Apuntes
sobre el alcance del darwinismo
Por Rafael Alvarado
Hay en nuestra lengua (y seguramente
en casi todas) palabras muy socorridas; a ellas se acude cuando
no nos viene a la memoria el término más preciso y adecuado.
Muchas de esas palabras se repiten en la conversación usual;
su innecesaria reiteración pasa a ser muletilla, que delata
a aquellas personas que no tienen facilidad de palabra, carecen
de riqueza y variedad de vocabulario, o bien están pasando
apuros al dirigirse a un auditorio que les impone -caso del
examinando ante el tribunal-. Entre tales muletillas son comunes
la de empezar a contestar diciendo «Bueno, pues, ...», o el
dichoso: «Yo diría», e igual ocurre con él «¿verdad?», usado
a troche y moche.
De otra naturaleza son las repeticiones
de términos como «nivel», «estructura», «mecanismo» y similares,
que suelen emplearse muchas veces con escasa precisión, por
no tener a mano otras palabras. Veamos con cierto detalle
eso de estructura, que el diccionario define como «distribución
y orden de los componentes de un conjunto». Otras acepciones
de esta voz se refieren, de modo similar, a la distribución
y orden de una obra de ingenio, v. gr. de un poema, de una
comedia, de una novela, o bien a la estructura arquitectónica
y, en su caso, a la armadura de un edificio.
El estructuralismo. Continuidad y
herencia
No recoge la última edición del diccionario
académico usual (DRAE), pero sí el manual (DM), la voz estructuralismo,
de la que ofrece una definición algo larga -prueba de lo difícil
que resulta encontrar otra más corta-, pero que merece la
pena transcribir textualmente para llegar a percibir todo
el intríngulis, entendido en su significado de dificultad
o complicación, que tiene la cosa. Esa definición, que sin
duda hay que leer dos veces, dice:
Corriente intelectual que, ya
como método, ya como concepción ideológica, se ha introducido
en muy diversos campos: antropología, psicología, economía,
etc. Comprende una variedad de construcciones teóricas y análisis
concretos que se caracterizan por la aplicación a los hechos
humanos y sociales del concepto de estructura.
Se trata evidentemente de una palabra
de raíz filosófica, ya que, en principio, los conocimientos
humanos se adquieren por vía de observación y experimentación.
Esto es lo propio en especial del conocer científico, que
además tiene otras peculiaridades.
Los teóricos y filósofos de la ciencia
señalan las siguientes: su carácter de conocimientos repetibles
y comprobables por otros científicos; además deben conducir
a una suerte de posibilidad de predicción y, como ha
señalado Popper -austríaco afincado desde hace muchos años
en países anglosajones y uno de los más reputados epistemólogos
actuales-, en su caso tendrían que ser conocimientos refutables,
si aparece sobre ellos una interpretación mejor. Dejemos para
otra ocasión eso de la refutación, de Popper y sus
secuaces -o tal como se ha traducido, a mi entender de forma
poco clara y precisa, lo de la falsación de las teorías
científicas, que se basan en lo empírico o experimental-.
La «refutación» es problema muy complejo que nos llevaría
muy lejos; por hoy me limitaré a explicar sólo algo del estructuralismo,
sobre todo en su aplicación a la biología.
Una gran corriente actual de varias escuelas
biológicas tiende a la búsqueda de los fundamentos de una
nueva teoría estructuralista [cf. en R. Alvarado, Curso
de Biogeografía (1990). Tercer Ciclo, Facultad de Biología
U.C.M. (no publicado)]. En efecto, en biología se desarrollaron
desde antiguo polémicas en relación con el significado de
la forma como algo contrapuesto a la función
(cf. en R. Alvarado, El concepto de forma en Biología,
Rev. Univ. de Madrid, 1958). La bibliografía al respecto es
inmensa. Ya desde Aristóteles preocupaba el tema del origen
de la forma, cuyo problema surgió de las meditaciones, acertadísimas,
del gran filósofo (y observador) al estudiar el desarrollo
embrionario del pulpo y del pez siluro. En su opinión tal
desarrollo era una epigénesis, es decir, una estructura
que surgía a partir de una masa no estructurada.
Con los embriólogos del siglo XVIII,
que disponían de microscopios-rudimentarios, desde luego,
pero con los que se lograba ver cosas no observables a simple
vista-, se pusieron de manifiesto ciertos problemas interpretativos.
Algunos autores veían en los gérmenes un ser diminuto, pero
ya formado (preformación), bien dentro del espermatozoide
-célula sexual masculina- (escuelas animalculistas),
bien en el óvulo -célula sexual femenina- (interpretación
de los ovulistas). Sólo mucho más tarde, cuando mejoraron
las técnicas de observación, se supo que las células sexuales
o gametos tienen una estructura específica; a partir de ellas
se formará la primera célula del futuro organismo. Pero en
tal estructura no advertimos nada preformado y que pueda ser
reducido a una organización miniaturizada de partes del futuro
organismo. El nuevo ser se desarrolla gracias al despliegue
de potencialidades embrionarias (potencia prospectiva).
Ahora bien, hay que decir que la epigénesis aristotélica no
tiene, para el embriólogo actual, el significado de un proceso
surgido a partir de una masa informe, ya que los gérmenes
de los seres vivos tienen una compleja estructura celular.
Tanto en la multiplicación vegetativa,
a partir de células asexuales (no diferenciadas), como en
la reproducción espórica (de células modificadas en esporas),
hay también desarrollo de potencialidades (procedentes de
las correspondientes dotaciones cromosómicas celulares) que
originarán un organismo completo. Lo mismo sucede en la reproducción
de los unicelulares. E igualmente en la reproducción sexual-con
fusión de gametos para dar una célula-huevo o zigoto,
gracias a la cual los organismos o seres vivos, además, reciben
las dotaciones hereditarias del padre y de la madre (transmitidas
en sus cromosomas); por ello parte de esas «potencialidades»
embrionarias se traducirán en una combinación de caracteres
propios, tanto de procedencia materna como paterna.
¿Cómo interpretar pues, la forma de un
organismo, que depende a su vez de estructuras heredadas?
¿Cómo interpretar el modo de funcionar de los seres vivos,
que evidentemente éstos también heredan? Ese constituyó el
gran reto para los biólogos del siglo XIX, también en gran
medida para los del siglo XX, y en cierto modo lo seguirá
siendo para los del futuro, pues hay puntos no del todo aclarados.
El zoólogo Cuvier fue de los primeros en advertir que forma
y función no son aspectos contrapuestos en el ser vivo,
ya que hay cierto grado de conexión entre las estructuras,
el modo de actuar de los órganos, y la actividad del organismo
en su conjunto. Elevó este concepto a la categoría de «ley»
y la llamó ley de la correlación orgánico-funcional.
Los biólogos actuales tienden a ser menos ampulosos y hablan,
mejor que de «leyes», de principios.
Con el advenimiento, primero, de las
ideas evolucionistas, a partir de Darwin; con la interpretación,
más tarde, del desarrollo embrionario como un proceso regido
por factores heredados, pero influido por mecanismos fisiológicos
causales (fisiología causal o mecánica del desarrollo),
y, finalmente, con el estudio de los mecanismos genético-moleculares
que intervienen en la morfogénesis, la antigua polémica sobre
el binomio forma-función, ya no tiene razón de ser.
No obstante la discusión ha seguido viva hasta la actualidad
por otros motivos; los expondré muy someramente.
En primer lugar, los seres vivos exhiben
caracteres que son propios de su tipo de organización, de
su especie, así como otros que son los de su raza, pero también
patentizan los que les dan fina semejanza con parentales,
y ancestros inmediatos en general. Cualquier persona puede
comprobar esto en sí misma y su parentela. Es decir, un ser
vivo hereda rasgos que son los manifiestos de un determinado
taxón, y nos permiten adscribirlo a él; v. gr. nosotros heredamos
lo que es propio de todos los vertebrados, más lo correspondiente
a los mamíferos y, desde luego, innegablemente, a nuestros
próximos colaterales, los antropomorfos (orangután, chimpancé,
gorila).
No «descendemos» de esos simios, pero
es indudable que compartimos con ellos antepasados comunes,
si bien remotos. Procedemos de una misma estirpe o tronco
genealógico. La conocida vulgarización (y vulgaridad) «el
hombre desciende del mono» no pasa de ser una mera expresión
coloquial y, por supuesto, jamás fue utilizada por Darwin,
ni la han utilizado nunca los biólogos, conocedores de la
complejidad que entraña el interpretar las teorías evolutivas.
Volvemos a la forma y a la función. Si
la función no crea el órgano -como pensaba Lamarck-, tampoco
podemos decir que la forma constituya una a modo de idea platónica,
que en el curso de la filogenia, o evolución de las especies,
se revista de «carne y sangre», tal como aparece en ciertos
escritos de Haeckel. Para este gran zoólogo ese «trascendentalismo»
se oponía al «mecanicismo». De ahí su idea de los arquetipos,
que pueden servir para interpretar la organización y rasgos
fundamentales que el zoólogo considera propios de cada uno
de los grandes grupos.
Arquetipos. Forma, función e historia
evolutiva
De ese significado de los arquetipos
me he ocupado en otro lugar (cf. R. Alvarado, «Importancia
prospectiva de los arquetipos en zoología», en Estudios
sobre biología. Libro homenaje a D. Florencio Bustinza,
Editorial U.C.M., pp. 13-23, 1982) y la he expuesto como una
de las grandes creaciones intelectuales del hombre, que han
servido para que los zoólogos pudiéramos disponer de modelos
interpretativos de claro valor heurístico, v. gr., el olinto
que nos sirve para imaginar cómo pudieron ser las esponjas
primitivas, el anfioxo, como paradigma de los cordados,
y así sucesivamente. El concepto de «arquetipo» (etimológicamente
«tipo primitivo» o primigenio) fue utilizado por primera vez
en tal sentido por el zoólogo inglés Richard Owen. Lo tomó
este autor de Goethe y su teoría de «las metamorfosis». No
nos detendremos en analizar esto, ni el significado de la
llamada «morfología idealista», motivo de muchas discusiones.
Pero conviene señalar algunos aspectos de esa idea del arquetipo
y de cómo su originaria interpretación goethiana se ha modificado
para llegar a la que hoy predomina.
En la actualidad el pensamiento evolucionista
es en gran parte histórico, y muchos morfólogos han olvidado
la dialéctica que se desarrolló a partir del momento en que
Goethe acuñara el término «morfología», pero no exactamente
en el sentido en el que hoy lo usamos; su modo de ver la forma
era muy avanzado para la época. En Alemania el punto de vista
goethiano fue adoptado por Oken y otros «morfólogos idealistas»,
que se consideraron hijos de las ideas del poeta-naturalista,
cuyo pensamiento influyó en el de Richard Owen.
Suele atribuírsele a Owen tanto el concepto
de arquetipo como el de «homología», y suele olvidarse que
este autor consideró dichas ideas como legítimas herederas
de las de Goethe, Oken y otros, atribución aceptada incluso
por Darwin y Huxley. Pero estos últimos, que criticaron el
concepto de arquetipo como forma estática, a modo de fase
histórica particular, habían perdido de vista el verdadero
sentido que diera su creador al concepto de arquetipo.
En efecto, el goethiano Urpflaze
es abstracto y no material; sirvió para que Owen, al establecer
la idea de homología de los arquetipos, los tomara en sentido
abstracto, pero material, y a su vez ello pasó a ser en Darwin
y sus seguidores (incluido el mismo Hoeckel) la idea de un
antecesor común reformado. Las estructuras homólogas se han
considerado, pues, formas relacionadas por un proceso generativo,
posteriormente formas que derivaban de una estructura común
y, finalmente, formas de una serie genealógica. Un cambio
paralelo ocurrió con los fines de la taxonomía, de tal modo
que ésta se modificó para pasar de sistema de clasificación,
estático y convencional, a sistema dinámicamente interpretado
como genealógico.
De hecho, para Goethe, los conceptos
de Gestalt, de Typus y de Bildung (respectivamente,
configuración, tipo y formación) significaban, dentro de la
idea de homología goethiana, relaciones de proceso generativo
(como lo son las cónicas, originadas en secciones de un cono
geométrico) y no propiamente relaciones de estructura y conexión.
Se trataba más bien de un análisis lógico, sin ninguna idea
filogenética preconcebida (Cf. Brady y Miehaux, en sendos
trabajos (1989) de Revista di Biologia 2). Ese cambio
de una morfología vista bajo el prisma de la lógica hacia
una morfología vita a través de la historia, ha conducido
insensiblemente a la introducción de muchos de los argumentos
que han configurado la mentalidad biológica desde el siglo
XIX hasta hoy. Se han olvidado las leyes internas y se ha
hecho hincapié en la historia externa.
Individuos, especies, taxones. La
estirpe evolutiva
Prosigamos ahora, sin más circunloquios,
con los arquetipos como modelos de descripción de los grupos
animales, muy útiles desde el punto de vista didáctico. Su
valor prospectivo ha quedado avalado por el hecho de que una
vez «inventados», por el zoólogo A o B, en muchas ocasiones
se han descubierto especies, tanto vivientes como fósiles,
cuyas características (reales) respondían, casi exactamente,
a lo que la sapiencia del autor había supuesto como caracteres
diagnósticos de un determinado grupo, con el simple apoyo
de sus conocimientos anatómicos.
Eso ocurrió con el tipo olinto
(para las esponjas çalcáreas y -por extensión para todas las
restantes), con el tipo prerripidogloso (para los moluscos),
y con otros modelos que han pasado alos libros de zoología.
Ideado el tipo olinto, por Haeekel, este mismo autor descrubió
la especie Ascerta primordialis, cuya estructura casi
se corresponde al modelo teórico de un.olinto, como también
son olintos ciertos tipos larvarios de las esponjas calcáreas.
El caso del prerripidogloso es aún más llamativo pues lo construyó
Platé, a comienzos de este siglo, como una pura abstracción;
en 1953 el descubrimiento de un molusco parecido a una lapa,
Neopilina galatheae, confirmaba muchos de los rasgos
morfológicos, reales, de aquel supuesto molusco ancestral,
teórico, al cual se le han encontrado antecesores del Silúrico
-los Triblidiáceos, Gén. Tryblidium-. El olinto (Olynthus)
y el prerripidogloso (Praerhipidoglossum) están hoy
en todos los tratados zoológicos, tanto por su valor didáctico
para el estudioso, como por su valor heurístico en la interpretación
de los modelos respectivos.
Para Haeckel, que por lo demás es un
puro representante del positivismo filosófico alemán, y del
mecanicismo biológico propio de su época, el pensamiento trascendentalista
al utilizar los arquetipos era mera expresión de su adhesión
a las teorías evolucionistas darwinianas; le servía su uso
para destacar la idea de que el tronco evolutivo, la estirpe,
es lo que permanece, frente a la caducidad de las especies.
Por eso su «ley biogenética fundamental» es como un manifiesto
de la creencia haeckeliana de que el desarrollo de un organismo
(ontogenia) es una repetición abreviada de lo sucedido
con su tronco evolutivo (filogenia).
Veamos dos de sus más famosas frases
(cf. R. Alvarado, «La especie biológica y la jerarquía tazonómica»,
en M. Crusafont & al., La evolución, Ed. BAC, 3ª
ed., pp. 507-508):
A) La primera, bien conocida, fue la
que empleó al establecer la tantas veces citada ley biogenética
(Haeckel, 1874):
la ontogenia es la repetición
abreviada de la filogenia.
B) La otra, llena de ironía, expresa
con claridad su pensamiento evolucionista (Generelle Morphologie,
1866). Según él: como
únicas categorías reales del sistema zoológico y botánico
podemos reconocer las grandes divisiones de los reinos animal
y vegetal a las cuales llamamos troncos o Filos («Stämme
oder Phylen»)... cada uno de ellos es de hecho, según nuestro
punto de vista, una unidad real de muchas formas subordinadas,
ya que su unión material está en la consanguinidad, mediante
la cual los miembros de tal Filo queden relacionados entre
sí (l.c.p., p. 393).
Pero anteriores a estas líneas son,
en la misma obra (1. c., p. 329), las sarcásticas siguientes
palabras:
Muchos zoólogos parecen
estar persuadidos de que en sus museos guardan conceptos disecados
y opiniones en alcohol del mismo modo ciertos botánicos viven
con la ilusión de que en sus herbarios no hay individuos vegetales
concretos, sino que bajo sus prensas han captado conceptos
y juicios secos.
Para el estructuralismo actual cada ser
vivo tiene una forma (unida a la función), a modo de entidad
espaciotemporal procedente de una línea genealógica determinada.
Se considera que el biólogo Croizat es el padre de las modernas
interpretaciones estructuralistas; éstas se están desarrollando
en fecundas escuelas de genetistas, biogeógrafos, taxónomos
e incluso bioquímicos. Dicho autor sentó en 1964, con su obra
Forma-espacio-tiempo, los fundamentos de ese moderno
enfoque de la biología, que quizás lleve a una reorganización,
integral e integrada, de nuestra vieja ciencia.
El estructuralismo como nuevo paradigma
Desde hace algunos años han surgido voces
que se atreven a criticar el darwinismo original, y su consecuente
de hoy que es e] neodarwinismo, sobre todo a partir del concepto
de epigénesis de Waddington. A este autor le llamó poderosamente
la atención el hecho de que muchos procesos de desarrollo
presentasen rasgos comunes que se consideran, siguiendo los
puntos de vista waddingtonianos, como sistemas epigenéticos
o, según la terminología usual, paisajes epigenéticos
(epigenetic landscapes). Según este modelo las alteraciones
de este sistema, de gran estabilidad, representan vías alternativas,
que pueden alcanzarse ya por alteraciones mutacionales ya
por alteraciones ambientales (fenocopias).
El proceso más nuclearmente ligado al
desarrollo embrionario, así como al de la evolución, es la
producción y reproducción de organismos específicos. Cualquier
teoría que intente la unificación de ontogenia y filogenia
depende, en lo esencial, del punto de vista conceptual del
proceso de la generación. Del mismo modo dependen de ese proceso
natural las propiedades dinámicas del ser vivo, que afectan
a su estabilidad y a su mutabilidad. Al examinar los diferentes
enfoques bajo los que ha sido descrita la reproducción encontramos
características que nos sirven como distintivos de diferentes
tradiciones biológicas. El legado conceptual de Weismann fue
esencial para asentar el neodarwinismo con su tajante separación
de desarrollo embrionario y mutación que son prerrogativas
del plasma germinal, controlador de un somatoplasma
pasivo.
Esta separación quedó reafirmada y definida
por un programa de investigación explícito, basado en la teoría
de la herencia de Morgan, que se transformó en la conocida
teoría mendeliano-morganista. [Cf. B. C. Goodwin, Rivista
di Biologia, 82 (3/4), 328-330, 1989]. Las limitaciones
de este concepto dualista han sido reconocidas por un pensamiento
biológico tradicional alternativo, que hoy vuelve a rebrotar
y se ha enfocado hacia una crítica del neodarwinismo. Día
a día se hace más patente la necesidad de desarrollar un concepto
de la reproducción por el cual los fenómenos hereditarios
queden ligados a principios morfogenéticos que expliquen la
formación de organismos de forma específica, y que tengan
en cuenta también lo relativo a la estabilidad dinámica y
a las posibilidades de transformación de los ciclos biológicos.
A esto han contribuido Goodwin y colaboradores
con su concepto de campo morfogenético como aquel cuyo
potencial sirve tanto para explicar la reproducción como la
regeneración. Este modelo de campo morfogenético, estudiado
experimentalmente en Acetabularia, tendría variadas
aplicaciones (v. gr. Ia filotaxia en vegetales superiores,
ciclos biológicos morfogenéticos-reproductores de animales
con metamorfosis complicadas, etc.). En parte la interpretación
matemática de René Thom en su teoría de las «catástrofes»
serviría a es tos nuevos puntos de vista.
El uso de la expresión «nuevo paradigma»
para designar a los modelos estructuralistas de la biología
refleja, más que un nuevo concepto, nuevos propósitos. Puede
ser útil para comprender las implicaciones filosóficas y las
consecuencias de esas ideas estructuralistas, pero ciertamente
tales modelos no han llegado a alcanzar la unificación en
sus aspectos metodológicos. Los estructuralistas consideran
el modelo darwiniano como erróneo, pasado de moda y reflejo
de tipo mecanicista tan usual en el pasado. Por ello son muchos
los biólogos poco satisfechos con la teoría darwiniana, a
la que critican. Por ejemplo, al modelo gradualista
darwiniano se le ha opuesto la teoría del equlibrio puntual
de Eldredge y Gould, así como la idea de las mutaciones
neutras de Kimura.
La idea central de los estructuralistas
está ligada a las hipótesis holistas, que no son necesariamente
vitalistas. Sólo podemos entender a la naturaleza como un
todo (holismo). El estructuralismo biológico dedica
una atención particular al concepto de campo (Goodwin), al
de dinámica estructural y al de determinismo holistico (Fox).
Aunque se pretende una idea no-reduccionista, no se puede
prescindir del estudio de las propiedades de las estructuras
en procesos dinámicos.
El principal problema para los estructuralistas
residirá en la formulación de principios que resulten unívocos,
prescindan del mecanicismo y sitúen en el lugar que, según
ellos, sea el que le corresponda a la teoría darwiniana; (Cf.
Lambert y colaboradores y R. S. Karpinskaya en Rivista
di Biologia, 1969).
No se puede olvidar que los antidarwinistas
en algunos casos, como ocurre con Sibatani o Levtrup, han
llegado incluso a lo hiriente en sus críticas a Darwin, por
ejemplo cuando hablan de «industria darwiniana», «integridad»
de Darwin, de la que dudan basados en el escaso crédito que
éste concediera a sus precursores, para atribuirse, en exclusiva,
el mérito de la teoría evolutiva (en parte ello es cierto),
y así sucesivamente. Tampoco se anda con medias tintas Croizart
cuando escribe:
Darwin era definitivamente pobre
como pensador; bueno, sin llegar a excelente, como observador,
capaz, pero no en demasía, como propagandista.
Ni que decir tiene que estos juicios
no se caracterizan por su objetividad. Lo que le ocurrió a Darwin
fue que se adelantó con mucho a su tiempo, desconoció los trabajos
de Mendel (aunque los exégetas y críticos han descubierto que
el humilde monje envió una tirada aparte de su trabajo de 1866
al superensalzado inglés) y tuvo panegiristas (Huxley, Haeckel)
que escandalizaron por él a la sociedad, hipócrita o pacata,
de la «era victoriana». Es
muy verdad que el fundamento experimental del darwinismo (de
ahí las numerosas dudas y que atenazaron al gran naturalista,
como se deduce del estudio comparativo de las seis ediciones
de su obra cumbre El Origen de las Especies, que él
retocó con esmero) se desarrollaría mucho después de Darwin
(neodarwinismo), y no es menos cierto que «las ideas
de Darwin sobre la supuesta "aligación" -o mezcla de caracteres
hereditarios-peor que de pobres o fantásticas pueden calificarse
de impropias de un pensador que demostró, por otra parte,
tanta perspicacia en la interpretación de otros hechos, para
los que también le faltaban bases experimentales.» (Cf. R.
Alvarado, «Darwin y su obra zoológica olvidada», en Conmemoración
del Centenario de Darwin, Real Academia de Ciencias Exactas,
Físicas y Naturales, pp. 31 a 47, Madrid, 1983). Pero «Darwin
ha sido uno de los más grandes naturalistas de todos los tiempos...
autor de numerosos estudios... variadísimos, que por sí solos
engalanarían un currículo brillante de cualquier investigador»
(loc. cit., p. 47). La bondad de una nueva teoría o más exactamente
de un nuevo punto de vista (y eso es lo que es por ahora el
estructuralismo) no requiere de argumentos denigratorios para
otra, el darwinismo, que ha cumplido un papel importante en
las ciencias biológicas y ha contribuido a su progreso.
Publicado en el nº 3 de la Revista Atlántida |