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EVOLUCIÓN Y EVOLUCIONISMOS

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LA EVOLUCIÓN SE ACABÓ

¿LA EVOLUCIÓN SE ACABÓ?

 

En el centenario de la muerte de Charles Darwin
(nacido en 1809, murió en 1882)

Steve Jones y los fundamentalismos:
el
«creacionista» y el «evolucionista»

Autor: Antonio Orozco

Fuentes: Arvo.net y La Republica.it

 

   Lo que somos hoy lo seremos igual dentro entre un millón de años. En el mundo de hoy la selección natural y la mutación genética cuentan cada vez menos. Es lo que afirma Steve Jones, un prestigioso genetista británico, tal como se reseña en el periódico italiano La República, en un artículo que me he permitido traducir y publicar a continuación de estos párrafos míos.

 

Me ha resultado curioso el artículo que ha aparecido como por ensalmo en mi ordenador (o computer, como se prefiera), entre el barullo de correos, deseados unos e indeseados otros. Steve Jones me ha caído bien. Solo conozco lo que dice en las citas de “La Republica” y lo que responde en una entrevista publicada en Internet. Deduzco que es un científico no cientista, que huye tanto del fundamentalismo creacionista como del fundamentalismo darwiniano. Ignoro cuál es su credo religioso, si lo tiene. No entiende –yo tampoco- como se han podido exacerbar los ánimos por uno y otro lado, sobre todo en USA, para desprestigio tanto de la filosofía realista del ser, como de la teología bíblica, como de la ciencia empírica.

 

En cuanto a la relación entre teología católica y evolución no hay ninguna dificultad, como advirtió ya, cuando yo era todavía muy joven, lo recuerdo bien, el papa Pio XII, en la Encíclica Humani generis: «El Magisterio de la Iglesia no prohíbe que, según el estado actual de las disciplinas humanas y de la sagrada teología, se investigue y discuta por los expertos en ambos campos la doctrina del «evolucionismo», en cuanto busca el origen del cuerpo humano a partir de una materia viviente preexistente» [Pío XII, Litt. enc. Humani generis, 12.VIII.1950, n. 29: AAS, 42 (1950), pp. 575-576.]. El Papa añadía, a continuación, una llamada a la objetividad y a la moderación, debido a la relación que la doctrina sobre el hombre guarda con las fuentes de la revelación divina. Juan Pablo II recordó textualmente la enseñanza de Pío XII, afirmando que «en base a estas consideraciones de mi predecesor, no existen obstáculos entre la teoría de la evolución y la fe en la creación, si se las entiende correctamente» [Juan Pablo II, Discurso a estudiosos sobre «fe cristiana y teoría de la evolución», 20.IV.1985: Insegnamenti, VIII, 1 (1985), pp. 1131-1132.]. Queda claro que «entender correctamente» significa admitir que las dimensiones espirituales de la persona humana exigen una intervención especial por parte de Dios respecto al «alma» espiritual [cfr. Pio XII, ibid.]; pero se trata de unas dimensiones y de una acción que, por principio, caen fuera del objeto directo de la ciencia natural y no la contradicen en modo alguno.

 

Steve Jone es bastante partidario de Darwin: «Da la impresión de que Darwin tenía bastante razón, afirma. La mayoría de descubrimientos recientes encajan con sus ideas.» Pero no se olvida de mencionar a alguien que el marketing de la época eclipsó, siendo así que sus descubrimientos fueron desde el punto de vista del progreso científico mucho más importantes que los de Darwin. Me refiero al monje agustino Gregor Johann Mendel (1822-1884), quien realizó los primeros trabajos de genética. Un científico católico, por tanto, es el "padre de la genética". Su trabajo no fue valorado cuando lo publicó en el año 1866. Hugo de Vries, botánico holandés, junto a Carl Correns y Erich von Tschermak, redescubrieron las leyes de Mendel por separado en el año 1900. Jones dice: «en su aspecto más profundo … el mendelismo y el darvinismo son profundamente ciertos.»

 

Fíjense ahora en lo que escribe Jones, desde un contexto cultural que no es el católico: «la dificultad a la hora de discutir con los antirracionalistas es que no aceptan la argumentación racional. … Lo curioso sobre el lío de Kansas, y de todo el movimiento creacionista de Estados Unidos, es lo nuevo que es. La gente siempre supone que cuando se publicó El origen de las especies –hace nada– las calles se bañaron de sangre, los edificios de las ciudades estallaron en llamas, las iglesias se vinieron abajo y cientos de personas se colgaron desesperadas. Por supuesto, eso era mentira. Algunas personas inteligentes mantuvieron un concienzudo debate y hacia finales del siglo XIX la mayoría de personas religiosas, tanto aquí como en Estados Unidos, habían llegado a aceptar a Darwin. Tenían dos enfoques, cada uno de los cuales estaba justificado a su modo. Uno era decir que la historia del Génesis era una metáfora y que cada día representaba millones de años. El otro procedía de Wallace; decía que los seis días eran reales, pero eran los días en los que Dios puso en la humanidad una especie de alma posbiológica, que no precisaba de genes y no dejaba fósiles. La mayoría de personas religiosas aceptan de buen grado que el propio Papa haya presentado recientemente una conclusión parecida. Hasta los años sesenta, el creacionismo de la línea dura no volvió a la vida, y fue principalmente en Estados Unidos. La razón no la tengo nada clara. Se trata de una agenda política en la que la mayoría de los creacionistas están a la derecha, y desean creer que hay una conspiración de la izquierda en su contra. Si las personas de pensamiento liberal creen en la evolución, el evolucionismo debe estar mal. Pero, por supuesto, la ciencia –cualquier ciencia– no es así; no importa quién lo crea, lo que importa es lo que es verdad y lo que no. Y tengo que decir que la evolución es cierta, pese a lo que puedan pensar millones de personas. Pero la razón por la que ha aparecido de pronto esta manía antirracional no la entiendo.»

 

Ciertamente, no se entiende. Habría que matizar la terminología de Jones y alguna cosa más, pero el lector inteligente no lo necesita. El lenguaje del Génesis no es exactamente metafórico, pero sí, en un preciso sentido, mítico (Cfr. p.e. Juan Pablo II, Aud, gen., 19-IX-79 nt 1), de modo que a través de ese lenguaje se cuentan unos hechos que escapan a la racionalización, sin enfrentarse a los datos que la ciencia descubre, justamente porque no se trata en el Génesis de cómo se constituye materialmente el cosmos sino de la relación del cosmos - y especialmente del ser humano - con el Autor del Cosmos, trascendente, es decir, Dios. La Biblia es un libro religioso, no científico. Dios nos habla por medio de la creación, pero es inútil y absurdo buscarlo o identificarlo como se hace con lo creado o con una parte de la creación.

 

Antiguos Padres de la Iglesia ya sabían interpretar la Biblia en sentido alegórico y San Agustín (comienzos del siglo V) escribió un grueso volumen en el que ensaya una interpretación del Génesis en sentido alegórico (San Agustín, De Genesi contra Manichaeos) y tiene como uno de los principios de interpretación a no perder de vista, el siguiente: Debemos cuidarnos de emitir interpretaciones que sean arriesgadas u opuestas a la ciencia, pues ello expondría la palabra de Dios al vilipendio de parte de los no creyentes (De Genesi ad litteram, I, 19, 21, particularmente el n. 39). Tomás de Aquino seguirá el mismo criterio, aun sabiendo y sosteniendo que es más fuerte la certeza de la fe que la certeza de la ciencia empírica. Ciertamente, para Agustín "Los elementos de este mundo corporal poseen una fuerza bien definida, y una cualidad distintiva, de lo cual depende lo que cada uno de ellos pueda o no pueda hacer, y lo que la realidad deba o no generar a partir de cada uno de ellos. Por consiguiente, se tiene que de un grano de trigo no puede generarse un frijol, ni trigo a partir de un frijol, ni un hombre a partir de una bestia, ni una bestia a partir de un hombre" (De Genesi ad litt., IX, n. 32). Lo cual es totalmente cierto, pero con seguridad no tendría inconveniente de situarse en un estadio anterior y asumir, al menos como hipótesis plausible, lo que sin estar rigurosamente demostrado, hoy presenta las trazas de un hecho manifiesto.

 

Por parte de Jones, veamos una reconfortante dosis de sentido común. Le preguntan por la emergente psicología evolutiva. Su respuesta es como sigue:

 

«Todo ese asunto me deprime un poco, en muchos casos es un discurso banal. Por supuesto, algunos aspectos del comportamiento humano proceden de modificaciones del pasado. La mitad de los genes más o menos tienen que ver con el cerebro y sería una estupidez decir que esos genes son diferentes a los demás, que no pueden evolucionar. Está claro que descendemos de primates sociales y no es casual que el peor castigo, después de la pena de muerte, sea el aislamiento. Si descendiéramos de los orangutanes, que son bastante solitarios, el peor castigo sería obligarnos a celebrar una fiesta multitudinaria. De modo que en ese sentido es evidente que existe una psicología evolucionista.

«Pero el problema es disfrazar la obviedad del hallazgo. Se están haciendo muchas investigaciones, por ejemplo, sobre el índice de madrastras que matan a sus hijos; eso es sociología y muy respetable. Pero debo decir que no me sorprende mucho observar que las madres quieran más a sus hijos que las madrastras. Y los psicólogos evolucionistas saltan por encima de las mesas proclamando lo fantástico del descubrimiento, equivalente al de la estructura de la doble hélice: ¡que las madres quieren a sus hijos! ¿Y qué? Y que los hombres son más violentos que las mujeres. Bueno, yo ya me lo imaginaba. Es cierto, pero no es que sea muy profundo.

«Y luego está este ambiente nebuloso de la pseudociencia que rodea todo el asunto. Es lo que califico de neocreacionismo. En Kansas no se puede explicar nada a partir de la evolución; está mal. Y ya está. Para muchos psicólogos evolucionistas, en cambio, todas las cosas de la sociedad humana (guerras, paz, violaciones, el matrimonio, todo) se explica a partir de los genes. Pero si todo se pudiera explicar, no se podría explicar nada. No se necesitarían experimentos; todo estaría en la «biblia darwinista». He visto explicaciones evolucionistas del acné, de los cotilleos, de las fiestas con baile... Es un juego de salón que se llama «nombra y explica». Exactamente igual que en el caso de los creacionistas, no se necesita más que fe. Los darwinistas más infantiles se están poniendo en una situación en la que es imposible perder. Si todo se puede sacar de la Biblia o de El origen de las especies, no tiene sentido seguir con la investigación científica.

«La evolución es para los sociólogos lo mismo que las estatuas para los pájaros. Es una plataforma cómoda desde la que dejar caer ideas a medio elaborar. Una cosa particular de la psicología evolucionista –que es lo que la mayoría del público considera el centro de la ciencia– es que casi no se comenta en la práctica de la evolución. Se hace en conferencias sobre psicología, pero nunca en las convenciones sobre evolución. Yo voy a decenas de ellas. Se discute sobre datos de fósiles, sobre DNA, comportamiento animal, selección familiar, la naturaleza de las especies, sobre todo. Pero la psicología evolucionista, para los evolucionistas, está pasada de moda. Nunca he visto a ninguno de sus partidarios en un congreso científico y no creo que la facultad de arte tenga gran cosa que decir de utilidad sobre ciencia.»

 

 

Pasemos ya a la teoría-impacto del genetista británico:

 

 

«El hombre ha terminado de evolucionar»

 

por ENRICO FRANCESCHINI

corresponsal de  La Republica.it

Traducción del italiano: Antonio Orozco

 

LONDRES. Hay quien se permite predecir que todos llegaremos a ser más altos, más fuertes, más guapos, más inteligentes, prácticamente perfectos. Otros aseguran que nos transformaremos en monstruos de enormes cabezas y cuerpo raquítico, salvo los dedos de las manos, largos y resistentes para pulsar continuamente las teclas de los teléfonos, computadoras, videojuegos, única actividad que desearemos en el futuro (la única que algunos de nosotros ya practican en el presente).

 

Pero un eminente genetista británico afirma que ambos escenarios son erróneos: “La evolución del hombre ha terminado, se acabó”, anuncia el profesor Steve Jones, biólogo de la University College London. “Dentro de un millón de años o más tendremos el mismo aspecto, las mismas características que tenemos hoy”. El hombre –y la mujer- que vemos en el espejo en este 2008 después de Cristo es el modelo definitivo, el resultado final, la última fase de cuatro millones de años de tenaz, paciente, incesante esfuerzo por mejorar el organismo viviente. No es fácil decir si la noticia puede complacer o contristar. Puede resultar consolador saber que no nos pareceremos nunca a E.T., el extraterrestre del film de Spielberg, pero puede deprimir la noticia de que el Homo sapiens nunca será mejorado.


El profesor Jones llegó a su hipótesis, emitida esta semana durante un simposio científico en Londres, sobre la base de un simple argumento: que las fuerzas propulsoras de la evolución de las especies, tales como la selección natural y la mutación genética, ya no desempeñan un papel importante en nuestras vidas, incluso pueden haber desaparecido por completo. Todo lo que hemos hecho en los últimos cinco millones de años, cuando un simio cayó de un árbol y comenzó a caminar arduamente en dos pies, fue dictada por la selección natural: caminar erguido, para el intercambio de información con los sonidos y las palabras,  utilizar las herramientas y las armas, vivir en grupos organizados, todo esto ocurrió porque se estaba creando un beneficio a los miembros de la especie.

En la Edad de hielo, una mutación que dio a un niño una mayor resistencia contra el frío y el hambre le proporcionó una fuerte ventaja competitiva, que aumentó sus posibilidades de sobrevivir y pasar el gen a sus descendientes.

Así sucedió, por ejemplo, que en el frío norte del planeta los seres humanos son más cortos y redondeados, para conservar mejor el calor, mientras que el cinturón tropical sigue siendo alto y delgado, para dispersar el calor. Este principio evolutivo ha seguido vigente durante sesenta mil años transcurridos desde que los primeros hombres como nosotros abandonaron el corazón de África para extenderse en todos los continentes, y ha seguido funcionando durante gran parte de nuestra era cristiana.

 

Es de advertir que aún en la época de Charles Darwin, el padre de la teoría de la evolución, en Gran Bretaña, cerca de la mitad de la población moría antes de cumplir 21 años de edad. Pero en el mundo moderno de calefacción central, las vacunaciones en masa, la abundancia y la prosperidad, las mismas mutaciones que garantizaron la supervivencia de aquellos niños de la era primordial, original o de una más cercana a nosotros, no les darían la misma ventaja. Por eso, no tienen lugar.

Otros elementos que han detenido la evolución humana en la actualidad, siempre según la teoría de la Ucl es el hecho de que ya no hay poblaciones aisladas, las razas se mezclan, esto disminuye el número de hombres que en edad avanzada engendran hijos (cuyo esperma se deteriora y contiene más "errores" genéticos).

 

Por supuesto, no todos los colegas del profesor Jones están de acuerdo: sus declaraciones, difundidas por la prensa nacional, han formulado objeciones, incluso dentro de su propia universidad, donde otro genetista, Fred Spoor, dijo que la evolución de las especies depende a menudo de impredecibles factores, y no sabemos qué va a suceder sobre el terreno en los próximos millones de años, o incluso el próximo año; es imposible asegurar que la especie humana no sufrirá más mutaciones. "Tengo serias dudas de que en un millón de años seremos idénticos a como somos ahora", dice el científico rival.

Algunos señalan que en el Tercer Mundo todavía la vida es dura como hace varios siglos en Europa, y que la lucha por la supervivencia, el diario esfuerzo por encontrar algo que comer, beber, refugio de mal tiempo, de bestias feroces (u otros hombres más feroces), está lejos de resolverse, por lo que incluso las razones que determinan la evolución de las especies permanece perfectamente en pie.

Jones es el primero en admitir que su discurso se centra en el Occidente desarrollado, con el optimismo de quienes creen que el progreso es imparable y que, a pesar de las angustias de la crisis financiera, el bienestar será cada vez más global. "Si tenéis miedo de lo que podemos esperar del mundo de la Utopía, no tengáis miedo, porque ha llegado la utopía, la utopía es hoy. Esto que vivimos es el futuro, un futuro en el que el hombre recorre miles de kilómetros para encontrar a la mujer con la que se desposará, mientras que nuestros antepasados se casaban en el mismo pueblo, en la misma aldea, en el mismo barrio.”

Un futuro en el que el Homo Sapiens tendrá el rostro moreno, un aspecto cada vez más uniforme y nunca necesidad de evolucionar. "¿Cuánto camino hemos andado, desde un único cuerpo monocelular, la célula a partir de la cual todos los seres vivos de hoy en nuestro planeta, apareció en la tierra cuatro mil millones de años atrás, día más, día menos? Pues bien, si Jones está en lo cierto, ahora el viaje ha terminado, ya no queda un metro por delante, hemos llegamos a la meta. "Ecce Homo" , dijo Poncio Pilato a la multitud presentando a Jesús, en el Evangelio según Juan: y aquí lo tienes todavía, al Hombre, destinado a ser el mismo tal como es, por los siglos de los siglos. Hace unos años tuvimos una breve ilusión de que la historia había terminado, después de la caída del Muro de Berlín, el colapso de la URSS y la caída del comunismo; en cambio, acaso sin darnos cuenta, asistíamos al final de la evolución de las especies. Nos toca conformarnos con ser como somos, para siempre.

 

E.F.

***

 

Un "para siempre" temporal, se entiende, si es el caso. Recordemos ahora: nos hallamos entre dos fundamentalismos, el creacionista que pretende reducir todo el saber a la interpretación literal de la Biblia; y el evolucionista que pretende reducir el saber sobre el hombre y el cosmos a lo que pueda enseñar la ciencia empírica (empirismo y racionalismo). Ambos son callejones sin salida y prestan más que un flaco servicio, una profunda distorsión a la verdad tanto de la ciencia empírica o filosófica como a la verdad revelada por Dios. Pero no es cosa de situarnos en un "punto medio" entre ambos fundamentalismo, sino fuera del falso dilema. Con palabras del Cardenal Ratzinger -ahora S.S. Benedicto XVI- : "Muchos pensadores han reconocido desde hace ya mucho tiempo que aquí no se produce ninguna disyuntiva. No podemos decir: Creación o Evolución; la manera correcta de plantear el problema debe ser: Creación y Evolución, pues ambas cosas responden a preguntas distintas." Las preguntas podríamos reducirlas a éstas: ¿por qué las cosas "son", de dónde les viene el "ser" a las cosas? Es una pregunta de orden filosófico, concretamente "meta-físico" y la respuesta está en el Ser Creador. La otra pregunta suena algo así: ¿cómo sucede el devenir de las cosas, cómo proceden unas de otras? La respuesta es tarea de las ciencias naturales, que proceden por observación, experimentación, deducción, inducción, etc. La gallina viene del huevo, el huevo de la gallina y así sucesivamente. Pero una cosa es "venir de", y otra es "ser", y habrá que distinguir "ser en acto" y "ser en potencia"... Mientras eso no se vuelva a aprender de algún modo (correcto), seguirá la confusión del orden causal y se renovarán los fideísmos materialistas y creacionistas hasta el fin de los tiempos.

 

A.O.D.

 

 

 

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Arvo Net, 30/10/2008

 

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Enviado por Arvo.net, Republica.it - 16/10/2008 ir arriba
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