Qué significa hoy cultura Europea?
Por Helena Ospina
Catedrático
Facultad de Letras
Universidad de Costa Rica
Sesión Plenaria
“Europa, desde fuera: ¿Qué significa hoy ‘Cultura Europea'?”
VI Congreso “Cultura Europea”
Centro de Estudios Europeos
Universidad de Navarra
Pamplona, España
28-X-2000
Europa desde fuera… Desde la perspectiva de América. ¿Qué significa hoy cultura europea?
Desde niña tuve los ojos puestos en Europa, gracias a la influencia de mi madre quien había estudiado en Bélgica, Inglaterra y Francia. De adolescente pedí, como regalo de mis 15 años, un viaje al viejo continente, en vez de la tradicional fiesta de presentación en sociedad que se acostumbraba en mi ciudad natal, Cali, Colombia. De estudiante universitaria elegí Europa para mis estudios de Humanidades y de Arte. Mis ojos escudriñaron la arquitectura, los cascos viejos de las ciudades, la música, la danza, la literatura… Europa representaba para mi lo bello, lo culto, lo pleno, lo cultivado del espíritu. Ese primer vistazo tenía un centro, unas raíces, las que la civilización cristiana había impreso en su alma. De profesional elegí, de nuevo, Europa, con ocasión de estos Congresos de Cultura Europea. En 1996 hablé sobre “Arte y Persona” y la huella que el Beato Josemaría Escrivá había dejado impresa con la “unidad de vida” en la persona y en la obra del artista. En 1998 hablé sobre “Persona y Cultura” y del esfuerzo que hacemos desde estas tierras centroamericanas por inculturar la fe en la poesía, la danza y la música. En el 2000 hablé sobre las implicaciones para la cultura de “La carta a los artistas” de Juan Pablo II. Estas reflexiones mías, a lo largo de estos tres Congresos, no habrían sido jamás posibles, si no existiera la impronta del “alma cristiana” de Europa en mi pensamiento: en el concepto de persona, de cultura y de arte.
Da pena ver que se silencien las raíces cristianas del continente en ámbitos políticos e históricos. Da pena encontrarse con algunos europeos que han dejado de creer en Europa. Pero yo no puedo dejar de volver la mirada hacia ella; la miro y la interrogo, esperando de ella ese “suplemento de alma” que latió en sus venas; y sé que en ellas volverá a latir de nuevo. ¿Qué hacer? Estos Congresos –caracterizados por su pluralismo y apertura– son un estupendo camino, un magnífico alto en el tiempo y en el espacio, para re-pensar el destino de Europa. En sus sesiones plenarias, comunicaciones, talleres, actividades culturales, esa raíz de lo genuinamente europeo sigue interpelando las conciencias, y sigue siendo, a la vez, el vértice –flecha gótica– hacia el cual apunta el anhelo más profundo del europeo.
En el Coloquio Internacional que organizó la Sorbona en noviembre de 1999, para hacer una reflexión en torno al año 2000 –¿2000 años de qué?–, historiadores, filósofos, antropólogos, psicólogos, sociólogos, teólogos, expertos en ética, pensadores judíos, católicos, ortodoxos y protestantes hicieron un diagnóstico interesante. Allí podemos encontrar luces para recobrar el norte perdido. Jean Baubérot manifestó lo siguiente: la cristiandad logró “un enraizamiento de las personas en los valores”; pero ahora nos encontramos en una situación de “masificación” de valores. Rémi Brague habló del suicidio de Europa: “la condición fundamental para que haya futuro es que haya hombres”. René Girard afirmó que la era cristiana es un fenómeno universal, natural y cultural al mismo tiempo; y aunque muchas veces, a lo largo de la historia, se ha hablado de la muerte del cristianismo, la verdad es que sigue siendo “la única institución bimilenaria”. Alain Finkielkraut ( L'Humanité perdue: Essai sur le XXe siècle ) produjo un impacto con su afirmación de entrada: “la memoria de este siglo nos conduce a la penitencia”; “el cristianismo aunque es esencialmente una fe, contiene enseñanzas éticas y da una orientación fundamental del hombre: la dignidad de la persona y el universalismo”; e hizo el siguiente balance: “de la primacía de la Religión se pasó, en la Modernidad, a la primacía de la Cultura, y la gran conclusión del siglo XX es que ha caído derrumbada la moderna Religión de la Cultura”. Alain Touraine proclamó la necesidad de “una nueva educación de la barbarie” que, en lugar a enseñar a dominar al mundo, eduque al hombre a reconocer al otro. Alain Renaut puso de manifiesto que el cristianismo ha aportado el sentido de la igualdad entre los hombres. Georges Steiner se preguntó: ¿por qué existe este inmenso desprecio del hombre?, ¿por qué este error catastrófico de previsiones? Afirmó que los ilustrados y los posilustrados han pretendido reformar el mundo reformando las instituciones; y esto es un absurdo porque “la vida tiene que ser un aprendizaje de la muerte y del juicio de Dios”. ¿Cómo hacer ver, entonces, que “el éxito material no es el fin del hombre y que California no es el Paraíso”? Steiner respondió: enseñando “la felix culpa ”. Ratzinger explicó que la crisis se encuentra en la razón misma, porque limitar la realidad a lo tocable puede obedecer a una pretendida sinceridad intelectual, pero abandonan las cuestiones esenciales a lo irracional; existe la razón positiva; pero, también se necesita “la razón filosófica verdadera”, porque el método positivo no responde a las pregunta del hombre de cómo vivir y cómo morir. Jean Baechler trató la cuestión del futuro del cristianismo: lo religioso esta inscrito en lo humano por lo que no desaparecerá; el cristianismo no desaparecerá tampoco; no desaparecerá mientras siga siendo cristianismo; es decir, mientras siga afirmando lo esencial de su mensaje: “Caída, Encarnación y Redención”; si el cristianismo deja de afirmar esto, desaparecerá; porque perdería lo que le es propio y ya no tendría nada que decir más que una ética difusa. Marie Balmary , psicoanalista freudiana, judía, habló de una generación que conoce más el signo de McDonald que el signo de la Cruz; y señaló, como colofón de las sesiones del Coloquio Internacional, que “la filiación divina” constituye el núcleo del cristianismo.
Ante este diagnóstico, volvamos a la pregunta inicial: ¿qué hacer? En este VI Congreso, Federico Mayor Zaragoza , en su conferencia “Europa plural: ¿Europa abierta, unida?”, nos dejó bien esculpido, en las exhortaciones que lanzó a la conciencia europea, el camino a seguir:
· ¡Europa, “crisol” (encrucijada, espacio de intercambio)!
· ¡Europa, la de los “visionarios” audaces (y no la de los “alicortos” de ámbitos nacionalistas, mercaderes del cálculo)!
· ¡Europa, la de la creatividad!
· ¡Europa, “vigía” (previendo para prevenir)!
· ¡Europa, capaz de la desmesura de crear (y por eso, inmensurable)!
· ¡Europa, “sabia” (que no sólo se atreve a saber, sino que sabe aplicar los saberes debidamente)!
· ¡Europa, que sabe que tiene un pasado, un presente, y se atreve a un futuro!
· ¡Europa, “arcoiris” (símbolo de la unión europea que brinda sus brazos a la interacción de asimetrías)!
· ¡Europa, no ensimismada, aislada (sino “a la escucha” del resto del mundo)!
· ¡Europa, defensora de los derechos humanos (que procura que todos los sepan, para que nadie se los pueda robar)!
· ¡Europa, “no instalada” (sino llena de pasión y de compasión)!
· ¡Europa, que vuelve a tener “nervio” (y sabe reaccionar)!
· ¡Europa, la de los “idealistas” (los “realistas” nunca transforman la realidad porque la aceptan)!
· ¡Europa, que no se deja distraer por “ruidos” intrascendentes (el ruido de fondo de la previsión y del cálculo)!
· ¡Europa, de la “mega-fusión” cultural, intelectual, espiritual (y no sólo de la fusión monetaria: el dinero no une, divide; lo único que une son los valores)!
· ¡Europa, del “cultivo” (que sabe regar a diario –en su interacción– una multitud de valores)!
En todas estas interpelaciones lanzadas por Federico Mayor Zaragoza en este VI Congreso, Europa podrá encontrar las fuerzas para encender de nuevo “el fuego” de esa DESMESURA CREATIVA que necesita para responder, siempre, a la invitación que un día le lanzó Juan Pablo II en Santiago de Compostela: “¡EUROPA: SÉ TÚ MISMA!”.
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