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LA MORALIDAD COLECTIVA (Julían Marías)

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LA MORALIDAD COLECTIVA

Conferencia pronunciada en Madrid el 15-4-98 en el "Instituto de España" como parte del curso "España posible del siglo XXI"


Por Julián Marías
(edición: Sylvio Horta)


Buenas tardes, hoy vamos a hablar de un problema en relación con el horizonte del próximo siglo que es: la moralidad colectiva.

Ustedes saben que la moral es un asunto personal, por tanto es asunto individual, desde cada persona y, bueno, he tratado en otros lugares ese problema, algunos de ustedes conocen mi Tratado de lo mejor que plantea el problema moral en una perspectiva un poco nueva. Pero, el hombre vive en una sociedad, el hombre tiene una vida individual pero articulada con la vida colectiva y entonces la vida moral está condicionada naturalmente por la situación social en que se vive, por el conjunto de usos, de vigencias, de presiones sociales, de modelos, de ejemplos: todo eso influye enormemente.

Siempre queda -yo creo que hay que insistir en esto- en que, por ser asunto personal, lo decisivo es la libertad. Es decir, el hombre es responsable, el hombre hace su vida, elige su vida, la realiza en la medida en que las circunstancias lo permiten, pero el proyecto...; el proyecto es propio, el proyecto es personal, cada uno proyecta su vida, la imagina, intenta realizarla -la realiza o no, la realiza mejor o peor-; y hay el influjo de las circunstancias sociales y de algo muy importante en lo cual no se suele reparar demasiado: el azar.

El azar interviene enormemente en la vida individual: la mayor parte de las cosas que nos pasan están condicionadas por el azar.

Por el azar, por lo pronto, nacemos en un cierto lugar, nacemos en un cierto momento histórico, vivimos en unos lugares o en otros, a veces no por una decisión muy personal sino por el influjo de las circunstancias. Conocemos a ciertas personas que dejan una huella buena o mala, importante en muchos casos en nuestra vida y esto es azaroso. Nos ocurren accidentes. La palabra accidente es justamente lo que sobreviene y que no tiene que ver directamente con nuestro proyecto y que en cierto modo lo perturba; y sin embargo el azar no significa una abolición de la coherencia del proyecto, porque cada persona reobra sobre el proyecto desde el azar, lo absorbe, lo transforma, lo digiere podríamos decir, hace con él su vida, y lo hace a su manera, es decir: el azar, que es exterior -evidentemente es exterior a la persona individual-, sobreviene de fuera y no se cuenta con él y además en cierto modo perturba-; sin embargo la persona reacciona sobre él, lo adopta, lo transforma, lo interpreta, lo ajusta y lo convierte en un ingrediente externo pero asimilado de su vida.

Por eso, la libertad es siempre fundamental y decisiva. La libertad hace además que el hombre sea responsable: yo soy responsable no del contenido último de mi vida ni de lo que me viene de fuera, pero sí de lo que yo elijo, de lo que yo prefiero, de lo que yo decido dentro de las posibilidades.

Ahora bien, la sociedad ejerce una gran presión. En unos sentidos es una presión difusa: es la presión que ejercen las vigencias, los usos sociales, que en cierto modo configuran nuestra vida y le quitan espontaneidad, le quitan una cierta autonomía, al mismo tiempo la regulan y le dan facilidades. Es evidente que la sociedad me da resueltos muchos problemas -¿qué diré yo?-, los usos habituales de cómo se viste uno. Bueno, si yo tuviera que inventar el traje que me voy a poner, me sería bastante complicado, me daría mucho que hacer, y hay un uso social, la gente se viste de un cierto modo... En los hombres por ejemplo, la elección es muy limitada (no sé, si uno quiere la chaqueta cruzada o no, con una tira de botones y en otros casos hay más margen…, pero hay un estilo general).

Hay por ejemplo también los usos -y son tan importantes- alimenticios: uno no inventa lo que va a desayunar, hay desayunos habituales en cada país, en cada sociedad hay un uso habitual de desayunar. Yo recordaba, por ejemplo, en los Estados Unidos es muy frecuente desayunar huevos - yo los desayunaba y me parecía muy bien. Pero era difícil a la hora del almuerzo o de la cena conseguir huevos, no era frecuente, porque no se usaba, en general la gente tomaba los huevos por la mañana, en el desayuno Si en un lugar cualquier de España piden ustedes para desayunar sardinas... van a tener problemas seguramente; si toman un café con leche o algo parecido la cosa es mucho más fácil…

Por tanto, eso automatiza de cierto modo la vida pero la facilita. Y esto es una presión, repito, ambiente, una presión difusa, pero que en cierto modo condiciona los modos de vida. Especialmente porque en nuestra época -y sabrán ustedes que yo insisto con cierta frecuencia en eso- los cambios recientes de los procesos sociales se han alterado mucho, se han acelerado y han adquirido una importancia que no tenían antes: porque existe un factor que es la comunicación que es enormemente poderoso.

Entonces ustedes piensen que un hombre de nuestra época recibe una serie de interpretaciones de lo real que tienen un carácter moral muchas veces. Se presentan formas de vida, se presentan formas de relaciones humanas, de familia, de moral política, de una serie de fenómenos y el hombre recibe, en cierto modo, interpretaciones que se presentan a una luz determinada, es decir, que son presentadas favorablemente o desfavorablemente según los casos, se presentan muy frecuentemente como normales porque son frecuentes.

Hay una identificación muy peligrosa en nuestro tiempo que es considerar que lo que es frecuente es normal y lo que es normal es lícito y lo que es lícito legalmente es moral. ¡No!, son identificaciones inaceptables. Puede haber cosas frecuentes que no son normales, puede haber cosas que son normales, pero a pesar de ser normales no son lícitas y pueden ser lícitas legalmente, pero moralmente no. Por tanto hay que ver en cada caso de qué se trata.

Sobre todo se reciben ejemplos, se reciben modelos, modelos humanos, modelos de conducta que se presentan en los periódicos, en la radio, en la televisión, en el cine, en todos los medios de comunicación. Esto, evidentemente, ejerce una influencia sobre los individuos, muy particularmente sobre los niños y sobre los jóvenes, que reciben toda una serie de impactos, diríamos, que van haciéndoles ver que ciertas cosas parecen normales, parecen lícitas, parecen aceptables, y a veces no lo son.

Si ustedes consideran la diferencia que hay, por ejemplo, entre los diferentes países verán que esto es notorio. Es evidente que el sistema de presiones que experimenta un español es ligeramente diferente (no demasiado diferente...) de lo que experimenta un alemán o un inglés o un italiano; es algo diferente en otro sentido de lo que experimenta un americano del norte o del sur (que no es lo mismo); y si nos comparamos ya con otras formas de cultura, como por ejemplo con un país islámico, con la China o con un país del sureste asiático, las diferencias son ya realmente muy grandes. Y evidentemente condicionan si no la libertad -porque hay un reducto último de la libertad-, sí lo que podemos llamar la moral colectiva, lo que socialmente es aceptable, lo que parece bien, lo que parece mal.

Ustedes no olviden que la palabra moral se deriva del sustantivo latino mos, mores, que quiere decir costumbre. Es decir que las costumbres tienen un carácter moral, son vividas como algo que tiene una condición moral y evidentemente la moralidad queda afectada por esas costumbres. A veces se habla de "malas costumbres", se habla de "buenas costumbres" frente a las cuales, insisto, el hombre es siempre libre. El hombre puede en definitiva aceptar las vigencias o resistir a ellas. Tiene que tenerlas en cuenta: una vigencia es algo que tiene vigor y que por tanto tengo que tenerlo en cuenta. Hay cosas que no tengo en cuenta, de que no me ocupo: si me preguntan qué opino de tales cosas, digo "no opino nada". Simplemente en mi vida no cuentan. Sin embargo, hay ciertas cosas con las cuales hay que contar. Y ésas ejercen presión y tienen vigor . Pero puedo resistir siempre, puedo aceptarlas, incluso con entusiasmo o tibiamente, o puedo resistirlas y puedo ir contra las presiones sociales, contra las vigencias. Pero no es muy fácil, no es muy fácil; y de hecho la vida colectiva, que es lo que hablaba yo en ese momento, queda afectada por este sistema de presiones.

Si consideramos la situación actual y más concretamente en España -que es de lo que hablamos en este curso- es curioso lo siguiente: lo que se muestra, lo que se presenta, diríamos, como modelo o como ejemplo, en los medios de comunicación escritos o hablados o visuales -da igual para esto-, es siempre minoritario.

Este es una especie de problema curioso. Si piensan ustedes por ejemplo en la televisión. En la televisión ven ustedes ciertas personas o ciertos grupos de personas que aparecen, cuyas imágenes se muestran, que hablan, que expresan opiniones, sus maneras de ver las cosas etc. Son muy pocas personas, muy pocas. Sería curioso saber cuántas personas aparecen de modo frecuente en la televisión en un país determinado. ¿Cuántas? no son muchas. Cuántas caras conoce el español medio por haberlas visto en la televisión, no son muchas, pocas, por supuesto una fracción ridícula, una fracción mínima comparado con los casi 40 millones de españoles. Esto es muy importante.

Lo mismo digo de los que hablan por la radio o de los que escriben en los periódicos o los libros: son siempre muy pocas personas, es una minoría.

Y parece que esto tiene poca importancia. Pero no, tiene mucha. Tiene mucha porque es lo que se ve, es lo que consta. Es, diríamos, el punto de referencia que tiene el hombre o la mujer individuales (y digo el hombre y la mujer, no por esa manía que hay ahora de "los compañeros y compañeras", sino porque no es lo mismo y son modelos en diferentes sentidos y hay modelos masculinos y modelos femeninos que son diferentes).

Pues bien, podremos pensar que es una pequeña fracción que no cuenta. Ah, sí cuenta, porque es lo que se ve, es lo que se recibe. Ustedes piensen, por ejemplo, que en otras sociedades había las personas que eran, digamos, públicas: la gente las veía, por ejemplo, en los teatros, en algunas ceremonias, en el ingreso en la Academia, en la ópera, eran pocas personas. Yo recuerdo, por ejemplo, e incluso no me refiero ya a la época romántica que yo no la he vivido, pero cuando yo era muy joven, por ejemplo, ¿qué diré yo?, había en Madrid, en España entera, pero en Madrid había unas cuantas señoras que eran famosas por su belleza o por su elegancia. Y esto constaba; constaba y la gente las conocía: eran pocas, aparecían evidentemente en ciertas ceremonias o en los teatros o espectáculos. Eso no existe ya, eso ha desaparecido. Este tipo de modelo no existe, tiene que pasar por la televisión . En cambio, los modelos que constan son los que aparecen en la televisión, lo cual tiene un carácter por lo pronto distinto porque el tipo de selección es diferente pero, en segundo lugar, el efecto es mucho mayor porque si ustedes comparan el número de personas que iba a una ceremonia pública o a un teatro y el número de personas que ve la televisión, es de una pequeña fracción de la sociedad a la totalidad, casi la totalidad diría, y por tanto el efecto es mucho mayor, es un efecto muy grande.

No se entiende nada de nuestra época -y al decir nuestra época me refiero a los últimos decenios y no más-, sin tener en cuenta esa presión colectiva, minoritaria en realidad pero con efectos colectivos y que se ejercen sobre la totalidad, incluso de todas las clases sociales, de todos los niveles sociales.

Como ven ustedes esto es una transformación enorme. Y esta situación, de esta moral colectiva en España, creo que no es demasiado buena… Si ustedes hacen un poco recuento de lo que ven, de lo que se les muestra, de lo que se les comenta, como positivo, favorable, valioso, ¡no sé! a poco exigentes que sean ustedes verán que la situación no es muy satisfactoria. Y como la influencia es enorme, la situación de la moral colectiva es inquietante.

Hay a favor un factor que lo mencioné ya el otro día, pero creo que es menester volver a recordarlo, que es en cierto modo la superficialidad de los influjos, esos influjos que son amplísimos, que son inundatorios, que afectan a casi todo el mundo, y que en gran proporción son muy discutibles o son incluso rechazables, -son superficiales. Algunos son superficiales porque afectan aspectos, diríamos, externos de la conducta y no afectan mucho al fondo de la actitud moral. Otros, que pueden ser más peligrosos en este sentido son efímeros, duran poco. Es muy importante tener en cuenta que a pesar de lo que se habla mucho de la decadencia de la imprenta, de la letra impresa, se insiste mucho en que se lee menos, que eso es mucho menos importante y que ahora son las imágenes y los medios visuales. Yo creo que el influjo escrito es de cierto modo más hondo, más continuado, más perdurable. Lo que se ve por ejemplo en la televisión hace un efecto, hace un efecto difundido muy amplio, amplísimo, dura poco en general.

Lo mismo pasa incluso con la notoriedad. Ustedes piensen, por ejemplo, en las personas que aparecen en la televisión todo el tiempo: son evidentemente conocidas, todo el mundo sabe quiénes son, sabe qué cara tienen, sabe cómo se mueven; pero si desaparecen de los programas que cambian, al cabo de poco tiempo ni se les recuerda, no han dejado huella, lo cual evidentemente quita gravedad al influjo, hace que sea un influjo por una parte superficial; por otra parte, efímero, pasajero. En cambio, lo que se lee, sobre todo con una cierta continuidad -porque el problema de todos los periódicos es que dejan mucho que desear pero tienen un efecto que es el efecto de la continuidad- es distinto: si una persona habitualmente lee un periódico o más de uno, evidentemente recibe toda una serie de influjos que se van acumulando, se van depositando, que si tienen un carácter de coherencia la provocan en el lector habitual.

Hay un efecto muy curioso que también es un cambio reciente: yo recuerdo -antes de la guerra civil e incluso después- había muchos periódicos, había muchos más periódicos. En Madrid, por ejemplo, había muchos más que ahora en todos los períodos. Por lo pronto había el de la mañana y el de la tarde. Ahora ni hay periódicos a la tarde. No existe ninguno. Hay tres ó cuatro periódicos, nada más. Antes había muchos más: diez, doce, quince, según las épocas y lo frecuente era que se leyera más que un periódico.

Había dos razones -yo no soy materialista, pero creo en la materia, la materia existe- y hay razones muy materiales que hacían con que se comprara más periódicos. Una de ellas era que las cocinas tenían unos fogones que se encendían con carbón y hacía falta papel para prender el carbón. De modo que había un consumo de papel movido por esto y la otra razón era que no había bolsas de plástico y entonces la gente necesitaba papel de periódico para envolver. Por ejemplo, yo recuerdo que los lectores de ABC, que eran muchos, decían: hay que comprar en un día otro periódico, La Voz, porque el ABC no sirve para envolver, es pequeño, es un formato pequeño. Son cosas muy materiales pero absolutamente reales.

Los periódicos eran además más distintos, decían cosas muy diferentes. Ahora hay en cambio las agencias, que dan la misma información, y si uno abre un periódico la lee ligeramente deformada; pero la lee -ligeramente deformada con otra deformación- en el otro y es en lo fondo la misma. Hay las grandes agencias, las grandes empresas... Tienen los periódicos en realidad menos personalidad que por tanto se justifica menos el leer dos o tres, pero además no había televisión e incluso la radio era bastante pobre y deficiente y no tenía mucho influjo. Yo he usado durante mucho tiempo la radio de galena… era algo muy primitivo.

Lo curioso del caso, y este es el factor que tiene que ver con la moral colectiva, es que hay personas que leen varios periódicos (los muy pocos que hay, pero los leen...) y hay personas que no leen más que un periódico: algunas porque creen que no vale la pena, pero hay otras que no, hay una especie de observancia…hay personas que no leen más que un periódico porque "su religión no les permite" leer otro. Este es un caso muy curioso: hay personas que leen un periódico y lo toman como la realidad misma, la realidad: es la realidad. Yo recuerdo una vez y es un recuerdo curioso: tenía una conferencia en Murcia y tomé un vuelo a Alicante y me recogió en el aeropuerto de Alicante un profesor joven y me llevó a Murcia y fuimos hablando durante el viaje y él hablaba y nombraba un periódico… pero lo nombró veinte o treinta veces, en el breve trayecto: no por insistir en ello, es que, para él, era la realidad. Y esto existe y esto sí que tiene consecuencias.

Cuando una persona no consiente en leer más que un periódico -porque hay un consentimiento, una adhesión incondicional a un determinado periódico y no consiente en leer otro- esto es bastante grave. Y lo mismo ocurre con las radios, con las televisiones… Claro, entonces se produce un efecto de estrechamiento del horizonte o en cierto modo de manipulación, lo que podríamos llamar manipulación consentida. Lo cual tiene un carácter moral inquietante: eso es muy grave.

Por tanto, si miramos a la situación actual y tenemos que distinguir entre personas, es decir personas que tienen personalidad, personas que viven desde sí mismas que tienen sus opiniones personales, que pueden no ser muy buenas, pero son personales, que por tanto no se dejan manipular, que ejercen su libertad. Y hay otras muchas que no, hay muchas que están, diríamos, en un estado de pasividad , que aceptan lo que se recibe como -insisto en la fórmula- como la realidad misma. Que no ponen cuestión y entonces evidentemente dejan que su vida sea orientada, que sea configurada por influjos que son originariamente minoritarios, siempre son muy minoritarios: las gentes que manejan los medios de comunicación son pocas, muy pocas. Representan -repito– un estamento, un grupo, unas cuantas personas que ejercen un influjo enorme y no consciente: la mayor parte lo recibe con una especie de pasividad.

Yo no creo -yo he dicho muchas veces e insisto siempre en ello-, yo no creo que nuestra época sea particularmente inmoral. No lo es; yo creo que ha habido épocas mucho más inmorales que la nuestra; lo que sí es, es una época de mucha desorientación. Sí, hay muchas gentes que en realidad no saben bien a qué atenerse, no saben bien qué opinar, aceptan lo que se les presenta, lo aceptan sin mucho de ilusión, sin mucha fuerza también, con cierta apatía o débilmente, pero lo aceptan. Y eso evidentemente provoca una situación que se nota en muchas cosas.-¿qué diré yo?- en la vida económica, en la moralidad económica...

Hay un ejemplo curioso, los desplazamientos lingüísticos que son muy interesantes. Antes se decía por ejemplo la palabra "honrado"; hoy no se emplea apenas. La honradez era una virtud que se estimaba generalmente. La palabra "honesto" se enpleaba en general para las cosas de tipo más bien sexual. Por influencia del inglés -el inglés es una lengua que actúa enormemente sobre los que no lo saben; los que la saben lo distinguen, pero los que no saben inglés (que son legión) tienen un influjo del inglés-, como en inglés honest es más bien honrado (la traducción más aproximada -todas las palabras de estimación son muy difíciles de traducir: ¿como se dice "hidalgo" en otra lengua? o gentleman…?), pero evidentemente hay el sentido primario de honest, que es "honrado", "sincero" etc. Pero ahora se emplea "honesto". Y "honrado" está arrinconado, es una palabra que se emplea poco y no digamos la palabra "honor", esa sí que no se usa mucho, y es más importante. Y eso afecta a la situación.

Entonces se produce una especie de vacilación: se piensa que todo es aceptable: sí, ¿porque no?, ¡claro! Por ejemplo hay una cosa en eso del uso de la palabra: ahora que a los hombres les gusten las mujeres y a las mujeres les gusten los hombres eso se llama sexualidad convencional -es la palabra que se suele emplear: "convencional"-, o se habla de "orientación" (claro, orientación hay en muchas cosas en este mundo…) pero eso produce una impresión general de inseguridad. Evidentemente hay un gran número de personas que en definitiva no sabe a qué atenerse y entonces el juicio moral...

Además hay una cosa muy curiosa, evidentemente es muy peligroso juzgar a los demás, yo creo en el evangelio que dice que no hay que juzgar para no ser juzgado y es enormemente difícil juzgar personalmente y casi nunca se puede juzgar a una persona. Entre otras razones porque no conoce uno bien su realidad, no conocemos su circunstancias subjetivas, sus motivos profundos. En general, yo creo que es muy peligroso, se expone uno a graves errores cuando se juzga a las personas. Pero esto no quiere decir que no se pueda juzgar las cosas o que no se pueda juzgar las conductas, esto es otra cosa, hay ciertas cosas que están bien, hay cosas que están mal y esto se puede juzgar, y se debe juzgar. En el caso de una persona concreta quizá lo mejor es aplazar el juicio o suspenderlo porque no sabe uno bien qué es que aquella persona realmente hace y por qué lo hace y qué otra cosa podría hacer etc. Comprenden ustedes? Pero la situación actualmente es que la gente cree que no se puede juzgar de nada y que lo mismo da: y a eso se llama a veces libertad.

Libertad no quiere decir lo que me da la gana, o lo que uno me dice, o lo que uno me manda. Libertad es lo que uno puede querer, lo que uno puede querer personalmente. De ahí que muchas gentes no pueden querer lo que hacen, no lo quieren: lo hacen porque sí o porque se dice que está bien. No lo pueden querer.

Recuerden ustedes la frase -a mí me parece espléndida- de San Agustín: "Ama y haz lo que quieras - Ama et quod vis fac". Evidentemente se subraya mucho el "ama", es capital, es fundamental, pero hay también que subrayar lo segundo elemento: "lo que quieras", no lo que desees, lo que te convenga o lo que se te ocurra…., sino lo que quieras, lo que puedas querer realmente. Este es el sentido que tiene precisamente el imperativo categórico de Kant, lo que verdaderamente quieras, lo que verdaderamente puedas querer, eso significa: lo que puedas justificar.

Por tanto en la situación de la moral colectiva que no es muy alentadora, que no es demasiado buena, que no es satisfactoria, por supuesto, que es inquietante con la salvedad de que quizá no es muy grave; no es muy grave en el sentido de que le falta peso, de que no es muy honda, de que es en cierto modo superficial, o sujeta a variaciones fácilmente.

Esta situación no tiene quizá más remedio, más recurso que el ejercicio de la libertad. El problema está en que la mayor parte de la gente no actúa libremente, no actúa desde sí misma, desde el fondo de su persona , no decide, no elige, lo que realmente quiere, lo que realmente le parece bien…

Con lo cual nos veríamos en una situación -frente al siglo que va a pasar tan pronto...- en la cual hay una posibilidad que las gentes se dejen llevar. Entonces, evidentemente, se va a producir una desmoralización más profunda que la que hay actualmente.

No olviden ustedes que la humanidad está compuesta de una serie de generaciones, que conviven cuatro o cinco generaciones -ahora son cinco, porque la vida se ha prolongado- y por consiguiente hay, digamos, una serie de niveles de edad, es algo bastante claro y evidentemente la moralidad tiene unas diferencias generacionales bastante claras. Si ustedes determinaran los cuatro o cinco niveles de edades que coexisten en este momento verían cómo los criterios morales y la calidad incluso de la moralidad cambia. No es que la cosa va mejorando o va empeorando, sino que empeora y mejora.

Si ustedes consideran por ejemplo los que tienen veinte años o los que tienen cuarenta o que tienen sesenta… verán que en algunos aspectos los más jóvenes tienen ventajas morales y consideran que ellos tienen una actitud más digna, más aceptable; en cambio, en otros sentidos no; en otros sentidos los que tienen cuarenta o cincuenta años tienen una moral más sólida; los que tienen sesenta o setenta quizá todavía más, en otros aspectos... Los que son viejos se van muriendo y los que no son muy viejos llegan a viejos y los jóvenes van ocupando evidentemente el mundo: el siglo XXI va a estar representado y ocupado primariamente por los que ahora son todavía jóvenes o muy jóvenes…

Entonces evidentemente el mundo va a estar condicionado por la moral colectiva, no ya del conjunto de la sociedad, sino de las generaciones más jóvenes. Entonces ahí es donde empieza a surgir el problema. Hay dos posibilidades: 1) si estas generaciones más jóvenes reciben estos factores, diríamos, de desorientación, de superficialidad, de no saber a qué atenerse, de evitar el juicio moral, entonces el horizonte es muy inquietante. 2) Si hay una resistencia, si hay una reivindicación del punto de vista propio, de la libertad personal; si precisamente a medida que van avanzando en la vida los que son muy jóvenes están experimentando las limitaciones de lo que han recibido, de lo que se llama al final educación, que no es solamente la instrucción, ni las instituciones, sino que en gran parte depende de la familia, del ambiente de la casa que es enormemente influyente, capital. Piensen ustedes en la diferencia que hay entre los que han vivido en una casa en la cual había claridad, por ejemplo, en que la gente estaba mostrando su realidad, en que había por ejemplo un matrimonio bien avenido vivido con amor mutuo con claridad o personas que nacen en una familia dividida, rota, a veces con varios cambios sucesivos... Evidentemente eso influye en un modo capital.

En definitiva, lo que puede servir de saneamiento general de la vida moral colectiva es el ejercicio de la libertad, la afirmación de la libertad. Como ven ustedes un poco paradójicamente después de insistir en el influjo de lo que es colectivo creo que lo decisivo es el punto de apoyo en la vida individual. Pero resulta -no me lo olviden ustedes, lo dije al principio-, eso que se presenta como influjo colectivo se origina en grupos muy minonitarios, es decir, se origina en vidas individuales. Y entonces se trata en definitiva de evitar que unos cuantos aprovechen las posibilidades técnicas del mundo actual -técnicas de todo tipo, incluso las sociales…- para manipular a los individuos y despojarlos de su realidad propiamente individual, propiamente personal y entonces la cuestión sería precisamente hacer una apelación a los indivíduos, hacer una apelación a la vida de cada cual, a los criterios propios de cada uno, a no dejarse llevar.

De modo que, en definitiva, la libertad -como tantas veces- es el remedio. He dicho muchas veces -hablando de cosas más bien de tipo político, pero se puede generalizar y llevarlo a estratos mucho más profundos y mucho más importantes que la política-, que la libertad -que tiene inconvenientes, que tiene males, sin duda ninguna- se cura no suprimiendo la libertad sino con más libertad.

Que la ejerzan todos, no que la ejerzan unos cuantos en nombre de los demás, porque eso es manipulación…

Que la ejerzan todos, que cada persona sea libre, sea realmente libre y actúe de acuerdo con su libertad personal y entonces las cosas se equilibran… Persisten las dificultades, persisten las confusiones, persisten los conflictos -la vida humana es conflictiva-, pero en definitiva se produce por lo pronto un incremento de la autenticidad, un incremento de la veracidad.

Si se dice la verdad y se obra en consecuencia, si cada uno reivindica el derecho que tiene a ver las cosas por sí mismo y a decidir a ultima hora por sí mismo y no por lo que le dicen o no por lo que le imponen... es evidente que si esto se hubiera hecho si habrian evitado las grandes maldades colectivas.

No olviden ustedes que en nuestro siglo han ocurrido cosas atroces. Pero las cosas atroces son de muchas maneras. Si hay un terremoto o inundaciones y la gente muere, eso es lamentable, pero hay otras cosas que no son así, que proceden de voluntades libres, humanas, de actos humanos libres que consisten en maldad. Si ustedes repasan la historia del siglo XX -siglo tan ilustre, tan admirable en tantas cosas, tan creador- verán ustedes que han ocurrido catástrofes, pero que han ocurrido con concentraciones absolutamente pavorosas de maldad. ¿Por qué? Porque la gente se ha dejado manipular, porque ha habido grupos minoritarios, sumamente minoritarios en comparación con los conjuntos, que han llevado a la gente a la locura, a la demencia, al fanatismo, a la maldad en suma.

Así, al hablar de la moralidad colectiva volvemos al punto de partida, es decir, al lugar en el cual reside propiamente la moralidad: la vida personal, la vida individual, la de cada uno de nosotros...

Ven ustedes cómo en definitiva hay que buscar el remedio a los males, a los peligros que nos amenazan no directamente, no primariamente en las técnicas o digamos en los resortes de la vida colectiva, por ejemplo, en la política o en la economía -en la medida en que la economía también tiene una vertiente moral- hay que tener una apelación a la moral individual, a la moral de cada uno, en suma a la personalidad.

El problema es que las gentes no abdiquen de su personalidad. Hay muchas gentes, muchas personas -todos somos personas, por supuesto- pero hay muchos que no ejercen, hay muchos que hacen cesión de su condición personal, que dimiten de ella y se dejan llevar.

Ocurren fanatismos de toda especie, tan frecuentes, que se los ve en grandes escalas o en pequeñas escalas, mayores o menores, y de vez en cuando nos escandalizamos de algunos ejemplos que son muy llamativos y que son incluso pintorescos...

Hay otros menos pintorescos pero más importantes, más profundos y la gente se ha embarcado. Cuando Ortega estuvo en Alemania, muy brevemente en el año 34 -no tuvo ningún tipo de actuación, más que ver a algunas personas individuales, como Husserl-, me acuerdo cuando volvió nos decía a los que éramos estudiantes suyos: "El problema está en que los alemanes se embarcan en una idea como en un transatlántico".

Esto pasa con los alemanes y con muchos que no son alemanes: embarcan en una idea, en general en una pseudo-idea -algo que no se puede sostener, algo que no se puede justificar, que no es verdad- como en un transatlántico y dimiten de su personalidad, se dejan llevar, se dejan arrastrar, a veces es una especie de virus que prende y que llega a ser incluso frenético...

Este es uno de los grandes problemas, de los grandes peligros y como ven ustedes en nuestra época por las condiciones sociales, por las condiciones estructurales por el influjo de la técnica y do lo que ella permite, tiene una forma distinta de lo que pasaba hace un siglo, hace cinco siglos o hace veinte siglos: se ha cambiado enormemente y creo que por tanto hay que tener en cuenta esas posibilidades, esos peligros, esos riesgos para buscar el remedio, si lo tiene, en la vida personal.

 

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Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

28/06/2005 ir arriba
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