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EL INICIO DEL «HUNDIMIENTO» (Lluís Pifarré)

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EL INICIO DEL «HUNDIMIENTO»

 

Con la película "El Hundimiento", de notable éxito taquillero, se han vuelto a poner de actualidad algunos de los terribles acontecimientos de la II Guerra Mundial. El argumento describe los últimos días del régimen nazi, cuya derrota no se dio por concluida hasta el momento en que Hitler, encerrado en el búnker de la Cancillería de la Voss-Strasse de Berlín, se suicidó junto a Eva Braun.

 

Por  Lluís Pifarré

 

 

     La película pone al descubierto la ególatra y demoníaca personalidad del máximo responsable del hundimiento, que recuerda por su siniestra similitud, a la personalidad que poseía en su época juvenil, cuando residía en Linz y posteriormente en Viena y en Munich, y que gravitó fatalmente, como un juego fraudulento de cartas marcadas, en su itinerario existencial.

 

     Efectivamente; el obstinado, rebelde y apasionado adolescente Adolf, según lo describe su  profesor de secundaria Eduard Huemer, llevaba en Linz, un estilo de vida indolente y carente de disciplina, rechazaba cualquier trabajo que se le ofreciera, puesto que prefería dedicar su tiempo a zanganear, dibujar o leer, dejándose llevar por sus ensoñaciones de llegar a ser un gran artista en el futuro. August Kubizek, estudiante de música, y quizá el único amigo que tuvo Hitler, nos cuenta que, en esta época, lo admiraba por su turbulencia retórica, que utilizaba para arengarle a él y a los demás, sobre los defectos que encontraba en aquella ciudad (funcionarios, maestros, impuestos locales, edificios públicos...), y que fácilmente se encolerizaba si contradecían sus explicaciones.

 

     En 1907, año en que falleció su madre Clara (su padre Alois había muerto en 1903), acompañado de Kubizek, el joven Adolf se trasladó a vivir a Viena, y durante los 6 años que residió en la capital de los Habsburgo, experimentó toda suerte de situaciones. Con las esporádicas ayudas de tía Johanna, hermana de su madre, y la pensión de orfandad que recibía, mantuvo una existencia bastante llevadera, que en ocasiones tuvo que compaginar, al agotarse sus ahorros, con una vida de pobreza y miseria, teniendo que refugiarse en los dormitorios comunes del asilo de Meidling, cerca del palacio de Schönbrunn, o acompañado de otros indigentes, acercarse al convento de Gumpendorferstrasse, donde las monjas repartían un plato de sopa.

 

     Para poder sobrevivir mediante su existencia bohemia, vendía algunos acuarelas sobre escenas de la ciudad, visitaba museos o accedía a los cafés de Viena, donde leía con voracidad libros, periódicos o la conocida revista antisemita Ostara, lo que contribuyó, junto con las ideas pangermanistas de G.R. von Schönerer, a afianzar su antisemitismo. Pero una de las razones que impulsaron a Hitler trasladarse a Viena, fue su deseo de convertirse en un artista. En virtud de ello, intentó ingresar por dos veces (en septiembre de 1907 y en octubre de 1908), en la Academia de Bellas Artes, pero en las dos ocasiones fue rechazado. Este doble fracaso le originó un profundo resentimiento,  y una inestabilidad emotiva, de la que ya no se recuperó, que enmascaraba con sus rasgos dominantes y su rígida autoridad.. Agobiado por su catálogo de odios para no admitir sus errores, vertía su furia contra todo y contra todos, diciendo que no le comprendían y no le valoraban. Kubizek nos cuenta el enojo con el que reaccionó, al mencionarle esta circunstancia: "Habría que volar toda la Academia y a los funcionarios y burócratas anticuados y fosilizados, vacíos de inteligencia, zoquetes, estúpidos, pues me rechazaron, me echaron, me expulsaron". Eran las coléricas diatribas de un ego desmesurado que necesitaba aceptación.

 

     Parecidos exabruptos utilizará en las últimas semanas de la guerra, para no admitir las propias culpas de la derrota: "La mayoría de oficiales son unos inútiles y unos traidores, pues no han obedecido mis órdenes de no retirarse de las zonas ocupadas. Göring es un vago. Por su culpa se ha desmoronado la Luftwafe, su ejemplo ha hecho cundir la corrupción en nuestro estado". Ni siquiera en estos momentos, a pesar de la evidencia del descalabro, admitirá, por su obsesiva egolatría, que pudiera perder la guerra: "Todo aquel que afirme que hemos perdido la guerra será tratado como traidor a la patria, y las consecuencias recaerán en él y en su familia ¡Sean cuales sean su rango y su prestigio!".  En su frenética obsesión del "todo o nada", la victoria o la destrucción, afirmaba que si la guerra se perdía, también el pueblo alemán estaría perdido: "Es mejor destruirlo, porque este pueblo ha demostrado ser el más débil, y el futuro pertenece a los más fuertes del Este. En este caso no habrá superado su prueba ante la Historia y únicamente estará destinado al hundimiento. ¡Los que queden después de esta lucha no serán más que subhombres, pues los buenos han caído ya". Había cursado órdenes a todos los ministerios para aplicar los principios de tierra quemada: "Todas las instalaciones militares, de comunicaciones, industriales y de servicios, así como todos los bienes muebles que se encuentran dentro del territorio del Reich, deben ser destruidos. Que sólo le salgan al encuentro la muerte, la desolación y el odio". Confidencialmente le confiesa a un escéptico Speer, como fielmente refleja Hirschbiegel en su película, que nadie le ha comprendido, que nadie ha estado a la altura de su misión, que el pueblo merecía lo que le estaba ocurriendo.

 

     Cuando en mayo de 1913 decide trasladarse a Munich, el futuro parecía sombrío ante el porvenir solitario de pintor de poca monta. Fueron las circunstancias únicas que produjeron la guerra y la humillación posterior del Tratado de Versalles, las que le permitieron que un marginado austríaco hallase eco en un país distinto y adoptivo, y que el ejército lo mantuviera en nómina hasta marzo de 1920. Sin estas excepcionales circunstancias, el artista fallido, el marginado social, habría continuado siendo un "don nadie", sin perspectivas profesionales, y no habría entrado en la política, ni descubierto su especialidad de demagogo de cervecería.

 

     Al salir en diciembre de 1925, de la prisión de Landsberg, en las que pasó once meses a consecuencia del frustrado "Putsch" o "golpe de estado" que realizó desde Munich en 1923, Hitler logró aglutinar a todos los partidos radicales nacionalistas y antisemitas, que sin él se encontraban divididos. Esto le confirió la conciencia de que era el "dirigente" el "caudillo", el nuevo "héroe"  que todos esperaban para salvar Alemania, aclamado por sus admiradores que aumentaban  sin cesar. En esta etapa de finales de los años veinte en Munich, Hitler se mostraba obsequioso y cortés con las señoras, iba a comer ravioli en Osteria Bavaria, un pequeño restaurante de artistas, y por las noches acudía a la Ópera a escuchar preferentemente a Wagner. Mientras las postales que se distribuían por Alemania, mostraban a un Hitler jovial, amigo de los animales y de la naturaleza, simultáneamente vertía sus odios y fobias, en los mítines que daba como propagandista y agitador, en las grandes Bräuhaus o cervecerías de Munich, arremetiendo contra los judíos, los bolcheviques y los débiles políticos del regimen de Weimar. Hitler con sus dotes retóricas,  demagógicas y teatrales, lograba electrizar a sus oyentes que le vitoreaban con febril entusiasmo: "El antisemitismo basado en la razón, debe ser la eliminación completa de los judíos", "El envenenamiento del pueblo no acabará, mientras el agente causal, el judío, no sea extirpado de nuestro medio". En el Circus Krone, en 1926, denunció a los judíos como una "tuberculosis racial", y junto con los bolcheviques, como enemigos del pueblo. Así, no era de extrañar, que por estas fechas se encargara a Himmler el diseño y puesta en marcha de "campos de prisioneros" para aplicar la "higiene racial" que preanunciaba el "progrom" de depuración de los judíos, y la "eugenesia" o esterilización de los enfermos y los considerados como razas inferiores, como antesala de la eutanasia, medidas respaldadas por algunos médicos y psiquiatras del Reich. Al finalizar la guerra, el mundo se estremeció al conocer los horrores de los campos de concentración, con las cámaras de gas y los "experimentos" anatómicos y bológicos con los prisioneros, en aras del "progreso científico".    

 

     Cuando las tropas rusas ya estaban prácticamente en las puertas de Berlín, Hitler todavía continuaba contemplando fascinado la maqueta de los futuros "Centros de Poder", en la que figuraban los colosales edificios que había proyectado construir alrededor de la puerta de Brandenburgo, y que eran la más fiel expresión de sus visionarias ensoñaciones del futuro Imperio Milenario del III Reich: "Vamos a crear un gran imperio. Reuniremos a todos los pueblos germánicos desde Noruega hasta el Norte de Italia. Soy yo quien debe conseguirlo".

 

     En esta maqueta de la Adolf Hitler Platz, aparecía la "Gran Sala", que tenía un volumen diecisiete veces mayor que la Basílica de San Pedro, con una cúpula de 250 metros de diámetro, y que daría cabida en su interior a 150.000 personas, el Alto Mando de la Wehrmacht, la nueva Cancillería del Reich de 1.200.000 m2, el Arco de Triunfo de 170 metros de altura, el Führerbau o Palacio Residencial de 1.900.000 m2, o el nuevo Reichstag: "Mi único deseo, le decía a Speer, es el de seguir con vida cuando esto se haya levantado. En 1950 organizaremos una Exposición Universal ¡Invitaremos a todo el mundo!. En Nuremberg ya se habían iniciado las obras para construir el inmenso recinto de los Congresos, con el Campo de Marzo de más de un kilómetro de largo y 700 metros de ancho, el Zeppelinfeld de 390 mts de longitud, el "Gran Estadio" con una capacidad para 400.000 personas y el edifico de los Congresos, rodeados de bosques y lagos.

 

     Cuenta Speer, que en los años en que Hitler aún no significaba nada en la política alemana, ya se dedicaba a diseñar diferentes bocetos, en los que dibujaba  una serie de planos con escalas bien realizadas, de esos monumentales proyectos arquitectónicos. Con ello daba rienda suelta a su frustración de artista y a sus desmesuradas y grandilocuentes fantasías, que, ya en Viena, suplió por su afición por la arquitectura. 

 

     El desprecio y hostilidad hacia el cristianismo y especialmente a la Iglesia Católica que manifestaban el ideólogo antisemita Rosenberg, Martín Bormann,  Hess y otros jerarcas del partido nazi, invitaba a realizar afirmaciones como las que expresaba el Gauleiter de Stuttgart: "¡Fuera palacios e iglesias! pues los palacios e iglesias son reductos de un pasado reaccionario, y no hacen más que obstaculizar nuestra revolución. ¡Después de la guerra levantaremos nuestros propios monumentos!". Bormann decía que "las iglesias no deben ocupar lugar alguno, la lucha contra la Iglesia es imprescindible para activar la ideología del partido". Hitler, con su instinto de la oportunidad, no ocultaba que prefería dejar este cuestión para un momento más propicio: "Cuando haya solucionado otras cuestiones, saldaré mis cuentas con la Iglesia. Y se va a quedar de piedra", "Con el tiempo la Iglesia tendrá que adaptarse a los objetivos políticos del nacionalsocialismo"

 

     En estas fechas se cumplen los 60 años de la finalización de estos aciagos acontecimientos, con lo que posiblemente ya poseemos la suficiente perspectiva cronológica para reflexionar con más objetividad, cómo fue posible tamaña barbaridad. Unas reflexiones, que aparte de que puedan aportarnos nuevas claridades sobre un acontecimiento cuyas dolorosas huellas de más de 60 millones de muertos, aún perduran, sean un acicate para aleccionarnos de cuáles deben ser los derroteros por los que no hay que transitar. Y esto se debe tener presente en estos momentos, en el que junto a  los nobles deseos colectivos de paz, justicia  y progreso social para los pueblos, surgen negros nubarrones que ensombrecen el horizonte de la humanidad del S.XXI, pues todavía se desconoce como estos "buenos deseos" podrán amoldarse con la agresiva ofensiva, entre otras, de los intereses económicos de la industria farmocológica y poderosos medios de comunicación que, como nuevos "aprendices de brujo",  propugnan la "cultura de la muerte" con sus diversas modalidades, cuyas siniestras prácticas ya fueron aplicadas con gran celo por los "expertos científicos" del partido nazi.

 

     Todo hundimiento bélico tiene sus inicios, toda degradación humana tiene sus comienzos, y aunque es indudable que las circunstancias históricas y sociales son muy distintas de las existentes en los años veinte en Europa, y sin pretender caer en gratuitos pesimismos,  sirva como "aviso a navegantes" una reciente entrevista a "La Vanguardia" en la que el Cardenal Julián Herranz, afirmaba "que la humanidad puede destruirse a sí misma, pues si el hombre se erige en Dios, queriendo fabricar el hombre a la medida de su voluntad, las barbaridades de los nazis van a parecer un juego de niños".

 

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Contacto: mailto:webmaster@arvo.net

Director de Revistas: Javier Martínez Cortés

Editor-Coordinador: Antonio Orozco Delclós

 

Enviado por Arvo Net - 19/05/2005 ir arriba
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