Por Lluís Pifarré
La película pone al descubierto la
ególatra y demoníaca personalidad del máximo
responsable del hundimiento, que recuerda
por su siniestra similitud, a la
personalidad que poseía en su época juvenil,
cuando residía en Linz y posteriormente en
Viena y en Munich, y que gravitó fatalmente,
como un juego fraudulento de cartas
marcadas, en su itinerario existencial.
Efectivamente; el obstinado, rebelde y
apasionado adolescente Adolf, según lo
describe su profesor de secundaria Eduard
Huemer, llevaba en Linz, un estilo de vida
indolente y carente de disciplina, rechazaba
cualquier trabajo que se le ofreciera,
puesto que prefería dedicar su tiempo a
zanganear, dibujar o leer, dejándose llevar
por sus ensoñaciones de llegar a ser un gran
artista en el futuro. August Kubizek,
estudiante de música, y quizá el único amigo
que tuvo Hitler, nos cuenta que, en esta
época, lo admiraba por su turbulencia
retórica, que utilizaba para arengarle a él
y a los demás, sobre los defectos que
encontraba en aquella ciudad (funcionarios,
maestros, impuestos locales, edificios
públicos...), y que fácilmente se
encolerizaba si contradecían sus
explicaciones.
En 1907, año en que falleció su madre
Clara (su padre Alois había muerto en 1903),
acompañado de Kubizek, el joven Adolf se
trasladó a vivir a Viena, y durante los 6
años que residió en la capital de los
Habsburgo, experimentó toda suerte de
situaciones. Con las esporádicas ayudas de
tía Johanna, hermana de su madre, y la
pensión de orfandad que recibía, mantuvo una
existencia bastante llevadera, que en
ocasiones tuvo que compaginar, al agotarse
sus ahorros, con una vida de pobreza y
miseria, teniendo que refugiarse en los
dormitorios comunes del asilo de Meidling,
cerca del palacio de Schönbrunn, o
acompañado de otros indigentes, acercarse al
convento de Gumpendorferstrasse, donde las
monjas repartían un plato de sopa.
Para poder sobrevivir mediante su
existencia bohemia, vendía algunos acuarelas
sobre escenas de la ciudad, visitaba museos
o accedía a los cafés de Viena, donde leía
con voracidad libros, periódicos o la
conocida revista antisemita Ostara, lo que
contribuyó, junto con las ideas
pangermanistas de G.R. von Schönerer, a
afianzar su antisemitismo. Pero una de las
razones que impulsaron a Hitler trasladarse
a Viena, fue su deseo de convertirse en un
artista. En virtud de ello, intentó ingresar
por dos veces (en septiembre de 1907 y en
octubre de 1908), en la Academia de Bellas
Artes, pero en las dos ocasiones fue
rechazado. Este doble fracaso le originó un
profundo resentimiento, y una inestabilidad
emotiva, de la que ya no se recuperó, que
enmascaraba con sus rasgos dominantes y su
rígida autoridad.. Agobiado por su catálogo
de odios para no admitir sus errores, vertía
su furia contra todo y contra todos,
diciendo que no le comprendían y no le
valoraban. Kubizek nos cuenta el enojo con
el que reaccionó, al mencionarle esta
circunstancia: "Habría que volar toda la
Academia y a los funcionarios y burócratas
anticuados y fosilizados, vacíos de
inteligencia, zoquetes, estúpidos, pues me
rechazaron, me echaron, me expulsaron". Eran
las coléricas diatribas de un ego
desmesurado que necesitaba aceptación.
Parecidos exabruptos utilizará en las
últimas semanas de la guerra, para no
admitir las propias culpas de la derrota:
"La mayoría de oficiales son unos inútiles y
unos traidores, pues no han obedecido mis
órdenes de no retirarse de las zonas
ocupadas. Göring es un vago. Por su culpa se
ha desmoronado la Luftwafe, su ejemplo ha
hecho cundir la corrupción en nuestro
estado". Ni siquiera en estos momentos, a
pesar de la evidencia del descalabro,
admitirá, por su obsesiva egolatría, que
pudiera perder la guerra: "Todo aquel que
afirme que hemos perdido la guerra será
tratado como traidor a la patria, y las
consecuencias recaerán en él y en su familia
¡Sean cuales sean su rango y su
prestigio!". En su frenética obsesión del
"todo o nada", la victoria o la destrucción,
afirmaba que si la guerra se perdía, también
el pueblo alemán estaría perdido: "Es mejor
destruirlo, porque este pueblo ha demostrado
ser el más débil, y el futuro pertenece a
los más fuertes del Este. En este caso no
habrá superado su prueba ante la Historia y
únicamente estará destinado al hundimiento.
¡Los que queden después de esta lucha no
serán más que subhombres, pues los buenos
han caído ya". Había cursado órdenes a todos
los ministerios para aplicar los principios
de tierra quemada: "Todas las instalaciones
militares, de comunicaciones, industriales y
de servicios, así como todos los bienes
muebles que se encuentran dentro del
territorio del Reich, deben ser destruidos.
Que sólo le salgan al encuentro la muerte,
la desolación y el odio". Confidencialmente
le confiesa a un escéptico Speer, como
fielmente refleja Hirschbiegel en su
película, que nadie le ha comprendido, que
nadie ha estado a la altura de su misión,
que el pueblo merecía lo que le estaba
ocurriendo.
Cuando en mayo de 1913 decide
trasladarse a Munich, el futuro parecía
sombrío ante el porvenir solitario de pintor
de poca monta. Fueron las circunstancias
únicas que produjeron la guerra y la
humillación posterior del Tratado de
Versalles, las que le permitieron que un
marginado austríaco hallase eco en un país
distinto y adoptivo, y que el ejército lo
mantuviera en nómina hasta marzo de 1920.
Sin estas excepcionales circunstancias, el
artista fallido, el marginado social, habría
continuado siendo un "don nadie", sin
perspectivas profesionales, y no habría
entrado en la política, ni descubierto su
especialidad de demagogo de cervecería.
Al salir en diciembre de 1925, de la
prisión de Landsberg, en las que pasó once
meses a consecuencia del frustrado "Putsch"
o "golpe de estado" que realizó desde Munich
en 1923, Hitler logró aglutinar a todos los
partidos radicales nacionalistas y
antisemitas, que sin él se encontraban
divididos. Esto le confirió la conciencia de
que era el "dirigente" el "caudillo", el
nuevo "héroe" que todos esperaban para
salvar Alemania, aclamado por sus
admiradores que aumentaban sin cesar. En
esta etapa de finales de los años veinte en
Munich, Hitler se mostraba obsequioso y
cortés con las señoras, iba a comer ravioli
en Osteria Bavaria, un pequeño restaurante
de artistas, y por las noches acudía a la
Ópera a escuchar preferentemente a Wagner.
Mientras las postales que se distribuían por
Alemania, mostraban a un Hitler jovial,
amigo de los animales y de la naturaleza,
simultáneamente vertía sus odios y fobias,
en los mítines que daba como propagandista y
agitador, en las grandes Bräuhaus o
cervecerías de Munich, arremetiendo contra
los judíos, los bolcheviques y los débiles
políticos del regimen de Weimar. Hitler con
sus dotes retóricas, demagógicas y
teatrales, lograba electrizar a sus oyentes
que le vitoreaban con febril entusiasmo: "El
antisemitismo basado en la razón, debe ser
la eliminación completa de los judíos", "El
envenenamiento del pueblo no acabará,
mientras el agente causal, el judío, no sea
extirpado de nuestro medio". En el Circus
Krone, en 1926, denunció a los judíos como
una "tuberculosis racial", y junto con los
bolcheviques, como enemigos del pueblo. Así,
no era de extrañar, que por estas fechas se
encargara a Himmler el diseño y puesta en
marcha de "campos de prisioneros" para
aplicar la "higiene racial" que preanunciaba
el "progrom" de depuración de los judíos, y
la "eugenesia" o esterilización de los
enfermos y los considerados como razas
inferiores, como antesala de la eutanasia,
medidas respaldadas por algunos médicos y
psiquiatras del Reich. Al finalizar la
guerra, el mundo se estremeció al conocer
los horrores de los campos de concentración,
con las cámaras de gas y los "experimentos"
anatómicos y bológicos con los prisioneros,
en aras del "progreso científico".
Cuando las tropas rusas ya estaban
prácticamente en las puertas de Berlín,
Hitler todavía continuaba contemplando
fascinado la maqueta de los futuros "Centros
de Poder", en la que figuraban los colosales
edificios que había proyectado construir
alrededor de la puerta de Brandenburgo, y
que eran la más fiel expresión de sus
visionarias ensoñaciones del futuro Imperio
Milenario del III Reich: "Vamos a crear un
gran imperio. Reuniremos a todos los pueblos
germánicos desde Noruega hasta el Norte de
Italia. Soy yo quien debe conseguirlo".
En esta maqueta de la Adolf Hitler
Platz, aparecía la "Gran Sala", que tenía un
volumen diecisiete veces mayor que la
Basílica de San Pedro, con una cúpula de 250
metros de diámetro, y que daría cabida en su
interior a 150.000 personas, el Alto Mando
de la Wehrmacht, la nueva Cancillería del
Reich de 1.200.000 m2, el Arco de Triunfo de
170 metros de altura, el Führerbau o Palacio
Residencial de 1.900.000 m2, o el nuevo
Reichstag: "Mi único deseo, le decía a Speer,
es el de seguir con vida cuando esto se haya
levantado. En 1950 organizaremos una
Exposición Universal ¡Invitaremos a todo el
mundo!. En Nuremberg ya se habían iniciado
las obras para construir el inmenso recinto
de los Congresos, con el Campo de Marzo de
más de un kilómetro de largo y 700 metros de
ancho, el Zeppelinfeld de 390 mts de
longitud, el "Gran Estadio" con una
capacidad para 400.000 personas y el edifico
de los Congresos, rodeados de bosques y
lagos.
Cuenta Speer, que en los años en que
Hitler aún no significaba nada en la
política alemana, ya se dedicaba a diseñar
diferentes bocetos, en los que dibujaba una
serie de planos con escalas bien realizadas,
de esos monumentales proyectos
arquitectónicos. Con ello daba rienda suelta
a su frustración de artista y a sus
desmesuradas y grandilocuentes fantasías,
que, ya en Viena, suplió por su afición por
la arquitectura.
El desprecio y hostilidad hacia el
cristianismo y especialmente a la Iglesia
Católica que manifestaban el ideólogo
antisemita Rosenberg, Martín Bormann, Hess
y otros jerarcas del partido nazi, invitaba
a realizar afirmaciones como las que
expresaba el Gauleiter de Stuttgart: "¡Fuera
palacios e iglesias! pues los palacios e
iglesias son reductos de un pasado
reaccionario, y no hacen más que
obstaculizar nuestra revolución. ¡Después de
la guerra levantaremos nuestros propios
monumentos!". Bormann decía que "las
iglesias no deben ocupar lugar alguno, la
lucha contra la Iglesia es imprescindible
para activar la ideología del partido".
Hitler, con su instinto de la oportunidad,
no ocultaba que prefería dejar este cuestión
para un momento más propicio: "Cuando haya
solucionado otras cuestiones, saldaré mis
cuentas con la Iglesia. Y se va a quedar de
piedra", "Con el tiempo la Iglesia tendrá
que adaptarse a los objetivos políticos del
nacionalsocialismo"
En estas fechas se cumplen los 60 años
de la finalización de estos aciagos
acontecimientos, con lo que posiblemente ya
poseemos la suficiente perspectiva
cronológica para reflexionar con más
objetividad, cómo fue posible tamaña
barbaridad. Unas reflexiones, que aparte de
que puedan aportarnos nuevas claridades
sobre un acontecimiento cuyas dolorosas
huellas de más de 60 millones de muertos,
aún perduran, sean un acicate para
aleccionarnos de cuáles deben ser los
derroteros por los que no hay que transitar.
Y esto se debe tener presente en estos
momentos, en el que junto a los nobles
deseos colectivos de paz, justicia y
progreso social para los pueblos, surgen
negros nubarrones que ensombrecen el
horizonte de la humanidad del S.XXI, pues
todavía se desconoce como estos "buenos
deseos" podrán amoldarse con la agresiva
ofensiva, entre otras, de los intereses
económicos de la industria farmocológica y
poderosos medios de comunicación que, como
nuevos "aprendices de brujo", propugnan la
"cultura de la muerte" con sus diversas
modalidades, cuyas siniestras prácticas ya
fueron aplicadas con gran celo por los
"expertos científicos" del partido nazi.
Todo hundimiento bélico tiene sus
inicios, toda degradación humana tiene sus
comienzos, y aunque es indudable que las
circunstancias históricas y sociales son muy
distintas de las existentes en los años
veinte en Europa, y sin pretender caer en
gratuitos pesimismos, sirva como "aviso a
navegantes" una reciente entrevista a "La
Vanguardia" en la que el Cardenal Julián
Herranz, afirmaba "que la humanidad puede
destruirse a sí misma, pues si el hombre se
erige en Dios, queriendo fabricar el hombre
a la medida de su voluntad, las barbaridades
de los nazis van a parecer un juego de
niños".