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EL SABER QUE SE REQUIERE PARA SER LIBRE (Antonio Orozco Delclós)

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El corazón de la Iglesia



EL SABER QUE SE REQUIERE

PARA SER LIBRE

 


Sobre la libertad, a la cual nos llama la gracia del Salvador, no debe hablarse de paso y negligentemente
, dice San Agustín. Consejo de hombre de tanta autoridad intelectual no es bueno que caiga en saco roto.


Por Antonio Orozco Delclós

 

 

LA LIBERTAD, «ALMA DE NUESTRA ALMA»

 

       Sobre la libertad, a la cual nos llama la gracia del Salvador, no debe hablarse de paso y negligentemente, dice San Agustín. Y consejo de hombre de tanta autoridad intelectual no es bueno que caiga en saco roto. La libertad es, en efecto -según el decir de Cervantes- uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida; y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres . Gabriel Marcel lo dijo de un modo poético: la libertad es el alma de nuestra alma . Sin ella no habría pensamiento ni voluntad, ni creatividad, ni por consiguiente ese extraño y formidable bípedo implume llamado hombre.

 

       Además, del uso de la libertad de cada persona depende su felicidad temporal y la eterna. Es justo, pues, que San Agustín diga que no se debe tratar de ella de un modo superficial, frívolo, negligente o demagógico. Procuraremos seguir su consejo. De la libertad conviene hablar muy en serio: con admiración, con respeto y hasta con un cierto temblor, puesto que en ella tocamos las fibras y las raíces más hondas de nuestro ser; y con ella nos labramos nuestro ser y nuestro haber definitivos.

 

       Ha habido y hay muchos errores acerca de lo que debe entenderse por libertad.

 

 

¿QUE SIGNIFICA SER LIBRE?

 

       Lo más simple, inmediato y fácil es decir: "ser libre es poder hacer lo que quiera". Y esto es verdad. Lo que no es tan fácil es hacer realmente lo que realmente quiero. A no ser que se confunda lo que quiero con hacer lo que me place o apetece en cada momento, lo que me da la gana, sea lo que sea, aunque sea comerme un plato de setas muy sabrosas cuando a la vez son muy venenosas.

 

       Pero sigue siendo verdad que "es libre quien puede hacer siempre lo que quiere sin ser impedido por ninguna coacción exterior y que goza por tanto de plena independencia"  (Así lo ha expresado el Magisterio de la Iglesia).

 

       Vayamos por partes.

 

¿QUÉ SIGNIFICA PODER HACER LO QUE QUIERA?

 

       Analicemos un poco el significado de la frase "ser libre es poder hacer lo que se quiera". Si significa que para actuar libremente es preciso poder hacer lo que quiera, todo es correcto.

 

       Ahora bien, ¿basta hacer lo que quiera para considerarme libre?

 

       Bastaría si habláramos de la libertad del simio, o del ratón. Pero la libertad del ratón  es libertad i-racional, in-voluntaria, in-consciente, es decir, muy poco libre, por no decir nada- libre.

 

       Si tenemos un ratón hambriento ante un queso, el ratón saldrá flechado al queso sin remedio. El ratón no puede dejar de querer el queso, si tiene hambre. Su "querer" no es libre, sino necesario.

 

       También sucede que nosotros queremos ser felices y lo queremos necesariamente. Lo queremos con gran fuerza, pero no libremente. Por tanto: no basta querer algo y hacerlo o conseguirlo para afirmar la libertad personal.

 

       El "querer" solo, sin más, no define la libertad. Hace falta algo más, para ser personalmente libre, es decir, para afirmar el dominio y señorío de la persona sobre sus actos. En realidad sólo es libre el que es dueño de sus actos, es decir, el que los pone o los omite porque quiere. Pero hace falta -insistamos todavía- algo más que el simple querer, para ser dueño de los propios actos. ¿Qué más hace falta?

 

       Para ser personalmente libre ante todo, hace falta poder querer -o no querer- el querer. ¡Hace falta ser dueño del querer mismo!

 

       Cabe decir que el ratón hambriento "quiere" el queso. Pero al querer necesariamente, no es libre de no querer su querer. Por tanto, no es libre de ninguna manera.

 

       Para ser dueño del propio querer hay que poder querer-querer. Lo cual sólo es posible cuando el ser es espiritual y por ello goza de capacidad de reflexión.

 

       El ojo ve, pero no ve que ve (el que ve que ve soy yo), porque es un órgano material. Sólo una facultad espiritual, además de entender, puede entender que entiende. Y entonces, no sólo puede querer, sino también querer  querer. Puede:

 

       querer su querer

       no querer su querer

       querer su no querer

       no querer su no querer.

 

       En consecuencia, para ser libre no sólo en potencia, sino en acto, ejerciéndo en la práctica mi libertad personal es necesario:

 

       1. Hacer lo que quiero.

 

       2. Poder querer o no querer el propio querer (querer o no querer mi querer-hacer-esto-que-quiero).

 

       Pero todavía se requiere algo más.

 

 

REQUISITOS GNOSEóLOGICOS DE LA LIBERTAD

 

     Fijémonos en lo que le pasa al loco suelto. Hace lo que quiere y quiere lo que hace, pero no le concedemos que sea personalmente libre: está enajenado, fuera de sí: su cerebro y su razón no funcionan bien, están averiados, no puede juzgar con objetividad: no es una persona responsable de sus actos: no tiene dominio sobre sus actos. Aunque ande suelto por las calles, no es una persona libre: padece una íntima y tremenda esclavitud que no desearíamos a nuestro peor enemigo. El loco no sabe lo que se hace.

 

       Por tanto, para vivir la libertad personal se requiere:

 

 

       3. Saber lo que me hago (que es lo que no sabe el loco).

 

 

       Resumiendo: para ejercer en acto la libertad personal, se debe poder:

 

       1) Hacer lo que se quiere

       2) querer lo que se hace

       3) saber lo que (uno) se hace

 

       Pues bien, para que se cumpla esta última condición, a su vez se requieren otras condiciones más.

 

       No basta saber qué es lo que me hago, es decir, la naturaleza y el valor de lo que hago (El que habla en sueños no sabe el valor real de lo que hace, ni es responsable, no es libre), sino también:

 

       3.1. Saber para que lo hago,

 

es decir, conocer la finalidad natural de lo que hago. Para saber qué son las cosas -un ojo, por ejemplo- necesito saber para qué son, para qué sirven. Si conozco muy bien la anatomía, la fisiología, etcétera, del ojo, pero no sé que sirve para ver, en realidad tampoco sé lo que es un ojo.

 

       Si yo no sé a qué me llevan mis actos, a dónde, a qué situación, si no conozco su finalidad natural, tampoco sé lo que me hago.

 

       Si yo no sé por qué me muevo y por qué decido, mi movimiento no tiene su origen en mí yo, sino en alguna fuerza ajena: entonces, más que moverme, soy movido por alguna fuerza distinta, extraña al yo. No soy libre en acto.

 

       Si yo no supiera el porqué ni el para qué de mis actos estaría inmerso en la filosofía del absurdo (como el mitológico personaje llamado Sísifo, rey de Corinto).

 

       Actuar, decidir, comportarse libremente

supone el ejercicio de la razón que se pregunta el por qué y el para qué de las cosas: su finalidad, su sentido.

 

 

       3.2. Saber las consecuencias naturales de lo que hago.

 

       Si me como unas sabrosas setas sin saber que son venenosas, he hecho lo que he querido (comerme las setas), pero no he querido lo que he hecho (morirme por envenenamiento).

 

       Hice lo que quería. Pero no quería lo que hice.

 

       Por lo tanto, es necesario, para que mi libertad sea verdaderamente personal, actual y eficaz, que conozca al menos las consecuencias más importantes de lo que me hago.

Enviado por Arvo Net - 19/07/2005 ir arriba
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