Por
Miguel-Ángel
Martí García
(*)
Cuando las
personas
buscan
momentos
para pasarlo
bien, no
todas son
capaces de
conseguirlo
por sí
solas;
generalmente
necesitan de
los otros
para poder
divertirse.
Esta
necesidad de
estar en
compañía
para
encontrar la
felicidad,
se explica,
en parte,
por la
dimensión
social del
hombre;
efectivamente,
la compañía
de la gente,
no le es
ajena al
hombre, sino
todo lo
contrario,
el hombre
necesita
sentirse
acompañado.
Pero también
hay que
señalar que
no es
correcto
condicionar
la diversión
a la
presencia de
los otros.
Esto sucede
cuando el
hombre no ha
hecho del
pensamiento,
de la
reflexión,
de la
cultura una
fuente de
felicidad.
Entonces,
efectivamente,
la soledad
es
interpretada
como vacío,
como
aburrimiento,
como
taedium
vitae. ¿Y
qué es
el
aburrimiento,
sino un no
tener nada
que decirse?
Aquí está el
problema:
en no tener
nada que
decirse,
o lo que es
lo mismo: no
tener nada
que pensar,
no sentir la
necesidad de
la
reflexión.
Este tipo de
hombre sólo
parece estar
convocado
para
actividades
sociales. El
mundo de la
intimidad
consigo
mismo lo
desconoce,
porque para
llegar a él
es necesaria
una
propedéutica,
que requiere
esfuerzo y
disciplina.
Esta
autosuficiencia
para la
diversión,
que puede
alcanzar un
hombre
cuando es
capaz de
disfrutar,
en soledad,
del ámbito
del
pensamiento
y de la
cultura, no
es algo que
venga ya
dado por la
naturaleza.
Su posesión
supone una
conquista,
que de
alcanzarla
se
convertirá
para el
hombre en
fuente de
felicidad.
Hay momentos
en que es
posible la
presencia de
los otros, y
aún
necesaria
para nuestro
bienestar.
Pero también
se dan otras
circunstancias
en que no es
posible
disponer de
personas con
las cuales
compartir
nuestro
ocio, o aun
teniéndolas
a nuestro
alcance, lo
que
realmente
necesitamos
es
concentrarnos,
aumentar
un poco
nuestro peso
interior,
porque
tanta
actividad
nos ha
colocado un
poco fuera
de nosotros
mismos. Si
al que le
ocurre esto
ha adquirido
el hábito de
saber
enriquecerse
en soledad,
entonces
será capaz
de ofertarse
lo que
realmente su
espíritu le
está
demandando;
y en el caso
que no sea
capaz de
ofrecerse lo
que
necesita,
saldrá
inútilmente
fuera de sí
mismo,
buscando en
el exterior
lo que sólo
puede
encontrar en
él. No cabe
duda de que
esta
conquista de
vivir
felizmente
la propia
soledad, se
adquiere con
los años.
El
adolescente
identifica
la diversión
‑él la llama
movida-con
gente, ruido
y
movimiento.
Pero sólo
los años nos
llevan a
esta
conversión
de la
soledad en
felicidad.
Hace falta
un
determinado
temple
interior, un
determinado
cultivo
de las
virtualidades
propias, y
haber
encontrado
consigo
mismo la
paz, para
conseguir la
felicidad en
soledad. El
hombre
maduro, que
sabe vivir
sus ratos de
soledad en
clave de
felicidad no
identifica,
como el
adolescente,
la felicidad
con el
bullicio,
sino más
bien con el
solaz, la
tranquilidad
y la lucidez
interior. En
este tipo de
felicidad
hay también
actividad,
pero se
trata de una
actividad
imaginaria
intelectual,
a través
de la cual
se dan
descubrimientos,
nuevos
hallazgos,
se iluminan
zonas
oscuras, se
disfruta
ante las
manifestaciones
artísticas:
se da, en
fin, una
simbiosis de
contemplación
y creación.
Serlo todo
En esas
búsquedas
que tenemos
con nosotros
mismos,
cuando se
produce la
luz en una
zona hasta
entonces
oscura y,
tal vez,
desconocida,
sentimos que
nuestra vida
se dilata,
porque ese
nuevo
hallazgo se
convierte en
una razón
más para
existir,
para
entender la
vida, para
entendernos
a nosotros
mismos, que
es de lo que
se trata.
Pero estos
descubrimientos
no logran
arrojar luz
en todo
nuestro
interior.
Nunca ‑para
decirlo con
palabras de
San Agustín‑
dejaremos de
ser una
cuestión
para
nosotros
mismos",
siempre
habrá zonas
oscuras, que
nos producen
desorientación
y, en
algunos
momentos,
angustia,
porque el
futuro
siempre
tiene algo
de
incertidumbre.
¿Y qué hacer
si ésta es
la condición
del hombre?
No hay otra
respuesta
que hacer de
nuestra
propia
interioridad
un recinto
conquistado,
apropiado a
base de
lealtades,
coherencia,
convencimientos,
aciertos; de
tal forma,
que nuestro
interior se
convierta
para
nosotros en
un lugar
luminoso y
seguro,
capaz de
arrojar luz
y seguridad
sobre lo que
aún está
oscuro o es
incierto. La
aventura
de
existir no
consiste en
ir a la
deriva, sino
a pesar de
los riesgos
mantener el
rumbo fijo,
hasta hacer
de toda la
vida una
obra bien
hecha. Pero
la vida se
hace de
dentro a
fuera. Las
direcciones,
las rutas,
los
objetivos,
aunque se
sitúen fuera
de nosotros
mismos,
nacen en
nosotros y
en nosotros
se mantienen
en su
decurso. El
éxito
profesional,
por ejemplo,
que termina
en un
reconocimiento
público, ha
estado antes
en la
calidad de
la voluntad
de quien
trabajaba,
sólo después
lo interior
‑esos deseos
mantenidos
de querer
obrar el
bien‑ se
convierte en
una realidad
exterior.
Desde
dentro, el
hombre puede
alumbrar lo
que en su
futuro se
manifiesta
como
incierto.
Desde
dentro, el
hombre puede
ganar
seguridades
sobre
terrenos
movedizos.
El futuro
hay que
conquistarlo
con nuestras
victorias
interiores.
Actuamos
de acuerdo a
como somos,
y somos lo
que hemos
decidido
ser. El
actuar se
nos puede
manifestar
problemático,
arduo, casi
inalcanzable,
pero
dependerá de
quién
seamos
para que esa
dificultad
se convierta
en superable
o
insuperable.
En la
calidad del
ser, pues,
se resuelve
esta
aventura de
nuestra
vida,
cuyo éxito
no está en
el tener,
o en
unas
circunstancias
propicias,
sino en
alcanzar la
plenitud de
nuestro
propio
ser,
hasta hacer
de él una
realidad
enriquecida
por sus
propias
perfecciones.
Hay quienes
acceden al
tener a base
de la
autodestrucción
del propio
ser: ¿qué
clase de
felicidad
espera
alcanzar
quien ya no
dispone de
la necesaria
identidad
para
disfrutarla?
Tenerlo
todo, sin
ser nada:
aquí
está la
paradoja más
dramática en
la que se
resuelve la
vida de
algunos
hombres. En
cambio el
secreto de
la felicidad
radicará en
serlo
todo y tener
algo.
Esta última
proposición
nos habla de
serlo
todo, es
decir,
ser todo lo
perfecto
que la
naturaleza
humana me
permita, y
la
naturaleza
humana
parece
abrirse a
perfecciones
insospechadas,
que el
hombre, de
imaginarlas,
las hubiera
atribuido a
Dios, pero
nunca las
hubiera
considerado
parte de su
patrimonio
personal; y
en cambio,
esas
perfecciones
insospechadas
están
presentes en
la vida de
algunos
hombres,
atestiguándonos
así la
posibilidad
de su
existencia
en nosotros,
haciendo
realidad la
potencialidad
de
perfección
del ser
humano.
Miguel-Angel
Martí García
es
catedrático
de
Filosofía,
autor –entre
otros
libros- de
«La
sensiblidad»
(2ª ed), «La
adminiración»
(2ª ed.),
«La
tolerancia»
(3ª ed.),
«La
convivencia»
(4ª ed.),
«La madurez»
(3ª ed.),
«La
afectividad»,
editados por
Ediciones
Internacionales
Universitarias.