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ORIGEN MONOGENISTA Y UNIDAD DEL GENERO HUMANO II (Natalia López Moratalla)

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Origen monogenista
y unidad del género humano
II

 

 

 Por Natalia López Moratalla

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Reconocimiento mutuo y aislamiento procreador (2)
Divergencia de las especies de la superfamilia hominoidéos de primates


 

Los seres humanos, individuos de la especie Homo sapiens del género Homo, se clasifican (figura 5) dentro de los primates en la superfamilia de hominoidéos, que incluye además los simios inferiores (siamang y gibón) y los grandes simios (orangután, gorila y chimpancé). El último antepasado común entre el hombre y los grandes simios fue el procónsul, que vivió hace 18 millones de años durante el Mioceno Inferior. El grado de homología del DNA (grado de parentesco genético) ha permitido agrupar Homo, Pan y Gorila en la subfamilia homininae mientras el orangután quedaría en la subfamilia Ponginae. El único antecesor que parece posible para Homínidos y Póngidos es Ramapithecus, que vivió hace unos 10 ó 15 millones de años. Posteriormente entre hace 6 y 8 millones de años se separaría primero el gorila, y después el chimpancé de los integrantes del genero Homo, de los que actualmente sólo existe la especie humana.

Los estudios realizados, comparando semejanzas entre proteínas y entre los materiales genéticos, ponen de manifiesto que la separación de estas ramificaciones, que dio lugar a los actuales orangutanes, gorilas y chimpancés desde la rama que tiene como término el hombre, se debió a reestructuraciones del genoma, y cambios en los genes que controlan el desarrollo embrionario más que a una acumulación de mutaciones adaptativas en el seno de una población dirigida por la selección natural. De hecho existe una gran semejanza genética entre todos, que se acompaña de cambios más drásticos de algunos caracteres morfológicos y anatómicos. Las reordenaciones cromosómicas han supuesto una fusión cromosómica con disminución de los 48 de cromosomas presentes en orangután, gorila y chimpancé a los 46 en Homo, en el que el par número 2 procede de dos pares fusionados (figura 6). En la base de esta divergencia de especies de los hominoideos superiores, se encuentran 10 grandes inversiones y translocaciones. Los datos sugieren un antecesor común a los cuatro: hombre, chimpancé, gorila y orangután; 18 de los 23 pares de cromosomas del hombre moderno son idénticos a los de nuestro común antecesor hominoide, del que se separa el orangután, y después el gorila. En el progenitor de chimpancé y hombre tienen lugar tres reordenaciones cromosómicas más, antes de la divergencia final que conduce a la divergencia de los pan, y al inicio de la marcha hacia la especie única del genero Homo. Estas reestructuraciones cromosómicas, en principio, parecen suficientes para establecer una barrera de fertilidad entre los diversos individuos, que al no poderse reproducir entre sí se constituyen como especies diferentes.

Hominización: morfología específica de los individuos del genero Homo y divergencia de los Australopithecus.

Ya Darwin, al tratar del origen del hombre, conjeturó que África habría sido la cuna de la humanidad, puesto que los parientes más cercanos, chimpancés y gorilas siguen viviendo en ese continente. Muchos contemporáneos de Darwin imaginaron como antepasado del ser humano a un individuo mitad hombre mitad simio, y Haeckel llegó a incluir en sus obras ese hipotético "eslabón perdido" al que atribuyó el nombre especifico de Pithecanthropus alalus (hombre simio sin lenguaje). Durante algún tiempo se buscó, e incluso, en 1912, se propuso al Hombre de Piltdown (Reino Unido), de una antigüedad de 500.000 años, como tal eslabón; en 1953 se descubrió el fraude ya que se pudo comprobar que el resto fósil se trataba de una composición artificial entre una mandíbula de un hombre de hace 50.000 años y un orangután de pocos siglos. Años después, en la región ribereña del lago Turkana, al noroeste de Kenia, se han hallado un gran número de fósiles, que se remontan a 1,5 o más millones de años, de miembros primigenios del genero Homo y de Australopithecus, separados del Homo a partir de un antecesor común de hace unos 5 millones de años. El análisis de las características de los fósiles encontrados permite establecer una filogenia entre las especies de Australopithecus, y los sucesivos representantes del genero Homo, desde los primeros, el Homo habilis que diverge del Australopithecus entre hace 1,6 y 2,5 millones de años, al actual Homo sapiens, aparecido en Africa y presente después en Asia y Europa desde hace unos 40.000 años (figura 7).

Las características morfológicas y fisiológicas diferenciales humanas, algunas de ellas compartidas con Australophitecus, fueron apareciendo en la fase de hominización del proceso evolutivo, que se pueden resumir (véanse los esquemas comparativos de las figura 8 a, b c y d) en: a) postura erguida y la bipedalidad que permiten tener las manos libres; las posiciones de brazos y piernas y la estructura de manos y pies le impide poder adaptarse a la vida en los arboles al mismo tiempo que le "convierte" en un corredor; b) cambia el aparato fonador permitiendo articular sonidos; c) el proceso del parto ha competido con la marcha bípeda para conformar una pelvis ovoidal que permite una expansión del canal del parto ante el aumento craneal; parto que necesariamente es adelantado, haciendo que el recién nacido humano sea siempre "prematuro e inmaduro" y que nazca "obligado" a una gran dependencia materna y un largo aprendizaje familiar; d) el mayor cambio que produjo la hominización fue en el tamaño, forma y organización del cerebro. El tamaño debió pasar "el rubicón" de los 750 centímetros cúbicos y sobre todo aumentó más la corteza cerebral. Se sabe que en los hombres no hay una correlación entre grado de inteligencia y tamaño cerebral; de hecho, ha habido una reducción estable desde hace 20.000 años, que no ha ido acompañada de una reducción del tamaño corporal, y no significa disminución de capacidad intelectual. A su vez, determinadas áreas del cerebro han de desarrollarse. Por ejemplo, hablar necesita el desarrollo de dos zonas de la corteza: el área de Broca a la altura de la sien izquierda, donde se traduce el mensaje en una secuencia ordenada de movimientos de los músculos que intervienen en la producción de los sonidos vocales, y el área de Wernicke ubicada detrás y por encima del oído izquierdo, que se encarga de la codificación y descodificación de los mensajes. Estas áreas, apenas esbozadas en los Australopithecus, están ya bien desarrolladas en Homo habilis. Por ultimo, cabe destacar que se produce una inespecialización reflejada en características como: una capacidad de unión sexual no ligada a un tiempo de celo; aguante de las mayores oscilaciones de temperatura; poca especialización digestiva; no posesión de órganos de ataque, etc. El desarrollo corporal se hizo más lento, apartándose también en esta característica de los restantes individuos no humanos. Este desarrollo prolongado implica un entorno social más protector, y una familia en que, probablemente por primera vez, los padres intervenían en el cuidado y alimentación de los hijos. Dos factores fueron cruciales para entender la expansión y reestructuración cerebral de los humanos. Uno de ellos, un cambio en la alimentación con la incorporación regular de proteínas animales, y otro, un aumento de la complejidad social que hiciera posible el desarrollo de la inteligencia por la educación y el aprendizaje cultural.

A lo largo de los 5 millones de años del proceso biológico de hominización tiene lugar la aparición de las características morfológicas y fisiológicas propias del hombre. Son los presupuestos biológicos, las condiciones precisas previas, pero no las causas de que el organismo resultante pueda ser un cuerpo humano. Esto es, un cuerpo que permita una gran capacidad de aprendizaje, una indeterminación biológica peculiar y exclusiva, un ser dotado de libertad y capaz de albergar un intelecto. Algunas de estas características anatómicas del cuerpo humano están presentes en los Australopithecus, últimos eslabones del camino evolutivo por el que aparece el hombre. Todas las especies A. africanus, A. gracil, A robustus, etc. desaparecieron hace al menos 1,5 millones de años. Se podría afirmar que esa extraña desaparición pudo tal vez deberse a la imposibilidad, al no ser hombre, de tener y desarrollar en el proceso de humanización los elementos culturales constitutivos de una conducta genéricamente humana, esto es, inteligente y libre, capaz de hablar, usar útiles, etc. Sin tal capacidad el organismo resultante del proceso de hominización es biológicamente inviable.

Desde hace más de un siglo, se ha intentado explicar no sólo el origen de los seres humanos, sino su misma naturaleza, y en definitiva la relación entre cerebro y mente, considerando las peculiaridades morfológicas y fisiológicas alcanzadas en la hominización como la causa de que unos primates hayan llegado a ser esos seres sociales, que hablan y que están dotados de una excepcional aptitud para la cultura. En general, las explicaciones se han elaborado fundamentalmente en el marco de la teoría evolutiva neodarwinista y desde la perspectiva de un determinismo genético de la conducta: la mente, el pensamiento y en definitiva la voluntad o el libre albedrío no serían más que productos de un cerebro evolucionado por selección natural. Dos aproximaciones han tenido un gran impacto en este campo, a partir de los años 70. Un primera es la propuesta de Richard Dawkins4 acerca del concepto de meme: un elemento atomizado o unidad de cultura -conjunto de ideas, conocimientos, comportamientos, valores o normas- que pueden ser transmitidos de un individuo a otro; tal concepto fue ampliado años más tarde por Cavalli-Sforza y Feldman5. Un meme se puede multiplicar de forma autónoma y transmitirse por leyes semejantes a los genes; al igual que estos se transmiten de forma vertical, de padres a hijos, y además los memes pueden hacerlo de forma oblicua entre individuos no emparentados de diferentes generaciones y horizontalmente entre los de una misma generación. La principal diferencia entre la herencia genética y la cultural según este planteamiento es que la primera seguiría los mecanismos darwinistas, mientras la cultura se transmitiría por un proceso lamarckiano de herencia de los caracteres adquiridos: los individuos pueden por aprendizaje individual modificar la conducta aprendida culturalmente, y cuando esto ocurre transmitir esas modificaciones a las siguientes generaciones. La segunda aproximación es la propuesta sociobiológica, que plantea Wilson6 en su pretensión de explicar la base biológica del comportamiento afirma que la mente, el instrumento por el que se adquiere y transmite la cultura, es un producto de la selección natural, que permite la aparición de conductas adaptativas en ambientes adecuados; la diversidad cultural de las diferentes sociedades humanas sería simplemente el reflejo y el resultado de las diferencias genéticas existentes en ellas. Como era de esperar las críticas, desde la Biología, no han faltado. El debate sigue abierto, y posiblemente seguirá durante algún tiempo, porque la relación entre lo que al hombre le viene dado genéticamente y el modo de ser que adquiere no es una cuestión ni sólo biológica ni sólo sociobiológica. Requiere armonizar las ciencias experimentales con las ciencias del hombre, las humanidades.

Un intento valioso de armonización se está llevando a cabo por parte de neurobiólogos6, que parten de que la incógnita sobre la relación cerebro y mente cae dentro del esquema de un problema que es al tiempo científico y filosófico. Es decir, puede y debe ser resuelto con la investigación científica, desde la neurociencia, la biología evolutiva, la neuropaleontología, las ciencias de la computación e inteligencia artificial, etc., armonizada con la de disciplinas procedentes de las humanidades: la psicología, la lingüística, la filosofía y la sociología. Como plantea Fernandez Mora7, cada nivel de análisis, desde el atómico al social, requiere un lenguaje de formulación de realidades aparentemente diferente para cada nivel, pero se está hablando de una y la misma realidad: el hombre; por ello, parece obvio, que de cada nivel de estudio "emerjan" aspectos cuyo entendimiento no es reducible al estudio por separado de los componentes de esa realidad, al modo como las propiedades del agua no son inteligibles desde las del oxígeno e hidrógeno por separado; esta emergencia puede ser entendida desde el conocimiento de los componentes de esa realidad y sus interrelaciones. La capacidad de traducir lenguajes daría la capacidad de entender el fenómeno, no sólo a cada nivel sino en los interniveles. Este tipo de planteamiento es, posiblemente, el sistema que hoy podría tender el puente más transitable entre ciencias positivas y ciencias humanas hacia la comprensión del ser humano como uno, sin dualismo en la relación entre cerebro y mente, ni la reducción de la mente a subproducto del funcionamiento del cerebro. Ahora bien, desde esta perspectiva se excluye, como punto de partida, la espiritualidad, el misterio del alma humana en ese intento de alcanzar una concepción unitaria en la que el cuerpo no sea una máquina divorciada de la mente. En este planteamiento8 cerebro y cuerpo se identifican con historia personal y esta última con filogenia y ontogenia.

La comprensión del origen del genero humano, al igual que el origen de cada uno, exige la comprensión de la unidad materia y forma, o cuerpo y alma, propia del ser humano9. En el inicio de la vida de cada nuevo ser humano se aúna la acción creadora e inmediata de Dios de un alma inmortal con la concreta disposición de la materia, que los padres preparan al engendrar. De forma paralela, la aparición de los primeros hombres -Adán y Eva- puede entenderse como la acción creadora del alma individual de cada uno de ellos por parte de Dios, que informa una concreta disposición de la materia haciéndola ser cuerpo de Adán y cuerpo de Eva. La materia informada por sus almas no procede de una simple generación, sino que es preparada por Dios "amasando el barro de la tierra" por evolución biológica; por el proceso de hominización, del que venimos tratando, que como toda fase del proceso evolutivo tiene en sí la dirección dada por el designio creador. Se puede decir que Dios no puede infundir un alma espiritual a un cuerpo animal, por evolucionado que éste sea. Realmente se puede afirmar que el hombre no proviene del mono, si éste se entiende como unión del alma humana a un cuerpo de primate, ya que obviamente no podría haber correspondencia biunívoca: no es nunca el cuerpo de un primate una disposición de la materia que pueda ser cuerpo humano. Sí se puede afirmar, por el contrario, el origen evolutivo del cuerpo humano por un cambio innovador del mensaje genético de una especie concreta de homínidos, los Australopithecus. Dios "amasa el barro" o, lo que es igual, Dios, a través de la evolución prepara los cambios necesarios, hasta que pueda ser cuerpo de un ser libre, un organismo lo suficientemente indeterminado, que sea materia capaz de corresponderse con un alma espiritual. Los datos científicos apuntan hacia una modificación del patrimonio genético en construcción, durante el proceso de fecundación y construcción del patrimonio genético de un cigoto engendrado por primates: un cambio en los genes, lo más probable en los genes que controlan el desarrollo embrionario, daría origen al mensaje genético de un hombre; sólo esa disposición de la materia sería entonces apta para poder ser informada por un alma espiritual, esto es, para ser cuerpo humano.

 

Continua...
 

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Enviado por Arvo Net - 25/07/2005 ir arriba
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