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SER QUE AMA LA BELLEZA (Enrique Cases)

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SER QUE AMA LA BELLEZA

En este ensayo, el autor, arranca de la consideración de las propiedades más universales del ser (unidad, verdad, bondad, belleza) para mostrar la fundamentación de la belleza en la verdad y la bondad. Así queda al descubierto, a la vez, que lo bello, si no es bueno, es trampa y engaño que siempre se descubre. «Lejos está la Belleza de la Técnica, afirma, pues es Arte. Es doloroso oír alabanzas de una obra sórdida «técnicamente bien hecha». Conviene desenmascarar mucho engaño y bombo mutuo, cuando no miradas demasiado impresionables o desgastadas.»

Por Enrique Cases*

La persona ama la belleza, no puede vivir sin ella, en algún grado. El amor humano se mueve en gran medida por la belleza. Los animales no aman la belleza porque no la pueden apreciar, ni la pueden crear. Lo feo repugna; lo antiestético puede repeler porque refleja desamor. Veamos por qué es así.

El pulchrum es un trascendental del ser. “la belleza es la aureola de resplandor imborrable que rodea a la estrella de la verdad y del bien y su indisociable unión” [1]. El unum es el primer transcendental en cuanto atrae lo múltiple a la unidad. El verum es el transcendental que ama la inteligencia pues el ser es inteligible. El bonum atrae el amor de la voluntad al ser perfecto. El pulchrum atrae el amor de corazón. Al conectar con lo más íntimo es lo que atrae a todo ser humano, y por ser el corazón la sede más íntima y donde reside el amor como afecto y sentimiento más profundo que el querer, atrae con fuerza a todos. El acto de ser constituye la persona en el corazón, que también participa de esa belleza, y por eso puede captarla, gozar, sentir, y, sobre todo, crearla, que es uno de los modos más intensos modo de vivir humanamente. En un mundo sin belleza es fácil que se dé un alejamiento del bien (recordemos que las cosas malas son «cosas feas»), se llega al deseo de sondear las profundidades satánicas [2], y se hace muy difícil rezar.

En cambio hay épocas durante las cuales era natural experimentar el kalokagathon (bello y bueno). Von Balthasar señala en el prefacio de su gran obra Gloria que “nadie puede percibir lo bello sin ser arrebatado, y sólo puede ser arrebatado el que lo percibe” [3]. Los trascendentales del ser están tan unidos que el olvido de uno influye en los demás. La Verdad es bella y la Belleza no es maquillaje sino auténtica, original. La Bondad es hermosa, en el niño y en el mártir, en la abnegación materna, y en la admiración al fuerte. Lo bello si no es bueno es trampa y engaño que siempre se descubre. La santidad tiene atracción de belleza cuando se percibe. Y eso se nota en la sencillez y en las manifestaciones de las clásicas artes. Se trata de ir del esplendor a la raíz y de la raíz al arrebatamiento en una espiral gozosa.

«Ser arrebatado» es origen del cristianismo

“Arrebatar y extasiar es virtud exclusiva de lo que tiene forma; sólo a través de la forma puede verse el relámpago de la belleza eterna. Hay momentos especiales en que la luz se abre paso, el espíritu centellea a irradian la forma exterior –del modo y la medida en que se realiza esto depende si se trata de la belleza “sensible” o “espiritual”, del encanto o dignidad-; pero, en todo caso, sin la forma el hombre no puede ser arrebatado ni caer en éxtasis. Pues bien, el ser arrebatado es el origen del cristianismo. Los apóstoles son arrebatados por aquello que ven, oyen y palpan, por aquello que se revela en la forma; Juan (sobre todo, pero también los demás) describe continuamente cómo en el encuentro, en el diálogo, se destaca la forma de Jesús y se dibujan sus contornos de manera inconfundible, y cómo de repente, de un modo indescriptible, surge el rayo de lo incondicionado y derriba al hombre, haciéndole caer postrado en adoración, transformándolo en un creyente y seguidor de Cristo. Este “abandonarlo todo para seguirle” sería una pusilánime huída del mundo si no se produjese con aquel entusiasmo loco que conoció Platón a su manera y que también conoce todo aquel que, gustosa y despreocupadamente, está dispuesto a enloquecer por amor a la belleza. ¿Acaso podríamos entender algo de la vida de Pablo si no le concediéramos que, en el camino de Damasco, contempló la suprema belleza, como la contemplaron los profetas en las visiones con las que fueron llamados, y que por eso lo vendió todo, toda la sabiduría mundana y divina, todo privilegio en el pueblo santo, para comprar la perla única, realizar gozosamente su servicio como “pobre de Yavhé”? Unos y otros, los entusiastas de la belleza natural y los extasiados por la belleza cristiana, han de aparecer necesariamente ante el mundo como insensatos, y el mundo intentará explicar su estado apelando a leyes psicológicas, cuando no fisiológicas (Hechos 2,13). Pero ellos saben lo que han visto y no se preocupan lo más mínimo por lo que dicen los hombres. Sufren por amor a ella y su com-padecer queda ampliamente compensado por su ser enardecidos por la suprema belleza, coronada de espinas y crucificada”[4]

Ciertamente la belleza tiene más fuerza de transformación que la metafísca y la ética, aunque las supone. El arte vivo no se reduce a las formas llamadas artísticas, sino que sobre todo se da en la vida, en vidas santas, bellas, proféticas, en la sencillez.. “Lo bello lleva en sí una evidencia que salta inmediatamente a la vista”[5]. La pregunta es: “¿tenemos una razón objetiva para limitar lo bello a la esfera de las relaciones intramundanas entre “materia” y “forma”, entre “lo que se manifiesta y su manifestación”, así como a los estados anímicos de la imaginación y la sensibilidad requeridos en cualquier caso para la percepción y la formación de tales percepciones? ¿O podemos acercarnos a lo bello como a una de las propiedades transcendentales del ser y por consiguiente, atribuirle la misma extensión y una forma intrínsecamente análoga a lo uno, lo verdadero y lo bueno”[6]. Yo así lo afirmo y conmigo los Padres de la Iglesia. La belleza está fuera (es transcendente) y dentro (es inmanente como lo es Dios con el hombre). San Agustín lo expresa maravillosamente en un texto que se ha hecho antológico: “ ¡Tarde te amé, Belleza, tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de Ti aquellas cosas que, si no estuviesen en Ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de Ti, y ahora siento hambre y sed de Ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de Ti”[7]. Captar la belleza es sintonizar con la irradiación de lo que es bello porque es armonía perfecta que atrae el corazón. Kansdinski dice que el color es un dardo que llega al alma. En el arte oriental ortodoxo, tan dado a la transcendencia, se concretan estos significados .El padre Spidlik explicó que en el icono, por ejemplo, «el color no es algo casual, sino que tiene su propio lenguaje: el rojo es la divinidad; el azul, la humanidad; el blanco de la luz, en la tradición oriental, nace de dentro, es la luz espiritual que ilumina al mundo, es la luz divina que pone de manifiesto la realidad». En el icono no hay sombras

Recordemos que Kant, en su Estética Trascendental, establecerá la distinción entre lo bello y lo sublime, distinción que Nietzsche configurará en Apolo como símbolo de lo bello, y Dioniso como símbolo de lo sublime. Este intento de estética desde el hombre sin Dios tendrá frutos amargos de disolución estética y ética; aunque en un primer momento se revista de erudición comentando lo que han realizado los artistas pasados, pero al pasar a la generación de nuevos artistas se descubre el vacío o los excesos para escandalizar en groserías y roturas, que sólo escandalizarán al que quiere ser escandalizado.

San Juan de la Cruz, por vía de experiencia y de arte que no quiere ser espectáculo, habla mucho de la hermosura -un centenar de veces en sus escritos-, sabe bien que la hermosura es un trascendental del Ser, pero lo personaliza en Cristo, que es la hermosura del Padre (Cántico 36 y 37). Nadie llega al Padre sino a través de la hermosura del Hijo. De Él la reciben las demás criaturas. “La palabra condescendencia divina expresa la bajada de Dios hasta tomar la naturaleza humana y la pedagogía divina: llevar al hombre al modo de hombre, respetando su naturaleza y su libertad, incluso cuando el hombre obra de modo dañoso. Para hacerlo suavemente, Dios comienza de los sentidos y va así llevando al alma al modo de ella hasta la sabiduría espiritual, que no cae en sentido. Avanza de grado en grado partiendo de las cosas exteriores, palpables y acomodadas al sentido. Así trae al hombre a la perfección del amor, que es unirlo, juntarlo, igualarlo y asimilarlo a la cosa amada”[8]. En la situación del hombre histórico el arte es en gran parte dramático, no trágico al modo fatal de los griegos. La literatura lo refleja en multitud de ocasiones, pero también todas las artes. Es el drama entre la libertad infinita y una libertad auténtica, pero finita, la del hombre.

En ocasiones los hombres se sienten como hipnotizados por feísmos, crueldades, groserías, mal gusto. No es que estas cosas o acciones sean atractivas, sino que el interior de la persona está corrompida, o artistas hábiles han deformado algunas formas de expresión positivas para engañar con máscaras el verdadero rostro de fealdad que no es algo en sí, sino una privación de belleza, quizá por maldad [9]. Por ejemplo mientras se escenifica una relación incestuosa llena de sentimiento, acompañarla de una música melodiosa y agradable, no avisadora de estropicios y maldades. Así actúa algún músico amoral, como Wagner en alguna ocasión. Sin saberlo es el Dionisos de Nietzsche el inspirador de su llamado arte. Dioniso, será la divinidad que para Nietzsche significará, el ardor vital, la exaltada pasión, el arrebatador éxtasis y la placentera voluptuosidad. Cuando Nietzsche vislumbra por primera vez, hacia 1871, su concepción dionisíaca del arte y de la vida, descubre en sus contenidos simbólicos, la verdadera concepción para interpretar la vida como voluntad de afirmación, como poder de crecimiento, a través de ese dios, que en la época de los romanos se le identificará con Baco, el dios del vino y la vid, el dios del desatado frenesí y del más exaltado delirio místico. En la significación simbólica de los misterios dionisíacos, como ya hicieron los griegos en su época de esplendor. Como señala Pifarré: “Nietzsche dice que el hombre dionisíaco no sólo se complace con el espectáculo de lo terrible, del lujo de la destrucción. La maldad, la locura, la fealdad le parecen admisibles por aquella superabundancia que es capaz de trocar un desierto en fértil comarca" (Gaya ciencia).

Algunos años más tarde, volverá a justificar Nietzsche, la licitud amoral del arte dionisíaco, que le permite enaltecer estéticamente cualquier aspecto de la realidad, por perversa y absurda que sea, siempre que se inspire bajo sus cánones artísticos: "El dios dionisíaco, el más pletórico de vida, puede permitirse hasta la acción más pavorosa y cualquier lujo de destrucción y negación; en él, lo malo, absurdo y feo aparece en cierto modo lícito". En La Voluntad de Poder, vuelve a reflexionar sobre la asunción del espíritu dionisíaco, de todo lo que es hermoso y terrible, para destilarlo en sus insondables entrañas y convertirlo en fecunda pasión de inspiración creativa: "Con la palabra dionisíaco se expresa un impulso hacia la unidad, la gran comunidad panteísta del gozar y del sufrir, que aprueba y santifica hasta las más terribles y enigmáticas propiedades de la vida; la eterna voluntad de creación, de fecundidad, de retorno, el sentimiento de la única necesidad del crear y destruir" “[10]. También en el mundo consumista se dan estas actitudes: “la belleza desinteresada, sin la cual no sabía entenderse a sí mismo el mundo antiguo, pero que se ha desprendido sigilosamente y de puntillas del mundo moderno de los intereses, abandonándolo a su avidez y a su tristeza”[11].

Lejos de ese arte destructivo, debemos distinguir entre la percepción de la belleza y su irradiación. La percepción depende de la sensibilidad, la educación, la vida moral, es decir, del estado subjetivo del individuo y de su entorno cultural. Pero la percepción no marca la belleza y la hermosura, puede ser su altavoz o puede destrozarla. La belleza no existe en sí misma más que como una irradiación del Ser perfecto, que pasando ante las cosas, vestidas las dejó de su hermosura [12]. Pasar de las cosas bellas a la Belleza original es tarea humana en proceso de dignificación. No se puede reducir el progreso hacia el amor unitivo a la vida moral irrenunciable, sino que conviene añadir la estética que lleva a la ética y a la unificación amante. La experiencia histórica muestra que no basta la intención para ser artista o para gustar de la Belleza. Las grandes obras de arte son de raíz religiosa que permite experiencias casi directas con el origen de lo bello en mil formas humanas. Dámaso Alonso lo expresa así: “Toda poesía es religiosa. Buscará unas veces a Dios en la Belleza. Llegará a lo mínimo, a las delicias sutiles, hasta el juego, acaso. Se volverá otras veces, con íntimo desgarrón, hacia el centro humeante del misterio, llegará incluso a la blasfemia. No importa. Si trata de reflejar el mundo, imita la creadora actividad. Cuando lo canta con humilde asombro, bendice la mano del Padre. Si se revuelve, iracunda, reconoce la opresión de la poderosa presencia. Si se vierte hacia las grandes incógnitas que fustigan el corazón del hombre, a la puerta llama. Así va la poesía de todos los tiempos a la busca de Dios” [13]. Si esto ocurre en la duda y en la búsqueda, el esplendor del encuentro, la posesión, de la intimidad que se desvela y se oculta en su infinita belleza llega a expresiones insuperables como las de San Juan de la Cruz.

Existe la belleza moral, la atracción de la sencillez, de la heroicidad, de la fuerza interior, de la inteligencia que ve y sirve, de ocultarse y desaparecer, para que las obras buenas sean vistas sólo ante Dios lejos de vacías honras. Y están las clásicas artes (música, escultura, pintura, arquitectura, poesía, literatura, teatro, cine que es una forma muy artificiosa de teatro). Entre ellas destaca la música que a través del sentido externo más perfecto –el oído- llega al interior, al hombre con una hondura que puede estremecerle de emoción, de entusiasmo, de tristeza, de gozo, tocando al ser humano en lo más íntimo. Esto quizá sea así por la estructura matemática de la creación. La armonía tiene una razón matemática como la cuaterna armónica y otras combinaciones, más o menos intuitivas o pensadas, en el artista. Llama la atención que el mundo es un cosmos, no un caos, es algo ordenado hasta su más íntima estructura. Dios es sabio, no caprichoso. Así podemos admirar la belleza de los fractales, la sorpresa de los hologramas, algunos números que se repiten y sin ellos no se puede explicar el mundo material, como la constante de Planck, el número e, pi. Lo más íntimo de la materia no es algo que se ve y se toca, ni siquiera con instrumentos, sino algo que se explica con matemáticas y queda en su incógnito ser real. Pascal consigue dominar con las probabilidades un poco el caos, Prigogine y otros dominan más lo que se llamaba caos a otro nivel. La matemática, aunque no sea ciencia exacta, pues necesita hipótesis axiomáticas como el teorema de Goddel, permite llegar a honduras de intimidad material. Y también a honduras psicológicas que son la base de la buena música. Dios mismo no es matemática, pero su belleza no es caótica ni arbitraria, es lógica, es inteligentísima, sabia en todos los modos como podemos captarla; y, desde luego, es matemática. Pretender oponer la belleza armónica a la fuerza interna –Apolo y Dionisos- es un acto voluntario lejano a la realidad humana.

Sirva el ejemplo de Antonio Gaudí –el arquitecto de Dios en proceso de beatificación cristiano- quiere volver a lo original, pero no en sentido de ser distinto de todos, cueste lo que cueste, para tener fama, eso no le importa nada. Ni en el sentido de escandalizar al pequeño burgués, ni mucho menos para enriquecerse o ser famoso. Quiere volver al origen y lo encuentra en la creación, en la naturaleza, en la Creación conocida como creyente. El arte en Occidente está lleno de racionalización en todas sus formas –es el genio de la cultura grecolatina- y un oriental encuentra dificultad para entenderla. En cambio –aparte de las medidas de marketing- conecta indudablemente con el arte de Gaudí, porque viven en una cultura menos racionalizada, sólo copian la técnica de Occidente como algo útil; pero la cultura de lo bello en el origen natural les llena de vibraciones interiores. Así se ve en el ikebana, en las formas chinas, hasta en la escritura, incluso en la música que suele ser monótona, como suele ser lo natural, casi siempre, y la lengua es tonal, para sorpresa de un occidental, mientras que en África, el swahili también lo es Los mismos rusos - punto de unión entre ambos mundos - tiene como medio privilegiado de expresión no la filosofía, sino la literatura. El arte es necesario en el hombre porque en el acto de ser personal está el pulchrum participado de la Belleza divina que asombra y entusiasma, en el sentido griego de la palabra: “estar lleno de Dios” ante la irradiación del Pulchrum divino bien humanizado.

Otro ejemplo es el de Chillida que pretende llegar con un entusiasmo artístico a la riqueza de la materia, en formas sorprendentes, como el peine de los vientos en la playa de Donosti, y subyace invisible una noción de Dios, quizá Trinitario, pues lo ve un ser artístico que surge de su alma cristiana, aunque no lo estudie teológicamente como hizo Gaudí que encuentra simbolismos de lo más explícitos.

Existen creaciones como el famoso “Blanco sobre blanco” que conduce a la transcendencia más allá del realismo demasiado explícito. El románico también tiene una influencia neoplatónica de evocar al Dios que está más allá, con los juegos de luces, las pinturas semi simbólicas, los olores, las músicas. El arte oriental cristiano es riquísimo en este aspecto. Otros como el Barroco se recrean en lo plástico que hasta se sale de su marco natural. Se ve todo, pero aún así, muestra lo que no se ve en rostros, colores, formas hiperrealistas.

La poesía es privilegiada en cuanto a lo artístico como expresión del Logos y de la experiencia interior a través de metáforas, ritmos, rimas y expresiones sugerentes. Es creativa, aunque admita poco la mediocridad, y los grandes poetas forman el alma de los pueblos a través de la primera elaboración humana, que es el lenguaje. La novela encuentra matices de la persona más ricos que la realidad de la mayoría de las personas que viven en mundos interiores o exteriores mediocres y sin brillo. El teatro debería ser educador por el mismo motivo, aunque sea utilizada la técnica, no la belleza, ni el arte, para embrutecer a muchos que quieren ser embrutecidos en una vida de evasión en mundos artificiales tan lejanos a su pobreza interior. Esto ocurre con más fuerza aún en el cine –verdadero séptimo arte- que utilizado por artistas que, si saben ver genialmente la belleza, pueden alcanzar cotas mayores que otras artes al aunar todos los sentidos externos e internos, el pensamiento, el querer y el afecto. Los muchos escándalos producidos no desdicen de lo que afirmo, aunque revelan enfermedades del hombre sin recursos por pequeñez de su desarrollo humano.

Stefan Zweig narran así el misterio del artista: “entre los numerosos enigmas del mundo, el más profundo e inexpugnable sigue siendo el misterio de la creación. En este ámbito la naturaleza no se deja subyugar: jamás revelará ese ingenio supremo que da origen al mundo, que permite que nazca una flor, una poesía o un hombre. Despiadada e indiferente ha corrido el velo. Ni siquiera el poeta, ni el músico, podrán explicar el instante de su inspiración. Una vez concluida la creación, el artista ignora por completo su origen, desarrollo y evolución. Nunca, o casi nunca, es capaz de explicar cómo las palabras, al elevar su sentido, se han unido en una estrofa, como unos sonidos aislados han engendrado melodías que luego resuenan durante siglos. Lo único que puede brindarnos una idea de ese proceso incomprensible de creación son las páginas manuscritas, sobre todo las no destinadas a la imprenta, los primeros borradores aún inciertos y sembrados de correcciones a partir de las cuales se va cristalizando poco a poco la futura forma definitiva”[14]. En cuanto a la reacción del artista es muy claro lo que dice, aunque aplique a la ciega naturaleza una luz que no posee, ni mucho menos, sino que está en lo íntimo de la persona. Un animal nunca canta, ni hace poesías, ni pinta, ni realiza ninguna creación; el canto del ruiseñor es repetitivo y fruto del instinto aunque suene agradable al oído humano . La creatividad es una irradiación del Creador en el hombre que puede ser sensible a ella.

El fondo trinitario de la persona lleva más lejos. De un lado posee algo de la emoción del eterno engendrar un Hijo perfecto igual al Padre. De otro que ese Hijo sea el Modelo y ejemplo dela Creación ad extra en su plenitud de Verdad y Belleza. En tercer lugar está en la intimidad en el hombre del éxtasis del Espíritu ante la generación del Hijo por el Padre. Esta intimidad eterna se puede expresar con todos los saberes humanos, pero quizá las palabras que la exprese mejor sea emoción, entusiasmo, éxtasis, porque se conjugan con perfección los trascendentales del Ser que son también las grandes aspiraciones humanas: Amor, Verdad, Unidad, Bondad, Belleza. “¡Naturalmente, instintivamente, el hombre tiende a evocar a Dios cuando la belleza inesperada o intensa le arranca del embotamiento cotidiano! "¡Dios mío! Cuánta belleza...", exclama el poeta (Castro Alves, Sub tegmine fagi) y con él -consciente o inconscientemente- todos los artistas han vibrado y creado. En la tradición occidental ya Píndaro, en su grandioso "Himno a Zeus" había revelado que la belleza artística, las musas, son el remedio que Zeus concedió para superar el embotamiento del hombre, olvidado del origen divino del mundo e inmerso en su visión rutinaria.

Las relaciones entre Dios, la belleza y el arte han sido recientemente (1999) retomadas por Juan Pablo II en su "Carta a los Artistas", riquísima también en reflexiones filosóficas. Ya en la primera línea, una dedicatoria, califica la obra de arte de "epifanía", manifestación, por la belleza, de Dios. Empieza hablando de la creación artística -y no se trata de arte sacro- como participación de lo divino: "(vosotros, artistas), atraídos por el asombro del ancestral poder de los sonidos y de las palabras, de los colores y de las formas, habéis admirado la obra de vuestra inspiración, descubriendo en ella como la resonancia de aquel misterio de la creación a la que Dios, único creador de todas las cosas, ha querido en cierto modo asociaros". Y después de evocar un sugestivo hecho de la lengua polaca: "La página inicial de la Biblia nos presenta a Dios casi como el modelo ejemplar de cada persona que produce una obra: en el hombre artífice se refleja su imagen de Creador. Esta relación se pone en evidencia en la lengua polaca, gracias al parecido en el léxico entre las palabras stwóeca (creador) y twórcam (artífice)", concluye: "Dios ha llamado al hombre a la existencia, transmitiéndole la tarea de ser artífice. En la «creación artística» el hombre se revela más que nunca «imagen de Dios» y lleva a cabo esta tarea ante todo plasmando la estupenda «materia» de la propia humanidad y, después, ejerciendo un dominio creativo sobre el universo que le rodea. El Artista divino, con admirable condescendencia, trasmite al artista humano un destello de su sabiduría trascendente, llamándolo a compartir su potencia creadora. Obviamente, es una participación que deja intacta la distancia infinita entre el Creador y la criatura, como señalaba el Cardenal Nicolás de Cusa: «El arte creador, que el alma tiene la suerte de alojar, no se identifica con aquel arte por esencia que es Dios, sino que es solamente una comunicación y una participación del mismo».

Participación, que es asimismo participación en el bien y en el ser. En ese sentido, Juan Pablo II establece también la proximidad entre bondad y belleza: «Al notar que lo que había creado era bueno, Dios vio también que era bello. La relación entre bueno y bello suscita sugestivas reflexiones. La belleza es en un cierto sentido la expresión visible del bien, así como el bien es la condición metafísica de la belleza. Lo habían comprendido acertadamente los griegos que, uniendo los dos conceptos, acuñaron una palabra que comprende a ambos: kalokagathia, es decir belleza-bondad». A este respecto escribe Platón: "La potencia del Bien se ha refugiado en la naturaleza de lo Bello"».

Lejos están estas afirmaciones de lo que dice Nietzsche: «El arte sumergido en la inspiración dionisíaca, adquiere la categoría suprema del conocimiento y el rango superior de la existencia, puesto que el arte es la verdad misma de las cosas, en cuanto que por su divinidad es superior a la misma verdad». Esta es la inquietante tesis que aparece en El Crepúsculo de los Ídolos: «Algo más fuerte que el pesimismo, más divino que la verdad: esto es, el Arte... el arte tiene más valor que la verdad», o más aún «El arte es la auténtica misión de la vida, el arte es la actividad metafísica de la vida»[15]


Juan Pablo II después de relacionar Bien y Belleza inseparablemente, añade «Queridos artistas, sabéis muy bien que hay muchos estímulos, interiores y exteriores, que pueden inspirar vuestro talento. No obstante, en toda inspiración auténtica hay una cierta vibración de aquel "soplo" con el que el Espíritu creador impregnaba desde el principio la obra de la creación. Presidiendo sobre las misteriosas leyes que gobiernan el universo, el soplo divino del Espíritu creador se encuentra con el genio del hombre, impulsando su capacidad creativa. Lo alcanza con una especie de iluminación interior, que une al mismo tiempo la tendencia al bien y a lo bello, despertando en él las energías de la mente y del corazón, y haciéndolo así apto para concebir la idea y darle forma en la obra de arte. Se habla justamente entonces, si bien de manera análoga, de «momentos de gracia», porque el ser humano es capaz de tener una cierta experiencia del Absoluto que le transciende».[16] Aquí se ve la tendencia hacia arriba que el Arte puede ejercer en el hombre, contraria a la tendencia hacia abajo, siempre posible y defendida por el arte dionisíaco, si se le pudiese llamar arte por utilizar sus técnicas, no su espíritu.

Al hombre artista se le llama creador. Pero en realidad la belleza es original en Dios –único Creador- y participada en el hombre –concreador-. Surge la belleza del hombre en cuanto es persona y “alguien ante Dios”, alguien que en su interior tiene la presencia trinitaria de Dios y sabe encontrar el modo de expresarlo exteriormente. Por ello la belleza es creación y admiración. Dios es la Belleza. El artista –todo hombre en cierto modo lo es- la descubre y la expresa, pero el encuentro con la belleza despierta la admiración, el asombro, el éxtasis, el gozo, el amor. Lo sublime no es ya fruto humano del genio, sino descubrimiento, unión del reflejo divino que el hombre es capaz de captar o expresar elevándose. Lejos está la Belleza de la Técnica, pues es Arte. Es doloroso oír que una novela, una película que reflejan un mundo sórdido se la alabe diciendo que está técnicamente bien hecha. Conviene desenmascarar mucho engaño y bombo mutuo, cuando no miradas demasiado impresionables o desgastadas.

El cardenal Ratzinger constata que «hoy día el mensaje de la belleza es puesto en duda por el poder de la mentira, que se sirve de varios estratagemas. Uno de estos es el de promover una belleza que no despierta la nostalgia de lo inefable, sino que más bien promueve la voluntad de posesión. ¿Quién no reconocería, por ejemplo, en la publicidad esas imágenes que con extraordinaria habilidad están pensadas para tentar irresistiblemente al hombre a apropiarse de algo y a buscar la satisfacción del momento?». Ratzinger constata que el arte cristiano se encuentra hoy entre dos fuegos: «debe oponerse al culto de lo feo, según el cual toda belleza es un engaño, y tiene que enfrentarse a la belleza mendaz que hace al hombre más pequeño». Dostoievski proclama «la belleza nos salvará» refiriéndose a la belleza redentora de Jesucristo.

Esta afirmación de la belleza de Cristo va más allá de una imagen ideal adaptada al ideal platónico o renacentista, sino que va al corazón del arte no celestial, sino en el mundo histórico que vivimos. «Quien cree en el Dios que se manifestó precisamente en las semblanzas de Cristo crucificado como "amor hasta el final" sabe que la belleza es verdad y que la verdad es belleza, pero en el Cristo que sufre aprende también que la belleza de la verdad comprende la ofensa, el dolor, y el oscuro misterio de la muerte». De este modo, sabe que la belleza «sólo puede ser encontrada en la aceptación del dolor y no en ignorarlo». «En todas las atrocidades de la historia --escribe el cardenal--, un concepto meramente armonioso de la belleza no es suficiente». «De hecho, en la pasión de Cristo la estética griega --tan digna de admiración-- es superada --aclara--. Desde entonces, la experiencia de la belleza ha recibido una nueva profundidad y un nuevo realismo. Quien es la belleza misma se ha dejado golpear el rostro, escupir a la cara, coronar de espinas --la Sábana Santa de Turín puede hacernos imaginar todo esto de manera impactante--», constata. Pero precisamente en este rostro tan desfigurado aparece la auténtica belleza: la belleza del amor que llega "hasta el final" y que se revela más fuerte que la mentira y la violencia. Tenemos que aprender a verlo --concluye Ratzinger--, si somos golpeados por el dardo de su paradójica belleza, entonces le conoceremos verdaderamente»[17].

Vale la pena citar las obras de arte reconocidas por todos para ver la gran influencia entre religión y belleza: Dante, San Juan de la Cruz, Dostoievski, Murillo, el Greco, Calderón de la Barca, Shakespeare, Manzoni, Bach, Palestrina, Vivaldi y muchísimos miles más. Bien se puede decir que un pueblo vale lo que vale su arte, y su arte vale lo que sea su experiencia del Dios vivo.



[1] Von Balthasar. Gloria. I, ed. Encuentro. 1985, p. 22

[2] ibid. p.23.

[3] ibid. p. 16.

[4] Von Balthasar. Gloria I ed Encuentro Madrid 1985, p. 34-35.

[5] ibid. p.38.

[6] ibid. p. 39.

[7] San Agustín, Confesiones, Libro 7,18.

[8] San Juan de la Cruz, Subida...II,17,2-3-4-5; Noche... II, 13,9 cit en Melquíades Andrés, San Juan de la Cruz. Maestro de espiritualidad, Ed Temas de hoy, creencias 1996, p. 85.

[9] Sirva un ejemplo entre mil. Una crítica de cine del año 2002 trata de un asesinato por venganza del violador de su novia. Dice el crítico: el director consigue que la historia de amor sea trágicamente emotiva porque conocemos su doloroso final y aquí (no en escenas como el bar gai o el asesinato a golpes de extintor) radica la crudeza del film: nos explica sin medias tintas que no somos nada y que el destino de nuestra felicidad es desaparecer engullida por la propia violencia y el inexorable paso del tiempo. Realmente se puede pensar en la mente del director y la de los espectadores que quieran ver belleza ante este espectáculo, eso sí con una violación a tiempo real. Esto es morbosidad no belleza.

[10] Lluis Pifarré, Nietzsche, en www.arvo.net.

[11] Von Balthasar o.c. p. 22.

[12] San Juan de la Cruz.

[13] cit en . J Ayllón , Dios y los náufragos p. 19. Ed Belacqua. Barcelona 2002.

[14] Stefan Zwelg, El mundo de ayer. Ed- El acantilado. 2001. p. 440.

[15] Lluis Pifarré o.c.

[16] Luiz Jean Lauand, Dios, la belleza y el arte, Artículo en Arvo Net (www.arvo.net) 15.VII.2002.

[17] J. Ratzinger, Conferencia en Rimini al encuentro de Comunión y Liberación, agosto 2002, tomado de Zenit.

*Doctor en Teología

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Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

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26/06/2005 ir arriba
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