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Persona, no cosa (Antonio Orozco Delclós)

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Persona, no cosa
 
 

Con el tiempo podemos tratar a personas como cosas, a cosas como personas. Jesucristo ha asumido el riesgo. El amor debe evitar cierta metamorfosis kafkiana.
 

Por Antonio Orozco Delclós
 

En Metamorfosis de Kafka cierto día un viajante de comercio, Gregorio Samsa, por causas desconocidas, se encuentra en su casa transformado en cucaracha. Ve, oye, entiende, discurre, todo como antes, con la única diferencia de su nueva apariencia y de que no puede hablar. El asombro de padres, hermanos y asistenta se pueden imaginar. Al principio sienten repugnancia hacia lo que «saben» que es su hijo y hermano, aunque no lo parezca. Pasan más de dos meses, se van haciendo a la nueva situación, si bien no han superado su repugnancia instintiva. La hermana propone a sus padres librarse de aquel monstruo. La duda va erosionando las reservas psíquicas de la familia: «¿cómo va a ser esto Gregorio?». La asistenta ya lo trata como lo que parece ser, no como lo que los demás creen o dicen que es. Lo llama «bicho, pedazo de bicho» y le da órdenes sin respeto alguno: «Ven aquí, bicho». Un día estuvo a punto de aplastarlo con la pata de una silla. Como discurre, para evitar la tragedia que se avecina, Gregorio se mete bajo los sofás, trepa por las paredes hasta la lámpara. Así hasta que un día la asistenta lo pincha varias veces con el deshollinador y muere.

Seguramente Kafka nos está indicando que podemos acostumbrarnos a tratar a las personas por lo que parecen ser y no por lo que son; más aún, tendemos a tratarlas como cosas, mientras acaso estemos tratando ciertas cosas –el coche, o a los «animales de compañía»- como personas. El riesgo es indudablemente mayor cuando una persona se presenta con «verdadera apariencia» de cosa. Es el caso singularísimo de la Eucaristía, Jesucristo se presenta bajo las apariencias de pan y de vino. Tras las palabras de la Consagración, bajo las especies sacramentales, no hay cosa, hay una Persona: Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, con su cuerpo y su sangre. Por amor, ha corrido el riesgo de ser tratado como cosa. Por amor, la Iglesia, a través de su Autoridad suprema y demás Pastores ha de velar para que se trate a la Eucaristía como lo que es: Persona divina, que se entrega, con su cuerpo, sangre, alma humana y divinidad, con todo su ser divino y humano, crucificado y resucitado, con toda la fuerza redentora del Misterio Pascual. Es muy de agradecer la Instrucción de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos
  «Redemptionis Sacramentum» sobre algunas cosas que se deben observar o evitar a cerca de la Santísima Eucaristía. Es un documento curativo o profiláctico, según, para las eventuales metamorfosis kafkianas que hayamos sufrido o podamos sufrir los presbíteros y los fieles, por lo que toca a la tendencia a «cosificar» a Cristo y a «profanar» lo sacro.

Ahora, el que quiera tener una visión amplia y honda de la Liturgia de la Iglesia desde una perspectiva cultural que abarca prácticamente lo que es y ha sido el culto en la historia de la humanidad; si quiere ver y comprender de alguna manera el detalle en el todo y el todo en el detalle, habrá de leer El espíritu de la liturgia (Ed. Cristiandad, 2ª edición castellana 2002), escrito por el Cardenal Joseph Ratzinger, hoy papa Benedicto XVI. Conviene leerlo entero, también algunos párrafos más difíciles, que luego arrojan gran luz sobre la Eucaristía, el Sacrificio eucarístico, el significado de los ritos, las posturas, los gestos, todo ello desde una perspectiva que acaso sólo se podría resumir con la palabra "cósmica", porque Cristo -crucificado y resucitado- aparece como Alfa y Omega de la Creación, de todo el curso de la "evolución" del universo por Él  creado -Logos- y por Él redimido y conducido a la transfiguración crística en Dios Uno y Trino. Y si se me pide algún detalle curioso del libro, anecdótico, se puede mencionar el que nos ofrece el autor extraído de una remota antigüedad clarividente: se dijo que el diablo no tiene rodillas; carece de la capacidad de arrodillarse ante Dios, como sucede a muchos de nuestros contemporáneos: han perdido la capacidad de adoración. En cambio, Cristo Jesús, ora de rodillas en Getsemaní, más aún, rostro en tierra, postrado, con una humildad que nos hace tanta falta como la sencillez íntima y entrañable con la Trinidad en Cristo, con Él y por Él, en la Eucaristía.


 

Enviado por Arvo Net - 18/06/2005 ir arriba
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