Autor: Ramiro Pellitero
Fuentes: Arvo.net
Analisisdigital.com, 12-XI-2008
Muchos que defienden la vida en
sus inicios y en su final, y se preocupan,
con razón, del terreno que van ganando el
aborto y la eutanasia en algunos países, sin
embargo no son conocidos por su defensa de
la justicia social o por su compromiso a
favor de los pobres y necesitados. Piensan
quizá que no hay tantos (porque ellos comen
tres veces al día y van calientes y en
coche); o al contrario, que, como son
muchísimos, sólo se puede hacer muy poco, y
así se van conformando con hacer ese poco,
quizá demasiado poco.
Es claro –y con el Evangelio en
la mano es evidente– que una cosa no va sin
la otra, la protección de la vida naciente y
la preocupación por la justicia social, pues
la vida humana ha de ser protegida en toda
su amplitud.
Benedicto XVI ha empleado, en su
primera encíclica, la expresión “cultura de
la vida” como opuesta a la anticultura de
la muerte, en el sentido de promover la
solidaridad y la generosidad con los otros.
Dos semanas más tarde, en enero de 2006, se
refería a la anticultura de la muerte que se
expresa en la crueldad y la violencia, el
mundo ilusorio de la droga, la felicidad
falsa, la mentira y el fraude, la injusticia
y desprecio del otro, la falta de
solidaridad y responsabilidad con respecto a
los pobres y a los que sufren. Anticultura
que se expresa también en la sexualidad
vivida como pura diversión irresponsable que
cosifica a las personas, que de por sí son
dignas de un amor que pide fidelidad, y por
tanto no pueden convertirse en mercancías,
en meros objetos.
Y proponía tomar una postura
firme: “A esta promesa de aparente
felicidad, a esta ‘pompa’ de una vida
aparente, que en realidad sólo es
instrumento de muerte, a esta ‘anticultura’
le decimos ‘no’, para cultivar la cultura de
la vida. Por eso, el ‘sí’ cristiano, desde
los tiempos antiguos hasta hoy, es un gran
‘sí’ a la vida. Este es nuestro ‘sí’ a
Cristo, el ‘sí’ al vencedor de la muerte y
el ‘sí’ a la vida en el tiempo y en la
eternidad”.
¿Cómo se expresa ese “sí” a Dios
que es a la vez un sí a la vida humana? Pues
en los diez mandamientos, que –explicaba el
Papa– no son un paquete de prohibiciones, de
"noes", sino que presentan una gran visión
de la vida. Si se recorren uno a uno se
percibe que son un sí a Dios y a la familia,
a la vida y al amor responsable, a la
solidaridad, la responsabilidad social y la
justicia, a la verdad y al respeto del otro
y de lo que le pertenece. En definitiva: son
un “sí” a la verdadera vida que se nos da
con el bautismo y con la eucaristía.
Al mes siguiente (febrero de
2006) volvía a insistir en que la cultura de
la vida se basa en la atención a los demás,
sin exclusiones o discriminaciones. “Toda
vida humana, en cuanto tal, merece y
exige ser defendida y promovida siempre”. El
hedonismo de las sociedades del bienestar
exalta la vida mientras es agradable, pero
rebaja el cuidado y el respeto cuando está
enferma o experimenta la discapacidad. Desde
la coherencia del Evangelio se hace preciso,
y posible, servir eficazmente a la vida,
“tanto a la naciente como a la que está
marcada por la marginación o el sufrimiento,
especialmente en su fase terminal”.
En la catedral de San Patricio
(Nueva York), en abril de 2008, confirmó que
los cristianos estamos llamados a proclamar
el don de la vida, proteger la vida y
promover una cultura de la vida, que va
unida a “la alegría que nace de la fe y de
la experiencia del amor de Dios”.
Parece llegado, por eso, el
tiempo en que los “pro vida” promuevan
también la justicia social, y que los
defensores de la justicia se preocupen por
los no nacidos y los que se ven amenazados
por su debilidad o ancianidad. Quizá se
responda que no se llega a todo, que en el
propio grupo se encuentran las dificultades.
Pero lo cortés no quita lo valiente. Sobre
todo de los cristianos, y más en tiempos de
crisis, se espera esa valentía.
Ramiro
Pellitero,
Instituto Superior de Ciencias Religiosas,
Universidad de Navarra