CONVENCION: DOCE SIGLOS DE SALTO EN EL VACÍO
Por Luis Olivera (*)
El preámbulo de la Constitución Europea no contiene ninguna mención directa y clara al cristianismo. Mientras en él se mencionan “varios elementos importantes que han contribuido a plasmar el patrimonio europeo”, como la tradición greco-romana y el iluminismo, “sorprende la ausencia de una mención explícita del cristianismo”. Por eso el portavoz de la Santa Sede ha dicho que eso se tiene que remediar, “por respeto a la verdad histórica”. El viceprimer ministro italiano, Gianfranco Fini, por su parte, comparte la opinión de Joaquín Navarro-Valls: el cristianismo “puede y deber” ser incluido en el preámbulo de la actual Constitución Europea. Así opina el Gobierno italiano. Y Vaclav Havel, ex presidente de Chequia. Y los gobiernos de Irlanda y Polonia (“Hemos vuelto a la gran familia cristiana”).
Según los miembros de la Convención que ha redactado la Constitución, entre la caída del Imperio Romano (s. V) y la Ilustración (s. XVIII) habría doce siglos, 1.200 años, de niebla y oscuridad; una especie de salto en el vacío sin red, un agujero negro en nuestra civilización occidental. “Como si las catedrales, la Universidad, el Camino de Santiago, la Suma Teológica, las “Etimologías”, el Ars Magna, la Divina Comedia, Cluny, el Císter, el Concilio de Trento, las órdenes de caballería, la Escuela de Traductores de Toledo, la Escuela de Salamanca, la imaginería castellana, los trovadores y etc., etc., etc. hubiesen surgido de la nada o no representaran un ápice en la formación de Europa”, escribía Jesús Sanz Rioja.
Precisamente la Iglesia de la época altomedieval (s. V-XI) hizo posible la existencia misma de las monarquías, que fueron el primer rudimento de orden político tras la caída del Imperio Romano. Sin esa cristianización, no hubiera sido posible un mínimo de paz y estabilidad, ni tampoco un máximo de civilización: no habría nacido Europa. Aquella cristianización fue el común denominador, el único, de tanta amalgama de pueblos y etnias heterogéneos. Y no sólo fue eso: además fue un “máximo” común denominador, porque acabó siendo el verdadero factor de identidad entre unos pueblos europeos que, de otra manera y sin esa aportación decisiva, nunca habrían llegada a tener noción de formar parte de una misma civilización.
Olvidar eso es como si Ramón Llull y Constantino en el Puente Milvio; las ocho Cruzadas, “guerras santas” de la Cristiandad para recuperar los Santos Lugares; San Francisco de Asís, el Imperio Carolingio, la batalla de Lepanto (sin los franceses, por cierto, y con el Rosario en la mano), la Reconquista, los Concilios de Toledo; Dante recorriendo el Paraíso, el Purgatorio y el Infierno; el canto de los Salmos para aprender a leer; Carlomagno, coronado por el Papa, y sus sucesores, que pensaban como “europeos” (imperio); todo el monacato de oriente y occidente, el arte románico, el Trivium y el Quatrivium, el Sacro Imperio Romano Germánico, los emperadores coronados por los Papas; éstos y la Iglesia como factores esenciales de unidad; la conversión de Clodoveo, rey de los francos; el arte gótico y sus catedrales llenas de luz, Fray Luis de León, Santa Teresa, la bóveda de cañón, los múltiples conventos en todas las ciudades y pueblos, la música sacra, Magallanes, Elcano; las cofradías, “de origen religioso”, como corporaciones de artesanos; el descubrimiento de América y su evangelización (con sombras, por supuesto), San Juan de la Cruz, la poesía mística, Tomás de Aquino, Alberto Magno, las basílicas, los gremios, los Católicos, los concilios; “La Chanson de Roland” que, en su arrepentimiento tiende su guante a Dios, y que recoge el Arcángel Gabriel; los monasterios, que surgen por doquier; la toma de Jerusalén en 1099; las misiones en Oriente; las escuelas que tenían adjuntas todas las iglesias desde 1179; las cualidades para ser armado caballero; Alfonso X el Sabio y sus ‘Cantigas en loor a Nuestra Señora’; la restricción del uso de la guerra, con la ‘Paz de Dios’ y la ‘Tregua de Dios’; las ‘Sentencias’, de Pedro Lombardo; que los hijos de todas las clases sociales se educaran juntos; las peregrinaciones a los Santos Lugares; “Tristán e Isolda”; las iglesias son declaradas inviolables (derecho de asilo); la justicia gratuita para los pobres; la búsqueda del Graal; los caballeros errantes; que la Edad Media hiciera de la fe la fuente más pura de toda poesía; la predilección por el culto a la Virgen; los vitrales; la literatura épica; Roger Bacon, que escribe “La Respublica Christiana”; el Mester de Juglaría; la orfebrería sacra; Chrétien de Troyes y la grandeza que da a Yvain y Parsifal; Lancelote del Lago; fray Bartolomé de las Casas y su defensa de los indios, el amor a las reliquias, las Leyes de Indias, etc., fueran construcciones en el aire, fantasmas que se ha llevado el viento del tiempo, como las cartas de un gran castillo de naipes.
¿Cuánta gente murió, durante esos doce siglos inexistentes, por defender su fe o para extenderla por todos los confines de la tierra, sin miedo –por ello-- a poner en peligro su vida? ¿Cuántos dieron su vida por salvar Europa de las invasiones musulmanas por el sur de la Península durante ocho siglos o, del peligro turco, en las fronteras orientales del Imperio? ¿Dónde estaríamos ahora si esas empresas de profundo significado cristiano no se hubieran llevado a cabo con éxito en los campos de batalla? ¿Qué sería ahora Europa, qué raíces tendría nuestra civilización occidental en la actualidad?
Si pasamos al terreno de la música, fue San Ambrosio empezó la larga y rica tradición de la música litúrgica cristiana. No sólo con los Salmos y los himnos, sino también –que es todavía más importante-- con las oraciones principales de la misa: kyrie, gloria, etc., acompañadas de música que cantaba un coro. “Es imposible concebir la música occidental sin esos cantos”, según Paul Johnson. Al principio a través del canto coral; después, con los cantos polifónicos y, al final, añadiendo melodías orquestadas de la misa para todo el coro, estas oraciones se convirtieron en textos que la mayoría de los grandes compositores utilizaron, desde Purcell y Palestrina, pasando por Bach, Beethoven y Mozart, y llegando hasta Britten: ¿A quién no le ha elevado el espíritu la ‘Misa en si menor’ o ‘La Pasión según san Mateo’ y ‘La Pasión según san Juan’? ¿Quién duda de que las misas de réquiem compuestas por >b>Mozart o por Verdi transforman nuestra percepción de la visión de los difuntos y de su relación con Dios de una forma más profunda y más positiva que antes de escucharlas? El testimonio más elocuente que podemos invocar es el de Mozart, al decir: “Daría toda mi obra por haber escrito el Prefacio de la misa gregoriana”.
Sólo en el Renacimiento (s. XVI-XVII), en la esencia del nacimiento del Estado moderno, aparece la religión
como principal fuente del poder real, sobre la idea del respeto a una autoridad emanada de Dios; por eso los reyes son consagrados por la Iglesia y reconocidos como sus protectores. Incluso algunos reyes tienen el derecho a presentar candidatos a obispos y abades. Y, la reforma protestante, surgida en el siglo XV, acentuó aún más la estrecha unión entre Estado e Iglesia.
Pero repasando la historia, los hechos, encontramos los doscientos años de existencia del Sacro Imperio Romano-Germánico (1356-1555), cuyo emperador era elegido por siete príncipes, de los cuáles 3 eran arzobispos, y después debía ser confirmado por el Papa; las obras de pintores como Durero y Granach. En la parte oriental de Europa hallamos a San Esteban, rey de Hungría, y la permanente lucha --religiosa y de supervivencia-- contra los turcos. Ya en España, la conquista de Granada, “empresa nacional y religiosa”; la unificación de España, con un “fuerte ingrediente religioso”; vemos que los obispos eran de estirpe guerrera, y participaban en las contiendas civiles al frente de sus mesnadas; y no podemos olvidar el importante papel social que ha jugado la Iglesia católica e innumerables órdenes religiosas tanto en la enseñanza como en actividades de beneficencia, sin solución de continuidad y desde siempre. Vemos nacer la Compañía de Jesús, el establecimiento de los Concordatos con el Estado Vaticano; la existencia de los propios Estados Pontificios en la Península italiana (42.000 km2); o la elección de miembros de distinguidas familias italianas para el Papado (tres Médicis, dos Borgia, etc.). Roger Bacon, que escribe “La Respublica Christiana”, etc.
En el Renacimiento encontramos también la presencia de raíces cristianas en: los frescos del pintor mantuano Mantegna, la arquitectura de Bramante, la pintura de los también italianos Piero de la Francesca (“maestro de la luz”), y los venecianos Donatello, Fra Angélico, Botticeli, Verrochio y Ghirlandaio; o en la arquitectura monumental de la basílica de San Pedro del Vaticano (Roma), con los impresionantes frescos de Miguel Angel en la Capilla Sixtina o las pinturas de Rafael de Anzio en las capillas adyacentes; las obras de Bellini y Giorgini; al pintor cumbre en Venecia, Tiziano; en “La Virgen de las rocas” y tantos otras grandes obras del eminente Leonardo da Vinci. O en la pintura flamenca, de los van der Weyden y los hermanos Van Eyck, el francés Juan de Juni o los dos Berruguete españoles (Alonso y Pedro). O en el también italiano Caravaggio; o Andrea del Sarto; y qué decir de los alemanes Durero, Granach y Holbein el joven, etc.
Por no hablar de la huella que han dejado los grandes humanistas de la época, especialmente Erasmo de Rotterdam, con su obra “La educación de un príncipe cristiano”, su “Enchiridion Militis Christiani”, su refutación a Lutero, o su “Elogio de la locura”, en honor de Tomas Moro, gran humanista (“Utopía”) y mártir por la coherencia con su fe; o de los franceses Budé y Lefèvre d’Etaples; o el pedagogo español Juan Luis Vives; el inglés Colet, el italiano Guicciardini, etc., todos los cuáles mayoritariamente usaban el latín (lengua oficial de la Iglesia Católica) para escribir sus obras, reproducidas por la recién inventada imprenta.
Qué decir de la labor y el influjo de las grandes universidades europeas, nacidas siglos antes, siempre por iniciativa eclesiástica y que dependían directamente del Papa: Oxford, Salamanca, Bolonia, París, Lovaina, Viena, Praga, Cracovia, Alcalá, … , atendidas sólo por profesores franciscanos y dominicos. La lengua común de todas ellas era el latín, lo que evitó una nueva torre de Babel. El sistema de becas, como ahora. O de las grandes bibliotecas privadas que ellas propiciaron, junto a las que reunieron después los benefactores de artistas, muchos de ellos altos prelados de la Cristiandad (los Médicis, los Sforza, etc.).
La huella en la literatura tampoco ha sido escasa: el “Amadís de Gaula”, los versos de Petrarca y su empuje a las lenguas clásicas, las novelas del nórdico Rabelais (que era clérigo además), las obras pedagógicas de Castiglione; la primera Gramática del castellano, debida a Nebrija; los estudios filológicos de Lorenzo Valla; “La imitación de Cristo”, de Tomás de Kempis; Shakespeare; “El lazarillo de Tormes”; Boscán y Garcilaso de la Vega; Quevedo y su “Política de Dios y gobierno de Cristo” y el poeta italiano Ariosto. Y si pasamos a las ciencias, tenemos que hablar del astrónomo polaco Copérnico, de los avances de Kepler, Bruno, Newton, de Galileo (que no murió en ninguna hoguera), etc.
Europa está empapada de cristianismo. Los hechos son tozudos y no se pueden esconder bajo un velo, por tupido que sea. Europa o La Cristiandad: así se hablaba indistintamente de las empresas que se llevaban a cabo en común, en cuanto categoría fundamental del horizonte geográfico del hombre hasta el siglo XIII. O se trata de ignorancia supina de nuestros legisladores –incluyendo los españoles--, que parece excesiva, o sólo es por un complejo agudo de ser “políticamente correctos”. O por “vandalismo cultural”.
Hasta la idea misma de progreso es hija de una visión cristiana del tiempo, porque es reflejo de la visión lineal ascendente, que procede de un origen y llega a una meta, que es hija de una visión optimista del mundo. De ahí el amor a la vida que define a la Edad Media en su totalidad y que queda reflejada en su literatura, móvil y animada, y en los nombres de más de 500 trovadores que han llegado hasta nosotros. Esa poesía que inspiraron es francesa hasta la médula. “No podemos renegar de ella sin renegar de nuestra naturaleza y de nuestra personalidad” (Regine Pernoud). En cualquier caso, la revolución Francesa no inventó nada nuevo. Chesterton lo expresó muy diciendo que el lema “libertad, igualdad y fraternidad” se apoyó sobre “ideas cristianas que se han vuelto locas”. Precisamente fue el Cristianismo el que, tras los periodos helénico y romano, acabó con los esclavos, tratados hasta entonces como un objeto, para que fueran considerados seres humanos, y poseyeran los derechos propios de la dignidad humana. Junto a ello la Iglesia influyó en la igualdad moral entre el hombre y la mujer, concepto enteramente ajeno a la Antigüedad. No sé qué tipo de historia habrán estudiado nuestros actuales padres de la patria europea, pero pienso que les convendría volver a repasar sus viejos libros de texto. Los chicos que hoy están en edad escolar saben más que ellos. Y eso no deja de ser preocupante.
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(*) Escritor y periodista
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