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Santo Rosario. Quinto misterio de luz. (Antonio Orozco)

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QUINTO MISTERIO LUMINOSO DEL SANTO ROSARIO 
La institución de la Eucaristía

Antonio Orozco

 
PRESENCIA REAL
En el ciclo Luminoso del Santo Rosario, llegamos ahora al quinto misterio: «la institución de la Eucaristía, en la cual Cristo se hace alimento con su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino, dando testimonio de su amor por la humanidad "hasta el extremo" (Jn 13, 1) y por cuya salvación se ofrecerá en sacrificio». (RVM, 21). Un misterio inagotable que nunca abarcaremos del todo, porque su fondo es el amor de Cristo y su extensión se despliega en múltiples dimensiones, incluso cósmicas. 

La dimensión fundamental de la Eucaristía es, sin duda, la presencia real, verdadera y substancial, del cuerpo y de la sangre del Señor bajo las apariencias sensibles de pan y vino. Después de las palabras que el sacerdote pronuncia en la santa misa, en la persona de Cristo y con la virtud del Espíritu Santo –«Esto es mi Cuerpo…, Este es el cáliz de mi Sangre…» (Cfr. Lc 12, 19-20) - ya no hay pan ni vino sobre el altar; estos elementos se han convertido por entero en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Obra maravillosa de la omnipotencia divina que desafía todo racionalismo y exige imperiosamente la fe absoluta de la criatura al Creador: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo». Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Jesús les dijo: « En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; el que coma este pan vivirá para siempre. » (Jn 6, 51-58). 

El escándalo fue clamoroso en la sinagoga de Cafarnaúm (Jn 6, 60-66). Sólo unos pocos permanecieron junto a Jesús. Aun así, a los quedaron, interpeló con firmeza: "¿También vosotros queréis marcharos?" (Jn 6, 67-69)


El poder divino al servicio del amor de Cristo

En este punto Jesús está dispuesto a quedarse solo. La infinitud de su amor es para Él una radical exigencia de totalidad. No le bastó dar la vidapara la remisión de los pecados, con lo que quedó bien probado que se encuentra entre los que más aman. Ha de ir más allá, hasta el extremo de su amor sin límite. No le bastó someterse a la tortura de la cruz. Ha querido entregarla como nadie ha podido ni podrá jamás hacerlo. Los enamorados, quisieran ser «dos en uno» («duo in carne una», «una caro»: Mt 19, 5), pero nunca llegan a realizar su deseo, porque no son Dios. Hay fronteras insalvables entre el yo y el tú creados y entre los cuerpos de los amantes. No son dueños del tiempo y del espacio. Jesús sí lo es y no admite desequilibrio entre amor y donación. Todo lo entrega, su corazón humano y su poder divino.

Cada quien ha de pensar: Jesucristo –verdadero Dios y verdadero hombre desea hacerse uno conmigo. No sólo intencional o emocionalmente, sino, en cierto sentido, «materialmente»; No según los modos de la naturaleza creada sino según los de la nueva vida vivificante del Señor resucitado. En la oración de la Última Cena, Jesús revela su más íntima y eterna ilusión: ser uno con nosotros, de modo que cada uno de nosotros seamos uno con Él y así seamos todos uno, como uno son el Padre y Hijo. La unidad del Padre y el Hijo, en el Espíritu Santo, siempre será única, no puede haber otra igual. Es la comunión de Personas realmente distintas, en inmanencia mutua, una plenamente en la otra. Pero la analogía la pone el mismo Jesucristo: «como tú Padre estás en mí y yo en ti, para que sean uno como tú y yo somos uno». Nunca ponderaremos bastante esa «locura de amor» de Cristo por cada uno de sus hermanos los hombres en su entrega eucarística.

El misterio nos sobrepasa por todos lados. Aquí y ahora, como en Cafarnaúm, parece literalmente increíble. A Pedro también. Sin embargo, a la demanda del Maestro, responde: «Señor, ¿a quién iríamos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6, 62). Aunque no entendamos el «cómo», sabemos el «qué». Jesús y yo, permaneciendo personas distintas venimos a ser un solo cuerpo y una sola sangre. En este quinto misterio luminoso del Santo Rosario volvemos al Cenáculo para asombrarnos de nuevo al contemplar el rostro de Cristo, oír su voz y creer en su palabra, tan verdadera que no hay otra que lo sea más (cfr. Himno Adoro te devote).


MARÍA, MUJER «EUCARÍSTICA»

Ahora debemos entrar allá, en el Cenáculo, a la luz del completo Misterio Pascual –Pasión, Muerte, Resurrección, Ascensión al Cielo-, de la mano de la Madre de Jesús que es también Madre Nuestra. «María puede guiarnos hacia este Santísimo Sacramento porque tiene una relación profunda con él. A primera vista, el Evangelio no habla de este tema. En el relato de la institución, la tarde del Jueves Santo, no se menciona a María. Se sabe, sin embargo, que estaba junto con los Apóstoles, «concordes en la oración» (cf. Hch 1, 14), en la primera comunidad reunida después de la Ascensión en espera de Pentecostés. Esta presencia suya no pudo faltar ciertamente en las celebraciones eucarísticas de los fieles de la primera generación cristiana, asiduos «en la fracción del pan» (Hch 2, 42) [EE, n. 53]. Es opinión bastante extendida entre los estudiosos, que María se encontraba con las santas mujeres en una estancia unida y abierta al Cenáculo, desde la que pudo seguir y acaso servir en los sublimes momentos de la institución de la Eucaristía.»

«Pero […] María es mujer "eucarística" con toda su vida. La Iglesia, tomando a María como modelo, ha de imitarla también en su relación con este santísimo Misterio. [EE, n. 54]. La Eucaristía es «misterio de fe, que supera de tal manera nuestro entendimiento que nos obliga al más puro abandono a la palabra de Dios»; por eso, «nadie como María puede ser apoyo y guía en una actitud como ésta. […] Con la solicitud materna que muestra en las bodas de Caná, María parece decirnos: «no dudéis, fiaros de la Palabra de mi Hijo. Él, que fue capaz de transformar el agua en vino, es igualmente capaz de hacer del pan y del vino su cuerpo y su sangre, entregando a los creyentes en este misterio la memoria viva de su Pascua, para hacerse así “pan de vida”». 

Sigue explicando el Papa Wojtyla que «en cierto sentido, María ha practicado su fe eucarística antes incluso de que ésta fuera instituida, por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios. La Eucaristía remite a la pasión y la resurrección; y, a la vez, está ‘en continuidad con la Encarnación’. María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor» [EE, n. 55]

Hagamos aquí un alto para reflexionar en las grandes cosas que el Papa en pocas palabras nos enseña: «la Eucaristía está en continuidad con la Encarnación»... Su predecesor León XIII, recogiendo el testimonio de antiguos Santos Padres, había afirmado que la Eucaristía es «cierta continuación y amplificación» de la Encarnación, ya que une cada hombre «a la sustancia del Verbo». 

El Bautismo in-corpora a Cristo. Se comienza a formar parte del Cuerpo místico y se vive ya «en Cristo», como los sarmientos viven en y de la vid. Por la Comunión eucarística, la carne del Verbo viene a vivir en nuestra propia carne, donándonos vida eterna. Bajo las especies eucarísticas el Verbo se encarna verdaderamente en el cristiano. Nos movemos en un nivel mucho más hondo pero tan real, o más, si cabe, que el sensitivo. No hay por qué sentir nada, pero es indudable que Cristo y el cristiano, en la comunión sacramental, se hacen una sola carne (una caro). «Somos partícipes del misterio de la Encarnación» (Juan Pablo II, DV, 52). Los Santos Padres indican que venimos a ser realmente «con-corpóreos» y «con-saguíneos» con Cristo. Cristo se nos da por entero, nosotros le recibimos, Él nos recibe y toma posesión de todo nuestro ser. «Tomando el cuerpo y la sangre de Cristo, te haces un solo cuerpo y una sangre con Él. Y así, al distribuirse su cuerpo y su sangre por nuestros miembros, somos hechos cristóforos [portadores de Cristo] y según las palabras de Pedro, "partícipes también de la divina naturaleza"» (San Cirilo de Jerusalén, Catech. mystag., 4). Con otras palabras: una sola carne y un solo espíritu.

EL FIAT DE MARIA Y NUESTRO AMÉN
Meditemos ahora en la consideración que nos propone el Papa en su Carta Encíclica EE, que continúa, confirma y profundiza las anteriores: «Hay, pues, una analogía profunda entre el fiat pronunciado por María a las palabras del Ángel y el amén que cada fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Señor. A María se le pidió creer que quien concibió «por obra del Espíritu Santo» era el «Hijo de Dios» (cf. Lc 1, 30.35). En continuidad con la fe de la Virgen, en el Misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino.» (EE, n. 55). En la administración de la Eucaristía, el sacerdote ante todo nos muestra la sagrada forma diciendo: «el Cuerpo de Cristo», para que hagamos un acto de discernimiento con una fe semejante al fiat de María. El anuncio del Ángel, para la razón y los sentidos, para la ciencia de entonces y la de ahora, era un disparate, un escándalo: concebir virginalmente y nada menos que al Hijo de Dios (Dios Hijo). Por muy «angélico» que fuera aquél que lo anunciaba, se requería un acto de fe colosal para admitirlo. La fe que puso en acto María es lo que la hizo grande, más aún que la biológica concepción de Jesús en su seno. San Agustín lo afirma sin miedo: María es más grande por haber concebido al Verbo en su mente –al creer en la embajada del Ángel- que por haberlo concebido en sus entrañas purísimas. Se entiende, porque aun siendo única y superior a todos los milagros, la maternidad virginal (biológica) de Jesús, poco sería si no la hubiera precedido la plena aceptación del misterio, por lo que María se convirtió en Madre de Dios no sólo prestándole su cuerpo sino abrazándolo con toda su alma, mente y corazón. 

El «fiat» no crea a Jesús, pero consiente la acción del Espíritu Santo y la consiguiente procreación. En la inminencia de la comunión eucarística, al anuncio del sacerdote –"el Cuerpo de Cristo"-, respondemos «Amén» (¡Así es!), hacemos un acto de fe semejante al fiat de María, porque, como nos acaba de enseñar el Papa, «se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino». Y esto, desde la perspectiva de la sola razón apoyada en los sentidos, es un gran disparate; mejor dicho, choca contra toda evidencia que se presenta a los sentidos: la vista, el oído, el tacto, el gusto, fallan (Himno Adoro te devote). Sin embargo esa fe no es irracional, porque es lo más razonable creer en la palabra de Dios, en la autoridad divina depositada en la Iglesia. Sin embargo, no podemos ocultar que es el acto de fe por excelencia, ante el mysterium fidei por antonomasia. Nuestro Amén no pone a Cristo en la Eucaristía, pero hace que –a semejanza de María- lo hayamos concebido en nuestra mente antes de que entrara en nuestro cuerpo. Un doble don recibimos, pues, el de la fe y el del Cuerpo y Alma de Cristo. Motivo, pues, de alegría múltiple. Vale la pena concentrarse todo lo posible en el Amén eucarístico. María es feliz «porque ha creído» (cf Lc 1, 45). «¿Cómo no imaginar los sentimientos de María al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros Apóstoles, las palabras de la Última Cena: «Éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros» (Lc 22, 19)? Aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar para María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz. » [56]. Vale la pena meditar en silencio. 

Edición digital, 19.05.2003
Publicado en el Suplemento de Escritos Arvo, junio 2003.
 

 

05/11/2005 ir arriba
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