacional. En agosto de 1959 se reunieron cientos de universitarios durante tres días en Yokohama. Para mí fueron de gran interés las reuniones de capellanes que se celebraban al mediodía. Todos aquellos sacerdotes me recibieron con auténtica cordialidad fraterna, y el P. Sawada me explicaba en inglés los temas que trataban.
Por aquellos años, en muchas universidades había un Club Católico, con reuniones semanales en las que los universitarios estudiaban la Biblia y rudimentos de teología. Cuando me fui a vivir a Kyoto asistí a estas reuniones en dos universidades, fui con ellos de excursión y les celebré la Misa. Con ocasión del Vaticano II, noté que algunos estudiantes decían cosas que se pasaban de la ortodoxia. Se lo advertí pero no me hicieron mucho caso. Y lo que es peor, el ambiente se fue politizando, porque se dejaron influir por las corrientes marxistas tan extendidas entre los estudiantes en aquella época.
Con ocasión de la ratificación del tratado con los Estados Unidos, copiando los revuelos de los estudiantes de París, estallaron revueltas violentas en casi todas las universidades. En una refriega sangrienta con la policía en Tokio apareció en los periódicos y en la televisión la bandera de los estudiantes católicos de Tokio. Pocos días después la Conferencia Episcopal disolvía la Federación de Estudiantes Católicos.
En 1969 la Universidad Nacional de Tokio suprimió, por primera vez en su historia, los exámenes de ingreso. Muchos universitarios de Tokio optaron por la Universidad de Kyoto. Varios chicos católicos de Tokio entraron como residentes en Yoshida Student Center.
En este centro, además de la residencia teníamos dos aulas para clases de inglés. Como consecuencia de las refriegas en el campus, algunos estudiantes aparecían con la cabeza vendada.
El edificio donde el profesor de filosofía Akira Yamada tenía el despacho fue ocupado por los estudiantes más extremistas, y éste tuvo que interrumpir sus estudios sobre San Agustín y Santo Tomás. El Prof. Yamada, viudo y sin hijos, después de asistir diariamente a Misa de seis, se pasaba todo el día en su amplio despacho rodeado de libros y ficheros. En aquel despacho escribió varios libros que se siguen reeditando. Allí le visité varias veces y tuvimos conversaciones muy sabrosas. Pero los estudiantes más extremistas ocuparon el edificio donde trabajaba. Sin su despacho, el Prof. Yamada estaba como pez fuera del agua. Esta ocasión la aprovechó su párroco para que diera una serie de conferencias. Por no disponer de material de referencia resultaron más informales y amenas. Gracias a Dios las grabaron y, puestas por escrito, se convirtieron en su libro más vendido: Coloquios sobre San Agustín.
ASOCIACIÓN DE AMIGOS DE LA UNIÓN SOVIÉTICA
Uno alumno de la Universidad de Kyoto, que se apuntó a las clases de inglés, me dijo que la Asociación de Amigos de la Unión Soviética le había invitado a unirse a un grupo de estudiantes de varios países que visitaría Moscú ese verano. Parecía ilusionado con la utopía marxista. Le aceptamos para las clases y empecé a rezar para que el Señor le preservara del virus marxista.
Después de volver a Japón, se apuntó para continuar las clases de inglés. Al terminar la primera clase le invité a que me contara sobre su viaje. Pero la gran sorpresa es que para empezar me dijo que volvía desilusionado.
Cuando visitaron la Plaza Roja frente al Kremlin se le acercó un ruso y en voz baja le dijo en japonés:
—Casio. Compro Casio.
No entendió y se lo hizo repetir varias veces hasta que se enteró que quería comprarle su reloj de pulsera. Rechazó la oferta, pero ahora aquel ruso quería comprarle también el paraguas plegable que llevaba en la mano. Le preguntó cuánto le pagaba y le ofreció una cantidad seis veces mayor de lo que le había costado en Japón.
— ¿Es que no hay paraguas así en Rusia?
—Si, pero se rompen enseguida.
Esta respuesta vino a confirmarle algo que empezaba a sospechar. La Unión Soviética era capaz de construir cohetes espaciales de primera calidad, pero los productos caseros, como sólo había industrias estatales, eran un desastre.
—El socialismo no funciona. La Unión Soviética acabará por desmoronarse.
La profecía de aquel estudiante se hizo realidad veinte años después, en 1989.
EL PÁRROCO DE LA CATEDRAL DE KYOTO
Al poco de irme a vivir a Kyoto empecé a oír confesiones en la catedral. El párroco era el P. Maruyama. En la puerta del confesionario, por dentro, había colocado el siguiente letrero.
—Recomiende por favor al penitente que invite a sus conocidos no católicos a asistir a las clases de Catecismo.
El P. Maruyama tenía varias clases diarias de Catecismo y muchos recibían el bautismo.
Años más tarde me enteré que uno de los conversos fue un bonzo de un templo budista muy famoso de Kyoto. Todo empezó porque al levantarse este bonzo una mañana de verano se encontró con que, mientras dormía, había matado un mosquito. Allí estaba el mosquito muerto y la sangre que le había sacado. En esta secta budista el matar un animal, aunque sea un mosquito, es algo terrible, y nuestro bonzo se quedó muy preocupado. Consultó con el abad del templo, pero su respuesta no le tranquilizó.
— ¿Qué pensará de esto el cristianismo?
Y ni corto ni perezoso se dirigió a la catedral. De su charla con el P. Maruyama sacó el propósito de asistir a clases de Catecismo, y se bautizó.
La catedral de Kyoto está en un lugar muy céntrico. El terreno lo adquirieron los sacerdotes de la Misión de la Diócesis de París a finales del siglo XIX. También hicieron lo mismo en muchas ciudades del Japón. Edificaron catedrales neogóticas que todavía se conservan en buen estado en muchos lugares. Pero la de Kyoto, a finales los años sesenta, estaba a punto de derrumbarse. No había dinero para reedificarla y vendieron la mitad del terreno para un hotel, y con ese dinero edificaron una iglesia muy bonita y locales espaciosos para la curia y la parroquia. Pero ya no destaca tanto como antes.
Al escribir este último párrafo siento un profundo agradecimiento hacia los católicos franceses que tan generosamente ayudaron a la Iglesia en Japón. En algunas parroquias siguen colgadas las fotos amarillentas de aquellos benefactores.
LA OLIMPIADA DE TOKIO Y LA CERVEZA
El 10 de octubre de 1964, al amanecer, me desperté con un dolor muy fuerte de tripa. El dolor iba en aumento y desperté a David Sell, que llamó a la ambulancia y me llevaron al hospital de la Universidad de Kyoto, muy cerca de nuestra casa.
Aquel día era festivo. Se celebraba por primera vez la Fiesta de la Educación Física. Es que ese día precisamente empezaba la Olimpiada de Tokio. Se escogió el 10 de octubre para la ceremonia de comienzo porque, según los datos meteorológicos, esas fechas eran las más apropiadas: ya se había pasado el calurón del verano, y durante esas dos semanas era muy difícil que lloviera.
En el hospital sólo había médicos de guardia, y optaron por darme un analgésico y que esperara al día siguiente.
José Ramón se presentó a media mañana y decidió consultar por teléfono con una religiosa holandesa, médico y directora de un hospital de Kobe. Ésta le recomendó que me llevara enseguida y, después de dos horas de coche, ingresé en este hospital. A mitad de camino se me pasó el dolor, pero me tomaron una radiografía y apareció una piedrecilla del riñón parada a medio camino. Con sólo saber la causa del dolor me tranquilicé y, para colmo de dicha, me recetaron beber cerveza para facilitar que saliera la piedra. En el piso donde estaba había una sala común y por la televisión estaban dando las olimpiadas. De vez en cuando volvía a mi cuarto a beber cerveza.
José Ramón me dejó el día anterior en cuanto encontraron la piedra de riñón. Pero el día siguiente por la mañana vino a verme y me encontró viendo televisión y bebiendo cerveza. Se alegró de que no me hubieran vuelto los dolores y me dijo:
—Oye Fernando, a mí me parece que la piedra puede salir también bebiendo agua.
—Sí, por cierto.
—Y en casa puedes descansar y, si te pasara algo te traemos enseguida.
—Sí, sí.
José Ramón habló con la directora del hospital y ese mismo día ya estaba en nuestro centro de Ashiya, bebiendo agua mientras me dedicaba a un trabajito de traducción que me encontró José Ramón. Algunos ratos vimos todos la televisión.
Seguí esa dieta, sin que se produjeran dolores y, al tercer día tuve que ir al hospital para una nueva radiografía. La piedra seguía sin moverse. Volví una semana después y, como seguía sin moverse, decidieron hacer algo. Volví a internarme, vino el profesor de urología de la Universidad de Kobe y me metió una especie de alambre de acero inoxidable con marcas como si fuera un metro de medir. Cuando la punta redondeada del alambre tocó la piedra vi las estrellas. Esta expresión la había oído muchas veces pero aquel día vi realmente estrellas. Me llevaron a la habitación, se me pasó el dolor y en la radiografía del día siguiente no aparecían ni restos de la piedra. Me dijeron que eran unas piedras muy pequeñas como sal cristalizada y, con el golpecito del día anterior, se habría pulverizado; y el polvo habría salido sin que yo lo notara.
Ese mismo día volvía a Ashiya y pude seguir viendo las olimpiadas en la televisión, y trabajando. Al par de días me reincorporaba a mi vida habitual en Kyoto.
LOS COLEGIOS SEIDO DE NAGASAKI
En 1974 Mons. Satowaki, arzobispo de Nagasaki, y más tarde Cardenal, nos mandó recado que quería que fuéramos a verle. Después de 15 años volvíamos José Ramón y yo a Nagasaki. El arzobispo nos dijo más menos lo siguiente:
—Las escuelas públicas no sólo prescinden de Dios, sino que enseñan a los niños que Dios no existe. Esto hace daño también a los niños católicos. Ustedes harían un gran servicio a la Iglesia si pusieran un colegio en el barrio de Urakami, donde hay la mayor densidad de católicos.
Quedó claro que él no nos iba a ayudar económicamente. Le dijimos que no teníamos medios para emprender tal proyecto, pero que pensaríamos a fondo todas nuestras posibilidades y que le contestaríamos cuanto antes.
De vuelta en Ashiya contamos todo esto a los demás, y pasamos esta invitación a la Fundación Seido para la Promoción de la Educación, que operaba Seido Language Institute, del que he escrito antes. La junta directiva mostró gran interés, porque era la gran ocasión para poner en práctica su proyecto de enseñar inglés desde la educación primaria. Pero no tenían dinero ni para empezar.
Contamos todo esto por carta al Fundador del Opus Dei y nos animó a tener fe en Dios y a procurar contentar al arzobispo.
El caso es que volvimos a Nagasaki con Koichi Yamamoto, director del consejo de administración de la Fundación Seido, y éste le dijo al arzobispo que iban a intentar poner el colegio, y que, de conseguirlo, el Opus Dei se haría cargo de la dirección espiritual.
Hay un antiguo proverbio japonés que dice: Poner todos medios humanos y esperar la voz del Cielo. Nosotros ya habíamos oído la voz del Cielo, ahora sólo se trataba de poner los medios humanos.
Se empezaron las gestiones de la búsqueda del terreno y del dinero para pagarlo, así como la obtención del permiso de las autoridades civiles.
En septiembre de 1975 alquilamos un apartamento diminuto en Nagasaki y nos vinimos a vivir aquí Takeichi Yukawa, Erich Jochum y yo. Y en otros locales enfrente de la calle pusimos una academia de idiomas.
Koichi Yamamoto y José Ramón venían con mucha frecuencia pero no lograban encontrar terrenos para el colegio, ni sabían cómo obtener dinero para pagarlos. En cuanto a los profesores para el colegio el horizonte se esclarecía, pues había miembros del Opus Dei enseñando en escuelas públicas de varias localidades del Japón y otros estudiaban pedagogía. Entre estos y sus amigos saldría la plantilla de profesores.
De repente se produjo el oil shock: las naciones exportadoras de petróleo subieron el precio y se produjo un tremor que causó pánico en la economía. Como casi todo depende del petróleo, la gente se apresuró a comprar de todo. Lo primero en desaparecer de las tiendas fue el papel de retrete. No sé por qué.
Las grandes compañías querían dinero contante, y un gran consorcio nos ofreció unos terrenos bien situados a un precio asequible. Con dinero prestado de un banco se adquirieron aquellos terrenos.
Ya he mencionado que José Ramón es ingeniero, y siguió por tanto de cerca el proyecto de los arquitectos. En el terreno cabía un colegio de escuela primaria con una clase para cada uno de los seis cursos. Con otro préstamo y algunos donativos se empezaron las obras.
Es curioso, pero sólo cuando estuvieran terminadas las obras, fue posible presentar al gobierno la solicitud para la erección del colegio. Esto quiere decir que si no lo aprobaban, todos los gastos de los terrenos y los edificios habrían sido inútiles. ¿Por qué? Resulta que hay libertad teórica para crear colegios privados, pero el gobierno, no sólo no ayuda económicamente, sino que lo hace difícil porque, con el dinero que pagamos todos los que vivimos en Japón como impuestos, el gobierno pone escuelas públicas gratuitas para que todos los japoneses puedan cursar los nueve años de educación obligatoria. A mí me parece que piensan que las escuelas privadas son un capricho que no les resuelve nada y sólo crea complicaciones.
Esta actitud del gobierno sólo me cabe catalogarla como farisaica y dictatorial. A los ciudadanos que eligen escuelas privadas para sus hijos, el gobierno les hace pagar, a través de los impuestos, las escuelas públicas para los hijos de otros ciudadanos, y además tienen que pagar los gastos de sus hijos en las escuelas privadas. Esto me parece que infringe los derechos humanos que proclama la Constitución.
Por fin, en 1978, la persona jurídica escuela Seido Gakuen y su escuela primaria Nagasaki Seido fueron aprobadas. Para ese primer curso abrimos la solicitad de admisión para 45 alumnos del primer año de primaria, el máximo que aceptaba la ley. Cuando se cerró el plazo de admisiones, teníamos ¡45! alumnos. Y a principios de abril —que es cuando aquí empieza el curso escolar— llegaron con sus nuevos uniformes, y empezaron las clases.
No cabe duda que no sólo seguimos la Voz del Cielo, sino que San Josemaría, muerto el 26 de junio de 1975, nos obtuvo muchas gracias de Dios. De otra forma no se explica que este proyecto saliera adelante.
¿EDUCACIÓN MIXTA O DIFERENCIADA?
Cuando a los tres años el arzobispo de Nagasaki vio que el colegio había salido adelante, nos dijo que debería ampliarse hasta tener dos clases por cada curso, y añadir los tres cursos de la Escuela Media. Un primer problema es que no había terrenos colindantes. Como Dios parecía estar de nuestra parte, Koichi Yamamoto se lanzó de nuevo a la búsqueda de terrenos, y los encontró a sólo diez minutos andando desde el primer colegio. En septiembre de 1981 los niños varones se trasladaron al recién terminado edificio de Seido Mikawadai.
Al poco de emprender esta nueva andadura pudimos corroborar lo acertado de separar a las niñas de los niños. En las clases de educación física, por ejemplo, se subrayaba la masculinidad y la feminidad con toda naturalidad y regocijo de niños y niñas. También la forma de hablar del profesor, al alabar o regañar a los alumnos, cambia de tono según el sexo, y resulta más natural.
A los pocos años de separar las niñas de los niños, un alumno muy brillante de la Facultad de Pedagogía de la Universidad de Nagasaki vino a pedir plaza de profesor. Fue admitido, pero no se haría el contrato hasta que acabara la carrera pocos meses después. Al acabar la carrera vino a anunciarnos que sentía la molestia, pero que se iba a enseñar en una escuela pública. No logramos que nos dijera las razones de su cambio de parecer. Un año después vino cabizbajo a pedir de nuevo plaza de profesor. Entonces nos contó que su decisión del año anterior se debió a que le parecía poco natural que los niños y niñas aprendieran por separado. Pero que, después de un curso de experimentar la educación mixta, se había dado cuenta de que lo natural era la educación diferenciada.
Yo mismo he enseñado religión en ambos colegios y he podido comprobar que, aunque se trate de la misma materia, con el mismo libro de texto, mi forma de hablar, y la forma con que los alumnos reciben mis explicaciones son muy distintas. Y el ambiente de la clase es mucho más distendido y relajado.
Está comprobado que durante la escuela primaria las niñas crecen intelectualmente más rápido que los niños, mientras que a partir de la escuela secundaria muchos niños sobrepasan a las niñas. Todo esto crea tensiones que disturban la enseñanza. Cuando escribo estas líneas están apareciendo en los periódicos noticias de que en los Estados Unidos se están tomando medidas para facilitar la educación diferenciada en las escuelas públicas.
De todas formas, los especialistas en esta materia, no están de acuerdo sobre cuál de los dos tipos de educación es mejor. Ambos tienen ventajas y desventajas. Pero sobre lo que no cabe duda es que se debería dar a los padres la opción de educación mixta o diferenciada para sus hijos.
ESOS GENIOS VESTIDOS DE NIÑOS
Desde que empezó Seido Gakuen he venido enseñando clases de religión, diciendo Misa y oyendo Confesiones para los alumnos de los dos colegios. A los pocos años se me unió como capellán Takeichi Yukawa, ya ordenado sacerdote, y luego le han sucedido otros. En el Japón los católicos no llegan al 1% de la población, pero en estos colegios son el 20%. Esto quiere decir que cuatro de cada cinco alumnos —y sus familias— tienen su primer encuentro con el cristianismo en este colegio.
Llevo 25 años enseñando religión a los niños del primer año de primaria. Al empezar el curso, con sus cinco años, tienen clases especiales para orientarles en cosas tan esenciales desde cómo encontrar su aula hasta cómo usar los retretes. Las clases de religión no empiezan hasta la segunda semana. Pero, hace un par de años, yo tenía unas ganas locas de saludar a los chicos y entré sin avisar en su aula.
Me miraron con extrañeza y les pregunté:
—Vamos a ver, ¿quién soy yo?
Todos levantaron la mano. Yo señalé a uno, se puso de pie, y dijo con aplomo:
—Usted es el Padre Kolbe.
Me sentí muy halagado de que me confundiera con este santo mártir polaco que fundó un monasterio en Nagasaki.
—No, no soy el Padre Kolbe.
Otra vez volvieron todos a levantar la mano. Señalé a otro que mostraba más impaciencia que los demás por decir quién era yo.
—Usted es Dios Nuestro Señor.
Aunque llevo 25 años enseñando religión a niños de primer curso de primaria, aún soy incapaz de prever las reacciones de estos genios vestidos de niño.
Voy a contar otro sucedido que me sorprendió. Pero antes habrá que dejar claro que en estos colegios, con el permiso de sus padres, enseñamos en cristiano. No se trata sólo del tono general de la educación, sino que todos los alumnos rezan juntos al principio y final de las clases, saludan al Señor en el oratorio al llegar al colegio y antes salir hacia sus casas, rezan el Ángelus al mediodía, y las oraciones antes y después de la comida. Los de primaria van juntos a Misa cada dos semanas.
Pero volvamos a los del primer curso de primaria. Hacia finales de curso trataba de enseñarles que además de las oraciones del Devocionario, podían rezar con sus palabras, como cuando hablan con sus padres y sus amigos.
Les repartí unas hojas con cuadrados para la escritura. Después que pusieran su nombre, les dije.
—Escribid lo que le diríais a Dios. Es muy fácil. Primero pensad en alguna de tantas cosas buenas que os suceden, y le dais gracias a Dios. Después de pensar un poco todos se pusieron a escribir.
Hay que tener en cuenta que hacia el final del primer curso a los niños les encanta escribir. Acaban de aprender la magia de poner por escrito lo que piensan. Pero al llegar a la tercera línea, como anticipaba, se pararon casi todos.
—Muy bien. Ahora pedidle a Dios algo que os haga ilusión. Como Dios lo puede todo se le pueden pedir cosas que sólo Él puede conseguir.
Otra vez se pusieron a escribir. Cuando algunos daban señales de haber acabado recogí los papeles. Con esto acabó la clase y me fui con los papeles a mi cuarto. En el primer párrafo daban gracias a Dios por las cosas más diversas. Uno porque había ido a pescar con su padre. Otro porque metió un gol en el recreo. También le pedían a Dios distintas cosas, pero una petición se repetía con frecuencia.
—Dios, dame un hermanito.
—Dios, que nazca una hermanita.
Lo que me sorprendió es que casi la mitad pedían lo mismo. Uno de chavales, el más revoltoso, pedía lo siguiente.
—Dios, mándame un hermanito y una hermanita.
Sobran comentarios.
Otro día la clase fue sobre Caín y Abel. En la pizarra, con tizas de colores, les pinté los dos altares, las ramas de leña, el cordero de Abel y las calabazas y frutas de Caín. Después prendí fuego a la leña y el humo del altar de Abel subía derecho hacia arriba, pero el humo del altar de Caín se revolvía hacia abajo. Cuando terminé, los niños copiaron en sus cuadernos los dibujos y, debajo, tenían que escribir qué sacrificio podrían ofrecer ellos al Señor. Después de la clase, al ver los cuadernos, me encontré con que uno había escrito:
—Matar el perrito de casa.
Ni que decir tiene que en el recreo me fui a buscarle y decirle que no se le ocurriera matar al perrito. Pero me quedé admirado de su generosidad, y me avergoncé de mi roñosería.
SE BAUTIZÓ TODA LA FAMILIA
Aunque la proporción de católicos en la ciudad de Nagasaki es más alta que en el resto del país, en los colegios Seido cuatro de cada cinco alumnos no son cristianos. Esto hace que las posibilidades de evangelización sean inmensas. En el colegio de niñas hay varias clases semanales para las mamás de ambos colegios. Yo enseño introducción al cristianismo en una de estas clases, y acuden muchas mamás con gran interés. Los papás suelen estar superocupados, y es muy difícil que vengan. Incluso cuando acuden a algunas fiestas del colegio no es fácil hablar con ellos a solas.
Una vez conseguí hablar a solas con un papá y aceptó gustoso estudiar el Catecismo conmigo. A los pocos meses mostró deseos de bautizarse. Su mujer también empezó a estudiar Catecismo en el colegio de las niñas, y al cabo de medio año fijamos la fecha del bautismo en la parroquia de su barrio. Tenían tres hijos, de cuatro a ocho años, y estos tenían tantas ganas de bautizarse como sus padres.
En su nueva parroquia les acogieron con gran afecto, y los chicos mayores se unieron al grupo de monaguillos. Pero la cosa no acabó aquí. Al año de bautizarse les nació el cuarto hijo, y al año siguiente el quinto. Estos dos son ya católicos de nacimiento.
Un procedimiento para hablar con los papás a solas, es rogarles que vengan para hablar con el profesor sobre sus hijos. No es fácil que acepten. Lo corriente es que se excusen aduciendo que es la mamá quien se ocupa de estas cosas.
Pero algunos vienen. Uno de estos papás trabajaba en un canal de televisión y me sorprendió que aceptara venir a verme. Le pedí su colaboración para la educación religiosa de su hijo.
—Lo siento mucho pero me no siento capaz de colaborar en esta materia. Desde que mi hijo viene a este colegio me he dado cuenta que en la televisión emitimos programas que hacen daño a la gente. He pedido que me trasladen a la emisora de radio.
Me impresionó la sinceridad y la integridad de este hombre, le alabé y quedamos en vernos de nuevo. Pero poco después tuvo que hospitalizarse y murió al par de meses.
Mientras asistía a su funeral budista, pensé que Dios se habría apiadado de este hombre, y lo tendría quizá en su Gloria.
CONVENTUS
Como ya he contado, cuando llegué a Nagasaki en 1975 empecé a enseñar inglés casi todos los días, pero los domingos estaba relativamente libre. Me fui a ver al Canciller de la diócesis, el P. Kawahara, y le pregunté si podría ayudar en alguna parroquia oyendo Confesiones. Me dijo que fuera a ofrecerme al P. Takeya. Éste me rogó que fuera un domingo al mes.
También desde el principio asistí a las reuniones mensuales de los sacerdotes del arciprestazgo. A estas reuniones las llaman conventus, que así es como se dice reunión en latín. En la ciudad de Nagasaki son el primer martes de cada mes y nos reunimos unos cincuenta sacerdotes. Sólo conocía a dos de ellos, pero me recibieron como a un hermano. Es muy bonito experimentar esta catolicidad que pasa por encima de todas las barreras humanas.
Dos sacerdotes más me pidieron que fuera ir a oír Confesiones a sus parroquias. Esta labor me permitió un trato más personal con estos sacerdotes.
Intimé especialmente con el P. Tanaka, que llevaba muchos años con problemas de riñón. Más tarde le trasladaron a Sasebo, y me llegaron noticias de que había tenido una recaída y se encontraba internado en un hospital cerca de mi casa. Acudí a verle y le encontré más amarillento que nunca.
—Me operan la próxima semana —me dijo. Las radiografías muestran una masa negra en el riñón. Van a abrir para certificarse de qué trata, y extraerla sí es posible.
Estaba entonces en curso el proceso de canonización del Fundador del Opus Dei, y se estaban recibiendo noticias de muchas gracias que se obtenían por su intercesión en todo el mundo. Algunas de estas gracias eran auténticos milagros. Le entregué una estampa para la devoción privada. Después de leerla me dijo.
—Mire, Padre Acaso. Hace muchos años decidí no pedirle nunca a Dios por mi salud corporal. Me pareció mejor dejar esta cuestión en sus manos.
Me emocionó la fe de este sacerdote. No le insistí, cambiamos de tema, y volví a mi casa.
Dos días antes de la operación le visité de nuevo.
—Padre Acaso, ¡mañana me dan de alta! En la radiografía de ayer no encontraron aquella masa negra. Se me ha pasado la fiebre y me encuentro muy bien. ...El otro día le dije que no pensaba pedir la intercesión del Beato Josemaría, pero después de marcharse usted recé la oración que me dejó.
Pero esta curación no fue completa. El P. Tanaka volvió a padecer del riñón, y murió en 1998 en olor de santidad.
Después de aquella mejora le nombraron párroco de la Isla de Kuroshima. Me invitó a dar las conferencias cuaresmales y viví con él cuatro días. Aprendí mucho aquellos días.
Después de Kuroshima le destinaron a una parroquia muy cerca de mi casa. El cambio se debió sin duda para que estuviera más cerca del hospital. Nos veíamos con mucha frecuencia y un día fuimos de romería a Shitsu, su pueblo natal, a una hora en coche desde la ciudad de Nagasaki. En aquella ocasión me contó algo que me impresionó.
Me dijo que era primo del P. Hamaguchi, muerto dos años antes. Es costumbre entre el clero de Nagasaki evitar el trato entre primos y hermanos. Sólo se veían en el Curso de Retiro y en las Ordenaciones. En estas ocasiones se decían uno a otro lo siguiente.
—No nos olvidemos que, como somos hijos de perseguidores, tenemos que hacer mucha penitencia.
Y ante mi extrañeza me explicó lo de perseguidores.
Resulta que su bisabuela era de Mie, un pueblo próspero de pescadores a unos diez kilómetros de Shitsu. Era hija del shoya: alcalde y jefe de policía. Hacia el año 1860, cuando tenía unos doce años presenció cómo los esbirros de su padre torturaban y mataban a unos cristianos del pueblo. Les llevaron a la playa y allí, con los brazos atados con sogas al cuerpo, les aplicaron la tortura mizuzeme. Este suplicio consiste en meterles agua en el cuerpo con un embudo y luego saltar encima de ellos hasta que reniegan la fe cristiana o les tiran al suelo, se suben encima y dan saltos hasta que empieza a salirles el agua mezclada con sangre por todos los orificios del cuerpo. El P. Tanaka no estaba seguro si murieron de este suplicio, o si les cortaron la cabeza.
El caso es que la hija del shoya preguntó a su padre por qué les hacían eso, y su padre le dijo que porque eran cristianos, y por tanto criminales. La niña les conocía lo suficiente para estar segura que eran buena gente, e intuyó que el cristianismo debía ser algo bueno ya que murieron con mucha paz y perdonando a todos.
Pocos años después esta niña se casó en un matrimonio arreglado por