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La formación
de la conciencia en materia social y política según las enseñanzas de san
Josemaría Escrivá
Angel Rodríguez Luño *
www.romana.org
Artículo
impreso de:
http://es.romana.org/art/24/8.0/1
N° 24 •
Enero - Junio 1997 • Pág. 162
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1. Introducción
Una presentación completa,
realizada con método
científico, del pensamiento
del Beato Josemaría sobre la
acción social y política del
cristiano requeriría el
estudio detenido del
abundantísimo material
constituido por sus escritos
y su predicación oral.
Tratándose de un material
que responde a un período de
casi 50 años de intensa
actividad, sería necesario
en algunos casos un paciente
trabajo de catalogación,
datación, investigación de
las fuentes y, sobre todo,
del propósito y del exacto
contexto de los documentos
disponibles. Este trabajo
permitiría, por ejemplo,
entender mejor cómo se
conjuga en las enseñanzas
del Beato Josemaría la
reflexión atenta sobre la
evolución del magisterio
social de la Iglesia con el
planteamiento de cuestiones
y de perspectivas claramente
innovadoras o anticipadoras,
derivadas en último término
del carisma fundacional
recibido de Dios. A todo
esto habría que añadir el
examen de los testimonios
escritos del elevado número
de personas que lo han
tratado, que han escuchado
sus enseñanzas y que han
sido testigos de su
actividad, y también la
revisión de la bibliografía
existente
1.
Un importante estudioso de
las publicaciones del
Fundador del Opus Dei
advierte que en ellas no se
delinea «un programa teórico
de acción», sino que se
comunica una «vida»
2.
Significa esto que no nos
encontramos con una
exposición académica que
distingue analíticamente los
principios y las
conclusiones que de ellos se
derivan, sino con una
síntesis vital,
profundamente meditada y
madurada durante años, de
principios teológicos y
espirituales, tamizados a la
luz del carisma fundacional,
que al estudioso corresponde
comprender, distinguir y en
algún caso explicitar. En
definitiva, sería preciso
hacerse cargo de la entera
experiencia espiritual,
pastoral y de reflexión
teológica que fundamenta
estas enseñanzas, tarea
ciertamente ingente, pero
que resulta necesaria para
disponer de los principios
hermenéuticos adecuados
3.
En este breve estudio no
podemos realizar ninguna de
las tareas mencionadas, que
requerirían entre otras
cosas un conjunto de
instrumentos históricos (una
biografía científica,
edición crítica de las obras
completas o al menos
estudios histórico-críticos
sobre las más importantes
para nuestro tema, etc.) que
todavía no han sido
publicados. Nos limitaremos
por eso a individuar, con un
método sustancialmente
sincrónico, los aspectos
centrales del tema tratado y
a indicar el contexto en el
que, a nuestro juicio,
conviene colocarlos para
llegar a su exacta
comprensión.
2. La formación de la
conciencia cristiana como
contexto de las enseñanzas
del Beato Josemaría Escrivá
sobre materia social y
política
En los escritos del Fundador
del Opus Dei existen
abundantes reflexiones
teológico-morales sobre la
acción de los cristianos en
el terreno social y político
4,
pero no encontramos en ellos
lo que comúnmente se
entiende por «ideas u
opiniones políticas». Este
hecho responde a una línea
de conducta reflexivamente
asumida y constantemente
respetada. El Beato
Josemaría afirmó repetidas
veces: «yo no hablo nunca de
política»
5.
Con estas palabras quería
declarar su máxima de no
proponer ni sugerir «la
solución concreta a un
determinado problema, al
lado de otras soluciones
posibles y legítimas, en
concurrencia con los que
sostienen lo contrario»
6.
Se negaba de este modo a
intervenir en el común
debate político, en el juego
de las opiniones que suelen
determinar la adscripción de
los ciudadanos a los
diversos partidos políticos,
sindicatos, movimientos
culturales, etc., con el
propósito de concurrir
noblemente a la
configuración política de
nuestra vida en común. Y
nunca permitió que sus
palabras o su actividad
fuesen interpretadas en
sentido político.
¿Por qué adoptó el Beato
Josemaría esta línea de
conducta? El estudio de sus
escritos permite aducir
varios motivos. Mencionamos
en primer lugar el carácter
completa y exclusivamente
sacerdotal
7
que quiso dar a toda su
actividad («mi misión como
sacerdote es exclusivamente
espiritual»
8),
y la vivísima conciencia de
la misión sobrenatural de la
Iglesia, que le impedía
concebir el Cristianismo
como una «corriente
político-religiosa —sería
una locura—, ni siquiera
aunque tenga el buen
propósito de infundir el
espíritu de Cristo en todas
las actividades de los
hombres»
9.
Cosa bien diversa es que el
Fundador del Opus Dei haya
afirmado siempre el derecho
y el deber de la Jerarquía
de la Iglesia de pronunciar
juicios morales sobre
asuntos temporales, cuando
ello era exigido por la fe o
la moral cristianas
10.
Es más, enseñó
constantemente que los
fieles tienen entonces la
obligación moral de aceptar
interna y externamente esos
juicios doctrinales
11,
e incorporó a sus enseñanzas
orales y escritas los
contenidos fundamentales del
magisterio pontificio y
episcopal en materia social.
Pero tal actitud no hizo más
que reforzar su habitual
línea de conducta: el
derecho y el deber de
enjuiciar moralmente los
nuevos problemas planteados
por el creciente cambio
social o por los avances
tecnológicos corresponde a
la Jerarquía eclesiástica.
Un segundo motivo de la
mencionada línea de conducta
surge de la naturaleza y de
la espiritualidad específica
del Opus Dei y, por tanto,
de la misión del Beato
Josemaría como fundador y
pastor de almas. El Opus Dei
tiene una misión
exclusivamente espiritual
12.
Por eso, la Obra no propone
ni sugiere a sus miembros
«ningún camino concreto, ni
económico, ni político, ni
cultural. Cada uno de sus
miembros tiene plena
libertad para pensar como le
parezca mejor en este
terreno [...]: caben en el
Opus Dei personas de todas
las tendencias políticas,
culturales, sociales y
económicas que la conciencia
cristiana puede admitir
[...] Ese pluralismo no es,
para la Obra, un problema.
Por el contrario, es una
manifestación de buen
espíritu, que pone patente
la legítima libertad de cada
uno»
13.
Y por si quedasen dudas, el
Beato Josemaría no tuvo
dificultad en afirmar: «Si
alguna vez el Opus Dei
hubiera hecho política,
aunque fuera durante un
segundo, yo —en ese instante
equivocado— me hubiera
marchado de la Obra»
14.
Las consideraciones que
acabamos de hacer son
verdaderas e importantes,
pero incompletas, ya que nos
dicen únicamente lo que las
enseñanzas del Beato
Josemaría no son y lo que el
Opus Dei no es. ¿Cuáles son
entonces las enseñanzas
sobre la acción política y
social del cristiano que
innegablemente encontramos
en sus escritos? ¿Cómo las
podemos calificar
positivamente? La respuesta
debe buscarse a la luz de
una aclaración de capital
importancia sobre la
finalidad del Opus Dei y,
por tanto, de las enseñanzas
de su Fundador: «La
actividad principal del Opus
Dei consiste en dar a sus
miembros, y a las personas
que lo deseen, los medios
espirituales necesarios para
vivir como buenos cristianos
en medio del mundo. Les hace
conocer la doctrina de
Cristo, las enseñanzas de la
Iglesia; les proporciona un
espíritu que mueve a
trabajar bien por amor de
Dios y en servicio de todos
los hombres. Se trata, en
una palabra, de comportarse
como cristianos: conviviendo
con todos, respetando la
legítima libertad de todos y
haciendo que este mundo
nuestro sea más justo»
15.
Es decir, las enseñanzas del
Beato Josemaría se proponen
dar la formación necesaria
para vivir como buenos
cristianos en medio del
mundo. Acertadamente se ha
escrito que esas enseñanzas
constituyen una apremiante
llamada «a una plenitud de
vida cristiana que, por
verificarse en medio del
mundo, connota
constantemente frutos de
transformación social, de
instauración de la justicia,
de fraternidad, de paz (la
fe y el amor deben
desbordarse en vida y
manifestarse en obras; y la
gracia puede y debe producir
frutos de Redención en el
presente histórico); pero
que, a la vez e
inseparablemente, trasciende
esas realizaciones, ya que
la existencia humana posee
horizontes que van más allá
del tiempo y de la historia,
y las presenta como efectos
que advienen a modo de
redundancia o añadidura,
respecto de la realidad
central: la radical
identificación con Cristo,
la plena entrega a Dios»
16.
Hemos de concluir, por
tanto, que el contexto de
las enseñanzas que estamos
estudiando es la formación
de la conciencia de los
cristianos que viven en el
mundo y que desean
santificarse en el mundo,
animando cristianamente las
realidades en las que se
desenvuelve su vida:
realidades profesionales,
culturales, sociales,
políticas, etc. En función
de esa finalidad el Fundador
del Opus Dei transmitía «la
doctrina de Cristo» y «las
enseñanzas de la Iglesia»
(en nuestro tema, la
Doctrina social de la
Iglesia)
17.
Pero, en sus escritos, esa
doctrina y esas enseñanzas
adquieren acentos,
perspectivas e
intencionalidades
específicas y muchas veces
altamente originales, que
por eso no siempre fueron
bien comprendidas, incluso
por parte de observadores
bien intencionados. Sobre
estos acentos, perspectivas
e intencionalidades se
centrarán ahora nuestras
reflexiones.
3. El marco teológico
fundamental
En los escritos del Beato
Josemaría se advierte
claramente la presencia
constante y unificante de
«una comprensión
singularmente rica y
coherente del misterio de
Cristo, perfecto Dios y
perfecto hombre», que
permite encontrar en la
«Encarnación del Verbo el
fundamento perennemente
actual y operativo de la
transformación cristiana del
hombre y, a través del
trabajo humano, de todas las
realidades creadas»
18.
Glosando las enseñanzas de
la Epístola a los Colosenses
(1, 19-20), el Fundador del
Opus Dei afirma: «No hay
nada que pueda ser ajeno al
afán de Cristo. Hablando con
profundidad teológica, es
decir, si no nos limitamos a
una clasificación funcional;
hablando con rigor, no se
puede decir que haya
realidades —buenas, nobles,
y aun indiferentes— que sean
exclusivamente profanas, una
vez que el Verbo de Dios ha
fijado su morada entre los
hijos de los hombres, ha
tenido hambre y sed, ha
trabajado con sus manos, ha
conocido la amistad y la
obediencia, ha experimentado
el dolor y la muerte»
19.
Y, refiriéndose de modo más
directo al tema que nos
ocupa, añade: «La tarea
apostólica que Cristo ha
encomendado a todos sus
discípulos produce, por
tanto, resultados concretos
en el ámbito social. No es
admisible pensar que, para
ser cristiano, haya que dar
la espalda al mundo, ser un
derrotista de la naturaleza
humana [...]. El cristiano
ha de encontrarse siempre
dispuesto a santificar la
sociedad desde dentro»
20.
El principio cristológico
que acabamos de mencionar
determina la visión que el
Beato Josemaría tiene de lo
que significa para un
cristiano estar en el mundo
y vivir en el mundo o, con
otras palabras, su
concepción de la secularidad.
Esta se traduce en lo que
podríamos llamar el
principio de responsabilidad
y de participación: vivir en
el mundo significa sentirse
responsable de él,
asumiéndose la tarea de
participar en las
actividades humanas para
configurarlas
cristianamente. «Estad
presentes sin miedo en todas
las actividades y
organizaciones de los
hombres —escribía en 1959—,
para que Cristo esté
presente en ellas. Yo he
aplicado a nuestro modo de
trabajar aquellas palabras
de la Escritura: ubicumque
fuerit corpus, illic
congregabuntur et aquilae (Matth.
XXIV, 28), porque Dios
Nuestro Señor nos pediría
cuenta estrecha, si, por
dejadez o comodidad, cada
uno de vosotros, libremente,
no procurara intervenir en
las obras y en las
decisiones humanas, de las
que depende el presente y el
futuro de la sociedad»
21.
Late en estas palabras una
aguda percepción del sentido
ético y religioso de la
interdependencia entre los
hombres y entre los pueblos,
que en la sociedad moderna
ha adquirido una dimensión
mundial. Desde los inicios
de su actividad, el Fundador
del Opus Dei advirtió la
necesidad de no encerrar en
límites estrechos,
provincianos, la solidaridad
cristiana, a la vez que, con
prudente realismo, aclaraba
que la solidaridad comienza
con los que están más cerca.
La preocupación santa de un
cristiano —escribía en 1933—
«empieza por lo que tiene a
su alcance, por el quehacer
ordinario de cada día, y
poco a poco extiende en
círculos concéntricos su
afán de mies: en el seno de
la familia, en el lugar de
trabajo; en la sociedad
civil, en la cátedra de
cultura, en la asamblea
política, entre todos sus
conciudadanos de cualquier
condición social sean; llega
hasta las relaciones entre
los pueblos, abarca en su
amor razas, continentes,
civilizaciones diversísimas»
22.
Particularmente interesante
y complejo es el modo en el
que, según el Fundador del
Opus Dei, esta
responsabilidad por el mundo
debe actuarse. En muchas de
sus reflexiones se advierte
el eco del Sermón de la
Montaña, que contiene un
mensaje caracterizado por
una novedad que no implica
ruptura, sino cumplimiento
23:
las enseñanzas del Señor no
rompen con los contenidos
más nobles de la ley de
Moisés y de la moral
simplemente humana, sino que
los llevan a su plenitud,
los interiorizan y
radicalizan, conduciéndolos
así a su más cumplida
expresión, libre de
extenuantes casuísticas.
Esta perspectiva, que
refleja fielmente la lógica
de la Encarnación, tiene
numerosas aplicaciones en
los escritos que examinamos;
de muchas de ellas, como son
—por ejemplo— la convicción
de que entre la fe y la
ciencia existe una perfecta
armonía, o la alta estima de
las virtudes humanas, no
podemos ocuparnos ahora. Por
lo que respecta a nuestro
tema, interesa destacar el
alto valor que se reconoce y
concede a las realidades
creadas y, más
concretamente, a la libertad
personal, principal don
natural concedido por Dios
al hombre, y a la autonomía
y consistencia propia de las
realidades terrenas
24.
La autonomía y consistencia
de las realidades temporales
implica, en los escritos del
Beato Josemaría, el
imperativo de conocer y
respetar su dinámica
intrínseca, fruto de la
racionalidad que la
Sabiduría del Creador ha
impreso en sus obras, y por
consiguiente una exigencia
de competencia técnica y
profesional, presupuesto
imprescindible de cualquier
proyecto apostólico para la
santificación del mundo
desde dentro. «El cristiano,
cuando trabaja, como es su
obligación, no debe soslayar
ni burlar las exigencias
propias de lo natural. Si
con la expresión bendecir
las actividades humanas se
entendiese anular o
escamotear su dinámica
propia, me negaría a usar
esas palabras. Personalmente
no me ha convencido nunca
que las actividades
corrientes de los hombres
ostenten, como un letrero
postizo, un calificativo
confesional. Porque me
parece, aunque respeto la
opinión contraria, que se
corre el peligro de usar en
vano el nombre santo de
nuestra fe, y además porque,
en ocasiones, la etiqueta
católica se ha utilizado
hasta para justificar
actitudes y operaciones que
no son a veces honradamente
humanas»
25.
Esta misma perspectiva,
cuando se despliega en el
ámbito social, da lugar a
una comprensión profunda de
la naturaleza y consistencia
propia de las relaciones
sociales. Dios no crea sólo
individuos, crea también
relaciones sociales —como
es, por ejemplo, la
familia—, cuya dinámica ha
de ser conocida, apreciada y
respetada, si es que
queremos también redimirla.
Podríamos quizá precisar
más: Dios no crea
individuos, crea personas, y
por eso crea también
relaciones. Durante muchos
años ha sido dominante en
las ciencias sociales la
tendencia a definir la
existencia humana como una
polaridad entre el
individuo, entendido como un
átomo, y el Estado; a lo
más, se admitía un tercer
polo: el mercado. Sólo
recientemente, con el
desarrollo de la sociología
del tercer y cuarto sector,
se está superando ese
estrecho planteamiento
26.
El Fundador del Opus Dei
nunca entró en debates
metodológicos con las
ciencias sociales, pero sus
enseñanzas y sus iniciativas
en el ámbito de la familia,
de la enseñanza, de la
promoción social, de los
medios de comunicación
social, etc., demuestran que
poseía una visión de los
«sujetos sociales»
27
mucho más amplia de la que
era habitual en muchos
estudiosos de lo social.
Probablemente esta
sensibilidad procedía de su
profunda meditación y de su
personal elaboración de los
presupuestos de la Doctrina
social de la Iglesia, aunque
un juicio definitivo sobre
esta hipótesis sólo lo
podremos formular cuando sea
posible realizar un estudio
detenido sobre la génesis y
fuentes de su concepción de
la especificidad de lo
social, en cuanto realidad
diversa de lo estatal y de
lo simplemente privado
28.
El Fundador del Opus Dei
poseía también una clara
conciencia de que las
actividades sociales y
políticas no son simples
enunciaciones de principios
perennes, sino concretas
realizaciones de bienes
humanos y sociales en un
contexto histórico,
geográfico y cultural
determinado, marcadas por
una contingencia al menos
parcialmente insuperable,
que por otra parte es
característica de todo lo
práctico. Por eso, afirmaba
que «nadie puede pretender
en cuestiones temporales
imponer dogmas, que no
existen. Ante un problema
concreto, sea cual sea, la
solución es: estudiarlo bien
y, después, actuar en
conciencia, con libertad
personal y con
responsabilidad también
personal»
29.
Pero con esto no pretendía
decir que todo lo que hay en
esta tierra es contingente,
ya que propagaba a los
cuatro vientos, sin respetos
humanos, las exigencias
éticas universalmente
válidas. Su pensamiento
queda claramente reflejado
en el n. 275 de Surco: «No
me olvides que, en los
asuntos humanos, también los
otros pueden tener razón:
ven la misma cuestión que
tú, pero desde distinto
punto de vista, con otra
luz, con otra sombra, con
otro contorno. —Sólo en la
fe y en la moral hay un
criterio indiscutible: el de
nuestra Madre la Iglesia»
30.
Este sentido de la
limitación de todo proyecto
humano de realización
concreta de valores influyó
notablemente en su modo de
entender el principio de
libertad, así como en su
resistencia a tolerar la
imposición de criterios
únicos sobre problemas que
admitían diversas soluciones
igualmente compatibles con
la conciencia cristiana:
«son arbitrarias e injustas
las limitaciones a la
libertad de los hijos de
Dios, a la libertad de las
conciencias o a las
legítimas iniciativas. Son
limitaciones que proceden
del abuso de autoridad, de
la ignorancia o del error de
los que piensan que pueden
permitirse el abuso de hacer
discriminaciones nada
razonables. Ese modo injusto
y antinatural de proceder
—porque va contra la
dignidad de la persona
humana— no puede nunca ser
camino para convivir, ya que
ahoga el derecho del hombre
a obrar según su conciencia,
el derecho a trabajar, a
asociarse, a vivir en la
libertad dentro de los
límites del derecho natural»
31
Al principio de libertad ya
hemos aludido, aunque desde
una perspectiva muy
limitada. Hemos dicho, en
efecto, que la conciencia
del carácter exclusivamente
espiritual de su misión
sacerdotal y de la finalidad
del Opus Dei le llevó a no
expresar opiniones ni a
sugerir soluciones sobre
problemas concretos. Los que
le seguían y los que le
escuchaban eran libres de
tener cualquier opinión
compatible con la fe y la
moral cristianas. Esta línea
de conducta se ve
ulteriormente reforzada por
el sentido de la autonomía y
la consistencia específica
de las realidades temporales
y, además, por la inevitable
dosis de contingencia e
incertidumbre de las
soluciones prácticas que un
determinado problema puede
recibir aquí y ahora. Pero
para comprender el
significado que el principio
de libertad tiene en el
pensamiento del Beato
Josemaría se han de dar
varios pasos más.
La libertad, en efecto,
aparece en sus escritos como
un valor sustancial,
indisolublemente unido al
principio de responsabilidad
y, por tanto, a la
participación y a la
solidaridad. La presencia
del principio de
responsabilidad permite
entender que la libertad no
es para él ni un valor
meramente formal, ni
solamente procedimental, ni
mucho menos es la expresión
de una concepción
individualista-atomista del
hombre; pero el que la
responsabilidad sea vista
como inseparablemente unida
al principio de libertad,
lleva a rechazar cualquier
tipo de providencia social
que lesione o suprima la
«subjetividad» de las
formaciones sociales, es
decir, que elimine la
libertad o que de un modo u
otro genere
irresponsabilidad. Nos
parece, en definitiva, que
si quisiéramos expresar en
una fórmula sintética la
perspectiva que unifica el
pensamiento del Beato
Josemaría Escrivá sobre la
acción social y política del
cristiano, esa fórmula no
sería otra que la del nexo
indisoluble entre la
libertad personal y la
correspondiente personal
responsabilidad.
4. Libertad,
responsabilidad,
participación y solidaridad
Podemos abordar esta
temática con un texto que
relaciona de modo sintético
diversos aspectos del
principio de libertad. En
primer lugar, la afirmación
clara del valor natural y
cristiano de la libertad
unida a la responsabilidad:
«Y existe un bien que [el
cristiano] deberá siempre
buscar especialmente: el de
la libertad personal. Sólo
si defiende la libertad
individual de los demás con
la correspondiente personal
responsabilidad, podrá, con
honradez humana y cristiana,
defender de la misma manera
la suya. Repito y repetiré
sin cesar que el Señor nos
ha dado gratuitamente un
gran regalo sobrenatural, la
gracia divina; y otra
maravillosa dádiva humana,
la libertad personal, que
exige de nosotros —para que
no se corrompa,
convirtiéndose en
libertinaje— integridad,
empeño eficaz en desenvolver
nuestra conducta dentro de
la ley divina, porque donde
está el Espíritu de Dios,
allí hay libertad (2 Cor III,
17). El Reino de Cristo es
de libertad [...] Sin
libertad, no podemos
corresponder a la gracia;
sin libertad, no podemos
entregarnos libremente al
Señor, con la razón más
sobrenatural: porque nos da
la gana. Algunos de los que
me escucháis me conocéis
desde muchos años atrás.
Podéis atestiguar que llevo
toda mi vida predicando la
libertad personal, con
personal responsabilidad. La
he buscado y la busco, por
toda la tierra, como
Diógenes buscaba un hombre.
Y cada día la amo más, la
amo sobre todas las cosas
terrenas: es un tesoro que
no apreciaremos nunca
bastante»
32.
Inmediatamente después, la
reivindicación del carácter
ético, y no político en el
sentido de política de
partido, de cuanto ha
afirmado anteriormente:
«Cuando hablo de libertad
personal, no me refiero con
esta excusa a otros
problemas quizá muy
legítimos, que no
corresponden a mi oficio de
sacerdote. Sé que no me
corresponde tratar de temas
seculares y transitorios,
que pertenecen a la esfera
temporal y civil, materias
que el Señor ha dejado a la
libre y serena controversia
de los hombres. Sé también
que los labios del
sacerdote, evitando del todo
banderías humanas, han de
abrirse sólo para conducir
las almas a Dios, a su
doctrina espiritual
salvadora, a los sacramentos
que Jesucristo instituyó, a
la vida interior que nos
acerca al Señor sabiéndonos
sus hijos y, por tanto,
hermanos de todos los
hombres sin excepción»
33.
Y, por último, el despliegue
del principio de libertad
sobre el ámbito de la
participación y de la
convivencia: «Amemos de
verdad a todos los hombres;
amemos a Cristo, por encima
de todo; y, entonces, no
tendremos más remedio que
amar la legítima libertad de
los otros, en una pacífica y
razonable convivencia»
34.
Veamos más detenidamente los
diversos aspectos.
a) Libertad,
responsabilidad, pluralismo
Para el Beato Josemaría amar
la libertad implica
necesariamente amar «el
pluralismo que la libertad
lleva consigo»
35.
Pluralismo no es sinónimo de
conflicto o de tensión: «Mi
respuesta no puede ser más
que una: convivir,
comprender, disculpar. El
hecho de que alguno piense
de distinta manera que yo
—especialmente cuando se
trata de cosas que son
objeto de la libertad de
opinión— no justifica de
ninguna manera una actitud
de enemistad personal, ni
siquiera de frialdad o de
indiferencia. Mi fe
cristiana me dice que la
caridad hay que vivirla con
todos, también con los que
no tienen la gracia de creer
en Jesucristo»
36.
Cuando se trata de
solucionar concretamente
problemas sociales y
políticos, el ámbito de lo
opinable es bastante amplio.
Es verdad —escribía en 1948—
«que vuestra fe os tiene que
guiar, al juzgar sobre los
hechos y las situaciones
contingentes de la tierra»;
pero también es verdad que
«la doctrina católica no
impone soluciones concretas,
técnicas, a los problemas
temporales; pero sí os pide
que tengáis sensibilidad
ante esos problemas humanos,
y sentido de responsabilidad
para hacerles frente y para
darles un desenlace
cristiano»
37.
En este último texto, que
propone una reflexión hoy
comúnmente aceptada, pero
que en 1948 no era frecuente
oír, se ve cómo la
afirmación de la libertad en
lo opinable aparece siempre
unida a la de la
responsabilidad.
En otro documento, esa
relación aparece de forma
todavía más explícita, junto
a la observación de que no
todo es opinable y que, por
tanto, la libertad de un
cristiano tiene evidentes
límites: «Debéis, por tanto,
sentiros libres en todo lo
que es opinable. De esa
libertad nacerá un santo
sentido de responsabilidad
personal, que haciéndoos
serenos, rectos y amigos de
la verdad, os apartará a la
vez de todos los errores:
porque respetaréis
sinceramente las legítimas
opiniones de los demás
[...]. Sin embargo,
rechazaremos siempre lo que
sea contrario a cuanto
enseña la Iglesia. Ya que,
precisamente por ese amor a
la verdad y por esa rectitud
de intención, queremos ser
fortes in fide (I Petr. V,
9), fuertes en la fe, con
una fidelidad gozosa y
firmísima»
38
El sentido de la libertad y
de la responsabilidad
personales informa el modo
de contribuir a que «el amor
y la libertad de Cristo
presidan todas las
manifestaciones de la vida
moderna»
39,
y lleva a descubrir la
«compenetración recíproca»
que existe entre «el
apostolado y la ordenación
de la vida pública por parte
del Estado»
40.
Esta compenetración abre
horizontes apostólicos
importantes, pero que deben
llevarse a la práctica «con
libertad personal y con
personal responsabilidad»
41.
Es decir, salvo en
circunstancias excepcionales
en las que la legítima
autoridad de la Iglesia
aconsejase otra cosa, la
sincera intención de
informar cristianamente las
actividades temporales no
autoriza a identificar la
solución que se considera
óptima con la solución
católica o cristiana tout
court, ni a pensar que todos
los ciudadanos católicos
tienen el deber moral de
aceptarla y, por tanto, de
llevarla a la práctica
monolíticamente. En un texto
que se ha hecho célebre por
su claridad, afirmaba que a
ese ciudadano cristiano bien
intencionado «jamás se le
ocurre creer o decir que él
baja del templo al mundo
para representar a la
Iglesia, y que sus
soluciones son las
soluciones católicas a
aquellos problemas [...].
Esto sería clericalismo,
catolicismo oficial o como
queráis llamarlo. En
cualquier caso, es hacer
violencia a la naturaleza de
las cosas. Tenéis que
difundir por todas partes
una verdadera mentalidad
laical, que ha de llevar a
tres conclusiones: a ser lo
suficientemente honrados,
para pechar con la propia
responsabilidad personal; a
ser lo suficientemente
cristianos, para respetar a
los hermanos en la fe, que
proponen —en materias
opinables— soluciones
diversas a la que cada uno
de nosotros sostiene; y a
ser lo suficientemente
católicos, para no servirse
de nuestra Madre la Iglesia,
mezclándola en banderías
humanas»
42.
Esta última consideración
merecería un amplio
comentario, que aquí no
podemos hacer. Quizá algún
lector piense que ese modo
de proceder llevaría a
debilitar la presencia de
los cristianos —y de los
valores que para los
cristianos son importantes—
en la vida social y
política. Cuanto diremos más
adelante sobre la
participación y la
solidaridad ayudara a
entender que no es así. Nos
parece que las palabras
antes citadas del Beato
Josemaría están inspiradas
por una justa aversión hacia
la mentalidad del «partido
único y obligatorio» que,
por querer imponer una única
opinión sobre asuntos
contingentes, llevaría a
desunir a los cristianos en
lo que, en cambio, es
verdaderamente
irrenunciable. «Así ocurre
con frecuencia —escribía en
1946— que se ven católicos
que sienten con mucha más
fuerza la afinidad
ideológica con otros hombres
—aun enemigos de la Iglesia—
que el mismo vínculo de la
fe con sus hermanos
católicos; y que, a la vez
que disimulan las
diferencias en lo esencial
que les separan de personas
de otras religiones, o sin
religión ninguna, no saben
aprovechar el denominador
común que tienen con los
demás católicos, para
convivir con ellos y no
exasperar las posibles
diferencias de opinión en lo
contingente»
43.
b) Libertad y formación
cristiana
El énfasis del Fundador del
Opus Dei en el principio de
libertad y de
responsabilidad personales
presupone en el ciudadano
cristiano la preocupación de
adquirir una sólida
formación, de manera que su
actividad constituya
efectivamente una positiva
contribución al recto orden
de la vida social. Ya en un
escrito de 1932, mencionaba
la necesidad de proporcionar
a todos esa formación.«Os
diré, a este propósito, cuál
es mi gran deseo: querría
que, en el catecismo de la
doctrina cristiana para los
niños, se enseñara
claramente cuáles son estos
puntos firmes, en los que no
se puede ceder, al actuar de
un modo o de otro en la vida
pública; y que se afirmara,
al mismo tiempo, el deber de
actuar, de no abstenerse, de
prestar la propia
colaboración para servir con
lealtad, y con libertad
personal, al bien común. Es
éste un gran deseo mío,
porque veo que así los
católicos aprenderían estas
verdades desde niños, y
sabrían practicarlas luego
cuando fueran adultos»
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