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Por Tom Bethell
En la mente del público, las objeciones
a la teoría de la evolución de Darwin están relacionadas con
los creacionistas bíblicos que, periódicamente, retiran a
sus hijos de las aulas donde se les enseña que el hombre desciende
del mono. Lo que la mayoría desconoce es que, en gran parte
de este siglo y especialmente en los últimos años, los científicos
han peleado entre sí respecto a Darwin y sus ideas.
Los científicos son los principales responsables
de que el público ignore lo relativo a estas discusiones internas.
Cuando se ven acosados por opositores ajenos a la ciudadela
de la ciencia, tienden a dejar de lado sus diferencias y se
unen para derrotar a los gentiles. El lego sólo ve filas cerradas.
Ahora con un creacionismo aparentemente tranquilo, si escuchamos
con detenimiento, podemos oír murmullos de disensión dentro
de los muros del fuerte científico. Estos debates son tal
vez más complicados que la vieja contienda entre ciencia y
religión, pero cuando menos son tan interesantes como aquélla
y, algunas veces, igualmente acalorados.
Una de las impugnaciones a Darwin y
a la teoría de la evolución menos divulgadas y menos comprendidas
—y sin duda una de las más fascinantes en su envergadura y
rigor— incluye una escuela de taxonomistas llamados cladistas
(«clade» significa rama, del griego klados). De particular
interés son quienes laboran en lo que se denomina cladística
transformada, y a los cuales podría llamarse evolucionistas
agnósticos. Como en el caso de muchos que han roto con una
fe e impugnado una ortodoxia, los cladistas transformados
son quizá mejor definidos por un opositor, en este caso, el
biólogo británico Beverly Halstead. Al preguntársele su opinión
sobre la cladística transformada, Halstead repuso:
«Pues bien, ¡la desapruebo! De hecho,
se remonta a Aristóteles: no es predarwiniana sino aristotélica.
De la época de Darwin a la fecha, hemos comprendido que existe
un elemento tiempo; hemos empezado a entender la evolución.
Lo que hacen en la cladística transformada es afirmar: olvidemos
la evolución, olvidemos el proceso, consideremos simplemente
la secuencia».
Desde tiempos de Darwin, los biólogos
han sido absorbidos en el proceso: ¿de dónde venimos? ¿Cómo
llegaron todos los elementos de la naturaleza a su estado
actual? ¿Cómo continúan modificándose las cosas? Los cladistas
transformados no tienen como preocupación principal el tiempo
o el proceso. Para entender el porqué, ayuda saber que son
especialistas en taxonomía: son clasificadores rigurosos,
escrupulosos. Su tarea como taxonomistas es descubrir y designar
los diversos grupos encontrados en la naturaleza y clasificarlos
en una categoría u otra. Los taxonomistas no tratan de determinar
cómo se formaron los grupos, sino cuáles son los grupos existentes.
Entender que los cladistas piensan que hay que adquirir este
conocimiento antes de que puedan ponerse a prueba las ideas
sobre el proceso es comprender la tensión que existe entre
los taxonomistas y los biólogos evolucionistas.
Los cladistas transformados han intensificado
la batalla. En los años cuarenta y los cincuenta, que atestiguaron
el crecimiento de la biología evolutiva, los taxonomistas
se permitieron lo que podría llamarse una pequeña licencia
artística. Sin duda, esto ocurrió, porque la taxonomía era
considerada algo aburrido y soso, por los evolucionistas como
Sir Julian Huxley (nieto de Thomas Henry Huxley, defensor
contemporáneo de Darwin), para quien ya era hora de dejar
de «hundirse en la semántica y las definiciones». En otras
palabras, a los taxonomistas los veían como tenedores de libros
y contadores que necesitaban relajarse un poco. En su libro
de 1959 Nature & Man’s Fate (La naturaleza y el
destino del hombre), Garrett Hardin, profesor de ecología
humana de la Universidad de California en Santa Bárbara, cita
a un zoólogo que da este consejo: «El que quiera apegarse
a las reglas firmes debe renunciar al trabajo taxonómico.
La naturaleza es demasiado desordenada para una persona así».
Los cladistas transformados piensan
distinto y han intentado restablecer el rigor taxonómico.
Al hacerlo, han llegado a la conclusión de que son los evolucionistas
los que tienen problemas, el problema de la metodología negligente.
El paleontólogo británico Colin Patterson, tal vez el principal
cladista transformado, ha enunciado lo que podría catalogarse
como el lema de los cladistas:
«El concepto de herencia no es asequible
mediante las herramientas de que disponemos». Patterson y
sus colegas cladistas aseguran que una herencia común sólo
lo puede ser en forma hipotética, pues no se identifica en
el historial del fósil. Puede juntarse a un grupo de personas
para una reunión familiar con base en las partidas de nacimiento,
las inscripciones en las lápidas y los registros parroquiales;
sólo tenemos fósiles. Alguna vez, Patterson me dijo que un
fósil es un «revoltijo en una piedra». El tiempo, el cambio,
el proceso, la evolución, nada de esto, dicen los cladistas,
puede deducirse del estudio de las piedras.
Lo que puede discernirse de la naturaleza,
según los cladistas, son las configuraciones, las relaciones
entre las cosas, no entre las eras. No puede hacerse un rastreo
absoluto. No puede haber certidumbre en cuanto a los lazos
de padres a hijos. Sólo hay inferencias tomadas de los fósiles.
Para los cladistas, la ciencia de la evolución es en gran
parte cuestión de fe, una fe diferente, aunque no tanto de
la de los creacionistas. Patterson me dijo que para él la
teoría de la evolución «suele ser innecesaria» en biología.
No obstante, dijo, se presentó en los libros de texto como
si fuera «la teoría del campo unificado de la biología», manteniendo
integrado todo el tema y uniendo la profesión a ella. «Una
vez que algo tiene esa condición», observó, «se convierte
en una especie de religión».
El fundador de la cladística fue un entomólogo
llamado Willi Hennig. Hennig nació en lo que es ahora Alemania
Oriental y la mayor parte de su carrera transcurrió allí,
dedicado al estudio y la clasificación de las moscas. Murió
en Alemania Occidental en 1976. Su obra principal es Phylogenetic
Systematics (Sistemática filogenética), cuya versión actualizada
se tradujo al inglés y fue publicada en los Estados Unidos
en 1966 por la University of Illinois Press. Es un libro difícil
y de gran influencia. Para el decenio de los setenta, como
el prominente biólogo evolucionista Ernst Mayr escribió en
The Growth of Biological Thought (El desarrollo del
pensamiento biológico), se había creado una especie de culto
a Hennig. En 1980 se formó una Sociedad Willi Hennig, que
publicó en 1985 el primer número de su revista trimestral
Cladistics. De acuerdo con David Hull, el filósofo
de la ciencia, «entre los biólogos evolucionistas, la cladística
es lo que todos discuten».
En el núcleo de la cladística se encuentran
los conceptos de «plesiomorfia» y «parafilia». Se dice que
una característica o rasgo es plesiomórfico si se le encuentra
en un grupo de organismos más generalizado que el grupo específico
considerado. Así pues, si bien todos los primates tienen pelo,
el pelo es también característico de una clase más general
de criaturas: los mamíferos. Lo que Hennig llamó la falacia
de la plesiomorfia es la creencia de que una característica
(como el pelo) identifica y ayuda a definir una especie u
orden particulares de la vida animal cuando, de hecho, se
puede encontrar en un grupo más amplio.
Hennig también objetó el procedimiento,
todavía común en la biología, de identificar un agrupamiento
de vida animal sólo por la ausencia de determinadas características.
(Su razonamiento fue aristotélico; en On the Parts of Animals
[Sobre las partes de los animales], Aristóteles escribió que
«no puede haber formas específicas de una negación, por ejemplo,
de sin plumas o sin patas, como hay emplumado o con patas».)
Era la falta de precisión lo que molestaba a Hennig: un animal
emplumado es una cosa (un ave); un animal sin plumas es cualquier
otra cosa (salvo un ave). Los grupos de la naturaleza definidos
por una ausencia de características fueron llamados por Hennig
parafiléticos.
Al llamar la atención sobre los rasgos
parafiléticos, Hennig ayudó a revivir el rigor del que la
taxonomía se enorgullece. Colin Patterson y otros cladistas
transformados han pasado a examinar —y poner en tela de juicio—
la función decisiva que los grupos y especies parafiléticos
desempeñan en la teoría evolutiva. En una charla de 1981 en
el Museo de Historia Natural, Patterson se refirió al tema
de los invertebrados. Los invertebrados constituyen una de
las dos categorías zoológicas generales. El agrupamiento abarca
una enorme y a menudo confusa diversidad de animales, desde
el protozoario unicelular más sencillo hasta insectos, almejas,
gusanos y cangrejos. Todos los escolares aprenden que aquello
que agrupa a esta vasta serie de criaturas bajo un encabezamiento
es la falta de columna vertebral. Los cladistas como Patterson
han preguntado:
¿Por qué agruparlos de esta manera? ¿Qué
función cumple? El problema que surge es éste: el término
invertebrado no tiene una función científica; es demasiado
-nebuloso, demasiado inexacto. (También describe a las fresas
y a las sillas). Lo que sí posee el término invertebrado,
sostienen los cladistas, es una función retórica: permite
la aseveración, que aparece en muchos textos, de que «los
vertebrados derivaron de los invertebrados». Según la lectura
cladística, las últimas palabras del enunciado no contienen
información que no asienten como real las primeras; «los vertebrados
derivaron» simplemente significa que los primeros vertebrados
tuvieron padres sin espina dorsal. Los cladistas transformados
aseguran que «los vertebrados derivaron de los invertebrados»
es una tautología disimulada.
En su charla del museo, Patterson manifestó
que los grupos definidos sólo por rasgos negativos «no existen
en la naturaleza y no pueden trasmitir conocimientos, aunque
así parezca cuando se oye por primera vez». Los biólogos evolucionistas
afirman que los grupos definidos negativamente tienen sentido
y cumplen un cometido; tienden a acusar a los cladistas de
dedicarse a la «prestidigitación verbal», como lo hizo recientemente
un escritor de la revista Science. Sin embargo, Patterson
y sus colegas señalan a los evolucionistas; Patterson, por
ejemplo, ha llamado «vacuos» a los grupos parafiléticos.
Lo que hace la teoría evolutiva, dicen
los cladistas, es realizar afirmaciones sobre algo que no
puede demostrarse con el estudio de los fósiles. Dicen que
el «árbol de la vida» con sus ramas parafiléticas, no es más
que una hipótesis, una conjetura razonable.
Cuando se le preguntó en una entrevista,
Patterson declaró: «No creo que alguna vez tengamos acceso
a un árbol de la vida que podamos llamar real». La siguiente
pregunta fue: «¿Cree entonces que no es real?» El contestó:
«Bueno, no es extraño que venga a preguntarme si lo creo,
como si importara que lo crea o no. Sí, sí lo creo, pero al
decirlo, es obvio que se trata de fe».
Los cladistas no emplean el tiempo en
dar conferencias contra Darwin. A algunos de ellos les agradaría
que todo lo que se habla sobre evolución desapareciera en
silencio. La evolución no es importante para el trabajo que
efectúan. Ese trabajo incluye buscar las características positivas
y verificables de las diversas especies y determinar cómo
encajan todas estas especies en el reino animal, qué modelos
hay en la naturaleza. Su interés está aquí y ahora, no en
cómo empezó todo.
Recientemente pasé algún tiempo con dos
cladistas del personal administrativo del Museo de Historia
Natural de los Estados Unidos. Primero me reuní con Gareth
Nelson, quien en 1982 fue nombrado director del departamento
de ictiología. Nelson es poco más o menos el experto mundial
en anchoas, aunque me dijo que el número de personas que las
estudian (tres o cuatro) es mucho menor que la cifra de especies
de anchoa (hay 150 especies conocidas y Nelson considera que
hay muchas más). Esta disparidad entre la magnitud del «problema»
científico y el número de personas que trabajan en él es algo
habitual en la biología. La mayoría de los legos piensan que
los expertos han hecho estudios exhaustivos, cuando apenas
han arañado la superficie.
Nelson expresó así el problema de la
evolución: «Para comprender lo que realmente sabemos, primero
debemos observar lo que los evolucionistas afirman conocer
con certeza». Dijo que si se toma un texto universitario muy
usado como Vertebrate Paleontology (Paleontología de
los vertebrados) de Alfred Romer, publicado por University
of Chicago Press en 1966 y ahora en su tercera edición, se
encontrarán afirmaciones como «los mamíferos derivaron de
los reptiles». (Muy contadas veces, por lo menos en la bibliografía
actual, se verá la afirmación de que una especie determinada
se desarrolló a partir de otra especie dada). El problema
con postulados generales como «los mamíferos derivaron de
los reptiles», para Nelson, es que los «grupos ancestrales
son artefactos taxonómicos». Estos grupos «no tienen caracteres
únicos», expresó. «No poseen caracteres determinativos y,
por tanto, no son grupos reales». Le pedí a Nelson que citara
algunos de los nombres de estos grupos supuestamente «irreales».
Respondió: invertebrados, peces, reptiles, simios. Según Nelson,
de ninguna manera esto agota la lista de grupos definidos
negativamente. Las aseveraciones que atribuyen linaje a dichos
grupos no tienen un significado real, manifestó.
Inquirí a Nelson sobre el historial
de los fósiles. ¿No sabemos que la teoría evolutiva es verdadera
a partir de los fósiles? Como casi todos, yo pensaba que los
museos de historia natural había resuelto bastante bien las
secuencias de los fósiles, de manera parecida a un museo del
automóvil donde se encuentran los «antepasados» de los autos
contemporáneos colocados uno detrás de otro.
«Comúnmente, con los fósiles todo
lo que se encuentra son unas cuantas tuercas y pernos», dijo
Nelson. «Tal vez un aro de émbolo suelto o diferentes piezas
de un carburador esparcidas o apiladas una encima de otra,
pero no en su orden correcto».
Opinó que se ha dado demasiada importancia
a los fósiles. «Y es fácil comprender por qué», declaró. «Se
hace un esfuerzo absoluto al estudiarlos y se consigue poco.
Por consiguiente, uno se convence de que ese poco debe ser
muy importante. Con peces recientes puedo obtener 10 veces
más información. Así pues, si se emplea todo ese esfuerzo
en los fósiles, hay inclinación a afirmar que la información
vale el décuplo».
Nelson observó que era muy común que
los paleontólogos se tomaran la molestia de desenterrar fósiles
sin darse cuenta de que los animales en cuestión todavía deambulan.
«Digamos que desentierra un escarabajo con antigüedad de 50
millones de años», afirmó. «Parece que pertenece a determinada
familia, pero puede haber 30.000 especies en la familia. ¿Qué
hace usted? ¿Repasar las 30.000? No, simplemente le da un
nombre que suene apropiado, digamos Eocoleopera. Si
es una especie que ha existido durante 50 millones de años,
alguien más tendrá que descubrirlo, porque no hay tiempo suficiente.
Las excavaciones se hacen en las piedras, no se husmea en
las colecciones de escarabajos de los museos».
Le pregunté sobre los fósiles de anchoas.
¿Qué tanto se remontan? «Bien», contestó, «Lance Grande, que
fue alumno aquí recientemente, estudió que todos los fósiles
descritos previamente como anchoas no son anchoas en sí. En
otros términos, quienes los describieron no hicieron un buen
trabajo. Por consiguiente, el historial de las anchoas se
redujo a cero. Sin embargo, había algo en el Museo Británico
de lo que creo que Colin Patterson habló a Grande, algo del
Mioceno en Chipre; tal vez exista desde hace 10 millones de
años. Resultó ser una anchoa el único fósil conocido. Todavía
no se la describe con detalle, pero hay información que indica
que es el mismo tipo de animal que habita actualmente en el
Mediterráneo».
Una o dos semanas después de conocer
a Nelson, hablé con Norman Platnick, un experto en arañas
y coautor con Nelson de un libro reciente publicado por Columbia
University Press titulado Systematics and Biogeography:
Cladistics and Vicariante (Sistemática y biogeografía:
cladística y sustitución).
Las arañas, que datan del período Devónico,
hace 400 millones de años, pertenecen a la clase arácnida
y al phylum Arthropoda. En otras palabras, están entre
los «invertebrados» y no están bien preservadas en el historial
de los fósiles. Se han identificado unas 35.000 especies de
arañas, declaró Platnick, «pero puede haber el triple en el
mundo». Pensaba que había cuatro sistematistas de tiempo completo
que examinaban arañas en los Estados Unidos «y quizá otra
docena que imparte clases en pequeñas universidades y hacen
un poco de investigación» Hay una Sociedad Aracnológica Norteamericana,
con 475 miembros en el mundo, algunos de ellos aficionados.
«La mayor parte de las arañas que analizo
pueden haber sido observadas por dos o tres personas en la
historia», dijo Platnick, y agregó que con toda probabilidad
estaría muerto antes de que alguien volviera a verlas.
Pregunté a Platnick qué se sabía sobre
la filogenia o linaje de las arañas.
«Muy poco», expresó. «Todavía no sabemos
nada sobre eso». No conocemos con certeza, dijo, a qué especie
pertenecía el animal que fue el antepasado de la primera araña.
Todo lo que sabemos de dicho animal es que no era una araña.
Ni siquiera sabemos de los eslabones de la (supuesta) cadena
de 400 millones de años de linaje de las arañas. «Yo nunca
digo que esta araña es un antepasado de esa otra», indicó
Platnik firmemente.
«Lo hace alguien?».
«No tengo noticia de un solo caso en
la literatura moderna en que se afirme que una araña es antepasado
de otra».
Algunas arañas se han preservado bien
en ámbar. Aun así, afirmó Platnick, «contados fósiles de arañas
han sido tan bien preservados como para que se les pueda poner
el nombre de una especie». Luego, añadió: «No se aprende mucho
de los fósiles».
En vista de los comentarios de Platnick
sobre nuestro conocimiento del linaje de las arañas, tuve
la curiosidad de averiguar lo que pensaba del siguiente pasaje
de un texto de biología para enseñanza secundaria, muy conocido,
Life: An Introduction to Biology (La vida: introducción
a la biología), de George Simpson y William S. Beck:
«Un animal no se clasifica como arácnido
porque tenga cuatro o cinco pares de patas en vez de tres.
Se le clasifica en la familia de los Arachnida porque tiene
los mismos antepasados que otros arácnidos y un antepasado
diferente de los insectos durante algunos cientos de millones
de años, como lo atestiguan todas las características variantes
de los dos grupos y el gran número de fósiles representativos
de ambos».
Al oír esto, se retrepó en su silla y
soltó una sonora carcajada.
En este pasaje, Simpson y Beck hacían
un juego verbal que había sido común en la biología evolutiva
desde los cuarenta. Todo lo que sabemos con seguridad es que
hay un grupo de organismos (en este caso arañas) que son identificables
como grupo, ya que tienen ciertas características únicas.
Por ejemplo, tienen hileras para tejer la seda y de este modo
podemos decir que todos los organismos que tienen hileras
son arañas. (También comparten otras características únicas).
Si queremos explicar por qué miles
de miembros de un grupo tienen características singulares
en común, esa es otra cuestión. Si queremos, podemos dar por
cierto un antepasado común teórico en la araña primitiva,
la cual trasmitió rasgos de araña a todos sus descendientes.
Eso es precisamente lo que hizo Darwin en On the Origin
of Species (Sobre el origen de las especies). No obstante,
Simpson y Beck hacen algo muy distinto. Aseguran que la composición
de la clase Arachnida se determinó analizando no las características
de las arañas, sino sus líneas ancestrales. Sin embargo, esa
genealogía es desconocida para la ciencia, no sólo en lo que
toca a las arañas, sino a todos los grupos de organismos.
El punto subrayado por los cladistas
de este: a menos que conozcamos las relaciones taxonómicas
de los organismos —aquello que hace a cada uno único y diferente
del otro— no es posible adivinar las relaciones ancestrales.
Las cosas de la naturaleza aquí y ahora deben clasificarse
de acuerdo con sus relaciones taxonómicas antes de que sea
posible ponerlas en un árbol genealógico. Las especulaciones
de los evolucionistas («¿Tienen X y Y un antepasado común?»)
deben estar subordinadas a los hallazgos de los taxonomistas
(«X y Y tienen características no compartidas por algo más»).
Si los fósiles tuviesen adjunta su genealogía, este método
laborioso de comparación sería innecesario, pero no la tienen.
Un motivo por el que muchos legos aceptan
fácilmente la evolución como un hecho es que han visto la
famosa «secuencia del caballo» reproducida en los libros de
texto. La secuencia muestra un incremento gradual en el tamaño
del caballo al pasar el tiempo; es muy preciada por los escritores
de textos, en gran parte porque se exhibe en el Museo de Historia
Natural de los Estados Unidos. Por razones obvias, los miembros
del personal del museo se sienten incómodos al dejar constancia
de la secuencia del caballo, pero cuando en una ocasión le
preguntaron a Niles Eldredge, en el departamento de invertebrados
en el museo y coautor, con Stephen Jay Gould, de la teoría
de la evolución de los «equilibrios acentuados» (los organismos
permanecen intactos durante millones de años, luego cambian
rápida y no gradualmente como pensó Darwin), manifestó:
«Hay un cúmulo de opiniones, algunas
más imaginativas que otras, sobre cuál es realmente la naturaleza
de esa historia [de la vida]. El ejemplo más famoso, todavía
en exhibición en la planta baja, es la exposición sobre la
evolución del caballo preparada quizá 50 años atrás. Se ha
presentado como la verdad literal siempre. Ahora considero
que es lamentable, particularmente cuando los que proponen
esa clase de historias, pueden ser conscientes de la naturaleza
especulativa de parte de ese material.»
Cuando mencioné el tema a Platnick, comentó
que, a su juicio, los fósiles de los caballos no habían tenido
hasta ahora una clasificación adecuada ni se les había estudiado
exhaustivamente. Quise saber si Platnick creía que la evolución
había acontecido. Afirmó que sí y que la evidencia se encontraría
en la estructura jerárquica existente de la naturaleza. Por
así decirlo, todos los organismos pueden colocarse en un conjunto
de «casillas». La casilla marcada «gacelas» entra en la casilla
más grande de «ungulados» (animal con pezuñas), que entra
en la casilla «mamíferos», ésta en la casilla «tetrápodos»
(animales de cuatro patas), la cual entra en «vertebrados».
La gran tarea de la taxonomía, dijo Platnick, es describir
esta secuencia jerárquica con precisión, y en particular definir
los rasgos que delimitan a cada «casilla».
Platnick no puede responder si la taxonomía
algún día completará todos los espacios en la secuencia. Un
problema, afirmó, es la escasez de taxonomistas. Los subsidios
para investigación se han destinado cada vez más a los estudios
moleculares y bioquímicos; el resultado es que el apoyo a
la taxonomía en muchas instituciones, apuntó, se ha «marchitado».
Quise averiguar la opinión de las personas
del otro bando —los biólogos y paleontólogos evolucionistas—
sobre lo que dicen los cladistas. Primero fui a los estantes.
En su libro de 1969 The Triumph of the Darwinian Method(El
triunfo del método darviniano), Michael T. Ghiselin, uno de
los más grandes admiradores de Darwin, parece aceptar a los
cladistas (o intentar hacerlo) cuando escribe:
«En lugar de buscar modelos en la naturaleza
y determinar que debido a su claridad parecen importantes,
descubrimos los mecanismos fundamentales que imponen orden
en los fenómenos naturales, veamos o no ese orden, y después
inferimos la estructura de nuestro sistema de clasificación
de esta interpretación».
Luego abrí Hen’s Teeth and Horse’s
Toes (Los dientes de la gallina y los dedos de la pata
del caballo), volumen de ensayos sobre historia natural de
Stephen Jay Gould. «Ningún debate en la biología evolutiva
ha sido más intenso durante la última década que las impugnaciones
planteadas por los cladistas contra los esquemas de clasificación
tradicionales», escribe Gould. No simpatiza con la cladística
(«Sus principales exponentes en los Estados Unidos se cuentan
entre los científicos más belicosos que he visto»), pero en
su ensayo «De existir tal cosa ¿qué es una cebra?» reconoce
que «detrás de los nombres y el carácter malicioso hay un
importante conjunto de principios». Advierte que una taxonomía
estricta eliminaría los grupos como los de simios y peces.
Sin embargo, cuando los cladistas llegan a esto, «muchos biólogos
se rebelan y con toda razón, pienso yo». Como su colega de
Harvard, Edward O. Wilson, Gould opta por la «idea ciertamente
vaga y cualitativa aunque no por eso carente de importancia,
sobre la similitud general» de forma.
Decidí que sería buena idea hablar con
un científico que tuviera una firme convicción en la teoría
evolutiva. Viajé a Boston para encontrarme con Richard
C. Lewontin, un genetista, ex presidente de la Sociedad
para el Estudio de la Evolución, un reconocido escritor sobre
la ciencia y actual profesor de zoología en Harvard. Yo había
visto una cita de Lewontin que se utilizó de epígrafe en un
libro de Douglas Futuyma llamado Science on Trial (La
ciencia enjuiciada). La cita, rezaba: «La evolución es un
hecho, no una teoría... Las aves se derivan de no aves, los
humanos se derivan de no humanos».
Pregunté a Lewontin respecto a estas
afirmaciones. Los cladistas las desaprobaron, dije.
Se detuvo un instante y exclamó: «Esas
son declaraciones muy débiles, convengo». A continuación hizo
uno de los enunciados más claros sobre la evolución que yo
haya oído. Expresó: «Esas aseveraciones brotan sencillamente
de la afirmación de que todos los organismos tienen progenitores.
Es una afirmación empírica, creo, que todos los organismos
vivos tienen organismos vivos como progenitores. La segunda
afirmación empírica es que hubo una época en la Tierra cuando
no existían los mamíferos. Ahora bien, si reconoce esas dos
afirmaciones como empíricas, aquélla que dice que los mamíferos
surgieron de no mamíferos no es más que una conclusión. Es
la deducción de dos afirmaciones empíricas. Sin embargo, es
todo lo que quiero decir al respecto. No se puede hacer una
aseveración empírica directa de que los mamíferos surgieron
de los no mamíferos».
Lewontin había hecho lo que me parecía
una deducción, una deducción de materialista. «El único problema
es que parece basarse en evidencia derivada de los fósiles»,
mencioné. «Sin embargo, los cladistas dicen que no poseen
realmente ese tipo de información».
«Desde luego que no la tienen», expresó
Lewontin. «De hecho, el material que he escrito sobre el creacionismo,
que no es mucho, siempre ha hecho hincapié en eso. Es enorme
el peso de la evidencia empírica acerca del universo que dice
que, a menos que se invoquen causas sobrenaturales, las aves
no pudieron formarse de barro por procesos naturales. Bien,
si las aves no pudieron formarse de ese modo, entonces tuvieron
que derivarse de no aves. La única alternativa es decir que
surgieron del barro, porque el dedo de Dios tocó dicho barro.
Eso quiere decir que hubo un proceso no natural. Y es realmente
allí donde está la acción. Uno piensa que los organismos complejos
se formaron mediante fenómenos no naturales o que aparecieron
por fenómenos naturales. Si su caso es ese último, tuvieron
que evolucionar y eso es todo. Esa es la única afirmación
que hago».
Se estiró para tomar una copia de su
libro de 1982, Human Diversity (Diversidad humana)
y dijo: «Mire, soy una persona que afirma en este libro que
nada sabemos de los antepasados de la especie humana». (En
la página 163 escribe:
«A pesar de las afirmaciones entusiastas
y optimistas que han hecho algunos paleontólogos, no puede
establecerse una especie homínida fósil como nuestro antepasado
directo...»). «Todos los fósiles que se han desenterrado y
que se asevera que son antepasados, no tenemos la menor idea
de si realmente lo son...» Se puso de pie y comenzó a anotar
en la pizarra. «Todo lo que se tiene es el Homo sapiens
ahí, está ese fósil acá, se tiene otro fósil allá..,
he aquí el tiempo... y uno tiene la opción de trazar las líneas,
ya que no creo probable que cualquiera de ellas represente
el antepasado directo de la especie humana. Empero ¿cómo se
sabría que es ése?
«La única manera de saber si algún fósil
es el antepasado directo, es que resulta tan humano que es
humano. Aquí hay una contradicción. Si es lo bastante diferente
de los humanos para ser interesante, entonces no se sabe si
es un antepasado o no. Si es lo bastante similar para ser
humano, entonces no es interesante».
Lo que me impresionó del argumento de
Lewontin fue lo mucho que dependía de su premisa de que todos
los organismos tienen padres. En cierto sentido, su argumento
incluye la afirmación de que la teoría evolutiva es cierta.
Lewontin sostiene que su premisa es «empírica», pero esto
es así sólo en el sentido (seguramente importante) de que
por, cuanto sabemos, nunca ha sido falsificada. Nadie jamás
ha encontrado un organismo que se sepa carente de progenitores
o de un progenitor. Esta es la evidencia más sólida en favor
de la evolución.
Nuestra opinión o «creencia» de que «todos
los organismos tienen progenitores» básicamente surge de nuestra
aceptación de la filosofía del materialismo. Nos es difícil
entender (hasta el momento el materialismo ha sido el hábitat
natural del pensamiento occidental) que esta filosofía no
fuera siempre aceptada. En uno de sus ensayos sobre historia
natural reproducido en Ever Since Darwin (Desde Darwin),
Stephen Jay Gould indica que Darwin aplazó la publicación
de su teoría de la evolución por selección natural porque,
tal vez inconscientemente, aguardaba a que el clima de materialismo
estuviera más firme. En su M Notebook (Cuaderno M)
de 1938, Darwin escribió: «Para evitar hablar de hasta qué
punto creo en el materialismo, diré sólo que las emociones,
instintos, grados de talento que son hereditarios lo son porque
el cerebro del hijo se parece a la estirpe del progenitor».
Darwin se percató de que el clima había cambiado —que la evolución
estaba «en el aire» en 1858 cuando lo desconcertó un trabajo
de Alfred Russel Wallace, donde esquematizaba una teoría del
mecanismo de evolución muy parecida a la suya.
La teoría de la evolución nunca ha sido
falsificada. Por otra parte, también es cierto que la evidencia
positiva de evolución es mucho más débil de lo que imaginan
la mayoría de los legos, y que muchos científicos quieren
que imaginemos. Tal vez, como dice Patterson, esa evidencia
positiva no existe en absoluto. ¡Qué pena! Parece que la mente
humana encuentra que, en conjunto, esa incertidumbre es intolerable.
Casi todos quieren certeza de una forma (Darwin) u otra (la
Biblia). Sólo los agnósticos evolucionistas como Patterson
y Nelson y los demás cladistas parecen dispuestos a vivir
con la duda. Con seguridad, esa es la única perspectiva verdaderamente
científica.
Publicado en el nº 387 de Nuestro Tiempo
Edición autorizada de arvo.net |