Por Pedro Rodriguez
La Iglesia de Jesucristo tiene ciertamente esa única misión en todas las partes del planeta, pero estas Iglesias y los hombres y las mujeres que las integran tienen en Europa su “localización” y su vida. La Iglesia de Cristo que actúa en nuestras tierras europeas tiene una larga e intensa historia tras de sí, vivida en esta Europa cuya identidad, futuro y misión querríamos contribuir entre todos a construir. Las concretas Iglesias locales europeas tienen, en las distintas naciones, la responsabilidad de hacer esa contribución y de comprometerse para que Europa recobre, con aliento cristiano, su identidad y su unidad.
El Cristianismo y la identidad de Europa
¿Cuál es la identidad de esta Europa que queremos construir? Se trata de una cuestión sumamente compleja, que debe ser respondida desde distintos ángulos y en diversos niveles. Pero resulta indudable que, se mire desde donde se mire, la Iglesia y el Cristianismo aparecen siempre en la respuesta, implicados de manera insoslayable.
Lo ha advertido repetidamente Juan Pablo II . Traigo a colación dos textos suyos muy significativos. El primero pertenece al célebre discurso de Santiago de Compostela (9.XI.1982): “La identidad europea es incomprensible sin el Cristianismo: en él se encuentran precisamente esas raíces comunes que han hecho crecer y madurar la civilización del Viejo Continente, su cultura, su dinamismo, su interdependencia, su capacidad de expansión constructiva también en los otros continentes”. Es evidente que aquí no estamos ya ante una cuestión de análisis teológico acerca del ser y misión de la Iglesia en la humanidad. Aquí se mantiene una tesis histórica acerca de Europa y de las raíces que la configuran como una unidad histórica. Esta interpretación podrá ser discutida, pero en todo caso ha suscitado una gran atención y amplio consenso en muy variados círculos culturales. Para el Papa, sin el Cristianismo no se entiende la cultura, el dinamismo, la capacidad de expansión constructiva que Europa ha tenido también en los otros continentes.
La consecuencia es clara: a propósito de Europa los cristianos europeos decimos: res nostra agitur (“es algo nuestro”). Podríamos agregar: cuando hablamos y tratamos de Europa, las Iglesias y los cristianos europeos nos referimos a algo nuestro no sólo por el hecho de ser españoles, italianos o alemanes, sino precisamente en cuanto cristianos. El tema de Europa es algo que afecta profundamente al cristiano porque esta Europa no es comprensible sin el dinamismo provocado por la propia Iglesia en el continente europeo al
realizar su misión apostólica. En este sentido, la aspiración de los cristianos en Europa —latente en la expresión de Juan Pablo II — sería la contrapartida: que, a su vez, los europeos no cristianos pudieran también decir, a propósito del Cristianismo: res nostra agitur .
Las palabras del segundo texto (5.X.1982) fueron dirigidas al Consejo de las Conferencias Episcopales Europeas. Juan Pablo II aseguraba entonces: “El ateísmo europeo es un desafío que se comprende sólo en el horizonte de la conciencia cristiana; es más una rebelión frente a Dios y una infidelidad a Dios que una simple negación de Dios”.
Es bien sabido que este ateísmo, con su radical secularización de la cultura, se autopresenta también como alternativa para la comprensión de la identidad histórica de Europa. Pero, en todo caso, la alternativa del ateísmo y sus filiales a la hora de la comprensión de la cultura europea ha de ser valorada teniendo en cuenta la sagaz observación del Papa. No es un ateísmo, por así decir, surgido de un neutral análisis de los datos de la cultura, sino que el ateísmo concreto (tanto el que parecía caer con el muro de Berlín, como el típicamente “occidental”) es una postura que se forja en el horizonte de la conciencia cristiana y no una negación de Dios externa al Cristianismo. Es, diríamos, un “problema” del Cristianismo. El diagnóstico de Juan Pablo II se ha sostenido desde los más diversos horizontes de reflexión, no sólo católicos, sino también desde la analítica protestante, comenzando por Kierkegaard . Por eso he dicho antes que la tesis de las raíces cristianas de la cultura europea es difícilmente rebatible, aunque quepan diversas interpretaciones del sentido de esa radicación.
Todo esto sitúa a las Iglesias implantadas en Europa y a los cristianos europeos en una peculiar situación. En efecto, la misión que la Iglesia tiene en el mundo entero —anunciar y realizar el Evangelio de Jesucristo — está modalizada en Europa por una responsabilidad especial, puesto que aquí la Iglesia, humanamente hablando, culturalmente hablando, está —podríamos decirlo así— implicada en el problema europeo. Es cierto que la Iglesia no puede desentenderse —en ninguna parte— de nada humano, porque nada humano le es ajeno: el hombre es, precisamente, el camino de la Iglesia, según la expresión que ha hecho célebre Juan Pablo II desde su primera Encíclica (1). Pero, con todo, la Iglesia y los cristianos europeos estamos metidos, de una manera muy peculiar —desde dentro y desde su origen—, en este asunto que se llama Europa.
Una anotación, a este propósito, sobre la Sede Romana. No hay duda de que el Papado como institución y la Sede Apostólica son dimensiones “mundiales” de la Iglesia de Cristo, que es universal y particular a la vez. Pero es igualmente indudable que, como institución histórica, el Papado es no sólo la más antigua institución europea, sino la que ha ofrecido siempre a Europa una conciencia de unidad y, sobre todo en determinadas épocas, un esquema de comprensión de esa unidad. Esto explica que la Santa Sede, cuyo punto de mira es la universalidad de la Iglesia, tenga mucho que decir acerca de Europa y una peculiarísima tarea que realizar en Europa, pues, desde el punto de vista histórico, es una institución cultural europea fundamental.
Algo semejante hemos de decir de las Iglesias locales (pienso también en las Iglesias y comunidades ortodoxas y protestantes). Los cristianos somos corresponsables de lo que aquí ha pasado y pasa: los cristianos hemos tenido buena parte de la culpa o del mérito de esta amalgama de realidades y situaciones que se llama Europa. Y, por tanto, la Iglesia y los cristianos en Europa —ahora, nuestra generación— tenemos la grave responsabilidad de contribuir a que la cultura europea (cultura en el sentido fuerte y abarcante del término) vaya por unos caminos dignos del hombre y dignos del patrimonio que Europa puede y debe ofrecer a las naciones en el concierto mundial.
La misión de los cristianos en el mundo
¿Cuál sería entonces la contribución de la Iglesia a la Europa del tercer milenio? Para responder, querría echar mano de una fundamental doctrina de la Constitución Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II. Esta importante Constitución se planteó de una manera temática —y amigable— la relación recíproca de la Iglesia con el mundo contemporáneo. La relación —se dice allí— es mutua: la Iglesia puede y debe prestar una gran ayuda a este mundo en cuanto mundo (en cuanto se construye con arreglo a sus propios fines) y, a su vez, la Iglesia puede recibir de este mundo ayuda para el cumplimiento de su propia misión. Este peculiar enfoque lleva a nuestro documento a exponer la tarea de la Iglesia desde la inteligibilidad que esa tarea tiene para la humanidad como tal, sea cristiana o no cristiana, creyente o no creyente. La Parte I, titulada “La Iglesia y la vocación del hombre”, señala bien el marco de comprensión en que se mueve el documento: cómo la Iglesia ayuda al hombre precisamente a realizarse como hombre, en la dignidad de su persona, en su actividad, en la comunidad humana.
Los “problemas más urgentes” que se abordan en la segunda parte del documento concretan adónde apunta el mensaje de la Constitución: matrimonio y familia, cultura, vida económica, vida política, la paz y la guerra, la comunidad internacional. En todos estos campos hay heridas y lacras en la humanidad, y la Iglesia, “experta en humanidad”, como dijo ante la ONU Pablo VI (2), sabe que puede descubrir al hombre, tantas veces oprimido y maltratado, su verdadera dignidad. De ahí que la Iglesia, con Gaudium et Spes en la mano y bajo la guía de Juan Pablo II , sea hoy en el mundo la gran defensora de los derechos inviolables del ser humano, desde su concepción hasta su muerte.
Es interesante notar que ha sido la propia Gaudium et Spes la que ha explicado con claridad que ése no es el centro ni el principal contenido de la misión de la Iglesia. El centro está en otro sitio, como leemos en el n. 40 del documento (3): la finalidad de la Iglesia —se dice allí— es “escatológica y de salvación”. Una finalidad, pues, que trasciende a este mundo y que sólo podrá alcanzarse en la otra vida. Así de claro. Por eso la misma Constitución explicará inmediatamente después, con lenguaje más sencillo, que la misión propia, específica, que Cristo encomendó a su Iglesia, “no es de orden político, económico o social”; el fin que le asignó es de “orden religioso” (4). Quiere decir esto que la Iglesia, si bien camina en la historia con las naciones y las ayuda incluso en el terreno humano, posee una misión que apunta siempre a una finalidad y a una felicidad que trascienden a los logros históricos del hombre. De ahí que la verdadera contribución de la Iglesia al mundo no consista en aportarle una especie de suplemento de valores éticos que necesita para “funcionar” mejor como sociedad humana.
Aun siendo esta aportación realmente crucial en nuestro momento histórico, el verdadero servicio de la Iglesia al mundo es el puro y desnudo anuncio de la salvación del hombre y del perdón de sus pecados por la Cruz y la Resurrección de Jesucristo . Ese anuncio, en el que se revela “el misterio de Dios”, implica la revelación del “misterio del hombre” —como dice la propia Constitución (5)— y trae consigo, por tanto, como exigencia insoslayable para la propia Iglesia, esa batalla por la dignidad del hombre de la que hemos hablado. Pero la Iglesia —no insistiremos bastante en ello— es mucho más que ese suplemento de ética que necesita la sociedad. La misión de la Iglesia es anunciar la salvación total, que el hombre, con ética o sin ética, es incapaz de darse a sí mismo. La salvación es don gracioso de la misericordia de Dios. Es Jesús quien salva al hombre por el gran poder de la misericordia de Dios , no el hombre quien se salva a sí mismo a partir de sus recursos éticos, por lo demás tan empobrecidos, que la Iglesia ha de recordarlos y esclarecerlos una vez y otra.
Por otra parte, sólo en el anuncio del misterio de Dios se esclarece la dignidad del hombre y no a la inversa. Y muchas veces tenemos la tentación de proceder a la inversa. Existe, en efecto, el riesgo de que “el mundo contemporáneo” haga creer a los cristianos que la Iglesia es un factor de la sociedad misma, como el sector especializado en caridad social y cuestiones de generosidad ética: una mezcla de Cruz Roja, Unesco y Unicef. Se trata de una trampa en la que no hay que caer.
Pero dicho esto —que la Iglesia tiene un fin escatológico y de salvación, que su misión no es de orden político, social o económico, sino de orden religioso y, por tanto, trascendente (también en el sentido de que trasciende a las culturas mismas)—, resulta evidente que toda la Gaudium et Spes está dirigida a que los cristianos primero, y también todos los hombres de buena voluntad, comprendan que de esa misión religiosa de la Iglesia deben fluir al mundo luces y energías que contribuyan a que la sociedad humana se constituya y se afiance en su verdadero bien común (6). De ahí las variadísimas iniciativas promovidas por la Iglesia en servicio a la sociedad, sobre todo de los más necesitados, iniciativas que son “las obras de misericordia” predicadas por < b>.
Vemos así cómo la esencial y trascendente finalidad escatológica de la Iglesia no la distancia de las preocupaciones del mundo, sino que, por el contrario, exige de ella una entrega a la caridad y a la justicia que se proyectan necesariamente en el orden de la familia, de la cultura, de la política, de la vida internacional, contribuyendo así a que el hombre pueda vivir con arreglo a su dignidad de hombre.
En esta doctrina proclamada por el Concilio Vaticano II profundizó el Sínodo de los Obispos de 1974 sobre la evangelización, cuyo relator fue precisamente el cardenal Woytila , y fue desarrollada en la Exhortación postsinodal Evangelii Nuntiandi , que explicó muy bien cómo no hay contraposición entre ambas dimensiones de la misión de la Iglesia sino perfecta integración de la segunda en la primera, que tiene carácter central y fontal (7). La enseñanza es clara: el solo respeto a la dignidad del hombre no es suficiente para llegar al gozo contemplativo de la Trinidad Santísima, en lo que consiste la salvación ofrecida por Dios en Cristo a la Humanidad. Pero sin respeto a la dignidad del hombre, éste no puede abrirse a su destino trascendente y eterno, que es esa comunión con el Dios Unitrino.
Este excursus por el Concilio Vaticano II y el fin de la misión de la Iglesia no nos ha apartado ni un ápice, aunque pudiera parecer lo contrario, de la pregunta a la que estamos respondiendo: cuál es la contribución de las Iglesias a la nueva Europa que debemos construir entre todos.
Para la nueva Europa, nueva evangelización
La Iglesia Católica (y también las otras Iglesias cristianas) tienen que cumplir en Europa su fin escatológico y de salvación, es decir, tienen la misión de predicar el Evangelio desnudo, el Evangelio de Cristo, que es “locura para los gentiles y necedad para los judíos”. Ese Evangelio incluye la revelación del misterio del hombre y la lucha por su dignidad. Ha sido en Europa donde se ha desarrollado una comprensión del hombre generada por el Evangelio, donde se ha profundizado en el concepto de persona humana a la luz del Evangelio y se ha afirmado al más alto nivel filosófico su dignidad; pero también ha sido en Europa donde, paradójicamente, se han producido los más horrendos atentados a esa dignidad (comunismo, nazismo, el Holocausto, persecuciones por la fe, terrorismo y, más recientemente, la brutalidad legalizada contra la vida humana inicial y terminal).
Por eso, la concreta batalla por el Evangelio que la Iglesia combate desde hace años en Europa (y en tantos países que de ella dependen culturalmente), se está librando casi a niveles de lo que se ha llamado “pro-evangelización”: en el ámbito de la defensa de los derechos humanos. Y eso se explica fácilmente, porque cuando un hombre o una sociedad —hablamos en concreto de la sociedad europea— se separan de sus raíces cristianas, se desdibuja, e incluso desaparece, el horizonte mismo de la dignidad humana, que estaba alimentado y mantenido históricamente con la savia que procedía del humus en que se hundían aquellas raíces.
La Iglesia tiene, pues, aquí una especial responsabilidad de predicar el Evangelio en la doble dimensión que analizábamos antes. Hay una expresión de Juan Pablo II que se ha hecho normativa: nueva evangelización . No hay que dejar que se vulgarice o se topifique, porque representa una específica convocatoria de Juan Pablo II a todos los cristianos y hay que utilizarla con profundidad teológica (8). El concepto de nueva evangelización lo ha empleado el Papa alguna vez al hablar de la misión de la Iglesia en Latinoamérica, donde aparece en relación dialéctica con la “evangelización fundante” de los misioneros españoles y portugueses (9). Pero desde la Encíclica <>aparece ya con un contenido muy preciso. Designa una de las tres formas que, respondiendo a tres situaciones diferentes, toma hoy la misión de la Iglesia: “Se da, por último, una situación intermedia, especialmente en los países de antigua Cristiandad, pero a veces también en las Iglesias más jóvenes, donde grupos enteros de bautizados han perdido el sentido vivo de la fe o incluso no se reconocen ya como miembros de la Iglesia, llevando una existencia alejada de Cristo y del Evangelio. En este caso es necesaria una nueva evangelización ” (10).
Ya se ve que la nueva evangelización apunta a la peculiar tarea que la Iglesia tiene en los países del llamado “primer mundo”, especialmente en Europa. El Sínodo de los Obispos para Europa de 1991, del que fue Relator General el cardenal Camillo Ruini , lo declaró de manera formal: “No es difícil identificar en la nueva evangelización la instancia central y prioritaria de la Iglesia en Europa y su contribución principal al bien común de los países europeos” (11).
Se trata de países de vieja raigambre cristiana sometidos desde hace décadas a una creciente secularización de su vida y sus valores. Es precisamente el continente europeo el que ha forjado su propia historia en el hogar de la Iglesia de Cristo , con el calor y la luz del Evangelio. La primera evangelización hizo posible —en el orden cultural— esa gran hazaña histórica que llamamos Europa. Esa Iglesia se encuentra hoy con que el Evangelio está desconectado del árbol, marginándose o siendo marginado, dejando de ser raíz fecundante de Europa. Es como si la vieja Europa hubiese despilfarrado el capital de la herencia cristiana, sin cuidarse de nuevas inversiones... Hoy vemos claro —precisamente ante el tremendo desprecio (práctico) de la dignidad del hombre— que, para recuperar al hombre, lo verdaderamente urgente es que el hombre recupere a Dios.
Hacia una cultura de la fe “viva y operativa”
La consecuencia es obvia: hay que predicar con toda claridad la fe sobrenatural, hay que avivar en las gentes cristianas la fe (dormida) en Jesucristo , hay que incitar a una vida práctica de fe y fomentar una cultura eclesial de la “fe viva y operativa” —en expresión del beato Josemaría Escrivá (12)—, que pueda de nuevo hincar el árbol de Europa en el humus del Evangelio. Este acento en la fe vivida es, en cuanto a los contenidos —y así lo ha subrayado el arzobispo de Pamplona, Fernando Sebastián (13)—, la dimensión primera de la nueva evangelización . Acento que debe incidir también en el ejercicio de la otra “forma” de misión que la Encíclica Redemptoris Missio llama “atención pastoral a los fieles” (14). En palabras del cardenal Ruini al comenzar el Sínodo Europeo, “la educación permanente de la fe, en orden a la formación de personalidades cristianas maduras, y el testimonio de la fe en la vida aparecen, pues, como los deberes prioritarios y los más eficaces para abrir una brecha en esta cultura de la sospecha que con frecuencia rodea en nuestras tierras a la vida de la Iglesia y a la fe cristiana ella misma” (15).
Y al presentar al Sínodo la síntesis de los trabajos, el Relator consideró imprescindible insistir en el tema: “Nueva evangelización no quiere decir anunciar un nuevo Evangelio. En la nueva evangelización no es suficiente proponer los valores evangélicos de la paz y de la justicia, es necesario anunciar la Persona de Jesucristo . La fe tiene que hacerse vida: la santidad personal y comunitaria es la vía principal de la evangelización” (16).
La consecuencia de poner el acento en la vida de fe será necesariamente “que los cristianos redescubran la dimensión comunitaria y pública de la fe”, como decía Juan Pablo II en 1996 en el Simposio de los Obispos de Europa (17). Para que la nueva Europa pueda abrirse al sentido integral del hombre no hay otro camino que éste: que las Iglesias de Europa emprendan la nueva evangelización así entendida.
Pasemos de los contenidos a los destinatarios de la nueva evangelización . Esa predicación a los europeos del Evangelio “puro y duro” (predicación de la alegría de la fe en Jesús ), ha de comenzar por las propias comunidades cristianas. Fue éste uno de los principales acentos del Sínodo para Europa: “Para que se realice esta tarea de la nueva evangelización, es preciso ante todo reevangelizar las mismas comunidades eclesiales”. En efecto, la novedad de la nueva evangelización es que sus destinatarios se encuentran primariamente entre los que se llaman cristianos, como decía en la misma Asamblea Mons. Vilnet , obispo de Lille: “Todas las Iglesias, mayoritarias o no según los países, se han hecho conscientes de la necesidad de evangelizar, en el seno mismo de los propios fieles, a los indiferentes, a los no practicantes, a los cristianos impregnados de ateísmo práctico” (18).
Una palabra de síntesis y una palabra final
Palabra de síntesis: la gran tarea que las Iglesias tienen en el continente europeo y su gran servicio a la nueva Europa que se construye, consisten, sencillamente, en la nueva evangelización . Se trata, ante todo, de que las comunidades cristianas recuperen la fuerza y la alegría de la fe, la fe viva y operativa , hasta lograr que en Europa cada cristiano pueda ser un ciudadano que, mientras construye limpiamente la nueva Europa desde su puesto en la sociedad, testifica sin ambages el Evangelio de Jesucristo .
Palabra final: aunque sea tan grande su responsabilidad, la Iglesia Católica no está sola en esta tarea, sino en ecuménica fraternidad con la Iglesia Anglicana, con las Iglesias nacidas de la Reforma, y, de manera especial —aunque hayan surgido en estos años tan graves dificultades—, con la gran Iglesia Ortodoxa (que en muchos países de la Europa oriental es, sencillamente, “la” Iglesia), con la cual nuestra comunión, en palabras de Juan Pablo II , es tan intensa que en realidad se trata de “Iglesias hermanas” (19). Es preciso que todos los cristianos, católicos y de otras confesiones, caigamos en la cuenta de que el gran desafío, el “kairós” de este tránsito al tercer milenio, es llevar el Evangelio a los no creyentes, y para ello lo importante es revitalizar las propias comunidades cristianas y no, en cambio, los enfrentamientos confesionales. La nueva evangelización ha de realizarse no en concurrencia, sino en complementariedad (20).
(1) Vid. Enc. Redemptor Hominis , 4-4-1979, n.43.
(2) Discurso de la ONU, 5-10-1965.
(3) “La Iglesia tiene un fin salvífico y escatológico, que sólo puede alcanzarse en el saeculum futuro” (Cons. Gaudium et Spes , n.40).
(4) “La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social; el fin que le asignó es, efectivamente, de orden religioso” (Cons. Gaudium et Spes , n.42).
(5) “Cristo (...) manifiesta qué es el hombre al mismo hombre y le hace ver su altísima vocación” (Cons. Gaudium et Spes , n.22).
(6) “De esa misma misión religiosa fluyen tareas, luces y fuerzas que pueden ayudar a la comunidad humana a constituirse y afirmarse con arreglo a la Ley divina. Igualmente (...) la Iglesia puede e incluso debe promover obras en servicio de todos, especialmente destinadas a los pobres, como son las obras de misericordia” (Cons. Gaudium et Spes , n.42).
(7) Vid, en la Enc. Evangelii Nuntiandi de 8-12-1975, el importante cap.III (nn.23-39) titulado “Contenido de la Evangelización”.
(8) Vid. F. Sebastián, Nueva Evangelización. Fe, cultura y política en la España de hoy , Madrid 1991, especialmente el capítulo 1.
(9) Vid. ibidem , pp. 18-20.
(10) Redemptoris Missio , 7-12-1990, n.33. Las tres formas de la única misión las llama Juan Pablo II “atención pastoral a los fieles, nueva evangelización y actividad misionera específica” (n.34).
(11) Relatio prima , 28-11-1991, n.5. Texto en “La Documentation Catholique”, 5-1-1992, pp.14-16. Cita en p.l5.
(12) “Qué afán ponen los hombres en sus asuntos terrenos (...) Cuando tú y yo pongamos el mismo afán en los asuntos de nuestra alma tendremos una fe viva y operativa: y no habrá obstáculo que no venzamos en nuestras empresas de apostolado” ( Camino 317). “Ante la aparente esterilidad del apostolado, te asaltan las vanguardias de una oleada de desaliento, que tu fe rechaza con firmeza... —Pero te das cuenta de que necesitas más fe, humilde, viva y operativa” ( Forja 257). “Fue, pues, el ciego y se lavó allí, y volvió con vista ¡Qué ejemplo de fe segura nos ofrece este ciego! Una fe viva, operativa” ( Amigos de Dios , 193).
(13) Vid. obra citada, passim . También Escritos sobre la fe, la Iglesia y el hombre , Madrid 1996 (BAC 560).
(14) Es la otra “forma” de la misión que no se puede descuidar en los países de vieja cristiandad. El Papa subraya que los confines de las tres “formas” antes citadas no son fáciles de definir y no se pueden crear compartimentos estancos (vid. n. 34).
(15) Relatio prima , n. 6. Texto citado.
(16) Relato secunda , 7-12-1991, n. 2. Texto en “La Documentation Catholique”, 19-1-1992, pp. 78-79. Cita en p. 78.
(17) Roma (23-27-10-96). Texto en L'Osservatore Romano , 25-10-1 996.
(18) Intervención del 2 de diciembre. Texto en “La Documentation Catholique”, 5-1-1992, p.19.
(19) Encíclica Ut unum sint , nn. 55-58.
(20) Vid, la homilía de Juan Pablo II en la ceremonia ecuménica del 7-10-1992 en el citado Sínodo de los Obispos para Europa, en “La Documentation Catholique”, 19-1-1992, pp. 79-81. Esto es especialmente importante en los territorios de la Europa oriental: “Considero fundamental la llamada del Señor a esforzarnos, con sumo empeño, para que todos los creyentes en Cristo testimonien unidos por la propia fe, sobre todo en los territorios donde es más consistente la convivencia entre hijos de la Iglesia Católica —latinos y orientales— e hijos de las Iglesias ortodoxas”. (Juan Pablo II, Carta Orientale Lumen , 2-5-95, n.23).
Publicado en el nº 528 de Nuestro Tiempo
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