Sobre el dinero y la virtud
Rafael Alvira
Conferencia
Las relaciones humanas en el mundo globalizado
Los hábitos -saberes- son siempre una cierta síntesis de pasado, presente y futuro, una síntesis del tiempo. El que no es capaz de hacer sentir como propia la empresa a sus empleados, no tiene futuro como empresario.
Me viene a la cabeza, para comenzar, una conocida anécdota de ese maestro universal y extraordinario que es Gioacchino Rossini. Él, como es bien sabido, al triunfar de una manera espectacular en Europa, había ganado muchísimo dinero y decidió no seguir componiendo. Se dedicó entonces a disfrutar de su vida privada. Invitaba continuamente a sus amigos a las fiestas y cenas que preparaba, ya que no solamente era un gran músico, sino también un extraordinario cocinero. Tanto en la música como en la cocina fue innovador y hoy día existen platos cocinados en el mundo entero que llevan su nombre, como el Turnedos Rossini.
Volvió a componer cuando era ya viejo y gordo, como consecuencia de sus capacidades culinarias. A veces trabajaba por la noche, en la cama. Por las mañanas, el desorden de su habitación era grande y se podían encontrar hojas de partituras tiradas por el suelo. La razón era que, como estaba grueso, no le era fácil levantarse, y cuando se le caía una partitura tomaba otra en blanco de la mesilla y seguía componiendo. No tenía ninguna dificultad en rehacer lo que acababa de escribir. Lo podía hacer porque, junto a su genio, había adquirido, gracias al aprendizaje, el arte musical. Había adquirido el hábito o virtud artística. A los que llegan a dominar, por ejemplo, el instrumento de cuatro cuerdas que algunos consideran, por excelencia, europeo, se les llama virtuosos del violín. Hay que tener disposición -"genio"- y realizar mucho aprendizaje para llegar a tener un hábito, una virtud; para ser, en este caso, virtuoso de la música.
Las virtudes o hábitos
La virtud nos permite salir de esa indefinición en la cual nacemos los seres humanos. Somos alguien que aparece en este mundo sin saber hacer nada y, después, gracias a la adquisición de las virtudes, descubrimos que somos seres capaces de crecer continuamente, de añadir algo a nuestro ser. Las virtudes, los hábitos, nos permiten perfeccionar nuestra manera de actuar y hacerla cada vez más bella, universal y comunicable. Por eso, cuanto mejor las hemos incorporado, más somos capaces de enriquecer a los demás con lo que hacemos.
Cuando alguien empieza a aprender a tocar el violín, para seguir con el ejemplo anterior, se convierte en el flagelo de todos sus vecinos porque aquello suena mal; ese instrumento no sólo no comunica, sino que incluso provoca el alejamiento de todos. En cambio, cuando se alcanza el aprendizaje, después de tanta repetición, todos se acercan y quieren enriquecerse con esa música maravillosa.
Pues bien, en todos los niveles de actuación del ser humano pasa lo mismo. Podemos adquirir los hábitos intelectuales, las virtudes morales o éticas, las ciencias teóricas y las prácticas, los hábitos técnicos. Los hábitos científicos nos enseñan a acercarnos a la verdad; las virtudes morales nos facilitan hacer justicia -que es el bien por excelencia- y los hábitos técnicos o artísticos nos ayudan a mejorar, enriquecer y embellecer nuestra vida.
Para adquirir un hábito hace falta insistir, repetir y que esa repetición nos marque. Si se nos olvida lo que hacemos, si no deja huella en nosotros, no llegamos a tener ningún hábito; pues él es pasado acumulado. El hábito se logra con aprendizaje, el cual es un pasado que no se deja pasar. De otro lado, ningún saber lo es de verdad si no está proyectado hacia el futuro, si no nos sirve para realizar las tareas con facilidad, para ser capaces de comunicar y para ser potencialmente creativos. Y, por lo demás, todo saber real ha de poder usarse en presente, ha de resolver. Los hábitos -saberes- son así siempre una cierta síntesis de pasado, presente y futuro, una síntesis del tiempo.
Para ser genio -hay muchos que lo quieren ser- hace falta primero el métier, el mestiere. Quien no tiene oficio no se puede permitir el lujo de ser un genio, de innovar. Hay que conocer el oficio, aprender y acumular pasado para ser capaces de abrir nuevos futuros. Esa conexión entre el pasado y el futuro logra que, en el presente, la persona virtuosa sea feliz porque comunicar, crear y memorizar lo que se lleva dentro produce un profundo gozo.
El dinero y la virtud
El dinero se asemeja a la virtud. De un lado, el dinero representa un trabajo inteligente acumulado: lo que podemos ofrecer a los demás es siempre la consecuencia de algo hecho que a nosotros nos ha costado tiempo aprender y realizar. Por ejemplo, cuando podemos elegir entre varios restaurantes, para seguir con el recuerdo de Rossini, seguramente optaremos por el que mejor servicio nos ofrece, sumadas todas las circunstancias. ¿Por qué? Porque las personas de esa empresa de restauración han aprendido, han acumulado el pasado y son capaces, por ello, de ofrecer los servicios más adecuados.
Sin el trabajo inteligente no hay oferta humana interesante, y ese trabajo implica tiempo dedicado. La moneda se acuña para facilitar las transacciones entre lo hecho y lo hecho (intercambio de bienes ya producidos) o entre lo hecho y lo que se espera hacer. La ventaja de la moneda es que facilita esas transacciones, pero su inconveniente es que cosifica algo que es una relación. Hace posible, entonces, que personas que no han producido nada o que no piensan producir nada en el futuro a cambio de lo vendido puedan manejar la moneda para su ventaja. Esto es una injusticia moral y un error económico al mismo tiempo.
El hecho de la cosificación de la moneda no puede, sin embargo, hacer olvidar que sin el valor del trabajo no habría economía posible. Una economía monetarizada que llegase a ser "meramente financiera" supondría la ruina, por mucho que a corto plazo y mediante la fuerza simbólica del dinero y el atractivo de las expectativas, pareciese funcionar maravillosamente. Hace poco hemos visto cómo esa pura superioridad del futuro (expectativas), sin contrapartida en algo producido y sin verdadero deseo de producir, conduce a la quiebra, como no puede ser de otro modo. Aunque los "astutos" se queden con mucha moneda o con cosas adquiridas con ella.
Sostiene Vittorio Mathieu, en su precioso libro titulado Filosofía del dinero, que el pasado no es importante para el dinero, pero sí el futuro, porque aunque se tenga una gran riqueza atesorada, si otra persona no ve expectativas en lo que se le ofrece, no lo tomará. Ningún dinero del mundo vale si nadie lo quiere aceptar. Esto es bien cierto, pero también lo es que sin la elaboración y el aprendizaje -que implican pasado- no tenemos nada que ofrecer. De modo que el dinero es una cosa misteriosa que enlaza pasado y futuro, y también el presente ya que, como señala Mathieu, el dinero sólo existe propiamente en presente, es decir, cuando se gasta.
Por ejemplo, alguien hace su trabajo y aumenta su capital, pero hasta que no lo usa para comprar, todavía no es propiamente dinero en acto -para utilizar categorías aristotélicas-, sino que sólo lo es en potencia. Por lo demás, si la expectativa de negocio es posible, pero todavía no es real, tampoco se trata de dinero. Éste realmente existe cuando hay una entrega, un gasto en acto, en presente. El gasto es el único momento en que existe el dinero en acto y, sin embargo, no hay dinero sin acumulación de trabajo inteligente y sin aceptación de oferta, es decir, sin esa síntesis de pasado, presente y futuro, al igual que no hay virtud si no se da esa misma síntesis.
Los tratadistas clásicos de la virtud apuntaban la idea de que sin las virtudes morales es imposible comunicarse bien con los demás y resulta muy difícil hacer el bien; por tanto, es imprescindible tener la virtud para vivir como humanos, puesto que sólo lo somos cuando nos relacionamos con los otros. También sostenían que no hay vicio peor que la avaricia y la vanidad de la virtud, y añadían que es mucho peor que la avaricia y la vanidad del dinero. Bien descubrió la economía capitalista que el avaro no es un buen economista, ya que atesora moneda, pero no dinero.
No hay nada peor que envanecerse de la propia virtud: en ese mismo instante se está perdiendo. Pues bien, siendo el dinero condición imprescindible para nuestro bienestar y siendo el bienestar algo requerido por la naturaleza humana -según afirma Tomás de Aquino-, se puede colegir que el envanecerse del propio dinero, el mirarlo como si fuera un fin en sí mismo, es un error, también económico.
Mirar la virtud como un fin para mi mera ventaja particular es el error por excelencia de la ética; mirar el dinero de esa misma forma es el error económico por excelencia. Pero, a su vez, la persona que no tenga virtud no podrá ser ética y la persona que no tenga dinero no podrá ser "económica". El dinero, por consiguiente, es fundamental, pero es sólo una condición sine qua non, al igual que la virtud. No se puede pervertir la lógica de la realidad porque, entonces, es la propia realidad la que se pervierte.
¿Qué es lo primero que se rompe al caer en esa perversión posible? Se rompe la comunicabilidad. La persona que se mira a sí misma diciendo "qué buena soy", en ese mismo instante empieza a encerrarse en sí misma y a colocar unas barreras que impiden que la comunicación sea fluida. Además, comienza a notarse, poco a poco, que la persona no es tan buena como antes. Lo mismo pasa con el dinero.
Se ha de subrayar que si no tenemos virtud, no podemos hacer el bien; por ello es primordial tener virtud. El error simplemente es ponerla como fin para mi única ventaja. Y lo mismo se puede decir del dinero: es fundamental tenerlo porque, si no lo tenemos, no podremos tener bienestar ni ayudar a los demás a alcanzarlo. El error es no hacerlo correctamente comunicable.
Cuando algo no se transmite se está convirtiendo, en el fondo, en un stock que pesa sobre nosotros. De la misma manera que, al perderse, la virtud se deja de comunicar y la persona comienza a convertirse en alguien "pesado" que ha perdido sus alas para volar, quien se centra en el dinero es un economista pesado que acaba haciendo mal las cosas porque ha confundido el dinero con la moneda.
Ética: virtud y dinero en sociedad
La virtud y el dinero son medios antropológicamente básicos para relacionarnos con los demás. Por eso una y otro están intrínsecamente ligados. Y además no los tenemos sólo para relacionarnos con otras personas, sino también gracias a ellas. Nadie gana su dinero sólo por su inteligencia y su esfuerzo, sino gracias a todo lo que ha aprendido de los demás y a que los demás lo aceptan. Si tuviéramos que pagar en mera justicia conmutativa a los que nos han hecho capaces de ganar dinero no le sobraría mucho a cada uno.
El caso más patente a este respecto, y que empieza a mencionarse en las discusiones de la economía europea, es el de las madres de familia. Participé hace algún tiempo, con Jean-Didier Lecaillon -catedrático de Economía de La Sorbona-, en un Coloquio del IESE de Barcelona. El profesor Lecaillon hizo un encendido canto -lleno de profundidad- acerca de la importancia de la familia en la economía. Le comenté que todo lo que había dicho me parecía muy bueno y muy verdadero, pero que no aparece en los libros de Economía.
No hay nadie que aporte más a la riqueza y a la capacidad de potenciarla que la persona -particularmente una buena madre- que gasta bastantes años de su vida educando a las personas moral e intelectualmente. Ahora que por fin está de moda la confianza -sin ella nada funciona- en la Ciencia Económica, se puede recordar que la confianza sólo la pueden comprender, vivir e inspirar aquellos que han sido educados moralmente en sus familias. La economía en Europa se debilita, por la misma razón que, en EE.UU. Enron llenaba sus paredes de códigos éticos; sin embargo, al igual que en muchas otras empresas, se ha demostrado la inutilidad de esos códigos cuando no van acompañados de una verdadera formación moral.
La ética no se enseña principalmente con libros, clases o códigos -aunque todo ello puede ayudar mucho-, sino con el ejemplo educativo que imparten la madre y el padre, personas que traen hijos al mundo (sin población no existiría economía) y que los educan moral e intelectualmente (sin educación tampoco existiría economía). Son ellos quienes primaria y básicamente nos enseñan a vivir en la virtud, a ser capaces de comunicarnos y relacionarnos. Resultan ser, por tanto, fundamentales para la economía y, por ello, deberían figurar en sus libros.
Relaciones humanas en las organizaciones
Así pues, la virtud y el dinero tienen sentido sólo en las relaciones humanas. Por eso me parece que en una empresa no se debe considerar al llamado Director de Recursos Humanos como una figura lateral o secundaria en la organización. Más bien, tiene unas tareas absolutamente fundamentales y hoy día bien difíciles, ya que -de una parte- tiene que ganarse a los empleados para la empresa, aunque -de otra-, frecuentemente ha de cubrir las espaldas de los directivos frente a ellos. Esta situación tendría que ir cambiando poco a poco.
Y ¿cómo se puede lograr? ¿Por medio de métodos demagógicos, insinuando que a partir de ahora todos van a ser buenos y benéficos, y que ya no va a haber problemas? Por supuesto que no, los problemas siempre van a estar ahí. Pero pueden rebajarse y dulcificarse. Por ejemplo, si el presidente de la compañía decide asumir con su cargo los Recursos Humanos, aunque tenga un equipo que los gestione. Esto tendría un gran valor simbólico.
Serviría para demostrar que lo más importante para la empresa son las personas, lo cual la haría moral y económicamente rica, pues cuando la persona no es lo primero, la economía acaba por fracasar. A medio y largo plazo no hay excepción a esta realidad. Por tanto, esto es lo que se debe cuidar con esmero por encima de todo lo demás. Y la atención debe ir referida a todas las personas de la empresa, por consiguiente, también a los proveedores, distribuidores y clientes. Me impresionó la filosofía empresarial de François Michelin, patrón de la multinacional de neumáticos, quien cada vez que le preguntaban sobre la manera de gobernar como presidente de su empresa modélica, respondía tajantemente: "¿Yo presidente?, no, de ningún modo; mi empresa siempre la ha presidido el cliente":
Es obvio que si una empresa no se da cuenta de que el cliente y las relaciones humanas con él son fundamentales para la propia vida, la compañía no va a tener un futuro prometedor. Pero lo mismo se puede decir de las relaciones humanas hacia dentro de la empresa, con los empleados. El que no es capaz de hacer sentir como propia la empresa a sus empleados, no tiene futuro como empresario. Sentir como propia la empresa, no es lo mismo que ser propietarios con título jurídico, cosa que puede no interesarle a muchos. El problema principal no es la titularidad de la propiedad, sino que cada uno sienta la empresa como propia. Para eso hace falta desarrollar unas relaciones humanas muy delicadas y muy firmes.
La ética en la globalización
Ahora mismo nos encontramos en el momento histórico de la llamada globalización, que representa una extrema dificultad para países que no sean los Estados Unidos, la Unión Europea, Japón y otros pocos más. Justamente por ello, es el momento de recordar aquella tesis clásica que reza: "las dificultades son oportunidades". Quejarse es perder el tiempo, no sirve para nada positivo. Un autor tan cristiano como San Juan de la Cruz, y otro tan anticristiano como Nietzsche, dicen lo mismo al respecto. Para Nietzche quejarse es mera prueba de debilidad y, en el fondo, de hipocresía. No sirve para nada auténtico. Para San Juan de la Cruz "el que se queja no es buen cristiano".
Si el quejarse no es útil, el hacer revoluciones todavía menos. De ellas nunca ha salido una sociedad mejor. ¿Cuál es, por tanto, la solución ante la dificultad que presenta el mundo globalizado? Luchar más, aprender más y cooperar más: ése es el reto, la oportunidad y la actitud eficaz y verdadera que hemos de desarrollar en nosotros mismos. Como decía Aristóteles: es indigno del hombre no intentar adquirir algo a lo que puede aspirar.
Tenemos que aceptar ese reto y responder a él con una disposición acrecentada de lucha, aprendizaje y cooperación. Frente al que es más poderoso y frente a cualquier adversidad, se pueden utilizar esas tres armas, que son tradicionales y maravillosas, porque nos ayudan a alcanzar el bien. No hay persona más triste que la que no lucha; no hay persona más corta que la que ha perdido la ilusión de aprender; y no hay persona menos sociable que la que no quiere cooperar.
Por eso, esta situación actual es muy buena, porque nos ayudará a ser y estar más alegres, pero, principalmente, nos va a ayudar a mejorar mucho más las relaciones humanas, ya que sólo con una cooperación intensificada y mejor hacia "dentro" de la empresa -con los miembros de ella-, hacia "fuera" -con los clientes-, y hacia otras empresas, podremos responder a ese reto.
Es patente que a veces será necesario reajustar plantillas, pero eso sólo se puede hacer bien si se tiene un espíritu de servicio y cooperación, sabiendo que la sociedad es tarea de todos. En este mundo globalizado triunfaremos cuando seamos capaces de comunicarnos mejor también con otras empresas y con personas y empresas de otros países. Aprenderemos cómo son y empezaremos a quererlas.
Además, de ese modo tendremos más fuerzas, porque nos daremos cuenta de que necesitamos más a nuestra gente para lograr los fines verdaderos de la empresa, que no son otros que el bienestar y, al final, la felicidad de la sociedad y de cada persona.