Viernes - 10.Febrero.2012

Grandes Secciones
Actualidad
Autores
Biología humana
Avances científicos de relevancia ética
Fe y ciencias
Ciencia
Filosofía
Teología
Espiritualidad
Religión
Derecho
Familia - educación
Etica
Valores
Cultura
Historia Historia
Música Música
Anécdotas geniales Anécdotas geniales
Cultura y humanismo Cultura y humanismo
Universidad y cultura Universidad y cultura
Arte Arte
Ensayos Ensayos
Europa: raíces, luces y sombra Europa: raíces, luces y sombra
Breves Breves
Literatura
Libros
Cine
Vídeos culturales
Testimonios
Archivo
Blog de N. López Moratalla
Los secretos de tu cerebro
Blog de A. Orozco
Blog informal. Notas. Avisos de Arvo.net.

LA HERENCIA CRISTIANA DE LA CU (Paul Poupard)

ver las estadisticas del contenido recomendar  contenido a un amigo
Documento sin título

LA HERENCIA CRISTIANA DE LA CULTURA EUROPEA

Europa busca redefinir su identidad y descubrirse a sí misma

Por Paul Poupard
Traducción de Susana Esperanza Cano Méndez



AI recibir el 12 de enero de 1990 al Consejo Pontificio para la cultura que él mismo había creado el 20 de mayo de 1982, el Papa Juan Pablo II nos invitaba a «discernir los signos de los tiempos y las nuevas vías de incorporación de la cultura en el Evangelio y de evangelización de las culturas en este último decenio de nuestro milenio, en este paso de una época cultural a otra.» Y añadía: «Las grandes ideologías han demostrado su fracaso ante la dura prueba de los acontecimientos. Ciertos sistemas supuestamente científicos y de renovación social, incluso de redención del hombre por si mismo, ciertos mitos de la realización revolucionaria del hombre han revelado ante el mundo entero su verdadera condición: utopías trágicas que han provocado una regresión sin precedentes en la atormentada historia de la humanidad. La heroica resistencia de las comunidades cristianas contra el totalitarismo inhumano ha suscitado admiración entre sus hermanos. El mundo actual vuelve a descubrir que, lejos de ser el opio del pueblo, la fe en Cristo es la mejor garantía y el estimulo de su libertad.

Se han derrumbado muros. Se han abierto fronteras... E1 mesianismo terreno se ha venido abajo y surge en el mundo la sed de una justicia nueva. Se ha despertado una gran esperanza de libertad, de responsabilidad, de solidaridad, de espiritualidad. En esta hora privilegiada que estamos viviendo, todo el mundo pide una civilización nueva y completamente humana. Esta esperanza inmensa de la humanidad no debe verse decepcionada: todos tenemos que responder a las expectativas de una nueva cultura humana. Esta labor exige vuestra reflexión y reclama vuestras propuestas...

Es competencia de los hombres y mujeres el pensar este futuro a la luz de la fe cristiana que les inspira. La sociedad del mañana deberá ser distinta en un mundo que no tolera ya las estructuras estatales inhumanas. De Este a Oeste y de Norte a Sur, la historia en marcha pone en tela de juicio un orden que se fundaba sobre todo en la fuerza y en el miedo. Esta apertura hacia equilibrios nuevos requiere sabia meditación y previsión audaz.

Toda Europa se preocupa por el futuro ahora, cuando el derrumbamiento de los sistemas totalitarios hace una llamada a una renovación profunda de las políticas y provoca una vuelta vigorosa de las aspiraciones espirituales de los pueblos. Por necesidad, Europa intenta redefinir su identidad más allá de los sistemas políticos y de las alianzas militares. Y vuelve a descubrirse a sí misma como un continente de cultura, una tierra irrigada por la fe cristiana milenaria y alimentada a la vez por un humanismo secular surcado por corrientes contradictorias. En estos momentos de crisis, Europa podría verse tentada a recogerse en si misma, ignorando así, momentáneamente, los lazos que la unen al ancho mundo. Pero, de Este a Oeste, ciertas voces potentes la invitan a elevarse a la dimensión de su vocación histórica, en esta hora a la vez dramática y grandiosa. Es competencia vuestra, desde vuestro puesto, el ayudarla a recuperar sus raíces y a construir su futuro, en la misma medida de sus ideales y de su generosidad. Los jóvenes que he encontrado con gozo en los caminos de Santiago de Compostela han manifestado con entusiasmo que este ideal vivía en ellos.

El llamamiento de Santiago de Compostela

E19 de noviembre de 1982, en Santiago de Compostela, Juan Pablo II extendía ya su mirada sobre todo el continente europeo. Recordó el célebre camino de Santiago, aquél que hizo decir a Goethe que la consciencia europea había nacido peregrinando, entre latinos, germanos, celtas, anglosajones y eslavos. La historia de la formación de las naciones corre pareja con su evangelización. Y la identidad europea es incomprensible sin el cristianismo. Es en él donde se encuentran las raíces comunes de su cultura, de su dinamismo, de su actividad; en suma, de su gloria y aún de su alma, valores cristianos y humanos por igual: la dignidad de la persona, el profundo sentimiento de la justicia y de la libertad, la aplicación en el trabajo, el espíritu de iniciativa, el amor a la familia, el respeto por la vida, la tolerancia y el deseo de paz.

Después de haber evocado la crisis que hace tambalearse estas convicciones desde sus cimientos, Juan Pablo II dirigía a la vieja Europa este llamamiento lleno de amor: «Encuéntrate de nuevo. Sal de ti misma. Descubre tus orígenes. Revitaliza tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia cuantitativa de tu grandeza en el mundo o por las crisis sociales y culturales que te afectan ahora. Todavía puedes ser un faro de civilización y de progreso para el mundo. Los demás continentes te miran y también esperan de ti la respuesta que Santiago dio a Cristo: Yo puedo.»

Cómo no evocar además las famosas vísperas de Europa, el 10 de septiembre de 1983 en Viena, más allá de cualquier frontera natural y artificial, en toda Europa, del Atlántico a los Urales, del Mar del Norte al Mediterráneo. Juan Pablo II reafirmó de nuevo su convicción: «La unidad cultural del continente europeo, que continúa a pesar de todas las crisis y escisiones, no es comprensible sin el contenido del mensaje cristiano... Hay que llamar a los cristianos de hoy a su responsabilidad común hacia Europa e infundirles por la paz y la justicia, los derechos humanos y la solidaridad entre los pueblos... Tened el valor y la fuerza que provienen de nuestra responsabilidad cristiana de comprometeros incluso en la política y en la vida pública, por el bien del hombre y de la sociedad dentro de vuestro país y más allá de sus fronteras. En la cruz se halla la esperanza de la renovación cristiana de Europa, pero a condición de que los cristianos mismos tomen en serio el mensaje de la Cruz. Cruz quiere decir: no existen naufragios sin esperanza, oscuridad sin estrella, ninguna tormenta carece de puerto seguro. Cruz quiere decir: el amor no conoce límites. Empieza con tu prójimo, pero no olvides que está lejos. Cruz quiere decir: Dios es más grande que nosotros, los hombres; es la salvación, incluso en el fracaso más grande. La vida es siempre más fuerte que la muerte.»

Recordar esta herencia fundadora de Europa es abrirla a un porvenir creador, tan cierto es que la esperanza es la memoria del futuro.

I. HERENCIA FUNDADORA, FUTURO CREADOR

El espíritu de Europa: la libertad y la fe

El espíritu de Europa es un sentimiento de responsabilidad y la convicción heredada de Pericles de que la fuente de la libertad es el valor. Debemos comprendernos unos a otros para convivir. Debemos respetarnos para emprender una obra común. Debemos ayudarnos para edificar la economía y la jurisprudencia, ciertamente; pero también para edificar la política y la moral y, sobre todo, la cultura y la espíritualidad. Un cuerpo agrandado pide un alma grande. Los descendientes de Spinoza y de Descartes, de Kierkegaard y de Nietzsche, de Shakespeare y de Dante, de Norwid y de Dostoïevski, de Ortega y Gasset y de Sigrid Unset están llamados a constituir una familia, herederos como son de una misma cultura y portadores, por lo tanto, de un futuro prometedor. Este patrimonio es inseparable de la historia misma de Europa. Más aún, es incluso constitutivo de ella.

El espíritu de Europa es también el espíritu del Evangelio y de las Bienaventuranzas. Algunos franciscanos procedentes de Italia, en pleno corazón del siglo XIV, caminaban a pie a través de Europa hasta la lejana Mongolia. Algunos Jesuitas abordaban en el siglo XVI las costas chinas, Japonesas e iroquesas. Por todas partes implantaron la fe y sufrieron martirio. Hoy-el Papa lo recordaba con fuerza en Lourdes, el 15 de agosto de 1983-, continúa el martirio, el combate de la fe prosigue con armas desiguales en este mundo de totalitarismo que Orwell había denunciado proféticamente en su famosa novela publicada en 1948 y titulada 1984 medíante una inversión no carente de sentido.

Hoy, ciertamente, todavía necesitamos aprender a morir, como Francisco Javier e Isaac Jogues; pero también como Casimiro y Maximiliano Kolbe; y quizá más aún, aprender a vivir, como Francisco de Asís y Teresa de Ávila, Teresa de Lisieux y Alberto el Grande, Nicolás de Cusa y Tomás de Aquino, Vicente de Paúl y Anselmo de Canterbury, Buenaventura y Catalina de Siena, Alfonso de Ligorio y Patricio de Irlanda. Unos y otros eran europeos, más aún, universales, porque estaban enraizados en su cultura nacional a la vez que en su fe católica, fuente ésta de una cultura inspirada en el Evangelio y arraigada en el terruño: el canto gregoriano y las composiciones musicales de Pierlugi de Palestrina; las peregrinaciones y las catedrales románicas, góticas y barrocas; las esculturas de Miguel Ángel y las pinturas de Giotto y de Fray Angélico; las vidrieras y los relicarios; las Sumas Teológicas y las predicaciones populares; el teatro de Corneille y de Racine; la poesía de Dante y la prosa de Manzoni; los belenes y la Imitación de Jesucristo. Llegado de las costas soleadas de la cuenca mediterránea, el mensaje cristiano hiende las brumas del Norte desde principios de la Edad medía y arraiga tan profundamente en Inglaterra, en Escocia y en Irlanda, que el árbol plantado en el humus grecorromano se llena de una savia nueva y el mundo celta, con verdadero fuego misionero de Pentecostés, inflama Francia y Alemania, la Europa continental e incluso el Norte de Italia.

Prodigiosos aventureros del Reino de Dios

Como prodigiosos aventureros del Reino de Dios, los misioneros surgen tanto de Oriente como de Occidente. Cirilo y Metodio, cuya epopeya eslava se encuentra tan estrecha y perdurablemente ligada al despertar de una cultura y a la afirmación de una identidad singular en el concierto de los pueblos europeos, son prototipos ejemplares de esto. Por ello, con razón Juan Pablo II quiso convertir a Cirilo y a Metodio en patrones de Europa, al igual que San Benito de Sabiaco, dedicándoles su cuarta Encíclica, Slavorum Apostoli , cuya sexta parte se titula significativamente «El Evangelio y la cultura» (1). Estos pioneros del Evangelio y de la cultura europea abren nuevas vías y sus discípulos, como San Gregorio el Grande, padre de la renovación litúrgica y musical de la misión europea, aseguran su consolidación a través de instituciones duraderas. Al genio de emprender se añade la paciencia de perseverar; y a la brillantez del creador, la tenacidad del arador. El humanismo de la vieja Europa es una simbiosis sorprendente, sacada de las fuentes más diversas, donde el poeta Dante, sin pestañear, llama a Cristo «Somno Giove», Sumo Júpiter; donde Tomás de Aquino integra en su Suma Teológica las mejores experiencias del pensamiento pagano a través de Aristóteles; donde Roma edifica, sobre los escombros de un templo pagano, un bello santuario consagrado a la Virgen, Santa María sopra Minerva .

Es todo un símbolo esta iglesia situada en el corazón de Roma, detrás del Panteón, en una placita donde una cría de elefante carga valientemente un obelisco. De estilo gótico romano, soleado y sereno, abunda en obras de arte significativas, de las cuales la más importante es la obra maestra de Filippino Lippi, El triunfo de Santo Tomás . Allí se pueden ver también el Jesús llevando la Cruz , de Miguel Ángel, que es como un Júpiter cristiano; reposando bajo el altar mayor, los restos de Catalina de Siena, que supo hablarle al Papa en el nombre del Evangelio; y, en la capilla de la izquierda, el Bienaventurado Giovanni da Fiescole que, bajo el nombre de Fray Angélico, es el pintor religioso más grande de la cristiandad, cuyo culto litúrgico autorizó Juan Pablo II a toda la orden de los Hermanos Predicadores, medíante carta apostólica con fecha 2 de octubre de 1982. Consagrado a María, sobre un templo de Minerva, el santuario de Santa María sopra Minerva nos hace reverenciar en la Virgen Madre un saber infinitamente más elevado que el que se encuentra tan noblemente personificado por Minerva; o más bien, un saber de otro orden, como diría Pascal, la Sabiduría: Sedes Sapientiae .

El arraigo espíritual y cultural

El trigo, la vid y el olivo, cantados por Virgilio, se han convertido en elementos integrantes de la liturgia romana. Felipe Neri, el santo alegre, había fascinado a Goethe. Desde Francia, el movimiento de Cluny llegó a más de 1000 conventos, de Hungría a Portugal y de Inglaterra a España. La inteligencia sensible y aguda de Moissac; la impetuosidad de Bernardo de Claraval, amigo de los reyes, consejero de los papas, chantre de la cruzada; el surgimiento de las Universidades que integran el pensamiento mediterráneo, de Bagdad a Córdoba y de Palermo a Toledo, y que absorben la ciencia judía y musulmana, son tantos testimonios del espíritu europeo, alimentado por el románico y el gótico antes de florecer con el barroco y estallar con el cubismo. Tomás de Aquino, de sangre alemana e italiana, estudía en París a Aristóteles y a Platón, a Avicena y a Averroes. Su confianza en la razón sólo se ve igualada por el fervor de su fe. De España a Dalmacia, de Irlanda a los Países Bajos, todos corren a escucharle. El caballero Ignacio de Loyola, el pensador Raimundo Lulio, el poeta espiritual Juan de la Cruz, la ardiente Teresa de Ávila resplandecen mucho más allá de los Pirineos, tan cierto es que el resplandor espiritual universal corre parejo con el arraigo carnal y cultural. El ideal europeo no une partidos; junta inteligencias, une hombres. Ya Robert Schuman exclamaba en enero de 1957: «La construcción de Europa ya no puede esperar más, si es que tiene que venir a tiempo para salvar Europa, para salvarnos a nosotros con ella y por ella...

Es importante darse cuenta de que Europa no debería limitarse a la larga a una estructura meramente económica. Es necesario que se convierta también en la salvaguarda de todo lo que constituye la grandeza de nuestra civilización cristiana: dignidad de la persona humana, libertad y responsabilidad de la iniciativa individual y colectiva, florecimiento de todas la energías morales de nuestros pueblos.

Tal misión cultural será el complemento indispensable y el término de una Europa que se ha basado hasta el momento en la cooperación económica. Le conferirá un alma, un ennoblecimiento espiritual y una verdadera conciencia común. No debemos tener de la Europa del futuro un concepto estrecho que se encierre en preocupaciones materiales, si queremos que resista la embestida de las coaliciones racistas y los fanatismos de cualquier índole. Después del descrédito con que se la ha cubierto desde varias partes del mundo, Europa tendrá que estar en condiciones de retomar su papel de educadora desinteresada, sobre todo para los pueblos que acaban de nacer a la libertad.

De esta manera, la ayuda a los países subdesarrollados será la gran labor para la cual tendrán que asociarse todos aquellos que tengan el privilegio de ir por delante de los demás. La humanidad del mañana será como nosotros hayamos sabido crearla. Si nos limitáramos a equiparlos económica y militarmente sin proporcionarles al mismo tiempo este sostén moral, sin darles ejemplo de un comportamiento basado en principios espirituales, habríamos realizado una obra tan vana como peligrosa. Los habríamos desligado de sus antiguas creencias tradicionales sin procurarles un ideal nuevo, complemento y contrapeso del progreso técnico. Es notorio, en efecto, que los pueblos jóvenes se apropian de los atractivos e incluso de los vicios de una cultura con más facilidad que los rigores de la disciplina y de los preceptos morales. Demasiado frecuentemente, se contentan con el barniz externo que cubre las antiguas taras a las que se superponen los defectos de la nueva cultura. Extender una cultura ya ampliamente adulterada a poblaciones incapaces de efectuar por sí mismas la selección necesaria sería como entregarles explosivos y tóxicos temibles...Tenemos respecto de ellas un verdadero cargo de almas» (2).

Este mensaje nos incita a un esfuerzo doble: volver a concienciar a Europa de sus raíces y de su identidad y constituir una cultura europea que sea auténticamente humana y cristiana.

El futuro del hombre depende de la cultura

E12 de junio de 1980, Juan Pablo II fue a la sede de la UNESCO en París para «gritar desde el fondo del alma»:

«Si, el futuro del hombre depende de la cultura.
Si, la paz en el mundo depende de la primacía del espíritu.
Si, el futuro pacífico de la humanidad depende del amor.»


¿Quién mejor que los hijos de Europa para recoger esta invitación, que es a la vez un grito de angustia y un llamamiento a la esperanza?

Un grito de angustia tras demasiadas luchas intestinas y guerras fraticidas, demasiados antagonismos estériles y enfrentamientos sangrientos entre las naciones, las clases y las ideologías.

Un llamamiento a la esperanza, porque, desde el seno mismo de sus divisiones, los europeos vuelven a tomar consciencia de una cultura marcada profundamente por el respeto fraterno hacia el hombre, hacia cualquier hombre, cualquiera que sea, mi prójimo, mi hermano, cuyo rostro atestigua una presencia y testimonia una transcendencia, donde el cristiano descubre la imagen y semejanza de Dios.

¿Acaso no es el olvido de este origen, la amnesia de esta pertenencia lo que explica el debilitamiento progresivo de esta conciencia?

En el corazón de la identidad cultural de Europa

La crisis que conmociona actualmente a Europa no se agota en sus manifestaciones económicas, sociales e ideológicas. Es de orden cultural, es decir, espiritual. Juan Pablo II insistía ante los miembros del Consejo Pontificio para la cultura: «No escasean los nuevos riesgos de ilusión y de decepción. La ética secular ha comprobado sus propios limites y se revela impotente ante los temibles experimentos que se efectúan sobre seres humanos considerados como simples objetos de laboratorio. El hombre se siente amenazado de forma radical ante los políticos que deciden arbitrariamente sobre el derecho a la vida o el momento de la muerte, mientras que las leyes del sistema económico pesan gravemente sobre su vida familiar. La ciencia manifiesta su impotencia para responder a las grandes preguntas acerca del sentido de la vida, acerca del amor, de la vida social, de la muerte. Y los hombres mismos parecen vacilar sobre los caminos que hay que tomar para construir ese mundo fraternal y solidario que nuestros contemporáneos piden en sus deseos, tanto en el interior de las naciones como a escala continental.»

En nuestra sociedad hecha añicos, es el hombre dislocado el que sobrevive, sin saber ya qué saber, ni qué hacer, ni que querer ni poder, porque ya no sabe quién es. Y las palabras del poeta susurran en nuestra memoria: «Me han dicho que soy hijo del hombre y de la mujer. Creía ser bastante más.» Esta confidencia melancólica del surrealista Lautréamont se une a la convicción apacible de Pascal: «El hombre sobrepasa al hombre infinitamente.» El Hombre, una cierta idea del hombre. Nos encontramos en el corazón de la herencia cultural de Europa y de su futuro cristiano. Porque ¿qué objetivos válidos podríamos perseguir y qué medios válidos podríamos poner en marcha, si no sabemos ya qué es el hombre? «Respetad al hombre» nos dice Juan Pablo II, el cracoviano convertido en romano, pero siempre europeo, «Respetad al hombre; está hecho a semejanza de Dios.»

Tal es nuestra identidad. Tal es la herencia de nuestra cultura común europea, que debemos recuperar para construir el futuro.

Una exigencia triple

Prioridad de la ética sobre la técnica, primacía de la persona sobre las cosas, superioridad del espíritu sobre la materia: tal es la triple exigencia que Juan Pablo II pone de manifiesto en su pontificado, desde su primera Encíclica, Redemptor Hominis , como llamamiento a todos los hombres de buena voluntad. Porque de esto depende el futuro del hombre.

E1 hombre, sí, es el hombre lo que está en el corazón tanto de nuestra herencia como de nuestro proyecto para Europa. Porque es él, y sólo él, quien puede abrir las vías del futuro. En el corazón de la violencia fratricida que destruye el tejido social en una espiral incontrolable y homicida, entre la resignación y la angustia, estamos todos invitados tanto a un horizonte sin fronteras, a una mirada sin orejeras, como a un amor sin barreras. Es éste un mensaje de esperanza, porque confía en el hombre para un compromiso que no es-partidista y que invita a la superación. Cualquier exclusivismo conduce a la esterilidad y engendra agresividad.

Construir Europa como comunidad de hombres

Si es verdad que existe un bien común de la nación que deben promover todos los ciudadanos, no es por ello la nación un absoluto, sino el componente irremplazable de un conjunto más grande, en el lugar de la Comunidad de los pueblos que le corresponde. Europa, de la cual somos hijos, no es una entidad geográfica, sino una persona moral, una comunidad de hombres. Hay que construirla, darle un espíritu, un ideal, un alma.

Porque el hombre tiene hambre de pan, pero también de justicia y de libertad, de verdad y de responsabilidad. ¿Quién no lo ve? Es un programa exigente el que se nos propone en este fin de siglo donde alborea ya un nuevo milenio, un programa comprometido y comprometedor también, digno de movilizar todas las energías en una verdadera lucha, la única con valor, la lucha por el hombre. Nunca más unos contra otros, sino unos con otros y unos para otros. El motor de todo esto es el Amor. Porque sólo el Amor construye. Hay que creer en el hombre. Hay que amar al hombre, no cesa de repetirnos Juan Pablo II. Como decía el 18 de enero de 1983, al recibir en audiencia por vez primera al Consejo Pontificio para la Cultura que él mismo acababa de crear: «Nuestra fe nos da confianza en el hombre que deseamos defender y amar por sí mismo –el hombre creado a la imagen de Dios y redimido en Cristo–, conscientes como somos de que no es hombre más que por su cultura, es decir su libertad de crecer íntegramente y con todas sus capacidades especificas.

El hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura. La cultura es lo que hace que el hombre, en tanto que hombre, sea más hombre todavía.(3)

La cultura cristiana: visión global del hombre y de la humanidad

Nuestra cultura quiere ser decididamente plural. Pero, insegura acerca de sus valores, titubea sobre sus certezas e incluso empieza a dudar de las razones de la vida y de la esperanza, sin las cuales no hay existencia que merezca la pena ser vivida.

Trágico destino del ateismo travestido de religión y convertido en un elemento de civilización. Sísifo nunca se aleja de Prometeo. Y una cultura que se ha vuelto culturalista se agota en un juego de espejos estériles, se disuelve en el consumo o se desvanece en la insignificancia. Por contra, el fascismo, el nazismo, el marxismo nos han recordado lo trágico de la historia. En el estruendo de la violencia, en el furor de los conflictos y en el miedo apocalíptico a lo nuclear, el hombre moderno vuelve a descubrir que la respuesta a la tragedía de la existencia no es de orden político ni temporal, sino espiritual y religioso. E1 dramático fracaso de las religiones seculares que acaba de vivir Europa ha provocado el retorno de la ética y la aspiración profunda de recuperar los valores, como fundamento sólido de la existencia personal y social. La lucha contra la injusticia; el respeto de la dignidad humana; la defensa de los derechos del hombre, en particular los de los pobres y los oprimidos; la búsqueda obstinada de la paz y de la reconciliación entre los pueblos; el respeto por las culturas nacionales; la vuelta al descubrimiento de la naturaleza, son tantas manifestaciones concretas de la voluntad de vivir solidariamente, donde las promesas de renovación son más fuertes que los gérmenes mortíferos. Como pide (...), propone lo que posee en propiedad: una visión global del hombre y de la humanidad.(5)»

II. HACIA UNA CIVILIZACIÓN DEL AMOR

El hombre moderno, ese gigante que titubea bajo el peso de sus responsabilidades, necesita recuperar su centro de gravedad en un nuevo equilibrio de inteligencia y de amor, en una sabiduría profunda donde la humanidad del hombre se haga aún más humana. De hecho, la impotencia y las frustraciones marcan profundamente las culturas que son hoy dominantes. Ante estas decepciones, debemos poner manos a la obra de una civilización del amor y promover una cultura verdaderamente humana, es decir, de todo el hombre y de todos los hombres, no simplemente de la parte privilegiada de la humanidad. Los valores de lo verdadero, del bien, de lo bello, los ideales de justicia y de equidad son el humus nutricio de este desarrollo integral, personal y comunitario, donde cada cual encuentra el puesto que le corresponde en la gran comunidad de los pueblos.

La educación para el sentido crítico y la adquisición de métodos científicos son importantes, ciertamente. Pero no son menos necesarios en nuestros tiempos la apertura a valores de admiración y de contemplación y, por qué no decirlo, de adoración; la formación del juicio personal; la adquisición del gusto estético; el agudizamiento del sentido ético y el ahondamiento en el sentido religioso, sin el cual el humanismo meramente apegado a los valores terrenales se vuelve rápidamente inhumano.(6)

Construir un nuevo humanismo

Queda por construir un nuevo humanismo, decía el Concilio Vaticano II, hace ya 20 años, en un clima marcado por un crecimiento económico sin precedentes y una aparente situación de paz. Desde entonces, el hombre ha vuelto a descubrir al hombre precario, según una expresión de André Malraux. Entre la angustia y la esperanza, cómo no volver a lo esencial y preguntarse sobre ello. Surge de nuevo la pregunta: ¿Qué es el hombre? Y las viejas filosofías materialistas súbitamente se revelan como son, algo tan pasado de moda como en tiempos de Lucrecio y de Demócrito y totalmente incapaces de dar cuenta de la prueba de Pascal inscrita en el corazón de nuestra existencia: «El hombre sobrepasa al hombre infinitamente.» El hombre se ha convertido en una apuesta para el hombre. Los eslóganes políticos lo acaparan. Las luchas lo movilizan. Lo agota la búsqueda desenfrenada del haber, del saber y del poder.

Productividad, masificación, incomunicación, manipulaciones, polución, condiciones de trabajo, de vivienda y de ocio, cosas no sólo inhumanas, sino deshumanizadoras; trágico balance para un progreso material que no se ha visto acompañado de ese «suplemento de alma» cuya necesidad vital subrayaba ya Bergson. Pero a la noche sucede la aurora y a las tinieblas la luz. Como dice el refrán, querer es poder.

Recuperar la totalidad y pensar la novedad

En el voladizo cultural que tan peligrosamente se ha instaurado en el curso de los últimos decenios, se dirige prioritariamente a los europeos un llamamiento vigoroso para recuperar el sentido de la totalidad y para pensar la novedad. Si el desafío es planetario, la respuesta no puede ser solitaria, sino solidaria. Ha llegado el momento de recordar que el Evangelio es la fuente de la visión plenaria del hombre, microcosmos del mundo e icono de Dios. «Respetad al hombre, está hecho a semejanza de Dios», no cesa de repetir Juan Pablo II por todos los caminos del mundo donde lo conduce su celo apostólico. Una visión antropológica de tal amplitud es fermento de una autoridad sin igual, capaz de aligerar las cargas de nuestras culturas, de sobrepasar su finitud y de abrirlas a la gracia. Como nos decía cuando tuve el honor y la alegría de recibirle en el Instituto Católico de Paris, el 1° de junio de 1980: «Hay que echar un fermento cristiano en el mundo que piensa.»

Crear la cultura es afirmar al hombre

Guardo un recuerdo muy vivo del estremecimiento que acogió estas declaraciones del Santo Padre en el salón de actos de la UNESCO en Paris, a la mañana siguiente, 2 de junio de 1980: «Hay una dimensión fundamental que es capaz de remover hasta los cimientos de los sistemas que estructuran el conjunto de la humanidad y de liberar la existencia humana individual y colectiva de las amenazas que pesan sobre ella.

Esta dimensión fundamental es el hombre, el hombre en su integridad... Para crear la cultura (...) hay que afirmar al hombre por sí mismo y no por cualquier otro motivo o razón: ¡únicamente por sí mismo!»

Este hombre engañado a veces, desengañado con frecuencia, no pierde la nostalgia de la esperanza, que es más fuerte; la esperanza, que es la fe en el amor. Inquieta por el hombre hasta angustiarse, nuestra cultura está ya surcada por la llamada evangélica repetida con audacia por Juan Pablo II en la UNESCO: «¡Esto es el hombre»! Porque si el futuro ya no es lo que era, dar un objetivo a la aventura humana y un sentido a la historia es transformar el futuro en porvenir. «Y el porvenir está en manos de aquellos que hayan sabido dar razones para la vida y para la esperanza a las generaciones del mañana» ( Gaudíam et Spe s, 31, 3).

Sócrates y Antígona, los mártires y los santos han preferido la libertad de la verdad a la servidumbre de la mentira y la muerte heroica a la supervivencia biológica. El sacrificio aparentemente más inútil siempre es fecundo. Y la muerte de Maximiliano Kolbe en el siniestro bunker del hambre de Auschwitz es para cada uno de nosotros un potente antídoto contra el miedo y la cobardía, siempre agazapados en el fondo de los corazones como una incitación al acomodo y a la esclavitud.

Tender puentes

Tomando como ejemplo A Juan Pablo II, es urgentemente necesario tender puentes más allá de las fronteras, entre los hombres separados por tantas barreras y a veces prisioneros, pero que siguen siendo hermanos y tienen vocación de transformarse en amigos.

El Pontífice romano no es un jerarca que pontifica, sino un hombre que tiende puentes, de Este a Oeste, de Norte a Sur, entre las diferentes partes de una Europa que hay que reconstituir. Con él, debemos recuperar las raíces espirituales comunes de Europa, reanudar los lazos históricos de nuestros padres, andar tras sus pasos peregrinos, sobre los caminos de Asís y de Santiago de Compostela, de Mariazell y de Nuestra Señora de Czestochowa.

Si, debemos recomponer la unidad espiritual de Europa, ayudarla a recuperar su alma siempre viva bajo tantas vendas que la oprimen, tejer y volver a tejer la trama distendida, lacerada y a veces desgarrada de nuestra cultura europea y cristiana.

Valores espirituales y religiosos

Como yo mismo declaraba en la Conferencia de los Ministros Europeos de Cultura, en Berlín, el 23 de mayo de 1984, la Declaración Europea sobre los Objetivos Culturales con toda razón está dedicada a los valores espirituales y religiosos dentro de la dinámica cultural de Europa. El concepto europeo del ser humano, de sus derechos, de sus instituciones fundamentales hunde sus raíces más profundas en la tradición judeo-cristiana, que subraya con fuerza la dignidad única de la persona, sujeto capaz de libertad, de creación, de responsabilidad social, de apertura a lo transcendente. La identidad cultural de los europeos es indisociable de su memoria histórica y de su experiencia religiosa a través de los siglos. Y cualquier política cultural de futuro debe reconocer legítimamente la dimensión espiritual y religiosa que los europeos quieren dar libremente a sus compromisos privados y colectivos. La libertad de consciencia y de creencia, con los derechos públicos que le son inherentes, forma parte de los valores culturales más elevados, en los cuales se basan, en definitiva, los Estados libres y democráticos.

Además, es en Europa donde nació la universidad moderna, una de las instituciones más típicas de este continente, que marca tan profundamente el desarrollo intelectual y cultural de los países de Europa y del mundo entero. Según su vocación original, la Universidad debe seguir abierta a la investigación de todo lo real y de toda la verdad y continuar su incesable búsqueda del saber y de la sabiduría.

Familia y cultura

En el progreso de la cultura, hay que reservarle un papel especial a la familia, institución que merece toda la solicitud de los Estados, porque la familia es la célula natural y el medio más apto para salvaguardar los valores fundamentales, como son la lengua materna, la educación moral, la creencias religiosas, el sentido de la responsabilidades sociales y de la fraternidad humana. La cultura europea, que, a lo largo de los siglos, ha modelado un ideal particular de la familia, difícilmente podría seguir fiel a sí misma sin el apoyo fundamental que representa la institución familiar. Si se quiere que la familia siga siendo un lugar privilegiado para el desarrollo moral y cultural, hay que hacerse decididamente la siguiente pregunta: ¿No deberían adoptarse las decisiones que conciernen al uso y al desarrollo de los medios de comunicación nuevos teniendo en cuenta los intereses fundamentales de la familia? Esto supondría que los responsables de la política cultural supieran ignorar las presiones de las fuerzas económicas o industriales que les inclinaran a veces a adoptar decisiones únicamente según criterios de beneficio o de rentabilidad. Esto quiere decir que una política cultural auténtica exige también una política familiar adecuada. Se trata de una apuesta a la fidelidad del patrimonio histórico de Europa y una esperanza moral de poder construir el futuro humano con las generaciones jóvenes.

Toda Europa

Este futuro, que se fundamenta en la herencia indisociable del pasado, debe ser solidario. Hablar de herencia cristiana de la cultura europea es reavivar la memoria, recordar una referencia obligada, pero demasiado olvidada, al conjunto de este continente, cuyo destino histórico se ha visto marcado por una especificada cultura totalmente clara. Las divisiones políticas de los países europeos no deben dejar que se olvide su identidad común. La gran familia europea se extiende más allá de todas las fronteras particulares o regionales del continente. Hoy en día es más necesario que nunca estimular cada vez más el diálogo cultural entre todos los componentes de Europa y unir así todas las colectividades nacionales y regionales y las minorías y los emigrantes que, por su importancia numérica, merecen una atención especial. Parece evidente que pueden reconocerse con los mismos principios y los mismos objetivos culturales todos los pueblos de este continente, porque el patrimonio europeo, enriquecido en el curso de los siglos por tantos genios, artistas, sabios, místicos y héroes conocidos o escondidos, constituye la herencia común de toda Europa. Sólo nos falta volver a tener consciencia de ello, una consciencia viva y activa.

En el curso de su historia milenaria, Europa se ha enriquecido con la pluralidad de sus tradiciones, con sus experiencias gloriosas y dolorosas y ha acumulado de esta manera un patrimonio único, formado de sabiduría, de saber, de derecho, de arte y de inventos. Este patrimonio hunde sus raíces en un mantillo de espiritualidad, sobre todo cristiana, y en un noble humanismo secular. Este patrimonio puede también contribuir de forma decisiva al progreso de la ciencia, del pensamiento, de la creación cultural y de la comprensión internacional, si lo recupera la memoria, lo asume la voluntad y lo reencarna el libre albedrío.

El diálogo cultural entre todas las naciones europeas podrá revelarse como un elemento decisivo para el establecimiento de una cultura de paz, que tan imperiosamente necesita nuestro mundo. La Europa de la cultura conserva una responsabilidad histórica dentro del diálogo de los pueblos que aspiran a la justicia, al desarrollo y a la paz. Este ideal moral puede convertirse en un potente motor para todos los europeos; y los cristianos, en particular, están llamados a comprometerse con generosidad en la realización concreta de Europa, en este final de siglo donde despunta ya el alba de un nuevo milenio. (7)

III. CONCLUSIÓN: dar una alma a Europa

Europa es un continente en crisis. Esta crisis es una prueba para sus elecciones fundamentales y para su destino histórico. Estas crisis del europeo, como ya decía Juan Pablo II en el Simposio de Obispos Europeos, el 5 de octubre de 1982, son las crisis del cristiano. Las crisis de la cultura europea son las crisis de la cultura cristiana. El desencanto del europeo, su escepticismo, su relativismo, llevados a veces hasta el nihilismo, la insignificancia y la angustia existencial, son, sobre todo, una prueba espiritual.

Juan Pablo II, al recibir de nuevo al Simposio de Obispos, en octubre de 1985, le proporcionó orientaciones firmes y directivas claras, en un discurso dramático y apasionado. Puso en guardia a Europa contra su suicidio demográfico y moral e hizo un fuerte llamamiento a la Iglesia para socorrer al viejo continente que se hunde en la amnesia; en la crisis de las universidades, que han perdido su papel de guías; en la esterilidad de la discusión; en el aborto, que, más que una derrota de la Iglesia, es una derrota del hombre y de la sociedad. (8)

Dar un alma a Europa y forjar su consciencia

Occidente no es un accidente. Europa no es un accidente. Es el resultado, pacientemente adquirido, de una construcción milenaria, de la que somos herederos y deudores. Lejos de avergonzarnos de esta herencia y de rechazarla con desprecio, tenemos el cargo de asumirla, para transmitir el mejor legado con que contamos. Y esto en total plenitud. Es un llamamiento vigoroso el que nos dirige a este respecto Juan Pablo II. Escuchémosle: «La civilización cristiana de Europa hunde sus raíces en dos tradiciones venerables que se han desarrollado en el curso de un proceso plurisecular con características diferentes, y sin embargo, complementarias: la tradición latina y la tradición oriental (...). Única es, en efecto, la inspiración, única la fuente primera, única la meta final (...). Es necesario dar un alma a la Europa de hoy y formar su consciencia (9).»

Para el Papa Juan Pablo II, «en el ocaso de un siglo que ha conocido demasiado horror y terror y que empieza a aspirar una cultura totalmente humana, si bien el futuro es incierto, abrigamos una certeza. Este futuro será como lo hagan los hombres, con su libertad responsable, sostenida por la gracia de Dios. Para nosotros, los cristianos, el hombre al que queremos ayudar a crecer en el corazón de todas las culturas es una persona de una dignidad incomparable, imagen y semejanza de Dios, de este Dios que tomó forma de hombre en Jesucristo. El hombre puede parecer hoy vacilante, a veces entorpecido por su pasado, inquieto por su futuro; pero es igualmente cierto que, en la escena del mundo, emerge un hombre nuevo de estatura nueva. Su profunda espera es afirmarse en su libertad, dar un paso adelante con responsabilidad, actuar para la solidaridad. En este cruce de caminos de la historia en búsqueda de esperanza, la Iglesia le da savia siempre nueva del Evangelio, creador de cultura, fuente de humanidad a la vez que promesa de eternidad. Su secreto es el amor. Es la necesidad primordial de cualquier cultura humana.»

Estoy seguro de que este mensaje que, naturalmente, se dirige a los católicos no puede dejar indiferente a ningún europeo. Porque la convicción de Juan Pablo II expresada ya en su primera Encíclica, Redemptor Hominis , encuentra un profundo eco y despierta la esperanza en todos los corazones europeos: «Nadie puede vivir sin amor.»


NOTAS

(1). JUAN PABLO II, Carta Encíclica Slavorum Apostoli , con motivo del XI Centenario de la obra evangelizadora de los santos Cirilo y Metodio. Librería Editora Vaticana, Ciudad del Vaticano, 2 de junio de 1985.

(2). SCHUMAN, R., «Est-il trop tard pour faire l´Europe?» en Ouelle Europe? Recherches et débats . N.° 22. París, Fayard, 1958, pp. 227 y 230-231.

(3). Cfr. POUPARD, P., Eglise et cultures. Jalons pour une pastorale de l"intelligence . Paris, Ed. SOS, 1980 /trad. italiana: Chiesa e Culture. Orientamenti pastorali . Ed. Vita e Pensiero, Milano, 1986 / trad. española: Iglesia y Culturas. Orientación para una pastoral de inteligencia. EDICEP, Valencia, 1988.

(4). JUAN PABLO II, «Discurso dirigido al Consejo Pontificio para la Cultura», 18 de enero de 1983. Cfr. Eglise et Cultures. Church and Cultures, Iglesia y Culturas . Boletín del CPC, Ciudad del Vaticano, desde 1984.

(5). PABLO VI, Encíclica Populorum Progressio . 26 de marzo de 1967, Nº 13.

(6). Cfr. DE LUBAC, H., Le drame de l"humanisme athée . 7ème éd. revue et augmentée, Paris, Cerf, 1983, p. 10.

(7). Cfr. POUPARD, P., « Intervention à la Conférence des Ministres Européens des Affaires Culturelles sur les objectifs culturels et tecnologies de la communication en Europe », en Documentation Catholique . 15 de julio de 1984, N.° 1.878, pp. 760-761.

(8). Cfr. POUPARD, P., L"Eglise au défi des cultures. Inculturation et évangélisation . Paris, Desclée, 1989.

(9). JUAN PABLO II, «Lettre aux Présidents des Conférences Episcopales d"Europe», en Documentation Catholique . 16 de febrero de 1886, pp. 183-184.

 

© ASOCIACIÓN ARVO 1980-2005
Contacto: webmaster@arvo.net
Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

01/08/2005 ir arriba
COMENTARIOS añadir comentario
Esta web no se hace responsable de los comentarios escritos por los usuarios. El usuario es responsable y titular de las opiniones vertidas. Si encuentra algún contenido erróneo u ofensivo, por favor, comuníquenoslo mediante el formulario de contacto para que podamos subsanarlo.
ir arriba

v01.99:0.35
GestionMax
TIENDA   Novedades   rss   contacto   buscador   tags   mapa web   
© ASOCIACIÓN ARVO | 1980-2009    
Editor / Coordinador: Antonio Orozco Delclós