| Por JOSEP MIRÓ I ARDÈVOL
LA VANGUARDIA - 27/10/2003
Cuando estas líneas se publiquen, justamente habrá finalizado en Cracovia la segunda reunión plenaria de la Convención de Cristianos por Europa (CCE), que nació, quizás lo recuerden, el diciembre pasado en Barcelona, donde radica su sede central y la presidencia. Tres hechos enmarcan este nuevo encuentro. Primero, la incorporación de miembros de las confesiones cristianas no católicas al proceso de constitución de una expresión organizada, cada vez más completa, de los cristianos de la sociedad europea; segundo, la participación de miembros pertenecientes a los nuevos países de la Unión, y, finalmente, el que la reflexión se celebre en el momento final que conduce al nuevo tratado constitucional europeo; a su refundación.
Cuatro tareas han ocupado la atención de la reunión. Una es la construcción de la llamada “red neuronal europea”, que tiene como objetivo enlazar por Internet a un millón de cristianos activos. La segunda es el inicio del proyecto que debería culminar en la edición de un periódico digital europeo, un medio de información realmente comunitario, independiente de partidos, estados y lobbies. Las otras dos cuestiones se mueven en el plano de la reflexión: la crisis de Europa, de su identidad y el papel que tiene en ésta última el cristianismo, que necesita de la fe, y la cultura cristiana que se forja en la historia y compete a la razón. Uno puede no ser cristiano en términos religiosos y pensar y obrar en términos de cultura cristiana. Esto es una evidencia en Europa.
Por ello, sigue vivo y seguirá siéndolo más allá de la Constitución, el debate sobre la incorporación de la referencia al cristianismo. Objetivamente no hay ninguna razón para no hacerlo en el preámbulo, allí donde deben fijarse las fuentes que dan sentido al articulado, empezando por un principio tan esencial para la Unión, porque difícilmente existiría sin él, como el de la subsidiariedad, un concepto ininteligible sin acudir a la doctrina social católica. La referencia es necesaria para fijar un componente fundamental de la cultura y moral europea, porque fue el único marco de referencia entre los siglos III y XVIII, y ha continuado vivo y presente desde entonces, hasta el extremo de que la casi totalidad de los padres fundadores de la Unión Europea, Schuman, Monet, Adenauer, De Gasperi, lo fueron como sujetos políticos cristianos. Sólo ya por eso, el vínculo es obligado. La propuesta cristiana no es excluyente, sino integradora. No persigue cerrar el paso a otras referencias reales, aunque su aportación histórica sea menor, por eso el ejemplo siempre ha sido el preámbulo de la Constitución polaca. Y es que si el nuevo tratado constitucional omite el cristianismo, se alejará mucho de la media que expresan las constituciones europeas, donde sólo Francia es laicista. Por su parte, el argumento sobre un futurible turco, además de ser eso, un futuro imperfecto, adolece de falta de fundamento, porque aquel país es institucionalmente laico. Siendo así, ¿por qué ha de ser un obstáculo la referencia cultural cristiana, a la que se integrará voluntariamente? Y si se trata de su sociedad en gran medida musulmana, ¿dónde van a encontrar un mejor marco de respeto y libertad religiosa? ¿En su propio Estado, que todavía los persigue? Esta es, en definitiva, una ocasión histórica para superar el conflicto que sigue abierto entre laicismo post-ilustrado y cristianismo, y así mostrar al mundo que la fidelidad a las propias convicciones significa primero y antes que nada el respeto sincero a las convicciones del otro.
josepmiro@e–cristians.net
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