Por Luis SUÁREZ FERNÁNDEZ
de la Real Academia de la Historia
En ABC, 13.08.2002
CONCLUIDA la primera presidencia de España en esa comunidad que forma ya Europa, se imponen dos reflexiones muy fuertes en relación con este acontecimiento. Medio siglo no ha sido suficiente para perfilar lo que debe ser Europa, pero ha bastado para que, en la conciencia de la inmensa mayoría de los europeos se haya abierto paso la convicción que Schuman, De Gasperi y Adenauer alcanzaron: es imprescindible, para la salud del mundo, que Europa llegue a ser. Y en estos seis meses de la preceptiva presidencia española -un trámite ordinario- algunos pasos importantes se han dado, con preferencia en el terreno de la convicción y del sentimiento. Antes de construir el edificio es imprescindible adquirir la firme resolución de que queremos hacerlo.
Los historiadores podemos contribuir, de alguna manera, a la formación de esa conciencia. A menudo nos preguntamos por la identidad de Europa y rehuyendo la fácil respuesta de un espacio y unas estructuras económicas tenemos que referirnos a una forma de ser, acuñando, de esta manera, el término europeidad, que es el modo de comportamiento cultural que establece la diferencia con otros existentes en el mundo. Recurriendo a Toynbee, que escribía también desde la experiencia dolorosa de la Segunda Guerra, hemos de definirla como un «campo histórico inteligible». En él se produjo la síntesis de tres patrimonios heredados: el antropocéntrico de la helenidad, que permite descubrir al hombre en su esencia, la jurisprudencia romana, que hace de ese individuo persona implicada en deberes, y la trascendencia de raíz judía que permite descubrir de qué modo esa persona se realiza saliendo de sí misma hacia el mundo, hacia el otro y, en definitiva, hacia Dios. Hoy no está de moda referirse a Dios, pero Europa lo hizo sin ambages durante mucho tiempo, ya que, a fin de cuentas, «nuestras vidas son los ríos», como nos recordaba aquel joven poeta a quien alcanzó una flecha delante del castillo de Garci Muñoz.
Mientras, con terribles trabajos, en medio de las ruinas que dejara tras de sí el Imperio romano, se estaba produciendo esa síntesis, el Islam provocó un cambio decisivo: el Mediterráneo, hasta entonces eje de unidad, pasó a ser una mar de barrera. Y la Cristiandad romana hubo de preguntarse por su identidad. Intentaron dar respuesta tres autores distintos: Beda «el Venerable» pronunció por primera vez la palabra Europa; pocos años después, un anónimo monje mozárabe que vivía bajo la ocupación militar musulmana, se llenó de alborozo al recibir la noticia de que los «europenses» de Carlos Martel habían vencido en la batalla de Poitiers; y comenzando el siglo IX otro escritor áulico llamó a Carlomagno «padre de Europa». Hemos de convenir pues, que, en sus orígenes, Europa pasó a identificarse con ese espacio que proyectaba hacia Occidente un territorio abrazado por el Mediterráneo y el Atlántico en el que el centro era ya la tierra, no el mar.
Muy pronto, al despertar la conciencia de su identidad, los europeos dieron preferencia al contenido sobre el Continente y así se refirieron a Europa como a la Cristiandad, pues tal era signo de identidad, modo de ser, dimensión para pensar. El término preferido fue, sin embargo, «Universitas christiana». En la Edad Media la palabra universidad significaba comunidad humana en la que se hallaban insertos cuantos compartían una identidad de modo natural, y así había universidades de mercaderes, lo mismo que los maestros y alumnos que frecuentaban un determinado Estudio general eran considerados como formando una Universidad.
Ahora bien, esa Universidad cristiana era plural. Cuando a principios del siglo XV, pesando mucho la herencia romana recobrada, el Concilio de Constanza se preguntó por tal identidad afirmó de una manera natural que venía a estar formada por cinco naciones que, en relación con su vinculación romana, guardaban este orden: Italia, Alemania, Francia, España e Inglaterra. Y, a la hora de votar, se asignó un voto a cada una de las cinco. No cabe duda de que los universitarios, que ejercían en aquel Concilio un claro predominio, estaban evocando la memoria de la antigua Roma. Antes de que se produjera la ruptura definitiva, Diocleciano ya había reconocido la existencia de esas diócesis (formas de convivencia) que permitían conjugar la unidad de derecho, cultura y pensamiento, con la pluralidad. Y las cinco naciones habían permanecido como las grandes entidades, aunque no fuera imprescindible una estructura política unitaria. Ni Italia ni Alemania formaban unidad política y en cuanto a España y a Gran Bretaña se veían a sí mismas como confluencia de varios reinos.
El uso del latín como lengua sabia permitió conservar, hasta muy avanzado el siglo XVIII, la unidad profunda en el saber. Todavía Newton escribe en latín, para que de este modo sus descubrimientos alcancen valor universal. La política había introducido muy pronto factores de discordia. Si tuviéramos que referirnos a la fatigosa serie de «guerras europeas» habríamos de remontarnos hasta aquella mañana del domingo 27 de junio de 1214, en Bouvines. Suceso luctuoso, sí. Pero al año siguiente surgió la Carta Magna. Quiero decir con esto, que los dos ejes de la Historia de Europa, el de la construcción y el del enfrentamiento, se encuentran inseparablemente implicados. No tenemos derecho a olvidar el segundo, profunda lección sobre lo que debería evitarse, pero hemos de poner preferente atención sobre el primero. Pues Europa ha sido maestra de pueblos y es mucho lo que la Humanidad le debe.
Las naciones están ahí: Europa es Dante, Goethe, Molière, Shakespeare y Cervantes, para buscar únicamente unos cuantos nombres que implican una pléyade tan numerosa como la de las estrellas del cielo. No tenemos otra. Pero ésa es de tanto valor que, si faltase, la cultura universal sería una especie de cascarón vacío. Fue el cristianismo quien realizó la síntesis entre las tres raíces patrimoniales, descubriendo para el hombre los dos valores fundamentales del libre albedrío y de la capacidad racional para un conocimiento que no se detiene en la observación y experimentación -aunque en ambas hayan destacado los europeos más que ninguno- sino que alcanza también el universo de las ideas, allí donde se pueden descubrir la bondad, la belleza y la justicia.
Hemos de asumir la «europeidad» patrimonio plural de esas cinco naciones iniciales, no tanto como un derecho sino como una obligación. Burckhardt lo advertía. Cada generación recibe un patrimonio y ése es el nuestro: podemos cometer cualquiera de los dos errores, anquilosarnos en él diciendo que nada debe ser cambiado, o destruirlo afirmando por el contrario que todo ha de ser nuevo. Los pueblos que aciertan son aquéllos que reciben la herencia como un capital que debe ser invertido para producir con él nuevos bienes. Sí, como en la parábola de los talentos.
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