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EINSTEIN Y LA EUCARISTÍA (Antonio Orozco)

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 EINSTEIN Y LA EUCARISTÍA

 
Antonio Orozco
Arvo Net
30 de septiembre de 2005
Revisión 13/06/2009
 
Muchos comentan que Albert Eistein en su juventud fue más bien lo que se suele llamar «un ateo». Al parecer, según se dice, no creía en la existencia de un Dios personal. Pocos son, sin embargo, los que conocen su evolución sobre el reconocimiento del Creador. Randall Sullivan en su libro "The Miracle Detective" (New York, 2004, pp.432-433) relata una conversación que tuvo con Benedict Groeschel, un monje neoyorquino experto en teología mística y autor de "Still, small voice" (Ignatius Press, 1993 ). Cuenta Sullivan que Groeschel le comentó que había estado leyendo mucho sobre Einstein y que aunque el gran físico quizá se había opuesto a la idea de un Dios personal cuando era joven, en su madurez se había convertido [en opinión de Groeschel] en una persona bastante religiosa. En concreto dice: «Estaba fascinado por el misterio del Santísimo Sacramento».
 
La ciencia y los años no apartan de Dios, al contrario, normalmente, la búsqueda honrada de la verdad, aunque sea de un segmento mínimo de las cosas, conduce casi necesariamente –salvada la libertad de la persona- al descubrimiento de la Verdad primera, que, como es lógico, siendo origen de personas, ha de ser eminentemente personal. La Fe y la Ciencia, por más que quienes ignoren éste o aquél saber no se hayan dado cuenta todavía, lejos de oponerse se ayudan una a la otra y se complementan en el progreso del conocimiento global.
 
Einstein, el más eminente físico después de Newton, buscaba la fórmula en la que se pudiera encerrar la textura de cualquier porción pequeña o grande de materia. Pero no pensaba encontrar en ella el Origen absoluto, ni que la materia fuera el todo de la realidad: había un Dios que «no jugaba a los dados». No importa que la metáfora de los dados, haya sido superada por nuevos descubrimientos. Lo esencial es que hay Dios que juega, en el sentido profundo de la palabra: el que hace posible el orden del universo. Incluso si hubiera que admitir el azar, algunos así lo entienden, Dios sería el que hace posible que del azar surja el orden. No es de extrañar que un Eistein, con el paso del tiempo, cuanto más enigmas desentrañaba, más se acercase a la comprensión del misterio, en el sentido más estricto: la existencia de lo que jamás se podrá encerrar en una fórmula, ni siquiera en un solo nombre, y que ha de ser una Inteligencia infinitamente más poderosa que la suya, no sólo capaz de entender, sino de crear la maravilla del Universo.
 
«Estaba fascinado por el misterio del Santísimo Sacramento». ¿Quiere decir Groeschel  que Einstein creía propiamente en la presencia de real de Jesucristo bajo las figuras de pan y vino consagrados en la santa misa? No me atrevo a afirmarlo. Pero lo 
que parece seguro es que a Eistein no le parecía imposible del todo el misterio eucarístico. Su familiaridad con diversas dimensiones del universo, lo fascinante del cosmos creado, le permitía reconocer que Dios es capaz de hacer algo infinitamente mayor.
 
El papa Benedicto lo resumía con una sencillez a la vez encantadora y grandiosa: «La entera existencia terrena de Jesús, desde la concepción hasta la muerte, ha sido un único acto de amor. Tan es así, que se puede resumir en estas palabras: Jesus Caritas, Jesús Amor. En la ültima Cena, ‘sabiendo que había llegado su hora’ (Jn 13,1), el divino Maestro ofreció a sus discípulos el ejemplo supremo de amor lavándoles los pies y confiándoles su preciosa herencia, la Eucaristía, en la cual se concentra todo el misterio pascual, como escribió el venerado Papa Juan Pablo II en la Encíclica Ecclesia de Eucaristia (cfr n. 5). / «Tomas y comed, esto es mi cuerpo… Bebed todos de él, esto es mi sangre» (Mt 26, 26-27). Las palabras de Jesús en el Cenáculo anticipan su muerte y manifiestan la consciencia con que Él la afronta, transformándola en el don de Sí, en el acto de amor que se da totalmente. En la Eucaristía el Señor se da a nosotros con su cuerpo, con su alma y con su divinidad, y nosotros nos convertimos en una sola cosa con él y entre nosotros…»
 
A quien este familiarizado con la física cuántica y con la reciente teoría de las cuerdas, probablemente le sea más fácil creer en el misterio eucarístico que a Newton. Por supuesto, no se le exime de la humildad, compartida – sólo por aparente paradoja - por los niños y los grandes hombres, abiertos siempre a los generosos dones de la Verdad Primera, que es también Bondad, Amor, Belleza.
 
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