Por Ramón Pi
En Revista ÉPOCA, julio 2003
RELEÍA estos días algunos artículos de Julio Camba, publicados en Abc durante la II República. En uno de ellos, titulado “El temperamento católico”, polemiza con El Socialista, que le había atacado atribuyéndole una especie de crisis mística y sacando conclusiones descalificadoras. Entre otras cosas, dice el maestro Camba: “En una palabra, amigos míos, que no me he hecho católico. Lo que pasa (...) es que me he enterado de que lo soy. Sí, señores. Me he enterado de que soy católico y de que nuestra civilización es una civilización católica, y de que, excepto algunos judíos que no irán nunca a la sinagoga, todos los españoles somos católicos, aunque lo ignoremos y no pongamos jamás los pies en una iglesia. No es materia de convicción. Es, por decirlo así, materia de temperamento”.
Es obvio que Camba habla de un catolicismo cultural, histórico; habla de una mentalidad forjada en el catolicismo, como en el conjunto de Europa es correcto hablar de una mentalidad acuñada en el cristianismo, sea católico, ortodoxo o protestante. Camba también tiene algunos artículos dedicados a esto, que publicó para poner de relieve el sectarismo de los que, so capa de aconfesionalidad del Estado, en realidad mantenían entonces una actitud abiertamente sectaria antirreligiosa, y en España, concretamente, anticatólica. Yo añado ahora que hoy, como ayer, el célebre diagnóstico de Unamuno cuando decía que los españoles siempre vamos detrás de los curas, con un cirio o con una estaca, es la expresión clara de que la mentalidad católica está presente en unos y otros.
Desde el Papa Juan Pablo II hasta innumerables organizaciones y movimientos religiosos y culturales reclaman que en el preámbulo de la llamada Constitución Europea se mencionen explícitamente las raíces cristianas de Europa, aunque sólo sea para no perder nuestras señas históricas colectivas de identidad. Recordemos una vez más la frase del cardenal Lustiger, judío converso y hoy arzobispo de París: “De seguir así, dentro de poco será muy difícil explicar a los niños por qué Europa está sembrada de campanarios”. Europa tiene raíces cristianas innegables, evidentes, profundas, y sólo se puede negar esto por ignorancia (que los redactores del borrador no tienen), o por mala fe (que quiero suponer que tampoco albergan), o, lo más probable, por miedo a exhibir unas contradicciones insoportables entre nuestras raíces y las legislaciones frontalmente anticristianas que grupos muy agresivos y sectarios tratan de imponer en materia de familia, de respeto a la vida de los inocentes o a la dignidad esencial de todas las personas por el hecho de pertenecer a la estirpe humana.
El señor Giscard d'Estaing y los que piensan como él quieren pasar a la historia como próceres de la nueva Europa, pero me temo que se les recordará como unos insignes cobardes, incapaces de sobreponerse al discurso irracional de la “corrección política”. Hijos de su tiempo, están infectados por el virus del relativismo, que no reconoce raíces ni cosa que se les parezca. Aún es tiempo de enmendar este error, que es de los que acaban pasando una alta factura.
Ramón Pi.
ramonpi@intereconomia.com
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