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La formación de la conciencia en materia social y política según las enseñanzas de san Josemaría Es (Ángel Rodríguez Luño)

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La formación de la conciencia en materia social y política según las enseñanzas de san Josemaría Escrivá

 

La formación de la conciencia
en materia social y política según las enseñanzas de san Josemaría Escrivá

Angel Rodríguez Luño *

www.romana.org
Artículo impreso de: http://es.romana.org/art/24/8.0/1

N° 24 • Enero - Junio 1997 • Pág. 162

 

< 1. Introducción

Una presentación completa, realizada con método científico, del pensamiento del Beato Josemaría sobre la acción social y política del cristiano requeriría el estudio detenido del abundantísimo material constituido por sus escritos y su predicación oral. Tratándose de un material que responde a un período de casi 50 años de intensa actividad, sería necesario en algunos casos un paciente trabajo de catalogación, datación, investigación de las fuentes y, sobre todo, del propósito y del exacto contexto de los documentos disponibles. Este trabajo permitiría, por ejemplo, entender mejor cómo se conjuga en las enseñanzas del Beato Josemaría la reflexión atenta sobre la evolución del magisterio social de la Iglesia con el planteamiento de cuestiones y de perspectivas claramente innovadoras o anticipadoras, derivadas en último término del carisma fundacional recibido de Dios. A todo esto habría que añadir el examen de los testimonios escritos del elevado número de personas que lo han tratado, que han escuchado sus enseñanzas y que han sido testigos de su actividad, y también la revisión de la bibliografía existente
1.

Un importante estudioso de las publicaciones del Fundador del Opus Dei advierte que en ellas no se delinea «un programa teórico de acción», sino que se comunica una «vida»
2. Significa esto que no nos encontramos con una exposición académica que distingue analíticamente los principios y las conclusiones que de ellos se derivan, sino con una síntesis vital, profundamente meditada y madurada durante años, de principios teológicos y espirituales, tamizados a la luz del carisma fundacional, que al estudioso corresponde comprender, distinguir y en algún caso explicitar. En definitiva, sería preciso hacerse cargo de la entera experiencia espiritual, pastoral y de reflexión teológica que fundamenta estas enseñanzas, tarea ciertamente ingente, pero que resulta necesaria para disponer de los principios hermenéuticos adecuados 3.

En este breve estudio no podemos realizar ninguna de las tareas mencionadas, que requerirían entre otras cosas un conjunto de instrumentos históricos (una biografía científica, edición crítica de las obras completas o al menos estudios histórico-críticos sobre las más importantes para nuestro tema, etc.) que todavía no han sido publicados. Nos limitaremos por eso a individuar, con un método sustancialmente sincrónico, los aspectos centrales del tema tratado y a indicar el contexto en el que, a nuestro juicio, conviene colocarlos para llegar a su exacta comprensión.

2. La formación de la conciencia cristiana como contexto de las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá sobre materia social y política

En los escritos del Fundador del Opus Dei existen abundantes reflexiones teológico-morales sobre la acción de los cristianos en el terreno social y político
4, pero no encontramos en ellos lo que comúnmente se entiende por «ideas u opiniones políticas». Este hecho responde a una línea de conducta reflexivamente asumida y constantemente respetada. El Beato Josemaría afirmó repetidas veces: «yo no hablo nunca de política» 5. Con estas palabras quería declarar su máxima de no proponer ni sugerir «la solución concreta a un determinado problema, al lado de otras soluciones posibles y legítimas, en concurrencia con los que sostienen lo contrario» 6. Se negaba de este modo a intervenir en el común debate político, en el juego de las opiniones que suelen determinar la adscripción de los ciudadanos a los diversos partidos políticos, sindicatos, movimientos culturales, etc., con el propósito de concurrir noblemente a la configuración política de nuestra vida en común. Y nunca permitió que sus palabras o su actividad fuesen interpretadas en sentido político.

¿Por qué adoptó el Beato Josemaría esta línea de conducta? El estudio de sus escritos permite aducir varios motivos. Mencionamos en primer lugar el carácter completa y exclusivamente sacerdotal
7 que quiso dar a toda su actividad («mi misión como sacerdote es exclusivamente espiritual» 8), y la vivísima conciencia de la misión sobrenatural de la Iglesia, que le impedía concebir el Cristianismo como una «corriente político-religiosa —sería una locura—, ni siquiera aunque tenga el buen propósito de infundir el espíritu de Cristo en todas las actividades de los hombres» 9. Cosa bien diversa es que el Fundador del Opus Dei haya afirmado siempre el derecho y el deber de la Jerarquía de la Iglesia de pronunciar juicios morales sobre asuntos temporales, cuando ello era exigido por la fe o la moral cristianas 10. Es más, enseñó constantemente que los fieles tienen entonces la obligación moral de aceptar interna y externamente esos juicios doctrinales 11, e incorporó a sus enseñanzas orales y escritas los contenidos fundamentales del magisterio pontificio y episcopal en materia social. Pero tal actitud no hizo más que reforzar su habitual línea de conducta: el derecho y el deber de enjuiciar moralmente los nuevos problemas planteados por el creciente cambio social o por los avances tecnológicos corresponde a la Jerarquía eclesiástica.

Un segundo motivo de la mencionada línea de conducta surge de la naturaleza y de la espiritualidad específica del Opus Dei y, por tanto, de la misión del Beato Josemaría como fundador y pastor de almas. El Opus Dei tiene una misión exclusivamente espiritual
12. Por eso, la Obra no propone ni sugiere a sus miembros «ningún camino concreto, ni económico, ni político, ni cultural. Cada uno de sus miembros tiene plena libertad para pensar como le parezca mejor en este terreno [...]: caben en el Opus Dei personas de todas las tendencias políticas, culturales, sociales y económicas que la conciencia cristiana puede admitir [...] Ese pluralismo no es, para la Obra, un problema. Por el contrario, es una manifestación de buen espíritu, que pone patente la legítima libertad de cada uno» 13. Y por si quedasen dudas, el Beato Josemaría no tuvo dificultad en afirmar: «Si alguna vez el Opus Dei hubiera hecho política, aunque fuera durante un segundo, yo —en ese instante equivocado— me hubiera marchado de la Obra» 14.

Las consideraciones que acabamos de hacer son verdaderas e importantes, pero incompletas, ya que nos dicen únicamente lo que las enseñanzas del Beato Josemaría no son y lo que el Opus Dei no es. ¿Cuáles son entonces las enseñanzas sobre la acción política y social del cristiano que innegablemente encontramos en sus escritos? ¿Cómo las podemos calificar positivamente? La respuesta debe buscarse a la luz de una aclaración de capital importancia sobre la finalidad del Opus Dei y, por tanto, de las enseñanzas de su Fundador: «La actividad principal del Opus Dei consiste en dar a sus miembros, y a las personas que lo deseen, los medios espirituales necesarios para vivir como buenos cristianos en medio del mundo. Les hace conocer la doctrina de Cristo, las enseñanzas de la Iglesia; les proporciona un espíritu que mueve a trabajar bien por amor de Dios y en servicio de todos los hombres. Se trata, en una palabra, de comportarse como cristianos: conviviendo con todos, respetando la legítima libertad de todos y haciendo que este mundo nuestro sea más justo»
15. Es decir, las enseñanzas del Beato Josemaría se proponen dar la formación necesaria para vivir como buenos cristianos en medio del mundo. Acertadamente se ha escrito que esas enseñanzas constituyen una apremiante llamada «a una plenitud de vida cristiana que, por verificarse en medio del mundo, connota constantemente frutos de transformación social, de instauración de la justicia, de fraternidad, de paz (la fe y el amor deben desbordarse en vida y manifestarse en obras; y la gracia puede y debe producir frutos de Redención en el presente histórico); pero que, a la vez e inseparablemente, trasciende esas realizaciones, ya que la existencia humana posee horizontes que van más allá del tiempo y de la historia, y las presenta como efectos que advienen a modo de redundancia o añadidura, respecto de la realidad central: la radical identificación con Cristo, la plena entrega a Dios» 16.

Hemos de concluir, por tanto, que el contexto de las enseñanzas que estamos estudiando es la formación de la conciencia de los cristianos que viven en el mundo y que desean santificarse en el mundo, animando cristianamente las realidades en las que se desenvuelve su vida: realidades profesionales, culturales, sociales, políticas, etc. En función de esa finalidad el Fundador del Opus Dei transmitía «la doctrina de Cristo» y «las enseñanzas de la Iglesia» (en nuestro tema, la Doctrina social de la Iglesia)
17. Pero, en sus escritos, esa doctrina y esas enseñanzas adquieren acentos, perspectivas e intencionalidades específicas y muchas veces altamente originales, que por eso no siempre fueron bien comprendidas, incluso por parte de observadores bien intencionados. Sobre estos acentos, perspectivas e intencionalidades se centrarán ahora nuestras reflexiones.

3. El marco teológico fundamental

En los escritos del Beato Josemaría se advierte claramente la presencia constante y unificante de «una comprensión singularmente rica y coherente del misterio de Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre», que permite encontrar en la «Encarnación del Verbo el fundamento perennemente actual y operativo de la transformación cristiana del hombre y, a través del trabajo humano, de todas las realidades creadas»
18. Glosando las enseñanzas de la Epístola a los Colosenses (1, 19-20), el Fundador del Opus Dei afirma: «No hay nada que pueda ser ajeno al afán de Cristo. Hablando con profundidad teológica, es decir, si no nos limitamos a una clasificación funcional; hablando con rigor, no se puede decir que haya realidades —buenas, nobles, y aun indiferentes— que sean exclusivamente profanas, una vez que el Verbo de Dios ha fijado su morada entre los hijos de los hombres, ha tenido hambre y sed, ha trabajado con sus manos, ha conocido la amistad y la obediencia, ha experimentado el dolor y la muerte» 19. Y, refiriéndose de modo más directo al tema que nos ocupa, añade: «La tarea apostólica que Cristo ha encomendado a todos sus discípulos produce, por tanto, resultados concretos en el ámbito social. No es admisible pensar que, para ser cristiano, haya que dar la espalda al mundo, ser un derrotista de la naturaleza humana [...]. El cristiano ha de encontrarse siempre dispuesto a santificar la sociedad desde dentro» 20.

El principio cristológico que acabamos de mencionar determina la visión que el Beato Josemaría tiene de lo que significa para un cristiano estar en el mundo y vivir en el mundo o, con otras palabras, su concepción de la secularidad. Esta se traduce en lo que podríamos llamar el principio de responsabilidad y de participación: vivir en el mundo significa sentirse responsable de él, asumiéndose la tarea de participar en las actividades humanas para configurarlas cristianamente. «Estad presentes sin miedo en todas las actividades y organizaciones de los hombres —escribía en 1959—, para que Cristo esté presente en ellas. Yo he aplicado a nuestro modo de trabajar aquellas palabras de la Escritura: ubicumque fuerit corpus, illic congregabuntur et aquilae (Matth. XXIV, 28), porque Dios Nuestro Señor nos pediría cuenta estrecha, si, por dejadez o comodidad, cada uno de vosotros, libremente, no procurara intervenir en las obras y en las decisiones humanas, de las que depende el presente y el futuro de la sociedad»
21. Late en estas palabras una aguda percepción del sentido ético y religioso de la interdependencia entre los hombres y entre los pueblos, que en la sociedad moderna ha adquirido una dimensión mundial. Desde los inicios de su actividad, el Fundador del Opus Dei advirtió la necesidad de no encerrar en límites estrechos, provincianos, la solidaridad cristiana, a la vez que, con prudente realismo, aclaraba que la solidaridad comienza con los que están más cerca. La preocupación santa de un cristiano —escribía en 1933— «empieza por lo que tiene a su alcance, por el quehacer ordinario de cada día, y poco a poco extiende en círculos concéntricos su afán de mies: en el seno de la familia, en el lugar de trabajo; en la sociedad civil, en la cátedra de cultura, en la asamblea política, entre todos sus conciudadanos de cualquier condición social sean; llega hasta las relaciones entre los pueblos, abarca en su amor razas, continentes, civilizaciones diversísimas» 22.

Particularmente interesante y complejo es el modo en el que, según el Fundador del Opus Dei, esta responsabilidad por el mundo debe actuarse. En muchas de sus reflexiones se advierte el eco del Sermón de la Montaña, que contiene un mensaje caracterizado por una novedad que no implica ruptura, sino cumplimiento
23: las enseñanzas del Señor no rompen con los contenidos más nobles de la ley de Moisés y de la moral simplemente humana, sino que los llevan a su plenitud, los interiorizan y radicalizan, conduciéndolos así a su más cumplida expresión, libre de extenuantes casuísticas. Esta perspectiva, que refleja fielmente la lógica de la Encarnación, tiene numerosas aplicaciones en los escritos que examinamos; de muchas de ellas, como son —por ejemplo— la convicción de que entre la fe y la ciencia existe una perfecta armonía, o la alta estima de las virtudes humanas, no podemos ocuparnos ahora. Por lo que respecta a nuestro tema, interesa destacar el alto valor que se reconoce y concede a las realidades creadas y, más concretamente, a la libertad personal, principal don natural concedido por Dios al hombre, y a la autonomía y consistencia propia de las realidades terrenas 24.

La autonomía y consistencia de las realidades temporales implica, en los escritos del Beato Josemaría, el imperativo de conocer y respetar su dinámica intrínseca, fruto de la racionalidad que la Sabiduría del Creador ha impreso en sus obras, y por consiguiente una exigencia de competencia técnica y profesional, presupuesto imprescindible de cualquier proyecto apostólico para la santificación del mundo desde dentro. «El cristiano, cuando trabaja, como es su obligación, no debe soslayar ni burlar las exigencias propias de lo natural. Si con la expresión bendecir las actividades humanas se entendiese anular o escamotear su dinámica propia, me negaría a usar esas palabras. Personalmente no me ha convencido nunca que las actividades corrientes de los hombres ostenten, como un letrero postizo, un calificativo confesional. Porque me parece, aunque respeto la opinión contraria, que se corre el peligro de usar en vano el nombre santo de nuestra fe, y además porque, en ocasiones, la etiqueta católica se ha utilizado hasta para justificar actitudes y operaciones que no son a veces honradamente humanas»
25.

Esta misma perspectiva, cuando se despliega en el ámbito social, da lugar a una comprensión profunda de la naturaleza y consistencia propia de las relaciones sociales. Dios no crea sólo individuos, crea también relaciones sociales —como es, por ejemplo, la familia—, cuya dinámica ha de ser conocida, apreciada y respetada, si es que queremos también redimirla. Podríamos quizá precisar más: Dios no crea individuos, crea personas, y por eso crea también relaciones. Durante muchos años ha sido dominante en las ciencias sociales la tendencia a definir la existencia humana como una polaridad entre el individuo, entendido como un átomo, y el Estado; a lo más, se admitía un tercer polo: el mercado. Sólo recientemente, con el desarrollo de la sociología del tercer y cuarto sector, se está superando ese estrecho planteamiento
26. El Fundador del Opus Dei nunca entró en debates metodológicos con las ciencias sociales, pero sus enseñanzas y sus iniciativas en el ámbito de la familia, de la enseñanza, de la promoción social, de los medios de comunicación social, etc., demuestran que poseía una visión de los «sujetos sociales» 27 mucho más amplia de la que era habitual en muchos estudiosos de lo social. Probablemente esta sensibilidad procedía de su profunda meditación y de su personal elaboración de los presupuestos de la Doctrina social de la Iglesia, aunque un juicio definitivo sobre esta hipótesis sólo lo podremos formular cuando sea posible realizar un estudio detenido sobre la génesis y fuentes de su concepción de la especificidad de lo social, en cuanto realidad diversa de lo estatal y de lo simplemente privado 28.

El Fundador del Opus Dei poseía también una clara conciencia de que las actividades sociales y políticas no son simples enunciaciones de principios perennes, sino concretas realizaciones de bienes humanos y sociales en un contexto histórico, geográfico y cultural determinado, marcadas por una contingencia al menos parcialmente insuperable, que por otra parte es característica de todo lo práctico. Por eso, afirmaba que «nadie puede pretender en cuestiones temporales imponer dogmas, que no existen. Ante un problema concreto, sea cual sea, la solución es: estudiarlo bien y, después, actuar en conciencia, con libertad personal y con responsabilidad también personal»
29. Pero con esto no pretendía decir que todo lo que hay en esta tierra es contingente, ya que propagaba a los cuatro vientos, sin respetos humanos, las exigencias éticas universalmente válidas. Su pensamiento queda claramente reflejado en el n. 275 de Surco: «No me olvides que, en los asuntos humanos, también los otros pueden tener razón: ven la misma cuestión que tú, pero desde distinto punto de vista, con otra luz, con otra sombra, con otro contorno. —Sólo en la fe y en la moral hay un criterio indiscutible: el de nuestra Madre la Iglesia» 30.

Este sentido de la limitación de todo proyecto humano de realización concreta de valores influyó notablemente en su modo de entender el principio de libertad, así como en su resistencia a tolerar la imposición de criterios únicos sobre problemas que admitían diversas soluciones igualmente compatibles con la conciencia cristiana: «son arbitrarias e injustas las limitaciones a la libertad de los hijos de Dios, a la libertad de las conciencias o a las legítimas iniciativas. Son limitaciones que proceden del abuso de autoridad, de la ignorancia o del error de los que piensan que pueden permitirse el abuso de hacer discriminaciones nada razonables. Ese modo injusto y antinatural de proceder —porque va contra la dignidad de la persona humana— no puede nunca ser camino para convivir, ya que ahoga el derecho del hombre a obrar según su conciencia, el derecho a trabajar, a asociarse, a vivir en la libertad dentro de los límites del derecho natural»
31

Al principio de libertad ya hemos aludido, aunque desde una perspectiva muy limitada. Hemos dicho, en efecto, que la conciencia del carácter exclusivamente espiritual de su misión sacerdotal y de la finalidad del Opus Dei le llevó a no expresar opiniones ni a sugerir soluciones sobre problemas concretos. Los que le seguían y los que le escuchaban eran libres de tener cualquier opinión compatible con la fe y la moral cristianas. Esta línea de conducta se ve ulteriormente reforzada por el sentido de la autonomía y la consistencia específica de las realidades temporales y, además, por la inevitable dosis de contingencia e incertidumbre de las soluciones prácticas que un determinado problema puede recibir aquí y ahora. Pero para comprender el significado que el principio de libertad tiene en el pensamiento del Beato Josemaría se han de dar varios pasos más.

La libertad, en efecto, aparece en sus escritos como un valor sustancial, indisolublemente unido al principio de responsabilidad y, por tanto, a la participación y a la solidaridad. La presencia del principio de responsabilidad permite entender que la libertad no es para él ni un valor meramente formal, ni solamente procedimental, ni mucho menos es la expresión de una concepción individualista-atomista del hombre; pero el que la responsabilidad sea vista como inseparablemente unida al principio de libertad, lleva a rechazar cualquier tipo de providencia social que lesione o suprima la «subjetividad» de las formaciones sociales, es decir, que elimine la libertad o que de un modo u otro genere irresponsabilidad. Nos parece, en definitiva, que si quisiéramos expresar en una fórmula sintética la perspectiva que unifica el pensamiento del Beato Josemaría Escrivá sobre la acción social y política del cristiano, esa fórmula no sería otra que la del nexo indisoluble entre la libertad personal y la correspondiente personal responsabilidad.

4. Libertad, responsabilidad, participación y solidaridad

Podemos abordar esta temática con un texto que relaciona de modo sintético diversos aspectos del principio de libertad. En primer lugar, la afirmación clara del valor natural y cristiano de la libertad unida a la responsabilidad: «Y existe un bien que [el cristiano] deberá siempre buscar especialmente: el de la libertad personal. Sólo si defiende la libertad individual de los demás con la correspondiente personal responsabilidad, podrá, con honradez humana y cristiana, defender de la misma manera la suya. Repito y repetiré sin cesar que el Señor nos ha dado gratuitamente un gran regalo sobrenatural, la gracia divina; y otra maravillosa dádiva humana, la libertad personal, que exige de nosotros —para que no se corrompa, convirtiéndose en libertinaje— integridad, empeño eficaz en desenvolver nuestra conducta dentro de la ley divina, porque donde está el Espíritu de Dios, allí hay libertad (2 Cor III, 17). El Reino de Cristo es de libertad [...] Sin libertad, no podemos corresponder a la gracia; sin libertad, no podemos entregarnos libremente al Señor, con la razón más sobrenatural: porque nos da la gana. Algunos de los que me escucháis me conocéis desde muchos años atrás. Podéis atestiguar que llevo toda mi vida predicando la libertad personal, con personal responsabilidad. La he buscado y la busco, por toda la tierra, como Diógenes buscaba un hombre. Y cada día la amo más, la amo sobre todas las cosas terrenas: es un tesoro que no apreciaremos nunca bastante»
32.

Inmediatamente después, la reivindicación del carácter ético, y no político en el sentido de política de partido, de cuanto ha afirmado anteriormente: «Cuando hablo de libertad personal, no me refiero con esta excusa a otros problemas quizá muy legítimos, que no corresponden a mi oficio de sacerdote. Sé que no me corresponde tratar de temas seculares y transitorios, que pertenecen a la esfera temporal y civil, materias que el Señor ha dejado a la libre y serena controversia de los hombres. Sé también que los labios del sacerdote, evitando del todo banderías humanas, han de abrirse sólo para conducir las almas a Dios, a su doctrina espiritual salvadora, a los sacramentos que Jesucristo instituyó, a la vida interior que nos acerca al Señor sabiéndonos sus hijos y, por tanto, hermanos de todos los hombres sin excepción»
33. Y, por último, el despliegue del principio de libertad sobre el ámbito de la participación y de la convivencia: «Amemos de verdad a todos los hombres; amemos a Cristo, por encima de todo; y, entonces, no tendremos más remedio que amar la legítima libertad de los otros, en una pacífica y razonable convivencia» 34. Veamos más detenidamente los diversos aspectos.

a) Libertad, responsabilidad, pluralismo

Para el Beato Josemaría amar la libertad implica necesariamente amar «el pluralismo que la libertad lleva consigo»
35. Pluralismo no es sinónimo de conflicto o de tensión: «Mi respuesta no puede ser más que una: convivir, comprender, disculpar. El hecho de que alguno piense de distinta manera que yo —especialmente cuando se trata de cosas que son objeto de la libertad de opinión— no justifica de ninguna manera una actitud de enemistad personal, ni siquiera de frialdad o de indiferencia. Mi fe cristiana me dice que la caridad hay que vivirla con todos, también con los que no tienen la gracia de creer en Jesucristo» 36. Cuando se trata de solucionar concretamente problemas sociales y políticos, el ámbito de lo opinable es bastante amplio. Es verdad —escribía en 1948— «que vuestra fe os tiene que guiar, al juzgar sobre los hechos y las situaciones contingentes de la tierra»; pero también es verdad que «la doctrina católica no impone soluciones concretas, técnicas, a los problemas temporales; pero sí os pide que tengáis sensibilidad ante esos problemas humanos, y sentido de responsabilidad para hacerles frente y para darles un desenlace cristiano» 37. En este último texto, que propone una reflexión hoy comúnmente aceptada, pero que en 1948 no era frecuente oír, se ve cómo la afirmación de la libertad en lo opinable aparece siempre unida a la de la responsabilidad.

En otro documento, esa relación aparece de forma todavía más explícita, junto a la observación de que no todo es opinable y que, por tanto, la libertad de un cristiano tiene evidentes límites: «Debéis, por tanto, sentiros libres en todo lo que es opinable. De esa libertad nacerá un santo sentido de responsabilidad personal, que haciéndoos serenos, rectos y amigos de la verdad, os apartará a la vez de todos los errores: porque respetaréis sinceramente las legítimas opiniones de los demás [...]. Sin embargo, rechazaremos siempre lo que sea contrario a cuanto enseña la Iglesia. Ya que, precisamente por ese amor a la verdad y por esa rectitud de intención, queremos ser fortes in fide (I Petr. V, 9), fuertes en la fe, con una fidelidad gozosa y firmísima»
38

El sentido de la libertad y de la responsabilidad personales informa el modo de contribuir a que «el amor y la libertad de Cristo presidan todas las manifestaciones de la vida moderna»
39, y lleva a descubrir la «compenetración recíproca» que existe entre «el apostolado y la ordenación de la vida pública por parte del Estado» 40. Esta compenetración abre horizontes apostólicos importantes, pero que deben llevarse a la práctica «con libertad personal y con personal responsabilidad» 41. Es decir, salvo en circunstancias excepcionales en las que la legítima autoridad de la Iglesia aconsejase otra cosa, la sincera intención de informar cristianamente las actividades temporales no autoriza a identificar la solución que se considera óptima con la solución católica o cristiana tout court, ni a pensar que todos los ciudadanos católicos tienen el deber moral de aceptarla y, por tanto, de llevarla a la práctica monolíticamente. En un texto que se ha hecho célebre por su claridad, afirmaba que a ese ciudadano cristiano bien intencionado «jamás se le ocurre creer o decir que él baja del templo al mundo para representar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos problemas [...]. Esto sería clericalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas. Tenéis que difundir por todas partes una verdadera mentalidad laical, que ha de llevar a tres conclusiones: a ser lo suficientemente honrados, para pechar con la propia responsabilidad personal; a ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen —en materias opinables— soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene; y a ser lo suficientemente católicos, para no servirse de nuestra Madre la Iglesia, mezclándola en banderías humanas» 42.

Esta última consideración merecería un amplio comentario, que aquí no podemos hacer. Quizá algún lector piense que ese modo de proceder llevaría a debilitar la presencia de los cristianos —y de los valores que para los cristianos son importantes— en la vida social y política. Cuanto diremos más adelante sobre la participación y la solidaridad ayudara a entender que no es así. Nos parece que las palabras antes citadas del Beato Josemaría están inspiradas por una justa aversión hacia la mentalidad del «partido único y obligatorio» que, por querer imponer una única opinión sobre asuntos contingentes, llevaría a desunir a los cristianos en lo que, en cambio, es verdaderamente irrenunciable. «Así ocurre con frecuencia —escribía en 1946— que se ven católicos que sienten con mucha más fuerza la afinidad ideológica con otros hombres —aun enemigos de la Iglesia— que el mismo vínculo de la fe con sus hermanos católicos; y que, a la vez que disimulan las diferencias en lo esencial que les separan de personas de otras religiones, o sin religión ninguna, no saben aprovechar el denominador común que tienen con los demás católicos, para convivir con ellos y no exasperar las posibles diferencias de opinión en lo contingente»
43.

b) Libertad y formación cristiana

El énfasis del Fundador del Opus Dei en el principio de libertad y de responsabilidad personales presupone en el ciudadano cristiano la preocupación de adquirir una sólida formación, de manera que su actividad constituya efectivamente una positiva contribución al recto orden de la vida social. Ya en un escrito de 1932, mencionaba la necesidad de proporcionar a todos esa formación.«Os diré, a este propósito, cuál es mi gran deseo: querría que, en el catecismo de la doctrina cristiana para los niños, se enseñara claramente cuáles son estos puntos firmes, en los que no se puede ceder, al actuar de un modo o de otro en la vida pública; y que se afirmara, al mismo tiempo, el deber de actuar, de no abstenerse, de prestar la propia colaboración para servir con lealtad, y con libertad personal, al bien común. Es éste un gran deseo mío, porque veo que así los católicos aprenderían estas verdades desde niños, y sabrían practicarlas luego cuando fueran adultos»