Por
Jorge Trías Sagnier
La Gaceta de
los Negocios,
15/08/2006
SI me leíste el
martes, amigo lector, ya sabes que estuve en
Liébana y que su prior, Luís Domingo, nos
acogió en el monasterio que se encuentra a
los pies de los impresionantes Picos de
Europa, los picos de España, pues se abría
la Puerta del Perdón para que pasáramos por
ella y besáramos el Lignum Crucis, ese
pedazo de madera de ciprés de hace dos mil
años que, según la tradición, es parte de la
Vera Cruz en la que Jesucristo fue expuesto
al mundo para su redención. A los pies de
esa Cruz se encontraba María, su madre, y
Juan, el discípulo amado, que es entregado
en adopción como símbolo de los cristianos
redimidos. Juan, el autor del Apocalipsis,
escribió esa “dramatización teológica, en la
que el diálogo de ideas es lo único que
interesa para su interpretación” (M. García
Cordero). Y eso es lo que hizo San Beato de
Liébana en su Comentario al Apocalipsis, una
de las primeras obras de pintura
prerrománica o mozárabe, del que se
conservan 27 copias, y que trata de esa
honda disputa con la herejía “adopcionista”
encabezada por algunos obispos españoles,
sobre todo por Elipando de Córdoba, que
sostenían que Jesús era Hijo adoptivo por
voluntad del Padre, pero no Hijo verdadero,
lo cual tuvo una explicación política, pues
esa tesis era más fácil de comprender para
los mahometanos que la ortodoxia trinitaria
(J.Pijoan). En fin, una especie de
multiculturalismo que se adaptaba a una
época de invasión y desorden, o sea parecida
a la actual.
En el Credo manifestamos nuestra fe en un
solo Dios, Padre todopoderoso, en un solo
Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, de la
misma naturaleza del Padre, que se encarnó
de María, la Virgen, por obra del Espíritu
Santo, y se hizo hombre por nuestra
salvación. Pío XII proclamó el Dogma de la
Asunción de María: “La Inmaculada Madre de
Dios y siempre Virgen María, terminado el
curso de su vida terrenal, fue asunta en
cuerpo y alma a la gloria del cielo”. Juan
Pablo II dijo que “la Asunción de María es
una participación singular en la
Resurrección”. A veces nos preguntamos
intrigados: “¿Murió la Virgen María o, por
el contrario, como se creía en los primeros
siglos de nuestra era, se durmió, tuvo en
sueño o se produjo un tránsito para ascender
al Reino de los Cielos?”. La verdad es que
si la Virgen murió o no es algo que no
importa mucho y podemos los católicos creer
lo que queramos, ya que no es dogma de fe.
Hoy, por encima de cualquier disputa
teológica, celebramos la anticipación de la
Resurrección, la fiesta de la Virgen
viviente, de esa mujer digna y poderosa,
Madre de la humanidad, “envuelta en el Sol,
con la luna debajo de sus pies, y sobre la
cabeza una corona de doce estrellas” (AP,
12, 1) que ya aparece, hermosamente miniada,
a principios del siglo IX, en el margen
superior izquierdo, folio 147 v., del Beato
de Silos que se conserva en el Museo
Británico.
Parece ser que Robert
Schuman, Konrad Adenauer y Alcide De Gásperi
rezaron juntos en la catedral de Estrasburgo
ante la imagen de la Virgen Inmaculada,
coronada de doce estrellas, que está
representada en una de sus vidrieras, justo
antes de defender el proyecto de Tratado de
la Comunidad ante el Consejo de Europa que,
no es casualidad, fue aprobado el 8 de
diciembre de 1955, festividad de la
Inmaculada Concepción. Posteriormente,
Arsène Heitz ganó el concurso de ideas para
una bandera europea y se explica con esta
apabullante y conmovedora contundencia:
“Inspirado por Dios, tuve la idea de hacer
una bandera azul sobre la que destacaran las
doce estrellas de la Inmaculada Concepción
de la Rue du Bac (Virgen de la Medalla
Milagrosa)”. Y esa bandera, la de la
Inmaculada, la de Europa, la de la Virgen
viviente, flameó por primera vez en un
edificio público, en la catedral de
Estrasburgo.
Hoy, 15 de agosto, es
un gran día para Europa, el día en el que
conmemoramos la subida de la Virgen María,
en cuerpo y alma, a los cielos. La Virgen
viviente, cuya bandera, azul y de doce
estrellas doradas, es la más genuina
representación de nuestro continente, de
esta Europa que, asustada y alicaída, niega
diariamente sus raíces cristianas,
debatiéndose en una estéril disputa entre
integristas y progresistas. Acabo de leer El
hombre de Villa Tevere, de Pilar Urbano, y
me quedo con ese testimonio de San
Josemaría, tan europeo, recogido por
Monseñor Ortiz-Echagüe: “El integrismo es
como una momia… Y el progresismo, como un
crío indómito que rompe todo lo que
encuentra”. Efectivamente, Europa nunca se
hubiese construido imponiendo unas
determinadas doctrinas. Toda imposición es
integrismo. Pero, mucho menos, podrá nacer
el edificio europeísta a base de golpes de
progresismo que nada propone a cambio.
Teniendo, como tenemos a mano, nuestra
riquísima tradición cultural bíblica,
griega, romana y cristiana, incluso con
todas las aportaciones filosóficas que desde
la Ilustración al existencialismo han sido,
no sé qué hacemos negándonos a nosotros
mismos. ¡Buen momento, hoy, para la
reflexión!