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«CARNE DE SU CARNE» (Scott Hahn)

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El corazón de la Iglesia



«CARNE DE SU CARNE
»
 

 

Scott Hahn, en su obra «Lo primero es el Amor» muestra como la terminología de familia domina tanto las enseñanzas de Jesús como las de sus primeros discípulos y los Santos Padres. A continuación, unas páginas facilitadas a Arvo Net por Ediciones Rialp.

«Dios se hizo hombre para que nosotros pudiéramos hacernos Dios; y se manifestó a sí mismo en la carne para que pudiéramos hacernos una idea del Padre invisible; y resistió la insolencia de los hombres, para que pudiéramos recibir la herencia de la inmortalidad» (San Atanasio , Sobre la Encarnación, 54, 3)

 

 

MOVILIDAD ASCENDENTE

 

«El fin último de toda la economía divina es la entrada de las criaturas en la unidad perfecta de la Bienaventurada Trinidad» (CCE n. 260). Se trata de un asunto de familia: que somos introducidos, como hijas e hijos, en las relaciones eternas del Padre, el Hijo y la esencia del amor, el Espíritu Santo. En Cristo, entramos en la vida de la Familia que es Dios. Empezamos esa perfecta comunión del mismo modo que el pueblo de Dios ha entrado siempre en relación con Dios: el modo en que los forasteros de la antigüedad eran introducidos en la familia depositaria. Entramos en la Familia de Dios por medio de una alianza.

 

Jesús mismo lo dijo, y en un momento extremadamente significativo de su vida terrena. Hablando la noche en que fue traicionado, unas horas antes de su arresto, dejó claro que estaba entregando su vida voluntariamente, en una completa efusión de amor. Dio a los apóstoles su Cuerpo, bajo la apariencia de pan, y les dio su Sangre, bajo la apariencia de vino. Todo esto tuvo lugar en el marco de la comida de Pascua, la comida de la alianza del antiguo Israel. Pero Jesús subrayó que su entrega, aunque estaba prefigurada en el sacrificio del cordero pascual, constituía una nueva Alianza. Tomando la copa de vino, dijo: «Este cáliz derramado por vosotros es la nueva Alianza en mi sangre» (Lc 22, 20).

 

En las horas y días que siguieron, se iba a «derramar» él mismo en una completa donación de sí. El primer Adán se enfrentó al pecado y la muerte y se encogió de miedo en un cobarde silencio. El nuevo Adán, sin embargo, afrontó el pecado y la muerte ‑incluso la muerte más humillante y dolorosa‑ e hizo morir a la muerte cuando dio su vida. Empezando por aquella comida Pascual, Jesús completaría el sacrificio de sí mismo que Adán había rechazado. Mientras que Adán fracasó a la hora de defender su hogar y de defender a su amada, Jesús triunfó absolutamente, llevando a plenitud también todas las demás alianzas intermediarias.

 

A diferencia de la(s) antiguas) alianza(s), ésta consistía en un lazo de familia que duraría para siempre, porque esta alianza es el mismo vínculo que enlaza las tres Personas divinas eternamente en la perfecta unidad del Dios uno y único.

 

JURADO OTRA VEZ

 

Por lo que sabemos, Jesús usó el término «nueva Alianza» sólo en esa ocasión; pero, para los primeros cristianos, llegó a definir su nueva vida. Más aún, estableció su continuidad con la antigua familia de Dios, desde Adán pasando por Noé, Abrahán, Israel, Moisés y David. La nueva Alianza tenía todas las características de las alianzas históricas y de los pactos legales de las familias depositarias. Había un juramento, un sacrificio y una comida en común. Pero la nueva Alianza llevó todos esos elementos a la perfección. Ahora el juramento se había cumplido; el sacrificio era sin tacha, y el sacerdote y la víctima eran Dios mismo; ahora la alianza era irrompible, y la comida era una comunión con Dios.

 

Para los primeros cristianos, la nueva Alianza, como todas las alianzas, era un asunto de familia. La Carta a los Hebreos habla de esto, con una inmensa mayoría de términos de carácter familiar como «herencia» y «primogénito». «Por esto [Jesús] es el mediador de una nueva Alianza, a fin de que, por su muerte, para redención de las transgresiones cometidas bajo la primera alianza, reciban los que han sido llamados las promesas de la herencia eterna» (Heb 9, 15). Acuérdate de que hasta la idea de « redención» era una cuestión de familia, ya que el «redentor» era el go'el, el que vengaba a su parentela. «Pero vosotros os habéis llegado al monte Sión, a la ciudad del Dios vivo... a la congregación de los primogénitos» (Heb 12, 22‑23).

 

La incorporación a esta familia no era algo teórico, abstracto o meramente espiritual. Recibimos el Espíritu de Jesús (cf. Jn 20, 22); si no, no podríamos llamar a Dios « ¡Abba! ¡Padre!» (cf. Gal 4, 6). Pero hay más cosas implicadas en esta nueva Alianza.

 

MEMORIAL DE RE‑ENCARNACIÓN

 

A partir de Jesús, los primeros cristianos hablaron de la alianza con un realismo de carne y hueso. Contrastando implícitamente la nueva Alianza con la antigua, dijo Jesús, en su penúltima Pascua: «Moisés no os dio pan del cielo, es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo... Yo soy el pan de vida... si alguno come de este pan, vivirá para siempre, y el pan que yo le daré es mi carne, vida del mundo» (Jn 6, 32. 35. 51). Esto apuntaba a la comida de la alianza que Jesús serviría en su última Pascua.

 

San Pablo cuenta que, en aquella comida, Jesús mandó a sus discípulos: «Haced esto ‑caracterizar la alianza de la misma manera que lo hizo‑ en conmemoración mía» (1 Cor 11, 25). La palabra griega que se traduce aquí por «conmemoración» tiene connotaciones mucho más fuertes en la antigua cultura hebrea. Dada su fuerza original, las palabras de San Pablo evocan una « re‑llamada» , no sólo un recuerdo, sino una re‑actualización, una re‑presentación. Esta comida es sin lugar a dudas la Presencia Real de Jesucristo: Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. San Pablo habla en otro lugar de la comida de la alianza con el mismo realismo. « El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo?

 

Y el pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo?» (1 Cor 10, 16). < Así pues, quien come el pan y bebe el cáliz indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor... Pues el que come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condenación» (1 Cor 11, 27. 29).

 

En esta comida de la nueva Alianza, salimos de las sombras de la metáfora para entrar en la misma imagen y realidad de la gloria de Dios. Nuestro parentesco con Dios es tan real que su misma sangre fluye por nuestras venas. Asimilamos su carne en la nuestra. En la comida de la nueva Alianza, la Familia de Dios come el Cuerpo de Cristo y así se convierte en el Cuerpo de Cristo. Así es como quiso Dios que nos hiciéramos hijas e hijos en su único Hijo eterno. «Los hijos participan en la carne y en la sangre» (Heb 2, 14), «conformados a la imagen de su Hijo» (Rom 8, 29). Por la gracia somos imagen y semejanza de Dios, su familia de sangre.

 

UNA LLAMADA CERCANA

 

Los cristianos de hoy apenas se dan cuenta de la gloria que reciben en la comida de la nueva Alianza: la Eucaristía, la Misa. Se trata de una intimidad inimaginable. Hace mucho tiempo un cristiano de Tesalónica, Nicolás Cabasilas, escribió que « su unión [de Cristo] con los que ama supera toda unión que podamos concebir". Es la relación familiar más cercana posible: más próxima que la de la madre con el hijo, más cercana que la relación marido‑mujer o entre dos hermanos gemelos... ¡y une a un humilde ser humano con Dios todopoderoso! Cabasilas va tan allá que llega a decir: < ¿hay algo más unido que uno consigo mismo? ¡Pues, todavía, esta intimidad es inferior» a la unión de Dios con el creyente!

 

¿Cómo puede suceder esto? En nuestra comunión de carne y sangre con Jesús, recibimos la gracia, el poder, de vivir como Él vive, de amar como El ama, y por tanto de darnos completamente entregándonos por otro..., por Cristo mismo. Recibimos la fuerza para vivir como Adán no quiso vivir cuando se negó a morir. Porque recibimos la gracia de vivir y morir como Jesús vivió y murió. Podemos hacerlo porque ahora vivimos y morimos en Jesús. Entregando nuestra vida como El entregó la suya, imitamos la vida íntima de Dios, que es autodonación total. < Pues quien quiera salvar su vida la perderá», dijo Jesús: «y el que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16, 25).

 

Esta vida que «encontramos» es eterna, no simplemente sin fin, porque es la vida misma de Dios. Sólo Dios es eterno. Con razón se referían los primeros cristianos a «la alianza nueva y eterna»; y con razón llamaban a nuestra redención una «nueva creación». Porque Dios mismo se hizo un nuevo Adán por nosotros, y es a su imagen y semejanza como somos re‑creados en el bautismo y en la sagrada Comunión, los dos sacramentos principales de su nueva Alianza.

 

Cuando Dios hizo al hombre por primera vez, nos hizo del polvo. Ahora nos vuelve a hacer de su propia carne y sangre, y hace que participemos de su «Espíritu vivificador» (1 Cor 15, 45). Somos, por fin, carne de su carne.

 

Scott Hahn

«Lo primero es el Amor»

Ed. Rialp, Madrid 2005.

págs. 105-111.

 

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Director de Revistas: Javier Martínez Cortés

Editor-Coordinador: Antonio Orozco Delclós

 

Enviado por Rialp - 28/06/2005 ir arriba
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