Por Ignacio SÁNCHEZ CÁMARA
Catedrático de Filosofía del Derecho
En ABC, 23.11.2002
EL resultado de las elecciones en Turquía, con la victoria del partido islamista Justicia y Desarrollo, despierta incertidumbres sobre el futuro del país y, especialmente sobre su eventual integración en la Unión Europea. Se trata de un socio y aliado militar a través de su pertenencia a la Alianza Atlántica. El recelo justificado por el dictamen de las urnas condujo a Giscard a definir a Europa como «club cristiano».
En ese caso, Turquía, y más aún después del resultado electoral, quedaría excluida. El comisario de Relaciones Exteriores de la UE, Chris Patten, ha corregido al político francés al declarar que no cabe excluir a Turquía por razones religiosas, que jamás fueron invocadas en el pasado como criterio de ingreso, y al afirmar que «es extremadamente peligroso hablar de la UE en términos de club cristiano». ¿Es o no Europa un club cristiano?
En el sentido literal de la expresión, la respuesta ha de ser negativa. La UE no es un club ni se define por su condición cristiana. Digo la UE; no necesariamente Europa. Acaso no sean lo mismo. Las condiciones generales para el ingreso pertenecen, si no me equivoco, a tres órdenes: geográfico, político-cultural y económico. Para aspirar a la integración es preciso pertenecer a un ámbito territorial de fronteras imprecisas pero reales. La petición de, por ejemplo, Canadá sería extravagante. También se requiere la adhesión a ciertos valores que confluyen en la democracia liberal y el Estado de Derecho y, por último, el cumplimiento de ciertos requisitos de naturaleza económica. Turquía podría, en principio, cumplirlos. No parece que de hecho los cumpla. Éste será el examen que deberá pasar y no la exhibición de determinadas credenciales religiosas. Lo que sí es incompatible con la UE es el fundamentalismo y la identificación entre el poder político y una determinada confesión religiosa.
Mas eso no significa que la idea de un club cristiano sea un puro error o carezca de sentido, si no se interpreta literalmente como club confesional. Europa es una civilización precisa y un ámbito territorial de fronteras imprecisas. Como civilización se asienta en los valores de la filosofía griega, el derecho romano, la religión cristiana y la ciencia moderna. De manera que el cristianismo es ingrediente esencial de la civilización europea. Y esto nada tiene que ver con la confesionalidad de los Estados. Lo cierto es que la libertad es planta que arraiga mejor que en ninguna otra tierra en las impregnadas por siglos de cristianismo. Salvo alguna excepción, el mapa de la libertad coincide con el mapa de la civilización cristiana. El problema no consiste entonces en que un país de mayoría no cristiana no pueda aspirar a la integración, sino en la extrema dificultad de que cumpla los requisitos establecidos para hacerlo. Los retos para Turquía no consisten en la exigencia de conversión religiosa de sus ciudadanos, sino en la crisis económica que padece, las violaciones de derechos humanos que comete o su actitud intransigente hacia Chipre. Un Gobierno islamista, por moderado que pudiera ser y no es fácil conciliar islamismo y moderación, no parece el más idóneo para superar estos retos. Al contrario, parece destinado más bien a agravarlos. La expresión «club cristiano» no es afortunada. En el sentido político y jurídico, es falsa. Pero en el ámbito de las civilizaciones, expresa inadecuadamente, una profunda verdad. Europa es ininteligible sin el cristianismo. No sólo sin la cultura cristiana, sino también sin la religión cristiana.
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