Fallaci es atea y se está muriendo de cáncer. Acaso por eso, supuse que defendería la investigación sin límites. La verdad es que está más bien horrorizada y su texto, muy documentado, deja poco margen para las dudas: la vanidad médica, combinada con la absoluta falta de escrúpulos de la industria farmacéutica y biotecnológica, tan codiciosas, aupadas sobre la promesa infundada de futuras curaciones, publicitada a su vez por quienes ella llama intelicretinos, adoradores de cualquier progreso y de cualquier cultura -con excepción, claro, de la occidental-, extirpadores del menor asomo de moral en la que lo bueno signifique algo distinto de lo cómodo, todo eso junto, dice, nos conduce «a una sociedad de clones, volvemos al nazismo». Por eso titula su artículo Nosotros los caníbales . Oriana Fallaci pide una rebelión en favor de la dignidad humana a la que me apunto. Y como a ella, me importa un cuerno que me llamen retrógrado, meapilas y cuantas otras lindezas plazcan a los intelicretinos.
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