| Por JOSEP IGNASI SARANYANA
"España ha dejado de ser católica", decía Manuel Azaña en octubre de 1931. Según Azaña, tras alcanzar la separación entre Iglesia y Estado, y abandonar los caducos planteamientos culturales del catolicismo, España había entrado finalmente en la modernidad. Ahora, por el contrario, y desde distintas tribunas, se reclama la condición cristiana de Europa. Ahí están Gianni Vattimo, en "La Repubblica"; Jacques Le Goff, en "Libération"; René Girard, en "La Vanguardia", y un largo etcétera. Los planteamientos no son concordes, ni parten de las mismas premisas, pero todos concluyen en términos parecidos, al menos formalmente.
Están de acuerdo en que el cristianismo o los valores cristianos constituyen el fundamento irrenunciable de la cultura europea. Coinciden en que nuestro universo mental (el que tenemos, el que lamentamos, el que hemos perdido o el que buscamos) está fundado en el cristianismo. Se le considera elemento de cohesión cultural; forma de vida irrenunciable, destilada en el alambique de los siglos; sistema educativo que forma buenos ciudadanos; o revelación divina de lo que realmente el hombre es. En todo caso, la religión cristiana se contempla como factor positivo y valioso.
Por contraste, la autoinmolación de algunos fundamentalistas islámicos reaviva la vieja y manida objeción ilustrada según la cual la religión conduce al fanatismo. Pero las cosas no son tan simples. Se olvida que no todas las formas religiosas son iguales. Juan Pablo II, con los líderes religiosos reunidos en Asís, condenaba hace dos meses la justificación de cualquier violencia en nombre de la religión.
Uno de los principios cristianos en que se basa nuestra cultura es el mandato "no matarás". La vida es de Dios. Otro principio es perdonar "setenta veces siete" al que se arrepiente. La paradoja pascual consiste, precisamente, en que la injusta muerte del Inocente vence con la vida y el amor, y no con la venganza.
Las cruzadas y las guerras de religión constituyen un escándalo innegable. Y suponen, además, un importante motivo de reflexión en el diálogo ecuménico e interreligioso. Juzgar el pasado es difícil, pues es difícil vivir con coherencia en cualquier época.
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J.-I. SARANYANA, Barcelona (1941). Profesor Ordinario de Historia de la Teologia. Doctor en Filosofia y Letras (Filosofia) y Doctor en Teologia. Director del Instituto de Historia de la Iglesia. Director de la revista "Anuario de Historia de la Iglesia". Del Pontificio Comite de Ciencias Historicas (Ciudad del Vaticano). Universidad de Navarra
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