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CAUTIVO DE AMOR (Antonio Orozco Delclós)

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CAUTIVO DE AMOR
 
Hay un Prisionero en una cárcel pequeña. El cautivo es Rey de reyes, Señor de señores. La cárcel menuda es el Sagrario: cárcel de amor es llamada.

Autor: Antonio Orozco
Lugar: Escritos Arvo
 
 
Hay un Prisionero en una cárcel pequeña, El cautivo es Rey de reyes, Señor de señores. La cárcel menuda es el Sagrario: cárcel de amor es llamada (1), porque de amor es el delito. Siendo Dios, vino a ser hombre. Eterno, asumió el tiempo. Inmutable, quiso padecer. Omnipotente, quedó inerme sobre el heno de un pesebre en Belén. Todopoderoso y fugitivo cruzó desiertos de amor cubiertos de arena. Creador del Universo, trabajó con fatiga largos años en el taller de José. Inmenso, anduvo incansable, paso a paso, verso a verso, los caminos de Palestina. Gruesas gotas de sangre manaron de su piel hasta el suelo de Getsemaní. Se entregó porque quiso a una flagelación cruel, a la coronación de espinas, se abrazó a una cruz, se dejó clavar en ella, entre dos ladrones y los insultos blasfemos de criaturas suyas. Todo sin necesidad, por puro amor, para redimir los pecados de todos y cada uno de los hombres y abrirles las puertas del Paraíso.

«Bajo las especies de pan y vino está Él, realmente presente con su Cuerpo y su Sangre, su Alma y su Divinidad. Así, juntándose un infinito amor, ¿qué había de conseguirse sino el mayor milagro y la mayor maravilla» (2). ¿Puede decirse que es «justo» que estés ahí, Cristo, en tu cárcel, inerme, más aún que en Belén, que en Nazaret y el Calvario? Pues sí, digo que es justo, justísimo, porque nos has robado el corazón. Y lo has hecho hasta con alevosía. ¿Por qué te has excedido en tu amor? ¿Por qué nos amas con esa locura increíble? ¿No bastaba una sola gota de tu Sangre para redimir infinitos mundos? ¿No era suficiente uno sólo de tus suspiros? ¿Acaso no era suficiente tu sola Encarnación en el seno virginal de María Santísima? ¿Por qué tanto dolor, por qué tanto tormento, por qué...?

¡Es justo, Señor, que ahora estés ahí, cautivo en tu pequeña cárcel oscura! ¡Nos has robado el corazón! Es justo, con esa justicia que -en la sublime sencillez divina- se funde con el amor, la misericordia, la generosidad, la verdad, la libertad, la belleza, la armonía, la alegría... ¡Es justo que estés preso porque amas infinitamente, porque te has excedido, y todo exceso debe pagarse! Tú lo expías en el Sagrario. 

Lo que no es justo en modo alguno es que yo me quede indiferente, o que te olvide y pase horas sin recordar tu amorosa cautividad. No es justo que pase un sólo día sin visitarte en el Sagrario, al menos una vez. No es justo que el Sagrario no sea el imán de mis pensamientos, palabras y obras. No es justo que, habiéndome robado Tú mi corazón, yo no esté donde está mi tesoro. Por eso renuevo ahora mi propósito de centrar entera mi vida en tu cárcel de amor. Y siempre que pueda, aunque sean breves instantes, iré a visitarte, para decir: ¡te adoro con devoción, Dios escondido!. Con una genuflexión pausada, iba a decir «solemne». Adoro tu presencia real bajo las apariencias del pan, donde no hay más pan que tu sustancia: tu Cuerpo, tu Sangre, tu Alma humana, tu Divinidad, con el Padre y el Espíritu Santo. 

El milagro de los milagros

Aquí está el milagro de los milagros, misterio de fe que anuda en sí todos los misterios del Cristianismo (3): Dios Uno y Trino, la Encarnación del Verbo, la Redención de la humanidad, la Vida, Pasión, Muerte y Resurrección, la glorificación eterna... Mi corazón se somete a Ti por entero (Tibi se cor meum totam subiicit), ¡es tuyo! ¡Me lo has robado!. Contemplándote se rinde (Quia te contemplans totum deficit), pierde toda otra razón de su latir. No podría ser de otro modo, cuando se oye el eco de aquella canción: 

Corazones partidos 
yo no los quiero; 
y si le doy el mío, 
lo doy entero (3b)

Si Tú me das el tuyo entero, ¿qué podría hacer yo con el mío? Hoy, en la Misa, te me has dado todo. Ahora sólo cabe una palabra: ¡gracias! Aquí estoy para servirte; soy enteramente tuyo (totus tuus ego sum!). 

La vista, el tacto, el gusto, no alcanzan a percibirte, pero me basta el oído para saber con absoluta certeza que estás ahí (Visus, tactus, gustus in te fallitur...): «Esto es mi Cuerpo», «Esta es mi Sangre...» Nada hay más verdadero que tu palabra todopoderosa, capaz de realizar el milagro de los milagros. 

En estas Visitas al Santísimo, quizá breves, siempre demasiado breves -es inevitable-, se enciende la fe, y con la fe, la esperanza y el amor. Creo y proclamo verdadera tu Humanidad Santísima y tu Divinidad inefable (ambo tamen credens atque confitens). Y con la fe encendida como el sol saliente de un limpio amanecer, pido lo mismo que el ladrón que junto a ti en el Gólgota supo ganarse el Paraíso aquella misma tarde.  «He repetido muchas veces aquel verso del himno eucarístico: peto quod petivit latro penitens, y siempre me conmuevo: ¡pedir como el ladrón arrepentido!» (4). 

¿Qué pidió aquel hombre de azarosa vida que moría en otra cruz junto a Cristo?: ¡acuérdate de mí cuando estés en tu Reino!. «Reconoció que él sí merecía aquél castigo atroz... Y con una palabra robó el corazón a Cristo y se abrió las puertas del Cielo» (5)

Con una palabra. También esto es «justo», Señor: si Tú me has robado el corazón, es justo que yo robe el tuyo. ¡Es tan fácil!: «A Jesús le basta una sonrisa, una palabra, un gesto, un poco de amor para derramar copiosamente su gracia en el alma del amigo» (6). ¿Ves ahora mi corazón contrito, rendido, convertido, vertido hacia Ti con todas las fibras de su ser? Pues, ¡acuérdate de mí ahora que estás en tu Reino!. Yo te abro las puertas de mi pecho; Tú me abres las del tuyo ardiente, las puertas del Reino del Amor.

BELÉN, casa del pan

Esa pequeña cárcel de amor es también Belén, un Belén perenne. «Belén» significa «casa del pan». El Sagrario es lugar donde se guarda el Pan de la Palabra, el mismo Verbo de Dios, la Palabra única del Padre que nos habla del Amor. Es el pan de los Ángeles, Pan del cielo, medicina de inmortalidad (7), que no de otra cosa se alimentan los Ángeles. Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero. 

En el Belén de nuestros templos se halla, para nutrir a los hombres, no sólo el Cuerpo y la Sangre redentores, sino también el Espíritu de Cristo que, desde el Sagrario, se difunde en nuestros corazones al hacer, como solemos, una comunión espiritual. Porque la Humanidad Santísima de Jesús es el verdadero Templo donde habita la plenitud de la divinidad corporalmente (Col 2, 9). Su alimento es la Voluntad del Padre, y el aire que respira es el Espíritu Santo, la Persona-Don. Por eso, al soplar, se difunde, en una incesante y siempre nueva Pentecostés, el Paráclito. 

¿No se percibe siempre, dondequiera que estemos, como una brisa que desde el Sagrario más cercano viene a aliviar el esfuerzo de nuestro trabajo, que pone, si es el caso, dulcedumbre en el sacrificio, sosiego en el dolor, más gozo en la alegría de amar y saberse infinitamente amados por un Corazón humano, como el nuestro, que palpita con vigor divino? 

El Espíritu Santo, con su lazo de Amor, estrecha, une, funde nuestros corazones hasta poder exclamar: ¡ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí! (Cfr. Gal 2, 20). ¡Asombroso! El cristiano se endiosa, inmerso en lo Infinito, como canta el villancico de un clásico: 
 
HOMBRE 

Por más que esté dividido 
Os hallo entero, mi Dios. 

DIOS 

Sí, amigo; que entre los dos 
Nunca ha de haber pan partido. 

HOMBRE 

¿Qué igualdad se puede dar 
Entre la nada y el todo? 

DIOS 

¿Queréis saber de qué modo? 
Comiendo de este manjar. 

HOMBRE 

Luego, después que he comido,
¿Vengo por gracia a ser Dios? 

DIOS 

Sí, amigo, que entre los dos 
Nunca ha de haber pan partido. 

HOMBRE 

¿A quién habrá que no asombre 
Tan excesivo favor? 

DIOS 

Eso es lo que puede amor, 
Haceros Dios, y a Mí hombre. 

HOMBRE 

¿Qué a tal alteza he venido, 
Y a tanta bajeza Vos? 

DIOS 

Sí, amigo; que entre los dos 
Nunca ha de haber pan partido (8)
 

¡Qué justo es, Dios mío, que estés en cárcel de amor! Desde ahora mismo compartiremos todo: corazón, pensamientos, afanes, trabajo, penas, alegrías, amores. El Sagrario será mi tesoro, mi Belén, mi Pentecostés... y mi Betania: espacio de encuentro, lugar de sosiego, donde se ama de veras a Jesús, con admiración, con respeto, con cariño; donde se escucha sin prejuicios su palabra y donde Jesús, en elocuente silencio, escucha. Incluso se atreve uno a «reprocharle» cariñosamente que no «haya llegada a tiempo» de curar a Lázaro: «Señor -dice María-, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano». Pero por nada del mundo se pierde la fe: «aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios te lo concederá»; «yo creo que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Y María, capaz de provocar en el mezquino corazón de todos los Judas, un escándalo mayúsculo, derrama el salario anual de un obrero, en su perfume de preciosa fragancia, a los pies de Jesús, y los enjuga con su cabellera hermosa. Lázaro - alma serena, corazón jugoso, mirada penetrante, llena de luz -, contempla, conversa con el Maestro, siente el orgullo de su sangre noble; pondera en silencio su honda amistad con el Maestro. 

«Es verdad que a nuestro Sagrario le llamo siempre Betania... -Hazte amigo de los amigos del Maestro: Lázaro, Marta, María. Y después ya no me preguntarás por qué llama Betania a nuestro Sagrario» (9). Y andarás par el mundo «asaltando» Sagrarios (10); gozando al descubrir alguno nuevo «en tu camino habitual par las calles de la urbe» (11), y no dejarás nunca la Visita al Santísimo: «La Visita al Santísimo Sacramento es una prueba de gratitud, un signo de amor y un deber de adoración hacia Cristo, nuestro Señor» (12). «La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración» (Juan Pablo II). Así siempre «tendrás luces y ánimo para tu vida de cristiano». Y dirás a los Ángeles que, de algún modo, comparten nuestro mismo «Pan»: «Oh Espíritus Angélicos que custodiáis nuestros Tabernáculos, donde repose la prenda adorable de la Sagrada Eucaristía, defendedla de las profanaciones y conservadla a nuestro amor (13)». 

Grito silencioso 

El Sagrario es una llamada a entretenerse en conversación de fe, esperanza y amor con Quien ha dado y sigue dando su sangre por nosotros. Un grito silencioso: ¡Estoy aquí! ¡Venid los que andáis cansados, agobiados, descorazonados, que yo os aliviaré! ¡Venid también los que estáis contentos. Me gusta compartir vuestra alegría y llenarla, para que sea completa, más honda y duradera, más auténtica, más humana y más divina, que nadie os pueda arrebatar! 

Para alcanzar la amistad creciente con Cristo es preciso ir purificando la mente y el corazón, porque Él es la pureza misma. La frecuencia en el Sacramento de la Penitencia es el gran medio purificador. Sin él, nuestra fe sería escasa; nuestra esperanza, incierta; nuestro amor, dudoso; nuestra obras torpes. «No es solamente la Penitencia la que conduce a la Eucaristía, sino que también la Eucaristía lleva a la Penitencia. Cuando nos damos cuenta de Quien es Aquel que recibimos en la Comunión eucarística, nace en nosotros casi espontáneamente un sentido de indignidad, junto con el dolor de nuestros pecados y con la necesidad interior de purificación» (14). Así se consigue que «brille todavía más la gloria y la fuerza de la Eucaristía» (15).

(1) San Josemaría Escrivá, Forja, 827.
(2) Juan Pablo II, Homilía, 9-VII-1980.
(3) S. Josemaría, Conversaciones, n. 113.
(3b) S. Josemaría, Camino, n. 145
(4) S. Josemaría, Via crucis, XII, 4.
(5) Ibid.
(6) Ibid.
(7) cfr. CEC, n. 1331.
(8) Alonso de Ledesma.
(9) Camino, n. 422
(10) Ibid., 269 y 876.
(11) Ibid., 270.
(12) CEC, n. 1418.
(13) Camino, 569
(14) Juan Pablo II, Dominicae Cenae, 24-II.1980, n. 7
(15) Bula Incarnationis mysterium, n. 11.
 
 
 
Arvo Net, 17/06/2006-12/06/2009

 

05/11/2005 ir arriba
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