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TRAS LAS EVOLUCIÓN. PANORAMA HISTÓRICO (Carlos Javier Alonso)

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TRAS LAS EVOLUCIÓN. PANORAMA HISTÓRICO DE LAS TEORÍAS EVOLUCIONISTAS

Nadie suficientemente informado ignora que los enunciados que configuran las teorías de la evolución biológica no poseen el mismo grado de fiabilidad. Suelen distinguirse tres tipos de proposiciones principales: 1) las que establecen que los organismos están emparentados por unos antepasados comunes; 2) las proposiciones relativas al grado de parentesco y a la historia evolutiva de organismos concretos, y 3) las que atañen a los mecanismos causales del cambio evolutivo. Si los enunciados del primer tipo han sido corroborados de forma suficiente y decisiva por la ciencia, los enunciados del segundo y particularmente los del tercer tipo se mueven frecuentemente en el terreno de la especulación o de las hipótesis.

Por Carlos Javier Alonso

SUMARIO

PRÓLOGO
1. GÉNESIS DE LAS IDEAS TRANSFORMISTAS
2. LE COMTE DE BUFFON
3. EL CUELLO DE LA JIRAFA
4. LA QUIMERA DEL NEOLAMARCKISMO
5. UN LARGO PERIPLO EN EL BEAGLE
6. EXPANSIÓN Y DECLIVE DEL DARWINISMO
7. LA TEORÍA DE LA EVOLUCIÓN TEÍSTA
8. LA TEORÍA ORTOGENÉTICA
9. EL NEODARWINISMO DE WEISMANN
10. EN EL MONASTERIO DE BRÜNN
11. DEL NEODARWINISMO MATEMÁTICO AL SINTÉTICO
12. LA REVOLUCIÓN GENÉTICA
13. LA CRISIS DEL NEODARWINISMO
14. ¿EVOLUCIONISMO VERSUS CREACIONISMO?
15. EL ORIGEN DEL HOMBRE

PRÓLOGO

El término “evolución” se aplica comúnmente a la teoría biológica formulada por Darwin y sus sucesores. Pero se olvida que este vocablo tiene un origen histórico mucho más remoto, encontrándose ya presente en muchos escritos de la antigüedad griega y oriental. Además, denota también otros conceptos, como, por ejemplo, los cambios acaecidos en el Universo desde sus orígenes hasta su estado presente -Cosmogénesis-, así como el origen de la vida sobre la Tierra -Biogénesis- y del hombre -Antropogénesis-.

Para abordar correctamente estos problemas, es preciso acotar previamente el concepto de evolución. Por eso, vamos a partir de una definición propiamente científica, de la fórmula establecida por 50 científicos de reconocida solvencia, durante la celebración del centenario de El origen de las especies: “Evolución se define en términos generales -puede leerse en las actas del Congreso- como un proceso en el tiempo, irreversible, en una sola dirección, que durante su curso genera innovación, diversidad y niveles más altos de organización”. Y en el campo específico de la Biología -donde los estudios sobre la evolución han sido más extensos y productivos-, el término significa “un proceso por el que los organismos cambian con el paso del tiempo, de tal forma que sus descendientes difieren de sus antecesores”. [1]

Nadie suficientemente informado ignora que los enunciados que configuran las teorías de la evolución biológica no poseen el mismo grado de fiabilidad. Suelen distinguirse tres tipos de proposiciones principales: 1) las que establecen que los organismos están emparentados por unos antepasados comunes; 2) las proposiciones relativas al grado de parentesco y a la historia evolutiva de organismos concretos, y 3) las que atañen a los mecanismos causales del cambio evolutivo. Si los enunciados del primer tipo han sido corroborados de forma suficiente y decisiva por la ciencia, los enunciados del segundo y particularmente los del tercer tipo se mueven frecuentemente en el terreno de la especulación o de las hipótesis.

El hecho de que se ha producido un proceso evolutivo, por consiguiente, no admite duda. Cualquier observador que examine con ojos fríos y desapasionados la realidad natural, se cerciorará de que las especies animales no son estáticas, es decir, no siguen patrones inmutables y eternos, sino que se encuentran emparentadas con antepasados comunes de los que proceden. Aún más: puede llegar a la intuición de que las formas de vida comenzaron como células muy simples, que se asociaron en formas cada vez más complejas, dividiéndose y diversificándose a través de un período de tiempo extremadamente largo [2]. Esta apreciación se fundamenta, ante todo, en los documentos suministrados por la Paleontología, así como por los descubrimientos producidos en las nuevas disciplinas biológicas: Genética, Bioquímica, Fisiología, Citología, Ecología, etc.

La evolución es, entonces, algo que se acepta hoy como un concepto que nace del simple sentido común y que haremos bien en distinguirlo de la noción de evolucionismo , término que engloba las concepciones teóricas que pretenden dar cuenta del hecho de la evolución. Pero si ésta está establecida más allá de toda duda razonable, el mecanismo que la produjo permanece, hoy por hoy, en tela de juicio, en acalorado debate, en continua revisión. En los apartados que siguen nos centraremos en este aspecto de radical importancia para comprender y valorar el fenómeno evolutivo.

Este largo y complicado proceso ha seguido, al menos, cinco pautas o reglas que la mayoría de los autores se hallan de acuerdo en admitir: 1) La evolución es un fenómeno biológico vinculado no al individuo, sino a la población. 2) El flujo evolutivo no siempre ha presentado la misma velocidad. En determinados períodos el proceso ha podido ser más intenso que en otros. En la actualidad no son pocos los que opinan que la evolución está amortiguada, considerando que no han aparecido nuevos phyla desde el Cámbrico, hace 500 millones de años. 3) La velocidad de la evolución varía además según el tipo de organismos. Existen algunas especies que han permanecido invariables durante miles de millones de años - especies pancrónicas -, mientras otras han sido sustituidas rápidamente. 4) La evolución se presenta de modo ramificado; por ello, es posible estructurar de modo hipotético la filogenia con esquemas de árboles genealógicos. 5) El proceso evolutivo es irreversible, de tal manera que cualquier característica que se pierde no se vuelve a presentar [3].

Para tener una visión intuitiva del ritmo temporal de este proceso, reduciremos todo el tiempo a la escala de un año. Suponiendo que ahora son las 12 de la noche del 31 de diciembre y que la vida apareció el 1 de enero, resulta la siguiente secuencia:

- Hasta el 15 de septiembre no aparecen los primeros organismos pluricelulares.
- Hacia el 10 de noviembre, tiene lugar la colonización de la tierra por las plantas y la aparición de los vertebrados.
- Hacia el 24 de diciembre, la radiación evolutiva de los mamíferos.
- Hacia el 31 de diciembre, la aparición del Australopithecus .
- A las 11,15 de la noche, la aparición del Homo Sapiens .
- Hace 2 segundos, comenzó la revolución industrial [4].

En la bibliografía española se echan en falta manuales de historia de las ideas evolucionistas dirigidos al gran público. El presente ensayo pretende contribuir a rellenar esa laguna, ofreciendo un encuadramiento temporal de las teorías evolutivas, desde los orígenes de la especulación griega. hasta el momento más actual, pasando por la edades medieval, moderna y contemporánea. En los trece primeros capítulos trazaremos, pues, un recorrido a través de más de veinticinco siglos de historia. En el capítulo XIV intentaremos poner luz en el enconado y confuso debate entre creacionistas y evolucionistas, controversia suscitada principalmente en la sociedad americana en las últimas décadas. En el último capítulo, abordaremos el espinoso tema del origen del hombre, mediante un análisis paleontológico, psicológico y antropológico que muestran la especificidad del ser humano. Al final del camino, el lector podrá comprender cuál es el origen genético y epistemológico de las doctrinas evolucionistas, su desarrollo histórico, así como el estado actual de la cuestión evolutiva.

1. GÉNESIS DE LAS IDEAS TRANSFORMISTAS

La idea de la evolución no es una novedad en la historia del pensamiento; ya en algunos filósofos griegos encontramos especulaciones de tono evolucionista. Las concepciones cosmogónicas de la escuela jónica -S. VI a. C.- son las que más se acercan, dentro de la filosofía helénica, al evolucionismo. Todas ellas reflejan una imagen de evolución natural y continua del mundo, aunque el elemento primordial varíe en cada caso: el agua (Tales de Mileto); el aire (Anaxímenes); o el fuego (Heráclito). Quizá sea en la obra de Anaximandro (aprox. 610-545 a. C.) donde se hallan los primeros atisbos de evolución referidos a los seres vivientes, los cuales habrían aparecido en el agua para pasar luego a tierra firme:

“Los primeros seres vivientes nacieron en lo húmedo, envueltos en cortezas espinosas (escamas) que, al crecer, se fueron trasladando a partes más secas y que, cuando se rompió la corteza (escama) circundante, vivieron, durante un corto tiempo, una vida distinta”. [5]

Posteriormente, en la obra del pluralista Empédocles (aprox. 490-435 a. C.), autor de la teoría de “los cuatro elementos” se recogen algunas referencias sobre el origen de los seres vivos que sentarían las bases de lo que sería la futura teoría de la selección natural. Según este filósofo, tanto plantas como animales habrían surgido de la tierra y se habrían originado de miembros y órganos unidos al azar, siendo viables solamente las uniones armónicas:

“Muchas razas de seres vivientes deben de haber muerto y sido incapaces de reproducirse y continuar su estirpe. Porque, en el caso de todos los seres que ves respirando, el aliento vital ha protegido y preservado desde el principio de su existencia cada raza particular, bien por su destreza, o por su valor o por su velocidad”. [6]

Tales explicaciones, sin una ordenación previa de las numerosas formas de los seres vivos, habrían de ser forzosamente confusas. La primera ordenación no se realizó hasta el S. IV a. C. por obra de Aristóteles (384-322 a. C.) y de su discípulo Teofrasto de Eresos (372-288 a. C.). Con el primero se sentaron de forma definitiva las bases de la ciencia biológica, mientras Teofrasto llevó a cabo en el campo de la Botánica una labor análoga a la efectuada por Aristóteles en el dominio de la Zoología, tal y como narra J. Templado:

“Con Aristóteles, el conocimiento de los seres vivos dio un avance inmenso. Reconoció claramente los principales problemas de la biología: sexualidad, herencia, nutrición, crecimiento, adaptación, y los abordó en sus obras. Su ordenación de los animales, basada en los estudios de anatomía comparada, ha constituido el fundamento de los sistemas de clasificación”. [7]

Gran parte de lo mejor de Aristóteles se encuentra en el terreno de la Biología. Éste fue el único campo en el que propiamente hizo uso de la observación. Después de abandonar la Academia platónica y antes de convertirse en preceptor de Alejandro, pasó bastante tiempo en el Asia Menor estudiando y disecando animales y plantas. Estudió también Embriología y el problema de la herencia. Escribió luego sobre diversos temas zoológicos y botánicos. Sus conocimientos son considerablemente precisos cuando se basan en observaciones personales suyas, pero admitió además algunas observaciones de menor confianza, por testimonio de los acompañantes de Alejandro en las campañas de Oriente.

Aristóteles ha creado la Anatomía comparada y ha empezado la clasificación sistemática de los seres vivos según su estructura. Su clasificación fue respetada hasta el siglo XVI, y fue la base de partida desde la cual Ray y Linneo desarrollaron el sistema moderno. Distinguía entre “animales con sangre” y “animales sin sangre”, clases que corresponden a las modernas de vertebrados e invertebrados. Los animales con sangre se dividían en cuatro subclases: mamíferos, aves, reptiles y peces. También indicaba cuatro clases de animales sin sangre: animales de cuerpo blando, animales con escamas (crustáceos), animales de concha e insectos.

De esta clasificación de los animales obtuvo Aristóteles su concepto de “Scala Naturae” , “escala de la naturaleza” o de los seres. En un sentido no puramente genético, ni evolutivo, sino netamente formal, Aristóteles observa que la naturaleza progresa desde los seres más sencillos hasta los más complejos. No hay que entender esta afirmación en sentido evolutivo, sino en la acepción puramente formal en que se basa la idea de la “Scala naturae” , la gran cadena de seres u ordenación lineal de los distintos grupos de organismos. Cuanto más compleja es la estructura de una criatura, tanto más alto es su lugar en la escala de los seres. Aún hoy hablamos de animales inferiores y animales superiores. Pero Aristóteles no sugiere en absoluto una interpretación evolucionista de esta escala.

Aristóteles estaba firmemente convencido de que todos los seres naturales tienden a alcanzar la perfección que les es propia : así, por ejemplo, un embrión realiza un proceso complejo de operaciones vitales (nutrición, desarrollo, etc.) encaminadas a la consecución de la forma y perfección característicos del adulto. Esta convicción fundamental de que los seres naturales tienden a alcanzar su propio estado de perfección surgió y fue elaborado por Aristóteles bajo la influencia de sus estudios biológicos. Aristóteles se dedicó ampliamente a la biología y no cabe duda de que los procesos biológicos parecen presididos por una finalidad interna que los orienta y dirige. El modelo aristotélico de physis -basado en la biología- es, pues, un modelo teleológico .

Aristóteles fue discípulo y colaborador de Platón durante 20 años y jamás abandonó el espíritu del platonismo. Abandonó, eso sí, la teoría de las Ideas cuando llegó a su madurez intelectual. Negada la existencia de las Ideas, no podía ya concebirse el bien del mundo como una realidad transcendente, es decir, existente fuera del mundo y que desde fuera se proyecta sobre él. En consecuencia, el bien pasó a ser interpretado por Aristóteles como el cumplimiento de la tendencia que lleva a todos los seres a su propia perfección. En la Filosofía aristotélica la teleología es, pues, inmanente , es decir, el fin al que tienden los seres naturales es interno a ellos mismos, no es otra cosa que su propia perfección.

Tan pronto como consideramos las ideas de la cultura tradicional china acerca de los seres vivos, descubrimos que nunca creyeron en la inmutabilidad de las especies. Era esto consecuencia del hecho de que nunca concibieron una creación especial, y ello a su vez ocurría porque no imaginaban una creación ex nihilo por una deidad suprema. Por consiguiente, no había razón para creer que diferentes géneros de seres vivos no pudieran transformarse fácilmente, si se les daba tiempo suficiente. Una atenta observación mostraría lo que ocurrió o no ocurrió. De este modo, la ciencia de las metamorfosis fue aún más importante en la literatura china que en la occidental. Podemos citar numerosos textos que muestran la aceptación de la posibilidad de lentas modificaciones que condujeron a una evolución. [8]

En un famoso pasaje del libro Chuang Tzu (siglo IV A. C.) encontramos una afirmación directa de la transformación evolutiva, aunque varias de las especies que allí se mencionan no son ahora identificables. En este libro encontramos también una consideración de los cambios biológicos como movimientos de adaptación a ambientes concretos, y un precedente de la idea de la selección natural en pasajes que subrayan las “ventajas de ser inútil” para los depredadores. [9] En la obra del gran escéptico Wang Chhung titulada Lun Hêng (Discursos pesados en la balanza), y escrita aproximadamente el 83 de nuestra era, hay abundantes disquisiciones biológicas. Insiste en que el hombre es un animal como los otros, si bien es el más noble de ellos, rechaza las historias mitológicas sobre su nacimiento, pero no la generación espontánea. Además, mantiene que todas las transformaciones, por extrañas que sean, son fundamentalmente naturales, y habla de “mutaciones”, herencia genética, migraciones animales y tropismos.

Tras la expansión del budismo en China, el interés por el estudio de la metempsícosis condujo a un renovado análisis de los procesos temporales embriológicos y metamórficos. A principios del siglo XII de nuestra era, Chêng Ching-Wang trató de analizar ciertas transformaciones que se creían naturales, relacionándolas con la escala de almas e interpretándolas según la teoría budista de las migraciones entre los niveles más bajos y los más altos del ser. Las buenas acciones autorizaban a algunos espíritus a ascender en la escala, mientras que la virtud soteriológica (e igualmente las malas acciones) impelían a otras a descender [10].

El naturalismo evolucionista ocupó plenamente el centro del pensamiento de la gran escuela neo-confuciana, movimiento de sistematización bastante próximo en el tiempo al de los filósofos escolásticos europeos, con los cuales se ha comparado con frecuencia a estos pensadores chinos. Igual que los europeos medievales intentaron armonizar la filosofía griega con las doctrinas de la teología cristiana, los neo-confucianos se inspiraron en todas las filosofías precedentes, en el confucianismo, taoísmo y budismo, para su propia síntesis.

Todos los neo-confucianos aceptaron la idea de que el Universo atravesaba ciclos alternativos de construcción y disolución. Esta idea fue sistematizada por primera vez, al parecer, por un precursor taoísta del neo-confucianismo, Shao Yung (1011-1077 d. C.), que aplicó las series duodecimales de los caracteres cíclicos a sus diversas fases. Las meditaciones sobre las repetidas catástrofes mundiales o cataclismos cíclicos en los que creían condujeron probablemente a Chu Hsi a sus asombrosamente correctas teorías sobre la naturaleza de los fósiles, así como a otros sabios Sung, por ejemplo, Shen Kua (1031-1095) a sus agudas investigaciones sobre la formación de las montañas y la erosión, precursoras de las ideas “plutónicas” y “neptunianas” de principios del siglo XIX.

Otros pensadores como Hsü Lu-Chai (1209-1281) aplicaron los hexagramas del Libro de los Cambios a las fases del ciclo evolutivo, y Wu Lin Chhuan (1249-1333) estimó su duración en 129.600 años. [11] Al igual que los cálculos Thang de los períodos astronómicos en millones de años, estas cosmovisiones eran mucho más amplias que las de Europa de los siglos XVII y XVIII, que fijaban la fecha de la Creación el 22 de octubre del 4004 a. C., a las seis en punto de la tarde, según el famoso cálculo basado en las genealogías bíblicas llevado a cabo por el sabio James Usher, arzobispo de Armagh. [12]

La evolución biológica y la social se concebían así en un marco cíclico, y continuarían repitiéndose infinitamente, cada ciclo separado del siguiente por una especie de “crepúsculo de los dioses”, después del cual todo comenzaría a desarrollarse de nuevo lentamente. La acción única del drama del mundo, tal y como hoy la concebimos, se sustituía por una serie de actuaciones repetidas.

En Occidente, durante la Edad Media se difundió una interpretación literal del relato bíblico de la Creación, interpretación que conformaba una cierta creencia en el fijismo, la cual perdurará durante varios siglos en el orbe cristiano. Tal concepción, negadora de la evolución de las especies, se consideraba tan evidente, que no se sentía ni la necesidad ni la utilidad de designarla con un nombre particular. Pero lo cierto es que estaba enormemente arraigada en la mente de muchos pensadores. Puede decirse, en este sentido, que fue el transformismo o evolucionismo quien creó el fijismo, el cual no fue formulado con cierta precisión hasta que surgieron intentos de ponerlo en duda. [13]

No obstante, algunos Padres de la Iglesia, entre los que destaca Agustín de Hipona (353-430), sostuvieron opiniones favorables a una cierta evolución cósmica antes de la creación del hombre (hipótesis de la creación en potencia ). Todas las obras de Dios, según San Agustín, proceden de la unidad de la substancia divina y son, por lo tanto, comunes a las tres Personas divinas, el mundo fue creado de la nada y tiene como fin la manifestación de la liberalidad y de la gloria de la Trinidad. Sin embargo, la creación no concierne a la constitución de los entes singulares: Dios crea directamente la materia prima, que contiene en sí “las razones seminales”, es decir, las esencias de todas las cosas en estado germinal, que se desarrollarán en el curso de las generaciones. Pero estas ideas fueron más bien esporádicas y tuvieron poco relieve en el transcurso de la Edad Media.

Durante el Renacimiento se llevó a cabo, por un lado, la restauración del saber clásico, y por otro, se establecieron las bases de nuevos conocimientos y se emprendieron investigaciones originales. Además hubo una serie de innovaciones que transformaron la visión estática que de la naturaleza se había mantenido en la época medieval:
“La observación directa de los fenómenos naturales, la impresión de libros con ilustraciones cada vez más exactas, el progreso de los estudios anatómicos, las obras enciclopédicas como los grandes tratados de Gesner y Aldrovandi, la fundación de los primeros jardines botánicos y museos, la exploración de nuevos territorios poblados de animales y plantas nunca vistos, ensancharon las fronteras del conocimiento y pronto quedó superado el saber medieval y también el de los clásicos”. [14]

El descubrimiento de América fue uno de los acontecimientos que más contribuyó a este cambio de mentalidad. Su exploración no sólo aportó una enorme cantidad de datos nuevos, sino que también hizo considerar los hechos ya conocidos desde nuevos puntos de vista. El conocimiento de animales y plantas aumentó de modo muy considerable y quedó de manifiesto con toda claridad la existencia de diferentes faunas y floras en los distintos continentes. Ya en 1590 se plantea el P. José de Acosta (1539-1600) la cuestión de “cómo sea posible haber en las Indias animales que no hay en la otra parte del mundo”, [15] y trata de compaginarla con la creencia en una creación única de las especies y en el Diluvio universal. José de Acosta nació en 1540 en Medina de Campo, Valladolid. A los doce años entró en un noviciado de la Compañía de Jesús y en 1566 fue ordenado sacerdote. Anteriormente había estudiado, durante varios años, Filosofía y Teología en la Universidad de Alcalá. En 1570 marchó al Perú, donde desarrolló una gran labor apostólica y fue provincial desde 1576 a 1581; más adelante se trasladó a México, y en 1587 volvió a España. Murió en 1600. Su obra más importante es la Historia natural y moral de las Indias , publicada en 1890. El libro abarca la realidad americana, como indica su título, bajo dos grandes aspectos: el mundo físico y biológico, y el mundo humano o “moral”. De los siete libros en que está dividido, los cuatro primeros se refieren a la naturaleza y los tres restantes a la Etnografía y a la Historia. El P. Acosta rechaza la posibilidad de una creación múltiple en el espacio y escalonada en el tiempo. Y siempre fiel a la interpretación literal del relato bíblico del Diluvio universal y del arca de Noé propone una serie de grandes migraciones de las especies animales para explicar las diferencias faunísticas entre los distintos continentes. [16]

El paso del Renacimiento al período Barroco señala el comienzo del pensamiento científico moderno. Una serie de hombres que nacieron en el siglo XVI, pero que realizaron toda su labor, o al menos lo fundamental de ella, en el siglo XVII, fueron los iniciadores de la ciencia moderna. Bacon y Descartes en Filosofía, Harvey en Biología, Galileo y Kepler en Física y Astronomía, entre otros, fueron los representantes de una nueva concepción de la realidad: el racionalismo. La actitud racionalista frente a la naturaleza dio buenos resultados en el progreso científico, el cual fue a la vez efecto y causa del desarrollo de la metodología científica, de la invención de nuevos instrumentos de observación y medida, de la fundación de entidades científicas y publicaciones periódicas dedicadas a la Ciencia. Con la aplicación sistemática del método científico las observaciones fueron cada vez más exactas y objetivas, se introdujo la experimentación y se extendió la tendencia a expresar los resultados, siempre que fuese posible, en forma matemática.

No obstante, durante el siglo XVII estuvo muy difundida la idea aristotélica de que todos los organismos forman una gran cadena o escala -la Scala naturae -, que se extiende desde las formas más sencillas hasta las más complejas. El aforismo “natura non facit saltus” alcanzó su máxima expresión en la obra filosófica de Leibniz (1646-1716). Esta continuidad de los seres vivos en el espacio propia de la Scala no implicaba, sin embargo, una continuidad en el tiempo.

En el campo de la Embriología alcanzó una gran resonancia la teoría de la “preformación” , según la cual, el organismo adulto ya estaría contenido en el germen con todos su caracteres, de tal modo que el desarrollo consistiría solamente en el despliegue o desenvolvimiento de lo ya existente en miniatura. En los siglos XVII y XVIII la teoría de la preformación fue sostenida por biólogos eminentes como M. Malpighi, C. Bonnet, A. von Haller y L. Spallanzani, quienes intentaron ofrecer incluso una demostración experimental de la misma. [17]Pero como existe un germen masculino, el espermatozoide, y otro femenino, el óvulo, se llegó a pensar que el futuro ser vivo estaba preformado solamente en una clase de gametos y no en la otra. De este modo, los preformacionistas se dividieron en “animalculistas” y en “ovistas”. Tanto unos como otros formularon teorías peregrinas y descabelladas. Algunos animalculistas afirmaron seriamente haber visto pequeños “homúnculos” o animales ya formados en todas sus partes, al examinar los espermatozoides al microscopio. Los ovistas no se quedaron atrás y propugnaron que en el ovario de la hembra se encontraban ya encajonados unos en otros todos los seres futuros. Ni unos ni otros lograron hacer prevalecer definitivamente sus tesis sobre los defensores de la teoría opuesta, la epigénesis.

Christian Wolff (1738-1794) defendió, contra los preformacionistas, la teoría de la “epigénesis” , es decir, el desarrollo a partir de un material básico informe. Wolff fue el fundador de la embriología moderna. Basándose tanto en observaciones microscópicas como en hechos experimentales, llegó a la conclusión que el organismo no se halla “preformado” en el huevo, sino que sus estructuras van surgiendo a lo largo del desarrollo embrionario. De similar postura es Kant quien, al ofrecer un cuadro sistemático de las distintas teorías sobre la formación de los organismos, distinguió dos concepciones diferentes: el ocasionalismo y el preestabilismo . El ocasionalismo sostiene que en todo acoplamiento de materia, la causa suprema del mundo produce inmediatamente la formación orgánica. El preestabilismo distingue dos tendencias: la primera, llamada “teoría de la evolución”, considera que la preformación es el desarrollo del individuo aislado; la segunda concepción, o “preformación genérica” o “epigénesis” -defendida por Kant- sostiene que la potencia productora de los seres que generan ya está dada virtualmente según una finalidad interna, característica de cada especie particular. La aparición del evolucionismo y el progreso de la investigación biológica experimental han modificado radicalmente los términos del problema, revelando el carácter puramente especulativo de la oposición entre preformacionismo y epigénesis.

Es el matemático y astrónomo francés Pierre Louis Moreau de Maupertuis (1698-1759) quien lanza el primer esbozo de una teoría transformista. [18] Desarrolló una labor muy notable en el campo de las ciencias biológicas, cuyo valor no ha sido reconocido hasta fecha relativamente reciente, quizá porque sus ideas se adelantaron a su tiempo. Las principales obras de Maupertuis que tratan de cuestiones biológicas son Vénus physique, Système de la Nature y Essai de Cosmologie , [19] en las cuales, entre temas muy diversos, enfocados con más o menos acierto, estudia el mecanismo de la reproducción y de la herencia, observa la aparición de cambios bruscos o mutaciones en los organismos y llega a entrever el principio de la selección natural en relación con el origen de las especies.

Rechazando ovismo y animalculismo, Maupertuis tuvo en cuenta tanto los gérmenes del macho como los de la hembra, a fin de poder explicar adecuadamente los fenómenos de la herencia, ya que en el hijo aparecen tanto los rasgos del padre como los de la madre. Realizó experimentos de hibridación y se interesó especialmente por los problemas de la herencia en el hombre. Consideró que las variedades humanas, lo mismo que las razas de animales, se han producido por cambios bruscos que luego se han conservado. Sin excluir por completo la influencia que el clima y el alimento pueden tener en la producción de nuevas formas, Maupertuis basa en la aparición fortuita de mutaciones, en “accidentes sufridos por los gérmenes”, una verdadera concepción transformista. Tales cambios sufridos por los gérmenes masculino y femenino perdurarían desde la primera reproducción sobre cualquier organización precedente:

“¿No podría explicarse así cómo a partir de sólo dos individuos se habría podido producir la multiplicación de las especies más dispares? Todas ellas deberían su origen a algunas producciones fortuitas, cuyas partes elementales no habrían retenido el orden que tenían en los animales padre y madre. Cada grado de error habría producido una nueva especie; y a fuerza de variaciones repetidas se habría originado la diversidad infinita de los animales que vemos hoy”. [20]

Oponiéndose a Descartes, Maupertuis insiste en la insuficiencia del mecanicismo para explicar el fenómeno de la vida y de la reproducción de ésta. Como alternativa sostiene la hipótesis vitalista de moléculas orgánicas, dotadas de un cierto grado de conciencia, aunque oscura, y, por tanto, de algo similar a la memoria, al deseo, a la aversión, etc., como elementos originarios de los seres vivos. A la teoría de Maupertuis, siguieron especulaciones transformistas, más o menos fundadas, debidas a Benoît de Maillet [21] (1656-1738), Denis Diderot [22] (1713-1784), Jean-Baptiste René Robinet [23] (1735-1820) y E. Darwin [24] (1731-1802).

Erasmus Darwin, médico inglés, tenía por costumbre escribir largos poemas con cierto interés científico, pero de escaso valor poético. Sus primeros poemas trataban extensamente de Botánica y en ellos defendía la clasificación sistemática que introdujo Linneo. Su segundo logro famoso fue su libro último, Zoonomía , escrito entre 1794 y 1796, elaborado sobre las ideas evolutivas de Buffon y anticipando en él alguna de las ideas de Lamarck sobre dicho tema. E. Darwin sostuvo que los cambios evolutivos eran causados por el medio ambiente que rodea al organismo. La fama de E. Darwin se ha oscurecido, en parte por la de su más famoso nieto y, en parte, por una campaña del gobierno conservador británico que ridiculizó a E. Darwin y a otros que simpatizaban con los franceses revolucionarios de la era de la Revolución Francesa.

Conviene señalar que en las obras de estos autores se notan influencias de la idea de la “Scala naturae” y presentan como una imagen lineal de la evolución, un incipiente transformismo en cadena desde los organismos más simples a los más complejos. La noción de continuidad en el espacio de la “Scala naturae” aristotélica se convierte así en continuidad en el tiempo. Por otro lado, junto al planteamiento de la teoría, comienzan a aparecer las primeras explicaciones sobre los factores que pueden determinar el proceso evolutivo. No obstante, estas explicaciones se quedaron a nivel puramente especulativo. Habrá que esperar a las de los naturalistas de los siglos XVIII y XIX para disponer de tesis mejor fundamentadas.

Con todo, el conocimiento sistemático de los seres vivos hizo grandes progresos en esta época. Se estableció el concepto de especie como unidad constante y se elaboraron nuevos sistemas de clasificación y nomenclatura con Ray, uno de los fundadores de la Botánica y de la Zoología inglesas, y sobre todo, con Linneo. El naturalista inglés John Ray (1628-1705), a pesar de ser hijo de un herrero, consiguió abrirse camino hasta la Universidad de Cambridge. Tenía pasión por la historia natural y montaba a caballo durante largos ratos por el campo, observando y coleccionando plantas que crecían alrededor de Cambridge. Fue entonces cuando concibió la idea de preparar un tratado en el que se describieran todas las especies vivientes tanto animales como vegetales. En 1667, Ray publicó un catálogo de las plantas de las Islas Británicas y ello le valió ser elegido miembro de la Royal Society , Hacia el final de su vida amplió su catálogo a una enciclopedia en tres volúmenes sobre la vida de las plantas que publicó entre 1686 y 1704. Describía en ella 18.600 especies vegetales distintas, con lo que facilitó el camino a Linneo, quien modernizó la clasificación sistemática.

Ray trató de sistematizar el reino animal y en 1693 publicó un libro que contenía la primera clasificación lógica de animales, basada especialmente en pezuñas, dedos y dientes. Su punto de vista acerca de los fósiles estaba bastante bien encauzado para la época. En 1691 publicó una nota en la que decía que los fósiles eran reminiscencias petrificadas de seres ya extinguidos. Esto no fue aceptado por los biólogos en general hasta un siglo después.

Karl von Linneo (1707-1778), naturalista y médico sueco, publicó en 1758 el Systema Naturae [25] , obra en la que estableció las bases de la Taxonomía natural en función de los órganos sexuales de las plantas, además de desarrollar la nomenclatura binaria todavía vigente. Su importante contribución a la clasificación de las especies desbrozó el camino y permitió el posterior desarrollo de las ideas evolucionistas. Es muy notable que el mismo Linneo admitiese, para explicar ciertas variaciones vegetales, un transformismo moderado, señalando que quizá la creación original hubiese sido lo que hoy llamamos “géneros” y que, a partir de ellos, las especies podrían haberse originado por hibridación.

Linneo organizará cada reino en cinco taxones: clase, orden, género, especie y variedad, en analogía con las categorías aristotélicas. Para el médico sueco, denominar una especie era sinónimo de definirla y de describirla, tan vinculadas están la descripción y la nomenclatura en su obra. Naturalmente, Linneo era consciente de que su método, considerado globalmente, era artificial. No obstante, trabajó toda su vida y valoró sus logros parciales como si no fuera así. De hecho, su Systema Naturae tiene pretensiones de universalidad que parecen aumentar con las sucesivas ediciones. En todo caso, Linneo afirma reiteradamente que tanto los géneros como las especies de su clasificación son “naturales”, es decir, “obra de la naturaleza”.

Ahora bien, el problema tradicional y básico de toda clasificación era determinar qué características eran las que permitían distinguir y definir las especies, los géneros, etc., y agruparlos debidamente en un sistema natural. Y Linneo fue el máximo exponente de una tendencia que basaba la clasificación en unos pocos caracteres muy concretos, los estrictamente “esenciales”. En el campo de la Botánica encontró sus mayores aciertos, al aplicar los conocimientos que se tenían desde principios del siglo XVIII sobre la sexualidad de las plantas. La “esencia” de la planta consiste, según Linneo, en su sistema reproductivo. En consecuencia, los tipos de órganos sexuales constituirán el elemento básico de su clasificación. Pero éstos se clasificarán de acuerdo con “cuatro sólidos principios mecánicos”: “número, figura, posición y tamaño relativo” de los estambres y pistilos constituirán especialmente el fundamento indiscutible para la clasificación botánica. Mediante este conocido método taxonómico, Linneo estableció las veinticuatro clases de plantas.

En el ámbito de la Zoología, Linneo identificó seis clases: cuadrúpedos (mamíferos), aves, anfibios, peces, insectos y gusanos (invertebrados). En cuanto al orden de los cuadrúpedos, que en 1758 pasó a denominar “mamíferos”, utilizó como elemento fundamental los dientes, aunque también empleó como elemento subordinado la estructura de los pies.

Quizá el mayor mérito de Linneo fue la introducción de un sistema binomial de nomenclatura taxonómica. En 1753 lo utilizó para designar a todo el reino vegetal, y en la décima edición del Systema Naturae lo extendió también al reino animal. De los dos términos latinos que intervienen en la nomenclatura linneana, el primero indicaba el género y el segundo la especie, siendo suficientes para denominar e identificar cualesquier plantas o animales. El éxito de la taxonomía linneana fue indiscutible. En la primera edición de 1735 su Systema Naturae era apenas un opúsculo de 14 páginas. Tras ser ampliado y revisado, en la décima edición contaba ya con más de 2300 páginas in cuarto . Linneo, empero, no sentía empacho en reconocer la importancia de su contribución:

“He reorganizado en lo fundamental el campo entero de la historia natural, elevándola a la altura que ahora tiene. Dudo de que alguien pueda hacer hoy en día algún adelanto en este dominio sin mi ayuda y dirección”. [26]



[1] S. TAX (ed.): Evolution after Darwin , vol. I, Chicago University Press, 1960, p. 107.
[2] Cfr. G. R. TAYLOR: The Great Evolution Mystery , 1982; trad. esp. El gran misterio de la Evolución , Barcelona, Planeta, 1983, p. 10.
[3] Cfr. Ibídem, p. 33.
[4] Cfr. AYALA, F. J.: Origen y evolución del hombre , Madrid, Alianza Editorial, 1980, pp. 125-128.
[5] ANAXIMANDRO cit. por Aecio, según Kirk y Raven: Los filósofos presocráticos , Gredos, Madrid, 1969.
[6] EMPÉDOCLES cit. por Lucrecio, según B. Farrington: What Darwin really said , Gilkes, London, 1964; trad. esp.: El evolucionismo , Cultura Popular, Barcelona, 1967.
[7] J. TEMPLADO: Historia de las teorías evolucionistas , Alhambra, Madrid, 1982, p. 4.
[8] Cfr. J. NEEDHAM y D. LESLIE: “Ancien and Mediaeval Chinese Thought on Evolution”, Bull. Nat. Institute of Sciences of India , 1952, 7 (Symposium on Organic Evolution), 1.
[9] Cfr. J. NEEDHAM y col.: Science and Civilisation in China (15 vols.), Cambridge University Press, 1954, vol. II, pp. 78-81.
[10]Cfr. J. NEEDHAM y col.: Science and Civilisation in China , op. cit., vol. II, pp. 78-81, pp. 78 y ss.
[11] Cfr. ibídem, vol. II., p. 486.
[12] Cfr. J. USHER: Chronologia Sacra , Oxford, 1660, p. 45, y Annals of The World , Oxford, 1658, p. 1.
[13] Cfr. E. GILSON: D"Aristote à Darwin... et retour. Essai sur quelques constantes de la biophilosophie , Paris, 1971; trad. esp.: De Aristóteles a Darwin (y vuelta). Ensayo sobre algunas constantes de la biofilosofía , Pamplona, EUNSA, 1976, p.79.
[14] J. TEMPLADO cit. en M. CRUSAFONT y col.: La Evolución , 3ª ed., Madrid, BAC, 1976, p. 88.
[15] Cfr. JOSÉ DE ACOSTA: Historia natural y moral de las Indias , Juan de León, Sevilla, 1590, I, 4; c. 36 ; reimp. Biblioteca Autores Españoles, Madrid, 1954.
[16] Cfr. ibídem, IV, cap. 36.
[17] Cfr., por ejemplo, la obra de Malpighi De formationes pulli in ovo, 1672.
[18] Una exposición detallada de su pensamiento se encuentra en P. L. M. DE MAUPERTUIS: El orden verosímil del cosmos , Alianza Editorial, Madrid, 1985.
[19] Idem: Oeuvres , 2ª ed., 4 vols., Lyon, 1768.
[20] Idem: Système de la Nature , en Oeuvres , op. cit., p. XLV.
[21] B. DE MAILLET: Telliamed ou Entretiens d'un philosophe indien avec un missionaire françois sur la diminution de la mer, la formation de la Terre, l'origine de l'homme , ed. L'Abbé J.B. le Mascrier, Amsterdam, 1748.
[22] D. DIDEROT: L'interpretation de la Nature, en Oeuvres , A. Billy, Paris, 1952.
[23] J. B. R. ROBINET: Considérations philosophiques de la gradation naturelle des formes de l'être, ou les essais de la nature qui app.rend à faire l'homme , Paris, 1768.
[24] E. DARWIN: Zoonomia, or the Laws of Organic Life , London, 1794-1796.
[25] K. LINNEO: Systema Naturae , British Museum [Natural History], London, 1758.
[26] K. von LINNEO cit. en Wilfrid Blunt: El naturalista. Viajes, obra y vida de Carl von Linné , Ediciones del Serbal, Barcelona, 1982, p. 190.



(*) Título: TRAS LA EVOLUCIÓN. PANORAMA HISTÓRICO DE LAS TEORÍAS EVOLUCIONISTAS.
Autor: Carlos Javier Alonso.
Editorial: EUNSA EDICIONES DE LA UNIVERSIDAD DE NAVARRA
Colección: ASTROLABIO. CIENCIAS, 256.
Encuadernación: Rústica.
Tamaño: 21x14.
Número de páginas: 314.
ISBN: 8431316667.
Fecha de publicación: 22/02/1999.

 

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14/07/2005 ir arriba
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