Por José Ramón Ayllón Vega
Filósofo y escritor
Aunque está claro que la mayoría no es infalible, que de hecho comete errores serios e irreparables, también es cierto que en una sociedad pluralista, con divergencias en cuestiones fundamentales, es necesario un esfuerzo común de reflexión racional: por el diálogo al consenso y a la convivencia pacífica. Siempre el diálogo es mejor que el monólogo. La sabiduría popular sabe que hablando se entiende la gente, y que cuatro ojos ven más que dos. Pero Antonio Machado escribió que, de diez cabezas, nueve embisten y una piensa. Su poética exageración esconde una advertencia: que la conducta ética podría establecerse por mayoría siempre y cuando esa mayoría sustituyera la embestida por la mirada respetuosa sobre la realidad.
Las éticas del consenso se basan en el diálogo. También se llaman procedimentales porque piensan que lo justo sólo puede ser decidido cuando se adopta el consenso como procedimiento. Apel y Habermas consideran que si las normas afectan a todos, deben emanar del consenso mayoritario, como pone de manifiesto el texto citado de Bartolomé de las Casas. Sin ser una solución perfecta -porque tal perfección no existe-, el consenso es quizá la mejor de las formas de llevar la ética a la sociedad, la menos mala. Pero es preciso aclarar que la ética no nace automáticamente del consenso, pues hay consensos inhumanos, como la aceptación mayoritaria de la esclavitud durante siglos. En realidad, el consenso es legítimo cuando todos aceptan normas básicas de conducta moral. Aceptar normas básicas de conducta moral quiere decir, entre otras cosas, que el debate no es el último fundamento de la ética, pues un fundamento discutible dejaría de ser fundamento. En este sentido dice Aristóteles que, quien discute si se puede matar a la propia madre, no merece argumentos sino azotes.
La ética sólo se puede fundamentar sólidamente sobre principios no discutibles. Sin embargo, el reconocimiento de valores morales absolutos se encuentra hoy bajo sospecha. La objeción más frecuente aduce que la moralidad es siempre subjetiva. Esta objeción olvida el reconocimiento universal, por evidencia objetiva, de los valores recogidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos, de 1948. Así pues, aceptar principios incondicionales por encima de cualquier procedimiento no es consecuencia de una postura acrítica y subjetiva. Es, por el contrario, consecuencia de una reflexión imparcial sobre nuestras intuiciones morales elementales. La responsabilidad materna, dice Spaemann, no se funda en una predisposición sentimental, ni en un principio teórico, sino en una percepción esencialmente verdadera: dado que el niño necesita de la madre, la madre se debe a él, sin otros razonamientos ni necesidad de consensos.
La aceptación de normas básicas de conducta también implica rechazar una argumentación puramente estratégica, interesada o ideológica. En el famoso cuento de Andersen, entre los que alaban los vestidos del rey hay un consenso absoluto, pero todos mienten. Un solo individuo, y además niño, tiene razón frente a la mayoría: «El rey va desnudo.» Ante la posibilidad de mentir, las éticas dialógicas piden como condición necesaria que el debate esté integrado por sujetos imparciales, bien informados y rigurosos en la reflexión. Casi como pedir la Luna, pues ni siquiera en Atenas la asamblea más democrática de la historia consiguió esa utópica integridad. Sócrates, el mejor de los atenienses, murió condenado por sus sabios y envidiosos compatriotas. Parecían, dijo el acusado, un grupo de niños manipulados por la promesa de unos dulces. Y también dijo que es una postura inocente pensar que la justicia emana de la mayoría, pues es someterse a quienes pueden crear artificialmente el consenso con los medios que tienen a su alcance.
Para garantizar la limpieza del procedimiento, Apel pide a los dialogantes que piensen con rigor y no vayan interesadamente a lo suyo. Rawls, más optimista, da por supuesto que, al aplicar los procedimientos, todos los implicados actuarán con justicia. Habermas, menos ingenuo, es consciente de que los consensos pueden ser injustos; por eso acepta que sólo en una situación ideal de comunicación podrían resultar equivalentes el consenso y la legitimidad. Pero llegar a esa situación ideal requeriría una educación ideal y un comportamiento ideal por parte de la mayoría: algo -por lo que comprobamos a diario- reservado al mundo platónico de las Ideas. Sin embargo, es preciso tender a esa situación ideal, y ésa es la meta de la ética aplicada, especialmente vigente en la medicina, la empresa, la ciencia, la información, la ecología y la política.
Texto de José Ramón Ayllón –colaborador de Arvo- en su más reciente libro titulado Filosofía mínima (Ed. Ariel, Barcelona 2003). Este libro, excelente en su género, incluye los contenidos fijados en el decreto oficial de mínimos para el primer curso de bachilerato. Disuelve con evidencias y amenidad los prejuicios sobre la Filosofía, como si tuviera que ser aburrida o indigesta. |