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¿SON COMPATIBLES LA BIBLIA Y L (Por Carlos Javier Alonso.) |
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¿SON COMPATIBLES LA BIBLIA Y LA EVOLUCIÓN? |
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Por Carlos Javier Alonso.
Profesor de Filosofía.
¿Son armonizables evolución y creación? ¿Qué se entiende hoy
por creacionismo científico? ¿En qué momento apareció?
Podemos comenzar a responder a estas cuestiones afirmando
que el creacionismo científico surgió como reacción ante el
pujante evolucionismo materialista, una filosofía nociva para
las ideas religiosas y morales de la sociedad americana. Su
génesis se encuentra en la actividad de algunos grupos de
fundamentalistas protestantes que se organizaron emprendiendo
una amplia campaña con la que pretendían conseguir dos objetivos
básicos: por una parte, mostrar que la Biblia proporciona
conocimientos científicos acerca de la creación y que serían
contrarios a las hipótesis evolucionistas; y, por otra, conseguir
legalmente que en las clases de ciencia natural que se dan
en las escuelas, junto con las teorías evolucionistas, se
explique también, dedicando igual tiempo, el creacionismo
como concepción alternativa.
La mentalidad de los creacionistas científicos se explica por
la confluencia de tres factores. Uno es el fundamentalismo protestante
que interpreta la Biblia de modo excesivamente literal y que,
por tanto, fácilmente considera como científicas algunas informaciones
que deben ser entendidas en el contexto del estilo empleado
en esas narraciones. Así, el obispo anglicano de Armagh, Usher,
a finales del siglo XVII, decidió, basándose en textos bíblicos,
que el mundo había sido hecho en el 4004 a. C., cálculo que
debió de parecer poco interesante a teólogos de mayor envergadura.
Otro factor es la historia de los Estados Unidos, que incluye
contrastes ideológicos que se remontan a las causas y efectos
de la guerra civil y que no han desaparecido por completo. Y
un tercero es que, de hecho, se difunden tesis evolucionistas
de tipo materialista y relativista, que se presentan como científicas
pero realmente son extrapolaciones injustificadas carentes de
base científica. El anti-evolucionismo es ya antiguo en grupos
del Sur de los Estados Unidos. Después de la guerra civil no
se consiguió una unidad religiosa. Los del Sur acusaban a los
del Norte de estar infectados por un “espíritu liberal” que
se manifestaría, por ejemplo, en afirmar, según el “espíritu”
y no la “letra” de la Biblia, que debía condenarse la esclavitud.
El Sur perdió la guerra, pero no estaba dispuesto a perder sus
ideas, y se mantenía firme en convicciones que parecían tradicionales
frente a la laxitud de los del Norte.
Henry M. Morris, antiguo profesor universitario, doctorado en
Hidráulica, y un grupo de creacionistas como él, en 1963, organizaron
la Sociedad para la Investigación de la Creación. En 1972, fundó
el Institute for Creation Research (“Instituto para la Investigación
de la Creación”, ICR) de San Diego, institución privada no lucrativa,
cuyo objetivo original es publicar literatura creacionista y
hacer campaña en las escuelas públicas en favor de las interpretaciones
escriturísticas de los orígenes humanos. A pesar de presentarse
como una organización de carácter apolítico y aconfesional,
el ICR exige a todos sus miembros una confesión de fe sobre
el fijismo de las especies creadas, la universalidad del diluvio
y la realidad histórica de la Creación, según el Génesis. En
1981, Morris obtuvo la aprobación oficial para la escuela superior,
que ofrece títulos en Ciencias de la Educación, Geología, Astrofísica,
Geofísica y Biología. En 1986, consiguió trasladarse del campus
de Christian Heritage College, en el Cajón, California, a su
actual campus. Puesto que el ICR no está refrendado por la Western
Association of Schools and Colleges, las escuelas más acreditadas
no reconocerán sus títulos ni aceptarán sus créditos de clase
para un traslado de matrícula.
El profesor Morris ha dicho que no es su intención solicitar
un refrendo de la Western Association, a la que califica de
“organización secular, muy comprometida con la teoría evolucionista”.
Y añade: la Biblia es “nuestro libro de texto sobre la ciencia
del creacionismo” pues “estamos totalmente constreñidos a lo
que Dios ha considerado adecuado decirnos y esa información
es su palabra escrita.” Y, en otro lugar: “Si el hombre desea
saber algo acerca de la creación, su única fuente de información
verdadera es la revelación divina”. De tal modo, que la creación
habría tenido lugar en días de 24 horas, excluyendo absolutamente
toda evolución. Esta perspectiva es compartida por importantes
teólogos protestantes de Princeton, como Benjamin Warfield,
Duane Gish, el reverendo Jerry Falwell y el Sínodo luterano
de Missouri, de donde surgió un buen grupo de colaboradores
de Henry Morris para organizar el “creacionismo científico”
en 1963. Estos autores intentan poner de manifiesto el gran
número de verdades científicas que han permanecido ocultas en
sus páginas durante 30 siglos o más, y han puesto en el candelero
este movimiento antes minoritario en los Estados Unidos, desde
donde se ha difundido por todo el mundo.
Morris desautoriza abiertamente la biología evolucionista en
uno de los libros en que ha colaborado, The Bible Has the Answer
(“La Biblia tiene la respuesta”), donde se califica la “evolución”
no sólo de “antibíblica y anticristiana, sino de absolutamente
acientífica, además de imposible. Pero ha servido, efectivamente,
de base pseudocientífica para el ateísmo, el agnosticismo, el
socialismo, el fascismo y numerosas otras filosofías falsas
y peligrosas de los últimos cien años”.
Parece que estas corrientes, que han confluido en el “creacionismo
científico”, ven en el evolucionismo un poderoso aliado del
materialismo moderno que pretende difundir a gran escala una
visión relativista y atea que socava los fundamentos mismos
de la civilización humana. George Marsden, profesor de Historia
en Michigan, afirma que los creacionistas científicos han identificado
correctamente el contenido materialista de gran impacto social
que se presenta apoyado en el evolucionismo. Cita como ejemplo
la popular serie televisiva Cosmos, de Carl Sagan, que trasluce
una clara visión anti-creacionista. Y señala que los creacionistas
han percibido esa filosofía nociva para las ideas religiosas
y morales básicas de la civilización, concluyendo, aunque no
justificando, que “los defensores dogmáticos de mitologías evolucionistas
anti-sobrenaturalistas constituyen una invitación a responder
del mismo modo”.
En la práctica, el creacionismo utiliza argumentos basados en
el razonamiento lógico de que, si la teoría evolucionista tiene
fallos y puntos débiles o no puede dar razón de algunos hechos,
quedaría demostrado que el creacionismo es correcto. Sus argumentos
suponen que sólo existen dos opciones: el creacionismo o el
evolucionismo darwinista. Los creacionistas científicos se han
servido de los debates evolucionistas recientes como pretexto
para afirmar que el darwinismo está a punto de ser destruido,
con lo cual su posición quedaría como la única alternativa razonable.
Sin embargo, no han tenido en cuenta que el deseo de proponer
y discutir nuevas hipótesis, lejos de anunciar el inminente
colapso de una teoría, se considera, en general, como un signo
de vitalidad científica. La hipótesis creacionista, en cambio,
armoniza bastante mal -literalmente entendida- con los datos
científicos. Como la mayor parte de los creacionistas sostienen
que el mundo fue creado casi instantáneamente hace unos pocos
miles de años, ellos se oponen no sólo a la teoría de la evolución,
sino a toda interpretación científica del pasado. Si prevaleciera
esta posición, la Geología, la Paleontología, la Arqueología
e incluso la Cosmología deberían reformularse de forma que la
ciencia retornaría a un marco teórico propio del S. XVIII.
En el otro bando de la contienda, se encuentra el evolucionismo
radical. Sus defensores han visto en las teorías evolucionistas
la prueba científica de que no es admisible la creación. El
origen del universo y del hombre se explican sin necesidad de
recurrir a la existencia de un Dios creador, noción que ha sido
superada por el avance científico. El hombre no es más que un
producto de la evolución al azar de la materia, y los valores
humanos son algo casual y relativo, ya que están en función
de las condiciones en que se ha realizado dicha evolución material.
Con estos presupuestos, las iniciativas jurídicas y educativas
de los creacionistas han sido contrarrestadas directa y contundentemente
por los defensores del evolucionismo. Por ejemplo, el Dr. Wayne
Moyer, director ejecutivo de la Asociación Americana de Profesores
de Biología, ha hecho un llamamiento a los profesores universitarios
para que ayuden a los maestros a oponerse al intento de introducir
en las clases de Biología una “teología disfrazada de ciencia”.
No existe la
alternativa evolución-creación,
como si se tratara de dos posturas entre las
que hubiera que elegir
Pero, debemos plantear esta polémica en sus justos términos.
La realidad es que la evolución como hecho científico y la creación
divina se encuentran en dos planos diferentes: no existe la
alternativa evolución-creación, como si se tratara de dos posturas
entre las que hubiera que elegir. Se puede admitir la existencia
de la evolución y, al mismo tiempo, de la creación divina. Si
el hecho de la evolución es un problema que ha de abordarse
mediante los conocimientos científico-experimentales, la necesidad
de la creación divina responde a razonamientos metafísicos.
En sentido estricto, creación significa “la producción de algo
a partir de la nada”. En ningún proceso natural se puede dar
una creación propiamente dicha: los seres naturales, desde las
piedras hasta el hombre, sólo pueden actuar transformando algo
que ya existe. La naturaleza no puede ser creativa en sentido
absoluto. El hecho de la creación, así entendido, no choca con
la posibilidad de que unos seres surgieran a partir de otros.
Evolución y creación divina no son necesariamente, por tanto,
términos contradictorios. Podría haber una evolución dentro
de la realidad creada, de tal manera que, quien sostenga el
evolucionismo, no tiene motivo alguno para negar la creación.
Dicha creación es necesaria, tanto si hubiera evolución como
si no, pues se requiere para dar razón de lo que existe, mientras
que la evolución sólo se refiere a transformaciones entre seres
ya existentes. En este sentido, la evolución presupone la creación.
Pero es que, además, quien admite la creación -así entendida-,
tiene una libertad total para admitir cualquier teoría científica.
Quien no admita la creación, necesariamente deberá admitir que
todo lo que existe actualmente proviene de otros seres, y éstos
provienen de otros, y así sucesiva e indefinidamente, de manera
que todos y cada uno de los seres que existen deben tener un
origen trazado por la evolución. Aunque pueda resultar paradójico,
es el evolucionista radical quien viola las exigencias de rigor
del método científico, pues se ve forzado a admitir unas hipótesis
que no pertenecen al ámbito científico, y deberá admitirlas
aunque no pueden probarse.
No hay, por tanto, necesidad de plantear ningún conflicto entre
ciencia y religión. Esto es lo que postulan, al menos, destacados
científicos evolucionistas. John McIntyre, profesor de Física
en la Universidad de Texas, confiesa la frustración que experimenta
por el hecho de que los “antievolucionistas” hayan usurpado
el término “creacionismo”, e insiste en que es del todo posible
conciliar las creencias cristianas en un Dios creador con la
idea de que la vida haya evolucionado a través del tiempo. Por
su parte, el paleontólogo neodarwinista G. G. Simpson, asegura:
“Ningún credo, salvo el de las fanáticas sectas fundamentalistas
-que son una minoría protestante en EE.UU.-, reconoce por dogma
el rechazo de la evolución. Muchos profesores, religiosos y
laicos, la aceptan , en cambio, como un hecho. Y muchos evolucionistas
son hombres de profunda fe. Además, los evolucionistas pueden
ser también creacionistas”.
Y Martin Gardner, colaborador habitual de la revista
Investigación y Ciencia, creador de juegos matemáticos
y autor de libros de divulgación científica de calidad, sostiene:
“No conozco ningún teólogo protestante o católico fuera de
los círculos fundamentalistas que no haya aceptado el hecho
de la evolución, aunque puede que insistan en que Dios ha dirigido
el proceso e infundido el alma a los primeros seres humanos”.
Por lo que hace a la polémica, el panorama no es muy halagüeño.
Sin embargo, queda la esperanza de que se impongan los análisis
serenos. El creacionismo científico y el evolucionismo radical
se alimentan mutuamente. Hoy por hoy, el evolucionismo radical
parece el contrincan-te más fuerte: su poder y difusión están
aliados con una mentalidad pragmatista muy extendida, en la
que la ciencia es para muchos la única fuente de la verdad.
La batalla no tendrá final, mientras no se disipe el error en
que incurren ambas posturas con sus extrapolaciones. Porque
ni la Biblia contiene datos científicos desconocidos en la época
en que fue escrita, ni tampoco es legítimo ni científico negar
lo que no se alcanza mediante la ciencia. Existen dos parcelas
autónomas del saber humano -Filosofía y Ciencia- que no se pueden
trasvasar sin caer en extrapolaciones inadmisibles o en una
peligrosa pirueta conceptual. El problema desaparece cuando
se advierte que evolución y creación divina se encuentran en
planos distintos y, por lo tanto, no se excluyen mutuamente,
aunque haya un tipo de “evolucionismo” que es incompatible con
la admisión de la creación y un tipo de “creacionismo” que es
incompatible con la aceptación de la evolución.
(1) Una profundización sobre esta polémica puede verse en mi
libro: Carlos Javier Alonso: Tras la evolución. Panorama histórico
de las teorías evolucionistas, Eunsa, Pamplona, 1999
© 2002 El Autor
© 2002 Edición digital Arvo Net en línea. |
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