«Dios se hizo hombre
para que nosotros
pudiéramos hacernos
Dios; y se manifestó
a sí mismo en la
carne para que
pudiéramos hacernos
una idea del Padre
invisible; y
resistió la
insolencia de los
hombres, para que
pudiéramos recibir
la herencia de la
inmortalidad» (San
Atanasio , Sobre
la Encarnación,
54, 3)
MOVILIDAD ASCENDENTE
«El fin último de
toda la economía
divina es la entrada
de las criaturas en
la unidad perfecta
de la Bienaventurada
Trinidad» (CCE n.
260). Se trata de un
asunto de familia:
que somos
introducidos, como
hijas e hijos, en
las relaciones
eternas del Padre,
el Hijo y la esencia
del amor, el
Espíritu Santo. En
Cristo, entramos en
la vida de la
Familia que es Dios.
Empezamos esa
perfecta comunión
del mismo modo que
el pueblo de Dios ha
entrado siempre en
relación con Dios:
el modo en que los
forasteros de la
antigüedad eran
introducidos en la
familia depositaria.
Entramos en la
Familia de Dios por
medio de una
alianza.
Jesús mismo lo dijo,
y en un momento
extremadamente
significativo de su
vida terrena.
Hablando la noche en
que fue traicionado,
unas horas antes de
su arresto, dejó
claro que estaba
entregando su vida
voluntariamente, en
una completa efusión
de amor. Dio a los
apóstoles su Cuerpo,
bajo la apariencia
de pan, y les dio su
Sangre, bajo la
apariencia de vino.
Todo esto tuvo lugar
en el marco de la
comida de Pascua, la
comida de la alianza
del antiguo Israel.
Pero Jesús subrayó
que su entrega,
aunque estaba
prefigurada en el
sacrificio del
cordero pascual,
constituía una
nueva Alianza.
Tomando la copa de
vino, dijo: «Este
cáliz derramado por
vosotros es la nueva
Alianza en mi
sangre» (Lc 22, 20).
En las horas y días
que siguieron, se
iba a «derramar» él
mismo en una
completa donación de
sí. El primer Adán
se enfrentó al
pecado y la muerte y
se encogió de miedo
en un cobarde
silencio. El nuevo
Adán, sin embargo,
afrontó el pecado y
la muerte ‑incluso
la muerte más
humillante y
dolorosa‑ e hizo
morir a la muerte
cuando dio su vida.
Empezando por
aquella comida
Pascual, Jesús
completaría el
sacrificio de sí
mismo que Adán había
rechazado. Mientras
que Adán fracasó a
la hora de defender
su hogar y de
defender a su amada,
Jesús triunfó
absolutamente,
llevando a plenitud
también todas las
demás alianzas
intermediarias.
A diferencia de la(s)
antiguas) alianza(s),
ésta consistía en un
lazo de familia que
duraría para
siempre, porque
esta alianza es
el mismo vínculo que
enlaza las tres
Personas divinas
eternamente en la
perfecta unidad del
Dios uno y único.
JURADO OTRA VEZ
Por lo que sabemos,
Jesús usó el término
«nueva Alianza» sólo
en esa ocasión;
pero, para los
primeros cristianos,
llegó a definir su
nueva vida. Más aún,
estableció su
continuidad con la
antigua familia de
Dios, desde Adán
pasando por Noé,
Abrahán, Israel,
Moisés y David. La
nueva Alianza tenía
todas las
características de
las alianzas
históricas y de los
pactos legales de
las familias
depositarias. Había
un juramento, un
sacrificio y una
comida en común.
Pero la nueva
Alianza llevó todos
esos elementos a la
perfección. Ahora el
juramento se había
cumplido; el
sacrificio era sin
tacha, y el
sacerdote y la
víctima eran Dios
mismo; ahora la
alianza era
irrompible, y la
comida era una
comunión con Dios.
Para los primeros
cristianos, la nueva
Alianza, como todas
las alianzas, era un
asunto de familia.
La Carta a los
Hebreos habla de
esto, con una
inmensa mayoría de
términos de carácter
familiar como
«herencia» y
«primogénito». «Por
esto [Jesús] es el
mediador de una
nueva Alianza, a fin
de que, por su
muerte, para
redención de las
transgresiones
cometidas bajo la
primera alianza,
reciban los que han
sido llamados las
promesas de la
herencia eterna»
(Heb 9, 15).
Acuérdate de que
hasta la idea de «
redención» era una
cuestión de familia,
ya que el «redentor»
era el go'el,
el que vengaba a su
parentela. «Pero
vosotros os habéis
llegado al monte
Sión, a la ciudad
del Dios vivo... a
la congregación de
los primogénitos»
(Heb 12, 22‑23).
La incorporación a
esta familia no era
algo teórico,
abstracto o
meramente
espiritual.
Recibimos el
Espíritu de Jesús
(cf. Jn 20,
22); si no, no
podríamos llamar a
Dios « ¡Abba!
¡Padre!» (cf. Gal
4, 6). Pero hay
más cosas implicadas
en esta nueva
Alianza.
MEMORIAL DE
RE‑ENCARNACIÓN
A partir de Jesús,
los primeros
cristianos hablaron
de la alianza con un
realismo de carne y
hueso. Contrastando
implícitamente la
nueva Alianza con la
antigua, dijo Jesús,
en su penúltima
Pascua: «Moisés no
os dio pan del
cielo, es mi Padre
quien os da el
verdadero pan del
cielo... Yo soy el
pan de vida... si
alguno come de este
pan, vivirá para
siempre, y el pan
que yo le daré es mi
carne, vida del
mundo» (Jn 6,
32. 35. 51). Esto
apuntaba a la comida
de la alianza que
Jesús serviría en su
última Pascua.
San Pablo cuenta
que, en aquella
comida, Jesús mandó
a sus discípulos:
«Haced esto
‑caracterizar la
alianza de la misma
manera que lo hizo‑
en conmemoración
mía» (1 Cor 11,
25). La palabra
griega que se
traduce aquí por
«conmemoración»
tiene connotaciones
mucho más fuertes en
la antigua cultura
hebrea. Dada su
fuerza original, las
palabras de San
Pablo evocan una «
re‑llamada» , no
sólo un recuerdo,
sino una
re‑actualización,
una re‑presentación.
Esta comida es sin
lugar a dudas la
Presencia Real de
Jesucristo: Cuerpo,
Sangre, Alma y
Divinidad. San Pablo
habla en otro lugar
de la comida de la
alianza con el mismo
realismo. « El cáliz
de bendición que
bendecimos, ¿no es
la comunión de la
sangre de Cristo?
Y el pan que
partimos, ¿no es la
comunión del cuerpo
de Cristo?» (1
Cor 10, 16). <
Así pues, quien come
el pan y bebe el
cáliz indignamente,
será reo del cuerpo
y de la sangre del
Señor... Pues el que
come y bebe sin
discernir el cuerpo,
come y bebe su
propia condenación»
(1 Cor 11, 27.
29).
En esta comida de la
nueva Alianza,
salimos de las
sombras de la
metáfora para entrar
en la misma imagen y
realidad de la
gloria de Dios.
Nuestro parentesco
con Dios es tan real
que su misma sangre
fluye por nuestras
venas. Asimilamos su
carne en la nuestra.
En la comida de la
nueva Alianza, la
Familia de Dios come
el Cuerpo de Cristo
y así se
convierte en el
Cuerpo de Cristo.
Así es como quiso
Dios que nos
hiciéramos hijas e
hijos en su único
Hijo eterno. «Los
hijos participan en
la carne y en la
sangre» (Heb 2,
14),
«conformados a la
imagen de su Hijo»
(Rom 8, 29).
Por la gracia somos
imagen y semejanza
de Dios, su familia
de sangre.
UNA LLAMADA CERCANA
Los cristianos de
hoy apenas se dan
cuenta de la gloria
que reciben en la
comida de la nueva
Alianza: la
Eucaristía, la Misa.
Se trata de una
intimidad
inimaginable. Hace
mucho tiempo un
cristiano de
Tesalónica, Nicolás
Cabasilas, escribió
que « su unión [de
Cristo] con los que
ama supera toda
unión que podamos
concebir". Es la
relación familiar
más cercana
posible:
más próxima que la
de la madre con el
hijo, más cercana
que la relación
marido‑mujer o entre
dos hermanos
gemelos... ¡y une a
un humilde ser
humano con Dios
todopoderoso!
Cabasilas va tan
allá que llega a
decir: < ¿hay algo
más unido que uno
consigo mismo?
¡Pues, todavía, esta
intimidad es
inferior» a la unión
de Dios con el
creyente!
¿Cómo puede suceder
esto? En nuestra
comunión de carne y
sangre con Jesús,
recibimos la gracia,
el poder, de vivir
como Él vive, de
amar como El ama, y
por tanto de darnos
completamente
entregándonos por
otro..., por Cristo
mismo. Recibimos la
fuerza para vivir
como Adán no quiso
vivir cuando se negó
a morir. Porque
recibimos la gracia
de vivir y morir
como Jesús vivió y
murió. Podemos
hacerlo porque ahora
vivimos y morimos en
Jesús. Entregando
nuestra vida como El
entregó la suya,
imitamos la vida
íntima de Dios, que
es autodonación
total. < Pues quien
quiera salvar su
vida la perderá»,
dijo Jesús: «y el
que pierda su vida
por mí, la
encontrará» (Mt 16,
25).
Esta vida que
«encontramos» es
eterna, no
simplemente sin fin,
porque es la vida
misma de Dios. Sólo
Dios es eterno. Con
razón se referían
los primeros
cristianos a «la
alianza nueva y
eterna»; y con razón
llamaban a nuestra
redención una «nueva
creación». Porque
Dios mismo se hizo
un nuevo Adán por
nosotros, y es a su
imagen y semejanza
como somos
re‑creados en el
bautismo y en la
sagrada Comunión,
los dos sacramentos
principales de su
nueva Alianza.
Cuando Dios hizo al
hombre por primera
vez, nos hizo del
polvo. Ahora nos
vuelve a hacer de su
propia carne y
sangre, y hace que
participemos de su
«Espíritu
vivificador» (1 Cor
15, 45). Somos, por
fin, carne de su
carne.
Scott Hahn
«Lo primero es el
Amor»
Ed. Rialp,
Madrid 2005.
págs. 105-111.