Arvo Net, 03.03.2007
La Dra.
Natalia López Moratalla, catedrática de
Bioquímica, nos tiene acostumbrados
tanto al rigor científico como a la variedad
de perspectivas con las que puede enfocar un
objeto de estudio; sin confundir los ángulos
y comprendiendo las cosas en la armonía de
un conocimiento polifacético que bien puede
calificarse de sabiduría. Ni se
confunde ni nos confunde. Ni dogmatiza ni
relativiza. Se atiene a la verdad de las
cosas como son y a la medida en que son
conocidas; ni más menos. Como mujer de
ciencia se atiene al dato positivo; como
mujer que piensa, trasciende el dato; como
mujer que siente, se apasiona en el estudio
de la verdad. Esta última cualidad
inestimable nos las mostró hace un año en su
libro Repensar la ciencia (Eiunsa
2006), que tiene mucho de autobiográfico
sin ser una autobiografía; mucho de
filosofía de la ciencia, sin ser un texto de
filosofía de la ciencia; y mucho sobre lo
que científicos y no científicos conviene
que reflexionemos acerca de la ciencia
positiva.
Ahora nos obsequia con otro libro
apasionante: La dinámica de la evolución
humana. Más con menos, en el que, con
las cualidades ya señaladas, nos pone al día
sobre la situación de los estudios acerca de
la evolución humana y también -claro está-
sobre su propio pensamiento. Una lección más
de rigor académico, de esa sabiduría que
conoce qué se afirma, que podemos
afirmar hoy, que hipótesis son las
plausibles, qué interpretaciones del dato
son coherentes o incoherentes con lo que se
sabe más allá del laboratorio o del nicho de
restos humanos o humanoides.
Así, desde el rigor de la Biología molecular
y del desarrollo cerebral, con audacia
intelectual, la autora logra liberar el
conocimiento científico acerca de nuestros
orígenes y evolución de los prejuicios
acerca de las causas. Desde la apertura a la
Antropología y a la tradición
judeocristiana, ofrece respuesta no sólo al
cuándo, dónde, desde qué barro y cómo
aparece el primer varón y la primera mujer,
sino también para qué y por qué. Esta obra
da respuesta al sentido biológico y humano
de la desaparición de las poblaciones
humanas, expandidas desde África, durante
más de un millón de años.
Ficha del libro:
Título: La dinámica de la evolución
humana. Más con menos
Natalia López Moratalla
Editorial: Eunsa
Año: 2007 (1 Ed.)
Idioma: Español
Págs: 200
Encuadernación: Rústica; Ilustrado
Dimensiones: 24 x 17 cms.
En las primeras páginas del libro
que aquí extraemos, la autora nos
señala el propósito del libro y la
índole de las cuestiones que se
plantean
(pp. 14-18)
Liberar lo real
en la historia natural
La
pretensión de este texto es liberar el
conocimiento científico acerca de la
evolución humana de prejuicios, que ocultan
las causas. Hace más de treinta años que
busco comprender al menos algo de la
coherencia de esa historia natural en la que
se inserta nuestro propio origen, mirándola
desde la perspectiva de las ciencias
biológicas en primer plano; primer plano que
significa que hay muchos otros planos a los
que dirigir la atención y no que éste sea el
más importante.
Puesto que la Biología es mi enfoque
primario, empiezo por manifestar mi
reconocimiento al legado científico de
Charles Darwin. Puede que Darwin no sea el
Newton de la Biología, pero su contribución
es esencial. Él fue el primero en mostrar
que las especies biológicas, incluido el
hombre, no han aparecido ya formadas, sino
que proceden, por transformación, de otras
existentes: las especies no son inmutables.
También fue el primero en plantear que la
diversidad orgánica es una consecuencia de
la adaptación a diversos ambientes; la
variedad sin fin de estructuras y funciones
hace posible una diversidad infinita de
modos de vida. Y así, porque existen tantas
clases de organismos, la evolución pueden
explorar, más exhaustivamente que desde
cualquier organismo único concebible, las
diversas oportunidades para vivir que ofrece
un medio ambiente concreto.
Sin
embargo, la posibilidad de adaptación al
entorno no es «la única causa real» de la
evolución de las especies y mucho menos de
su origen; y desde luego, no es la única
causa real del origen del hombre. En
realidad, cuando Darwin plantea la
«conjetura» de que la selección natural
lleva necesariamente a la supervivencia del
más apto por éxito de la reproducción, no
estaba describiendo «el único» mecanismo de
la evolución de las especies; el éxito de la
selección natural ha demostrado ser el
mecanismo de la optimización de las
funciones y características de los
individuos de las diferentes especies. Es la
optimización de los parámetros biológicos lo
que demuestra la potencialidad de la
selección natural como mecanismo por el que
se adaptan al medio.
Como
comenta Enrique Meléndez-Hevia:
«... a la
hipótesis de Darwin podemos darle hoy el
nombre de "teorema de la selección
natural", y siguiendo a Cairns-Smith
podemos formularlo así: Si existen seres
que reproducen su especie, se producen
variaciones aleatorias en su
descendencia; esas variaciones son
hereditarias; algunas de esas
variaciones pueden proporcionar, a
veces, una ventaja a sus poseedores; hay
competencia entre las unidades
reproductoras, y hay superproducción de
individuos, de forma que no todos sean
capaces de sobrevivir para producir, a
su
vez, descendencia;
entonces, estos seres lograránreproducir
mejor su especie, la naturaleza actúa
como un criador selectivo, y la estirpe
no tiene más remedio que mejorar»
Darwin, como muchos de sus seguidores, tomó
la parte por el todo. La
selección natural en función de los cambios
del medio optimiza lo que existe por la vía
de la simplicidad, de resolver los problemas
por el camino más sencillo; pero de ninguna
forma explica la causa de que la evolución
se encamine a la aparición de organismos
cada vez más complejos desde otros menos
complejos. Si la fuerza predominante fuese
el medio ambiente, deberíamos asistir a
transformaciones mucho más uniformes y
simultáneas de los organismos que de esta
forma aparecerían ligados a un determinado
periodo, cosa que no ocurre en realidad. Los
datos que aporta Darwin para demostrar ese
mecanismo muestran la insuficiencia plena
del azar como agente causante. En efecto,
Darwin señala tres datos. El primero de
ellos es cierto: existe una gran homología
de los órganos en el hombre y en los
animales; pero eso no significa de suyo
azar. El segundo dato es un error que
exageró demasiado, ya que si algo no es
producto neto del azar es el desarrollo
embrionario; y él creyó que lo era. Tampoco
acertó la explicación del tercer tipo de
datos, las llamadas estructuras
rudimentarias, que creyó que eran atavismos.
Al
final de su libro El origen del hombre y
la selección en relación al sexo la
cuestión que plantea no es si el hombre
procede o no de otras formas animales, sino
la causa. Y su respuesta es el puro azar.
Dice así: «Mucho me temo que las
conclusiones a que he llegado en este libro
sean censuradas por algunos como
irreverentes; pero quien así las califique
está obligado a demostrar por qué es más
irreligioso explicar el origen del hombre
como especie diferente por su descendencia
de alguna forma inferior, por medio de leyes
de variación y de selección natural, que
explicar el nacimiento del individuo por
medio de las leyes de la reproducción
ordinaria. El nacimiento lo mismo de las
especies que del individuo forma igualmente
parte de esa gran sucesión de
acontecimientos que nuestras mentes no
quieren aceptar como resultado de una ciega
oportunidad, del azar». Contribuyó, por
ello, a que Dios fuera pasando, en el
imaginario de muchos, a ser un dueño
despreocupado por su propiedad que sólo de
vez en cuando interviene, de forma milagrosa
y ocasional, interrumpiendo o corrigiendo
las causas naturales.
En cierta medida
éste sigue siendo el fondo de las
controversias: o no hay nada nuevo en el
mundo, ya que todo lo que sucede siempre se
encontraba predestinado desde el comienzo, o
todo es puro accidente congelado. La
asignatura pendiente es la misma que dejó
sin aprobar Darwin: formular bien la
pregunta por la finalidad, de forma que sea
posible una respuesta racional y plena, sin
excluir los otros tipos de saberes de que el
hombre es capaz. En efecto, Darwin se
contradice respecto a si hay o no un
proyecto, una finalidad u orientación, al
menos intrínseca, en el proceso evolutivo.
En una carta escrita a Asa Gray se expresa
así: «No puedo creer que el mundo, tal como
lo vemos, sea el resultado de la casualidad;
y mucho menos puedo admitir que cada cosa
aislada sea el resultado de un diseño. Para
poner un ejemplo, acabáis por decirme que
vos creéis que la variación ha sido dirigida
según ciertas variaciones útiles y yo no
puedo admitir tal cosa... Yo pensaría que es
ilógico suponer que las variaciones que
conserva la selección natural en beneficio
de los seres, hayan sido diseñadas con
anterioridad».
En
cambio, en la primera edición de El
origen de las especies Darwin admitía
que la selección natural ha sido «el
principal, pero no el exclusivo instrumento
de modificación» y esto se acentúa en las
sucesivas publicaciones. Incluso habla de
«variaciones espontáneas que se enlazan más
íntimamente a la constitución del organismo
variante que a la naturaleza de las
condiciones a que se encuentra sometido».
Pero, aun así, él no intentó resolver el
problema «duro» del origen de las especies y
del hombre, es decir, su diseño.
Pretendió que el hecho de descubrir la
selección natural
demostraba
que el diseño de los
organismos no respondía a ningún designio,
sino al puro devenir del entorno. En 1876 en
su autobiografía escribió, «... no parece
haber más propósito en la variación de los
seres vivos, y en la acción de la selección
natural, que en la dirección en la que sopla
el viento».
Cabe la posibilidad
de que haya más; que la evolución universal
sea parte de un gran proyecto en el que
todos los procesos sean partes. Si es así,
¿quien y por qué lo ha emprendido? Todos
somos conscientes de que en esa respuesta
nos jugamos la razón de ser, la cuestión del
significado de nuestra propia existencia.
Sin embargo, perdura en muchos el afán de
que la realidad sea puro azar sin sentido;
de esa manera seríamos seres autónomos
que no debemos nada a nadie y nadie nos
puede pedir cuentas de nada. Pero como
ocurre generalmente tras un genio, muchos
científicos son más darwinistas que Darwin.
Valga como muestra estas palabras de Juan
Luis Arsuaga, profesor e investigador de
Paleontología y ferviente darwinista y
admirador de Monod por su filosofía acerca
del azar, con las que acaba así su libro
El
enigma de la
esfinge.
Las causas,
el curso y el propósito de la evolución:
«Y creo que toda la zozobra y la
tortura de Darwin se resumen en las últimas
palabras del libro de Monod
El
azar y la
necesidad:
"La antigua alianza ya
está rota; el hombre sabe al fin que está
solo en la inmensidad indiferente del
Universo donde ha emergido por azar. Igual
que su destino su deber no está escrito en
ninguna parte. Puede escoger entre el reino
y las tinieblas". Un Universo indiferente,
sí, pero ya nunca más incomprensible desde
que Darwin, sobre las tinieblas de la
ignorancia, arrojara luz, mucha luz. El
descubrimiento de la verdad nos hizo, al
fin, libres».
Los paradigmas de
la ciencia biológica, de la Antropología
física y de la Antropología filosófica, las
neurociencias, la Ecología, la Psicología
fisiológica, etc., han avanzado
considerablemente. Lo suficiente, al menos,
para iluminar las perspectivas de la
Biología y la Paleontología a la realidad
humana, y con ello a sus orígenes. Desde el
rigor de estas disciplinas no se puede
afirmar que la única dirección de la
historia natural sea la que marca el viento.
Las «conclusiones» divulgativas que aparecen
en muchos de los libros y artículos son una
muestra evidente de que el conocimiento
científico, la verdad de la realidad, es lo
que urge liberar de simplificaciones
incoherentes y, por ello, peligrosas también
para la ciencia misma.
¿Cómo
podría ser posible mantener la afirmación de
que no hay más explicación que el azar sin
negar la racionalidad misma de la ciencia?
Retazos en armonía
La
armonización del conocimiento acerca del
mundo natural, de los orígenes remotos de
los hombres en este caso, exige poder mirar
la realidad desde diversos enfoques sin
excluir ninguno de los que legítimamente
tienen algo que decir acerca de ella. Esta
historia es muy rica y por eso nos es
accesible desde diversos hechos, huellas y
evidencias observables y comprobables. Es
especialmente rica y se expresa en diversos
lenguajes. Unas voces nos hablan del dónde y
el cuándo ocurrió. Otras del
cuándo y
el
cómo y ambas
de qué partió
para aparecer el cuerpo del hombre, desde
qué se origina. Otras de
qué
hizo
humano el cuerpo del hombre
y qué
hace
humano el de cada hombre que viene al mundo.
Otras del
para qué y
el
porqué.
Aquí se trata la historia de los orígenes
del hombre desde la perspectiva del cómo,
que nos da las ciencias de la vida. Las
cuestiones que se plantean y de las que se
ofrece respuesta son, por consiguiente, de
este tipo:
¿Qué hace humano el genoma de la especie de
los hombres?, ¿qué cambios se observan
respecto a los parientes más cercanos vivos
(los chimpancés)?, y ¿cómo se han producido
y establecido?
¿Qué hace humano el cuerpo de cada hombre?,
y ¿qué innovaciones del fenotipo hacen
posible un organismo tan distinto del de los
chimpancés? ¿Qué causó y cómo se logró un
cuerpo humano, bípedo y con un gran cerebro,
tan diferente del de los chimpancés, siendo
así que los genomas de ambos son tan
similares?
¿Qué hace humano el
cerebro de cada hombre? ¿Cómo han sido los
cambios en la información genética que
permiten el funcionamiento de este órgano
que es requisito previo, pero no causa, de
la conducta propiamente humana, de la
libertad del hombre?
¿Cómo se han dado la evolución de la
humanidad y la diversidad genética de los
hombres actuales? ¿Cómo se han aliado genes
y cultura en el paso de las generaciones de
la estirpe de los hombres?
Los
datos que se recogen en este libro, y las
explicaciones de los hechos que reflejan
estos datos, proceden fundamentalmente de la
Biología molecular y la Genética; de la
Biología humana y especialmente de las
neurociencias. El protagonismo lo tiene por
derecho propio la Biología del desarrollo.
Posiblemente el conocimiento más importante
de las ciencias biológicas de los últimos
años es el descubrimiento de que los dos
grandes procesos temporales de los seres
vivos -la evolución y el desarrollo
embrionario-, presentan idéntico dinamismo.
Ambos procesos tienen una flecha del tiempo:
transcurren de lo simple a lo complejo a
través de los mismos mecanismos de cambio de
la información genética, y de la regulación
y retroalimentación del mensaje genético.
La
tendencia a minimizar las diferencias entre
el hombre y los animales es una de las
consecuencias de un evolucionismo reductivo;
pero los análisis y las observaciones que se
han realizado pueden ser mirados desde otra
perspectiva. La perspectiva, justamente, de
búsqueda de las mayores semejanzas entre el
animal y el hombre para comprender cómo se
hace humano un cuerpo, puesto que la
dinámica del proceso evolutivo implica que
las innovaciones específicas del cuerpo del
hombre se incoan en otras formas anteriores.
Para entender el origen de los hombres es
necesario conocer a fondo su parentesco con
otras formas vivientes y de esta manera
alcanzar a conocer en qué consisten esas
«insignificantes» diferencias biológicas,
presupuestos biológicos para que un viviente
en su unidad de vida pueda liberarse de
quedar encerrado en el automatismo de los
procesos fisiológicos de la reproducción, el
comportamiento, etc. No importan por ello
aquí tanto las diferencias como los
parecidos, porque toda la base biológica,
que es presupuesto para «lo único»
del hombre, está incoada y en cierto sentido
podríamos decir que está «ensayada» de
antemano.
Los datos
conseguidos recientemente, comparando el
genoma de Homo sapiens sapiens
y el genoma de Pan troglodytes,
indican que las diferencias genéticas entre
los miembros de las dos especies no alcanzan
al dos por ciento del total. Y,
sorprendentemente, los pocos genes que
distinguen nuestra dotación genética de la
de los chimpancés son en su mayoría los
responsables de la construcción y maduración
del cerebro. Esto permite proponer un
escenario muy concreto a la evolución hacia
el linaje de los hombres: la dirección neta
del proceso evolutivo de hominización,
que conduce en el tiempo del linaje de
los grandes simios a los hombres, parece
haber sido un proceso de optimización de las
funciones cerebrales. Lo peculiar de los
hombres presupone disponer de un
peculiar cerebro.