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EUCARISTÍA SACRIFICIO Y SACRAMENTO (Textos del Card. J. Ratzinger)

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EUCARISTIA - CRISTOLOGÍA - ECLESIOLOGÍA

EL CAMINO HACIA LO IMPOSIBLE

Ser cristiano no es en realidad otra cosa que tomar parte en el misterio de la encarnación, participación de los hombres en la comunión entre hombre y Dios que es la encarnación de la Palabra.

 

 

En breve conoceremos la primera Carta Encíclica de Benedicto XVI, Deus caritas est, esperada con inusual interés. Dentro y fuera de la Iglesia es conocida la amplísima cultura del actual Papa, la profundidad de su pensamiento, la experiencia pastoral que posee. Quienes no habíamos prestado demasiada atención a sus trabajos teológicos, ahora que las editoriales se han lanzado a publicar todo lo que pueden y nosotros a leer cuanto del cardenal Joseph Ratzinger llega a nuestras manos, vamos de asombro en asombro; lamentamos haber «perdido el tiempo», entretenidos con otras cosas de menor calado y densidad.  Sabemos que ni la auctoritas ni la potestas del cardenal es la misma que la del papa; pero resulta obvio que alguna relación hay entre ambos y que la providencia no elige a ciegas ni a ciegos. Por nuestra parte, aquí, en este «sitio», hacemos lo que podemos.  Ofrecemos a continuación algunos párrafos del libro: Joseph Ratzinger, Convocados en el camino de la fe, Ediciones Cristiandad. La edición alemana es de 2002; la primea española de abril de 2004, y la segunda española –la que utilizamos- es de mayo 2005.

 

 

EUCARISTÍA ‑ CRISTOLOGÍA ‑ ECLESIOLOGÍA:

EL CENTRO CRISTOLÓGICO DEL TEMA

 

Cardenal Joseph Ratzinger
Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe

 

 

[…] Ser cristiano no es en realidad otra cosa que tomar parte en el misterio de la encarnación, o, con otra fórmula de san Pablo: la Iglesia, en cuanto Iglesia, es «cuerpo de Cristo» (es decir, justamente participación de los hombres en la comunión entre hombre y Dios que es la encarnación de la Palabra). Supuesto esto, así de manifiesta es también la inseparabilidad de Iglesia y eucaristía, de la comunión sacramental y la communio de la comunidad.

 

A la luz de estos razonamientos se desarrollan también las palabras fundamentales de san Pablo para nuestra cuestión que se hallan en la primera Carta a los Corintios:

 

«Esa copa de la bendición que bendecimos, ¿no significa solidaridad (koinonía, Vulgata: communicatio) con la sangre del Mesías? Ese pan que partimos, ¿no significa solidaridad, koinonía, Vulgata: participatio, Neovulgata: communicatio) con el cuerpo del Mesías? Como hay un solo pan, aun siendo muchos formamos un solo cuerpo, pues todos y cada uno participamos de ese único pan» (1 Cor 10,16ss).

 

Estos versículos se convirtieron para san Agustín en el centro de su pensamiento teológico; sus homilías de la Vigilia Pascual, que eran sus catequesis eucarísticas para los neófitos, giran en torno a esas palabras. Comiendo el único pan nosotros mismos seremos aquello que comemos, dice él además: «Este pan ‑expone en Las Confesiones‑ es el alimento de los fuertes». Los alimentos normales son menos fuertes que el hombre, le sirven a él: son tomados para ser asimilados en el cuerpo del hombre y desarrollarle. Sin embargo, este alimento especial ‑la eucaristía‑ se encuentra, justamente al contrario, por encima del hombre, es más fuerte que él, y, de esta forma, es también el acontecimiento al que tiende todo inversamente: el hombre que toma este pan es asimilado por él, es asumido por él, es fundido en ese pan y se convierte en pan como Cristo mismo. «Como hay un solo pan... formamos un solo cuerpo». La consecuencia de esta reflexión es clara: la eucaristía nunca es simplemente un acontecimiento para dos, un diálogo entre Cristo y yo. La comunión eucarística tiende a una transformación total de la propia vida. Ella abarca todo el yo del hombre y crea un nuevo nosotros. La comunión con Cristo es también necesariamente comunicación con todos los que son suyos: con ello yo mismo seré parte de ese nuevo pan que él crea en la transubstanciación de toda la realidad terrena.

 

En este punto se puede ver la estrecha relación que existe entre el concepto communio y la comprensión de la Iglesia como «cuerpo de Cristo»; del mismo modo pertenecen a la misma relación imágenes como la de Cristo como vida verdadera. Todos estos conceptos bíblicos iluminan nuevamente la procedencia de la comunión cristiana con Cristo. La «comunidad» cristiana no puede entenderse de una forma horizontal, esencialmente sociológica. La relación al Señor, la procedencia de él y el estar remitidos a él es la condición de posibilidad de su existencia; sí, verdaderamente se puede decir: «la Iglesia es, por su esencia, relación, una relación fundada por el amor de Cristo que, por su parte, funda también una nueva relación de los hombres entre sí». Con las bellas palabras de Platón con las que nos encontramos hace un momento, podemos decir: la eucaristía es, en efecto, la «salvación de nuestro amor».

 

La comunión del ser Dios y del ser hombre en Cristo

 

 

[FUNDAMENTO CRISTOLÓGICO DE LA EXISTENCIA CRISTIANA.

COMUNIÓN DE VOLUNTADES EN CRISTO]

 

En un segundo paso tenemos que determinar ahora de forma aún más clara el fundamento cristológico de la existencia cristiana, para, de esta manera, alcanzar tanto el núcleo de la espiritualidad eucarística como el correspondiente a una espiritualidad de la Iglesia. Jesucristo, según hemos podido comprobar en las anteriores reflexiones, abre el camino hacia lo imposible, hacia la comunión entre Dios y hombre, porque él, la Palabra encarnada, es esa comunión. En él encontramos realizada aquella «alquimia» que refunde al ser humano en el interior del ser de Dios. Recibir al Señor en la eucaristía significa por consiguiente entrar en la comunión de ser con Cristo, entrar en aquella apertura del ser humano hacia Dios, que es, al mismo tiempo, la condición de la apertura íntima de los hombres entre ellos. El camino hacia la comunión de los hombres entre sí pasa por la comunión con Dios. Para comprender el contenido espiritual de la eucaristía hemos de entender, por tanto, la tensión espiritual del hombre‑Dios: sólo en una cristología espiritual se abre también la espiritualidad del sacramento.

 

La teología occidental, debido al conjunto de sus intereses mayormente metafísicos e históricos, ha descuidado algo este punto de vista que, en realidad, representa de hecho precisamente el nexo entre las distintas partes de la teología, así como entre la reflexión teológica y el desarrollo concreto y espiritual del cristianismo. El Concilio III de Constantinopla (cuyo 1.300 aniversario en 1981 pasó casi desapercibido junto a la conmemoración del Concilio I de Constantinopla y el Concilio de Efeso) ofrece para ello los puntos de referencia determinantes que, según mi parecer, son imprescindibles también para una interpretación correcta del Concilio de Calcedonia. Una exposición detallada de los problemas existentes en este Concilio es, por supuesto, imposible; intentaremos comprender, al menos brevemente, el que nos encontramos aquí. Calcedonia ha descrito el contenido ontológico de la encarnación con su conocida fórmula de las dos naturalezas en una persona. El Concilio III de Constantinopla, sin embargo, se encontró ‑tras toda la disputa que esa ontología había desencadenado‑ ante la pregunta: ¿Cuál es el contenido espiritual de esta ontología?, o, más concretamente, ¿qué significa a nivel de praxis y de existencia «una persona en dos naturalezas»? ¿Cómo puede vivir una persona con dos voluntades y doble intelecto? Todo esto no consistía de ningún modo en cuestiones propias de una mera curiosidad teorética; se trata aquí también de nosotros mismos, de la pregunta concreta: ¿Cómo podemos vivir como bautizados, para quienes, según Pablo, ha de valer: «Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20).

 

Como es sabido, entonces ‑en el siglo VIIse ofrecieron, de forma parecida a hoy día, dos soluciones, siendo ambas igualmente inaceptables. Los unos decían: en Cristo no hay, en efecto, voluntad humana. El Concilio III de Constantinopla rechaza esta imagen de Cristo como la imagen de un «Cristo falto de voluntad y de fuerza». La otra solución imaginó, exactamente a la inversa, dos esferas de voluntad completamente separadas. Pero de esa forma se desemboca en una especie de esquizofrenia, en una representación monstruosa e inaceptable al mismo tiempo. La respuesta del Concilio reza: la unión ontológica de dos capacidades de voluntad que permanecen independientes en la unidad de la persona significa, en el plano de la existencia, comunión (koinonía) de dos voluntades. Con esta interpretación de la unión como comunión, el Concilio desarrolla una ontología de la libertad. Las dos «voluntades» están unidas de tal forma que puedan unirse voluntad y voluntad en un sí conjunto a un valor común. Dicho de otro modo: por ambas, la voluntad está unida en un sí de la voluntad humana de Cristo a la voluntad divina del Logos. Así, ambas voluntades vienen a ser de forma concreta ‑existencialmente‑ una única voluntad, y persisten en el ámbito ontológico dos realidades independientes. Dice además el Concilio: como la carne del Señor ha de ser llamada carne de la Palabra, así debe ser también designada su voluntad humana como voluntad propia del Logos.

 

De hecho, el Concilio aplica aquí el modelo trinitario (de la diferencia analógica) a la cristología: la más alta unidad que existe ‑la unidad de Dios‑ no es una unidad de lo indivisible y de lo indistinguible, sino una unidad a la manera de la comunión, unidad que el amor es y crea. De esta forma, el Logos asume el ser del hombre Jesús en sí mismo y con su propio yo habla de ello: «No he bajado del cielo para realizar un designio mío, sino el designio del que me envió» (Jn 6,38). En la obediencia del Hijo, en el llegar a ser una ambas voluntades a través de un único sí a la voluntad del Padre, se realiza la comunión entre ser humano y divino. El «intercambio maravilloso», la «alquimia del ser», se realiza aquí como comunicación liberadora y reconciliadora que se convierte en comunión entre creador y criatura. En el dolor de ese intercambio, y sólo allí, se desarrolla la única conversión salvadora y fundamental que transforma las condiciones del mundo; aquí nace la comunión, aquí surge la Iglesia. El acto de participar de la obediencia del Hijo como la verdadera conversión del hombre es, igualmente, el único acto eficaz y capaz de la renovación y el cambio de la sociedad y del mundo en general: sólo donde este acto tiene lugar acontece la conversión para la salvación en el reino de Dios.

 

 

[IDENTICA NECESIDAD DE LA EUCARISTÍA Y DE LA IGLESIA]

 

Aún me parece importante otra observación para completar nuestras reflexiones. Hasta ahora habíamos determinado: la encarnación del Hijo crea la comunión entre Dios y hombre y abre así también la posibilidad de una nueva comunión de los hombres entre sí. Esta comunión entre Dios y hombre, que se ha realizado en la persona de Jesucristo, por su parte, sólo viene a ser comunicable en el acontecimiento pascual, es decir, en la muerte y resurrección del Señor. La eucaristía es nuestra participación en el acontecimiento pascual, y, de esta forma, constituye la Iglesia, el cuerpo de Cristo. Desde aquí se percibe la necesidad salvífica de la eucaristía. La necesidad de la eucaristía es idéntica a la necesidad de la Iglesia y viceversa. En este sentido hay que entender las palabras del Señor: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros» (Jn 6,53). Sin embargo, con ello se muestra también aquí ahora la necesidad de una Iglesia visible y de una unidad visible, concreta (institucional, se podría decir). Se puede acceder al misterio íntimo de la comunión entre Dios y hombre en el sacramento del cuerpo del resucitado; por su parte, y a la inversa, el misterio reclama así nuestro cuerpo y se transforma de nuevo en un cuerpo. La Iglesia, que ha sido edificada a partir del cuerpo de Cristo, tiene que ser también por su parte un cuerpo, y, concretamente, un único cuerpo en correspondencia a la unicidad de Jesucristo, que aparece de nuevo en la unidad y en el permanecer en la doctrina apostólica. [pp. 80-87]

 

 

[Saltamos ahora a unas páginas y vamos a la conferencia de 25 de septiembre de 1997 en el Congreso Eucarístico Internacional celebrado en Bolonia sobre «Eucaristía y misión». Después de interesantes consideraciones previas, el Cardenal prefecto afronta «La teologóa Eucarística en la primera Carta a los Corintios».]

 

LA TEOLOGÍA EUCARÍSTICA EN LA PRIMERA CARTA A LOS CORINTIOS

 

Cuatro lugares que vamos a analizar brevemente de forma sucesiva hablan aquí, de manera más o menos expresa y detallada, del sacramento del cuerpo y de la sangre del Señor.

 

1 Cor 5, 6: la pascua cristiana

 

En primer lugar 1 Cor 5,6‑8:

 

... ¿No sabéis que una pizca de levadura hace fermentar toda la masa? Haced buena limpieza de la levadura del pasado para ser una masa nueva, conforme a lo que sois, panes sin levadura. Porque Cristo, nuestro cordero pascual, ya fue inmolado; ahora a celebrar la fiesta, pero no con levadura del pasado, no con levadura que es maldad y perversidad, sino con panes sin levadura, que son candor y autenticidad».

 

Aquí aparecen los dos elementos esenciales de la pascua veterotestamentaria: el cordero sacrificado y el pan ácimo;

 

aparece así el fundamento cristológico y la consecuencia antropológica, para la vida del sacrificio de Cristo. Así como el cordero prefigura a Cristo, el pan se convierte en símbolo de la existencia cristiana. Lo que es ácimo se convierte en signo para el nuevo comienzo: el ser cristiano es representado a partir de la nueva vida como fiesta permanente. Podríamos hablar de una interpretación al mismo tiempo cristológica y existencial de la pascua veterotestamentaria, en la que, de trasfondo, se percibe también la temática del Éxodo: el sacrificio de Cristo viene a ser la apertura y la introducción hacia el interior de una nueva vida, cuya sencillez e integridad se representan en el símbolo del pan ácimo. La traducción alemana, por lo demás, oscurece desgraciadamente un aspecto de la totalidad: donde escribe «suprimid la levadura del pasado» aparece en griego «haced buena limpieza de la levadura del pasado». La antigua categoría cultual de la pureza se convierte ahora en una categoría de vida: no se piensa en purificaciones rituales, sino en la apertura a una nueva vida. La eucaristía misma no es nombrada en el texto, pero sí que se vislumbra como el fundamento vital permanente de los cristianos, como el poder configurador de su existencia. Todo el texto deja muy claro de forma insistente que la eucaristía es mucho más que liturgia y rito, pero también manifiesta, a la inversa, que la vida cristiana es más que esfuerzo moral, que éste vive en lo más profundo de aquel que se ha hecho cordero para nosotros y se ha sacrificado.

 

2.2. 1 Cor 6,12‑19: unirse al Señor

 

Para nuestra cuestión es muy importante el segundo texto: 1 Cor 6,12‑19, del cual sólo quiero destacar los versículos 15‑17:

 

«¿Se os ha olvidado que sois miembros de Cristo?, y ¿voy a quitarle un miembro al Mesías para hacerlo miembro de una prostituta? ¡Ni pensarlo! ¿No sabéis que unirse a una prostituta es hacerse un cuerpo con ella? Lo dice la Escritura: "Serán los dos un solo ser". En cambio, estar unido al Señor es ser un Espíritu con él...».

 

Aquí se encuentra formulado a modo de criterio el contenido más profundo de la piedad eucarística cristiana e, igualmente, se describe el núcleo de la mística cristiana: no se basa en mecanismos humanos de superación o de vaciamiento que buscan tener a todo trance su utilidad; consiste en el «mysterion», es decir, en el descenso y la autodonación de Dios que recibimos en el sacramento. Por ello deberíamos recordar que sacramento es la traducción de mysterion, y que la palabra «mística» tiene aquí su soporte semántico. Recibir la eucaristía quiere decir según este texto: fusión de existencias, profunda analogía espiritual respecto a lo que acontece entre el hombre y la mujer cuando llegan a ser uno a nivel fisico, psíquico y espiritual. Se cumple aquí el sueño de la fusión de divinidad y humanidad, de hacer saltar los límites de la criatura ‑ese sueño, que recorre toda la historia de la humanidad y que se esconde también, en versiones profanas, en las ideologías ateas de nuestro tiempo, así como en los excesos embriagadores de un mundo sin Dios, es soñado de nuevo. Los intentos prometeicos del hombre de superar él mismo los límites, de construir por su propia capacidad la torre en la que pueda ascender hasta el ser de Dios, terminan siempre necesariamente en caída y desengaño, sí, en desesperación. La fusión ha sido posible porque Dios ha descendido en Cristo, ha asumido él mismo los límites del ser humano, ha padecido y, en el amor infinito del crucificado, ha echado abajo la puerta de lo infinito. El telos más profundo y propio de la creación y, correspondientemente, del ser humano querido por el Creador es justamente este llegar a ser «Dios todo en todo». El eros de la criatura es tomado por el ágape del Creador y, así, llevado hacia aquel plenificador abrazo sagrado del que habla san Agustín. La Carta a los Efesios ha tomado las ideas de este lugar de 1 Corintios y las ha desarrollado. Cita la profecía de Adán de llegar a ser una sola carne íntegra entre hombre y mujer y, al igual que la visión del misterio contenida al comienzo de la humanidad y, al mismo tiempo, permanentemente actuante, el eros entre hombre y mujer constituye para ello la analogía real fundamental.

 

Todavía hay algo importante en este texto de 1 Corintios para nuestra cuestión: aquí nos encontramos igualmente con el punto de partida de la denominación de la Iglesia como cuerpo de Cristo, con el entrelazamiento de eucaristía y eclesiología. El discurso sobre la Iglesia como cuerpo de Cristo es más que cualquier tipo de comparación tomada de la sociología antigua entre un cuerpo real y una corporalidad de muchos hombres. La expresión tiene su fundamento en el sacramento del cuerpo y la sangre de Cristo, y de ahí que sea más que una imagen, expresión de la verdadera naturaleza de la Iglesia. En la eucaristía recibimos el cuerpo del Señor y seremos así un solo cuerpo con él; todos nosotros recibimos el mismo cuerpo y de ahí que lleguemos a ser incluso «uno en Cristo» (Gál 3,28). La eucaristía nos conduce fuera de nosotros mismos hacia el interior de él, de tal forma que podemos decir con Pablo: ya no vivo yo, vive en mí Cristo (Gál 2,20). Yo ya no soy yo, un nuevo Yo mayor se forma que se llama el cuerpo del Señor, la Iglesia. La Iglesia se construye en la eucaristía; sí, la Iglesia es eucaristía. Comulgar quiere decir llegar a ser Iglesia porque significa llegar a ser un solo cuerpo con Él. Desde luego que este «ser un solo cuerpo» hay que interpretarlo en el sentido del ser uno de hombre y mujer: una carne y de hecho dos, dos y de hecho una. La diferenciación no es superada, pero sí asumida en una unidad mayor.

 

Cor 10,1‑22: un cuerpo en Cristo, pero ninguna certeza salvífica mágica

 

La mismas ideas vuelven a aparecer en el tercer texto eucarístico de la primera carta a los Corintios, en 10,1‑22, siendo aquí de nuevo profundizadas y, al mismo tiempo, completadas. En la segunda parte del texto se contrapone la eucaristía a los sacrificios idolátricos: quien sacrifica a los ídolos se hace uno con ellos, se entrega a ellos, pertenece, en definitiva, a su ámbito y a su poder. Es cierto que dioses como tales no existen, pero sí poderes que endiosamos y sometiéndonos de esta forma a ellos, dejándonos guiar y configurar por ellos. Así como el servicio a los ídolos nos inserta en el espacio de poder de los falsos ídolos, de forma análoga y totalmente contraria ocurre en el sacrificio de Cristo:

 

«El pan que partimos ¿no significa solidaridad con el cuerpo del Mesías? Como hay un solo pan, aun siendo muchos formamos un solo cuerpo, pues todos y cada uno participamos de es único pan» (10,16s)».

 

De nuevo aparecen fundidas entre sí la piedad eucarística y la piedad eclesial: el pan uno nos hace un solo cuerpo; la Iglesia no es justamente otra cosa que la unidad de los muchos en el único y por el único Cristo resultante de la comunión eucarística.

 

Esta sección de la carta de Pablo, en la que aparecen la esperanza y la dimensión de la existencia cristiana, está precedida por una pequeña catequesis que subraya el peligro del hombre cristiano. Podemos ser breves en la presentación porque el contenido esencial del texto se inscribe en la interpretación del cuarto testimonio eucarístico de nuestra carta. Pablo compara a los cristianos con la generación israelita del desierto, de la cual dice que todos gustaron la misma comida espiritual, bebieron la misma bebida espiritual que provenía de la roca espiritual que les seguía. «La roca representaba al Mesías» (10,4). Y sin embargo, prosigue Pablo, «la mayoría no agradó a Dios, y la prueba es que fueron abatidos en el desierto». Pablo aplica esto a los cristianos: sí ellos ‑al igual que la generación israelita del desierto‑ tientan a Dios o murmuran contra él, se encontrarán en el mismo peligro. Tres cosas son importantes aquí. Por una parte, Pablo habla de la actualidad universal de Cristo: él también caminó por el desierto con Israel, y, de forma misteriosa, les ha dado de comer y de beber el Espíritu Santo: se les ha dado sacramentalmente, es decir, ofrecido en comida y bebida externas. El segundo aspecto importante es que la existencia del cristiano, de la Iglesia, es caracterizada como peregrinación. La teología del pueblo de Dios peregrinante, que aquí no tiene «ciudad estable», sino que sólo haciendo camino se encuentra en la tierra futura, en lo propio, tiene aquí un punto de apoyo fundamental. La eucaristía es alimento para la peregrinación, Cristo la roca espiritual que camina con nosotros. Y finalmente, de esto resulta lo tercero: la eucaristía no otorga una certeza salvífica cuasi‑mágica; siempre reclama nuestra libertad. Y, por ello, siempre existe el peligro de la pérdida de la salvación, persiste la mirada necesariamente hacia el juicio futuro. [pp. 104-109]

 

Continúa la ponencia con el análisis de 1 Cor 11, 17-33: la institución de la eucaristía y su correcta celebración. "El último y más importante texto eucarístico", dice el cardenal prefecto. Lo dejamos ahora para acudir a la letra impresa en papel. Adelantamos que la comunidad de Corinto perdió el verdadero sentido de asamblea, porque «la eucaristía, o se celebra con el Cristo uno y, desde aquí, con toda la Iglesia, o no se celebra en absoluto». Quien sólo busca en la eucaristía su propio grupo, quien en ella y por ella no entra en la Iglesia toda y no supera lo propio, hace exactamente lo que les es censurado a los corintios. Pero hay mucho más en el texto.

 


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Arvo Net, 18/01/2006

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