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INDIVIDUALISMO Y HUMANISMO CÍV (Alejandro Llano)

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INDIVIDUALISMO Y HUMANISMO CÍVICO

En Humanismo cívico (Ariel, Barcelona, 1999), Alejandro Llano se propone examinar ese sentimiento tan difundido en la sociedad de que “algo no marcha bien”. Es “el descontento de la democracia”, el desencanto que se experimenta al comprobar que no somos los ciudadanos de a pie quienes impulsamos la marcha de la esfera pública.

Por Alejandro Llano

SÓLO MERECE SER CONSIDERADA como cabalmente humana una sociedad en la que las energías directivas surgen, en ultimo término, de la inteligencia y la libertad de las mujeres y los hombres que la componen. Y esto —el protagonismo de las personas y de las comunidades interpersonales— es precisamente lo que brilla por su ausencia. Se trata de una gran paradoja: habitamos en una cultura antropocéntrica, centrada en el hombre, que defiende como valor supremo nuestra libertad de pensamiento y de actuación y, sin embargo, el hombre real y concreto no comparece en el escenario. ¿Por qué?

Mi respuesta es la siguiente: lo que despotencia nuestra capacidad de presencia en la vida pública es ni más ni menos que el individualismo. Impera una imagen mecanicista del ser humano, que lo encierra dentro del estrecho cerco de su corporalidad, del ámbito de sus sensaciones y emociones, del área de sus placeres inmediatos y de sus influencias palpables. Surge así un individuo clausurado en sí mismo, al que se le han arrebatado las facultades de comunicarse con sus semejantes y de lanzarse con ellos a proyectos que tengan una envergadura comunitaria, que dejen sentir su peso en esa sociedad cada vez más compleja en la que habitan. De debilitación tan honda proceden el conformismo político de este individuo masificado, su anorexia cultural, sus pocas ganas de complicarse la vida, su hedonismo, su abocamiento a un consumo en el que las cosas inútiles e indigestas pretenden llenar una oquedad existencial.

Una buena manera de mantener y acrecentar este sometimiento es buscar un chivo expiatorio, y echarle las culpas a la televisión, a los políticos, a las grandes superficies, a los teléfonos móviles o a los directivos de las multinacionales. Es decir a nadie: nadie que se pudiera identificar que tuviera cara y ojos, sería el responsable de esta especie de juego de prestidigitación en el que resulta que la sociedad de las libertades, la sociedad del conocimiento, la sociedad abierta, se saca de la manga multitudes solitarias, dóciles, apocadas, incapaces de decir “vamos a cambiar las cosas”, pero vamos a cambiarlas de verdad, no como esos lemas retóricos que padecemos en unas campañas electorales que ilustran a gritos y a colorines todo lo que acabo de decir. Tenemos voto, pero no tenemos voz.

Responsables con nombre y apellidos

La propuesta del humanismo cívico consiste en declarar seriamente que los responsables de lo que nos pasa somos todos y cada uno de nosotros. Como decía Ortega, hemos de acostumbramos a no esperar nada bueno de esas instancias abarcadoras y abstractas que son el Estado o el Mercado. Es de nosotros mismos de quienes hemos de esperar lo bueno y lo mejor. La historia no nos arrastra, la hacemos nosotros, los verdaderos protagonistas del cambio social.

Para que tal respuesta no se quede en una especie de llamamiento edificante, rayando la utopía, es imprescindible recuperar las potencialidades que nos permiten salir del nicho de la privacidad e irrumpir en el ágora pública, que es nuestro lugar natural como ciudadanos que somos. Pues bien, tales potencialidades son las virtudes, las fuerzas, las excelencias que el ser humano es capaz de alumbrar en diálogo vital con quienes le rodean. Según decía Edmund Burke, cuando los ciudadanos son capaces de concentrar sus respectivas libertades, esa común libertad suya es poder.

Las grandes maquinarias burocráticas y tecnocráticas son carcasas vacías que sólo se mueven y se imponen porque vampirizan unas energías humanas que no son estructurales —como se pretende en el discurso dominante— sino que son personales y comunitarias. No es verdad que el Estado tenga el monopolio de la benevolencia. No es verdad que la economía globalizada posea la marca registrada de la eficacia. Si ustedes que me leen, y yo que estoy escribiendo, más la gente que ahora pasa por la calle, nos declaráramos en huelga de celo, es decir, si nos creyéramos de verdad que los burócratas y los tecnócratas son los que mueven este mundo, y por tanto nos quedáramos parados, lo que sucedería es un gigantesco “efecto 2OOO’ mucho más profundo y real que esa especie de bluff que nos ha hecho gastar miles de millones de dólares en beneficio de las famosas empresas de alta tecnología.

Pero no basta con la huelga de brazos caídos. Lo que urge poner en marcha es una auténtica “conspiración cívica”, leal a la república, en la cual los ciudadanos responsables demuestren con hechos que son más competentes, más benévolos, más eficaces que todas esas cúpulas anónimas que paternalmente nos protegen y nos nutren, sin que nadie en concreto se lo haya pedido. Si nos quedamos, expectantes, mirando a esas nubes informes y vaporosas, lo más probable es que nos caiga un meteorito en la cabeza, como a la célebre estanquera de Almería, todo un símbolo de los sufridos habitantes de eso que hoy se llama “sociedad del riesgo”.

Aunque no pretenda ser moralizante, el discurso que planteo en Humanismo cívico es radicalmente ético. Y de la ética se han de decir principalmente, dos cosas: que es una cualidad optimizadora de las acciones personales y que -como la madre- no hay más que una. La ética es un empeño interpersonal de intensificación y florecimiento de la vida, no una especie de vago ambiente de concordia que se pudiera implantar en la sociedad a base de reglas procedimentales. En asuntos morales, nadie lo puede hacer por nosotros, mejor que nosotros, si nosotros no lo hacemos. Como decía T. S. Eliot, “en este mundo nada sustituye a nada” pero lo menos sustituible de todo es la persona humana y sus valoraciones fuertes.

Cuando la ética se desvincula de la vida personal y se remite a unas normas presuntamente neutrales, lo que sobreviene es la desmoralización, la pérdida de la moral cívica, cuyo sustituto es entonces lo “políticamente correcto”. Hay cosas que se hacen y otras que no se hacen; hay verdades que se pueden decir y otras que no se pueden decir. Y tal distinción no la establece la ley natural ni la conciencia, sino que la prescriben los “decididores”, es decir; los expertos en cuestiones colectivas. Con lo que resulta que el ciudadano medio es éticamente incompetente y no está autorizado para acometer iniciativas de relevancia pública. Como dijo también Burke, el dinero se convierte en el “sustituto técnico de Dios”.

La causa de la corrupción

Entonces la ética ya no es una, sino —por lo menos— dos: la ética privada y la ética pública. La moral privada es el narcisismo de esos individuos irresponsables a los que mi amigo Claudio Magris llama “libres e imbéciles”: estereotipados, caprichosos, insolidarios, sentimentales, devoradores de simulacros y transmisores de lugares comunes. Mientras que la moral pública es anónima, neutral, sin contenidos éticos, oportunista, presuntamente tolerante y realmente autoritaria. Cualquier observador atento de la vida social podría precedir que el resultado de esta mezcla de dos éticas simuladas es precisamente la corrupción.

El humanismo cívico que propongo es un intento de invertir esta cadencia, apoyándonos en las tendencias emergentes de protagonismo civil que hoy vemos aflorar con esperanza. Cuando en 1989 publiqué La nueva sensibilidad, ni yo mismo podía sospechar que un fenómeno como el voluntariado —del que casi nadie había oído hablar— se convertiría al cabo de una década en un movimiento de solidaridad importantísimo.

Mientras el neoliberalismo rampante de finales de los ochenta y principios de los noventa predicaba que el valor de cualquier cosa no era sino precio en el Mercado, ascendía ya con fuerza un Tercer Sector, el de las iniciativas sin ánimo de lucro, que hoy representa una decisiva cuota en la economía de los países más avanzados. ¿Quién nos iba a decir entonces que hasta los hospitales públicos se convertirían en fundaciones? Y ahora leemos sorprendidos los libros de los Premios Nobel de Economía que nos descubren algo ya experimentado por casi todos, a saber, que las tareas realizadas con mayor interés y cuidado son precisamente aquellas por las que no cobramos ni una peseta.

El modelo lib/lab

No me estoy refiriendo, valga la advertencia, a lo que hoy se llama “tercera vía”. Antes se calificaba así a la doctrina social de la Iglesia. Pero me parece que Anthony Giddens y sus portavoces políticos no van precisamente por ahí. Su modelo es, básicamente, el que Ralph Dahrendorf llama lib/lab, es decir, una emulsión bien dosificada entre liberalismo económico y laborismo socialista. En definitiva, nada nuevo. Y, desde luego, muy poco esperanzador, porque la clave teórica sigue siendo un individualismo sin aliento ético. No veo por ninguna parte cómo esta tercera vía puede llegar a ser el camino real de la izquierda europea y norteamericana.

La gran transformación tecnológica y la acelerada dinámica social que presenciamos en este cambio de siglo están clamando por enfoques renovadores, que no sigan parasitando —ya sin convicción— en las gastadas ideologías del siglo XIX.

Como ha indicado Donati, el Estado ya no constituye el centro de una sociedad multicéntrica. La política ya no es —si es que alguna vez lo fue— una fuente de innovaciones, cuando la creatividad es una exigencia de todas las tareas profesionales. Y la economía globalizada se convierte en una técnica social para la generación de injusticia si no se tiene en cuenta su carácter instrumental y el horizonte multicultural en el que se producen sus transacciones. Nuestra sociedad ya no es ni una pirámide de poderes estratificados ni una gran plaza de mercado. Está articulada como una reticularidad compleja, en la que es preciso tomar continuamente decisiones e inventar soluciones a problemas que se presentan por primera vez. Resulta imprescindible, entonces, multiplicar los agentes sociales relevantes: promocionar una nueva ciudadanía. Se impone a esa gran fuente de pensamiento casi olvidada que somos cada uno de nosotros en nuestras variadísimas interacciones.

A la nueva cultura que ha de configurar esta sociedad de responsabilidades múltiples y compartidas es a lo que llamo “humanismo cívico”. En él se dan cita el humanismo cristiano y clásico —que habría que rescatar con una potenciación de la enseñanza de las Humanidades— y las tecnologías de la comunicación, que nos descargan de las tareas más mecánicas y rutinarias.

Es en esta línea de sutura entre humanismo y tecnología donde está surgiendo un futuro imprevisible. Lo que, desde la atalaya hemos de inventar es el modo en que este futuro pueda llegar a ser hondamente humano.

Publicado en el nº 549 de Nuestro Tiempo
Edición autorizada de arvo.net

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26/05/2005 ir arriba
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