| Editorial de ABC
17.02.2002
DECÍA con razón el filósofo Xavier Zubiri que Europa se construye sobre la base de cuatro fundamentos: la filosofía griega, el Derecho romano, la religión cristiana y la ciencia moderna. No es preciso acumular argumentos: no hay Europa sin el aliento espiritual y cultural que proporciona el Cristianismo. Todos los intérpretes de la realidad histórica del Viejo Continente insisten en ese planteamiento, porque Europa está impregnada desde su raíz por la religión común. Las palabras del Papa en su histórica intervención ante el Parlamento italiano cobran así una dimensión que sólo la verdad profunda puede alcanzar.
Es cierto que el mundo occidental ha conocido un proceso de secularización del poder político que no tiene precedentes. Por fortuna, ninguna religión tiene ahora carácter oficial y se garantiza la libertad de creencias y el derecho a no ser discriminado por ese motivo. Pero esto no se traduce en una sociedad ajena a la moral cristiana o indiferente ante los valores trascendentes. Las palabras de la ministra de Asuntos Exteriores, Ana Palacio (Europa como «club laico») van más allá de lo necesario a la hora de defender una posición coyuntural. En muchas ocasiones conviene medir con sumo cuidado las grandes frases, porque la carga simbólica del lenguaje político suele llevarlas más allá de la voluntad de quien las pronuncia.
Del debate actual se siguen dos consecuencias relevantes. Por una parte, parece aceptable que se incluya en la futura Constitución alguna referencia a los valores que impregnan la idea de Europa aunque su lugar natural debiera ser quizás el preámbulo y no el texto articulado. Dejar de mirar o hacer de menos. o más bien de nada, a esas raíces no va a hacerlas desaparecer de la noche a la mañana.
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