Refiriéndose a la guerra en Gaza, la
reciente ganadora del Nadal ha comentado:
"¿Qué les parecería si el ejército español
bombardease Euskadi, porque allí hay
comandos de Eta emboscados?". Una hábil
condena, sin duda, de la guerra de
Palestina, que tantos rechazamos. Mucho me
admira que Maruja Torres haya apoyado su
opinión en un argumento de tanto impacto. Y
me pregunto: ¿valen las opiniones sólo por
su argumentación? He aquí un tema de un
interés casi metafísico.
Nuestro contexto cultural
distingue entre ética (donde la conciencia
se abre al bien y a la verdad), y libertad
individual (que no admite una verdad, si no
está debidamente argumentada). Por ello, la
firmeza de las convicciones éticas debe
conjugarse con la contingencia de las
soluciones prácticas. Nadie queda hoy
excusado de dar razones específicas que
puedan convencer. Pocas veces, en efecto,
bastará el mero enunciado de la verdad. Se
piden respuestas culturalmente eficaces, que
se hagan cargo de la parte de verdad
encerrada en la otra posición, aunque ésta
se considere errónea.
La guerra del próximo
oriente constituye un ejemplo de lo que aquí
se pretende mostrar. Hay razones éticas
considerables para condenar la guerra
(¿habrá que recordar aquí la desoída
advertencia de Juan Pablo II, antes de la
campaña en el Irak?). Pero no basta tener la
razón: hay que argumentar que en este caso
el terrorismo exige una guerra, o, por el
contrario, que en este mismo caso el
terrorismo no justifica una guerra.
Dejemos ahora este asunto
de Palestina y vayamos a una cuestión más
general, de especial actualidad. Los
creyentes no estamos excusados de argumentar
nuestras convicciones morales y éticas de
modo eficaz. Para ello es preciso conocer
muy bien las corrientes de opinión. Hay que
saber argumentar la verdad de modo
convincente y culturalmente eficaz. Esto
vale para todos los debates éticos
contemporáneos, en los que la moral tenga
algo que decir: la guerra, el aborto y la
eutanasia, por ejemplo.