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11. LA INSPIRACIÓN COMO REVELACIÓN
(Consideraciones Finales)
El estado de ardiente exaltación y de fogosa embriaguez
dionisíaca, fue acrecentándose en Nietzsche en los últimos años de su producción creativa, hasta llegar a su máximo paroxismo en el último año de su lucidez mental. En las obras escritas en este período, dedica una serie de reflexiones con la intención de dilucidar cuáles son las fuentes y el origen de la inspiración artística, y cuál es su auténtico significado. En esta fase de su vida, de intensa tensionalidad afectiva y anímica, sostendrá, dando un giro radical a lo que había escrito en su fase apolínea, que la inspiración artística, ya no depende tanto del esfuerzo cotidiano, de una tenaz laboriosidad o de una voluntaria decisión personal, sino que es algo dado "a priori", algo que está determinado de antemano por el destino y la necesidad misma de la voluntad de poder.
Será en Ecce Homo, en el apartado "Así habló Zaratustra", el lugar preferente, donde Nietzsche nos expondrá sin reservas, la interpretación dionisíaca de su propia inspiración, de aquel tipo de sublime y repentina inspiración, que "de golpe" y de forma inesperada, se le reveló bajo una nueva luz profética, y que le permitió penetrar el sentido más hondo del futuro de la humanidad. De esta iluminación surgieron sus más temibles y peligrosas teorías, como la teoría del superhombre, la de la "transvaloración de los valores", y el misterioso y telúrico principio del "eterno retorno". En el apartado anteriormente citado, aparece un sobrecogedor comentario sobre las características y las terribles consecuencias de esta insólita inspiración, que impresiona por su patológica clarividencia y por la misteriosa fuerza poética que emana del mismo. Nietzsche inicia este singular párrafo haciendo una retadora y audaz pregunta: "¿Tiene alguien, a finales del siglo XIX, un concepto claro de lo que los poetas de épocas poderosas denominaron "inspiración?". Lanzada la arrogante pregunta y sin esperar contestación, el pensador alemán se considerará como el único individuo, el único artista, que está en condiciones de responderla: "En caso contrario voy a describirlo".
Efectivamente, con manifiesta ansiedad en el manejo de su pluma, pero con llamativa lucidez y discernimiento, Nietzsche nos describe las notas más excelsas y las sensaciones más íntimas y profundas de esta sublime inspiración, equivalente a una especie de revelación divina, capaz de sacudir y transtornar con sudorosos temblores el entero organismo del sujeto: "El concepto de revelación, comenta en este párrafo de Ecce Homo, en el sentido de que de repente, con indecible seguridad y finura, se deja "ver", se deja oír algo, algo que le conmueve y trastorna a uno en lo más hondo, describe sencillamente la realidad de los hechos".
En este estado de enajenación, de embelesamiento, todas las potencias sensitivas se intensifican al nivel de un verdadero delirio alucinatorio. Todo se desencadena, arrastrado por la impecable necesidad de la voluntad del destino, que vuelca sin exigir nada a cambio, su radiante claridad en la inteligencia transtornada y deshinibida del artista, que sobrecogido por la impetuosidad de sus excelsas visiones, queda totalmente fuera de sí, con toda su conciencia estremecida, en un místico éxtasis dionisíaco: "Se toma, no se pregunta quién es el que da; como un rayo refulge un pensamiento con necesidad, sin vacilación en la forma, yo no he tenido jamás que elegir". Un éxtasis cuya enorme tensión se desata a veces en un torrente de lágrimas, un éxtasis en el cual unas veces el paso se precipita y otras se torna lento; un completo estar fuera de sí, con la clarísima consciencia de un sínnumero de delicados temores y estremecimientos que llegan hasta los dedos de los pies".
Arrebatado por la sobreabundante luz de la inspiración, por la violencia de su irrupción, el artista se ve invadido de ideas desconocidas y sobrecogedoras, y pletórico de gozo y de entusiasmo, absorbe y destila dentro de sí, como filtro purificador, las realidades más crueles, contradictorias, lúgubres y siniestras, fundidas en el inmenso mar de felicidad que se apodera de su ser, en la sinfonía de infinitos colores que tal prodigalidad de luz proporciona, y tal agolpamiento de intensas y descontroladas sensaciones, desembocan en un torrente interior de ardientes y poéticas palabras que intentan sin conseguirlo, balbucear el sentimiento de una nueva y eterna libertad: "Un abismo de felicidad, en que lo más doloroso y sombrío no actúa como antítesis, sino como algo condicionado, exigido, como un color necesario en medio de tal sobreabundancia de luz;....Todo acontece de manera sumamente involuntaria, pero como una tormenta de sentimiento de libertad, de incondicionalidad, de poder, de divinidad....Aquí se me abren de golpe todas las palabras y los armarios de palabras del ser: todo quiere hacerse aquí palabra, todo devenir quiere aprender a hablar de mí. Esta es mi experiencia de la inspiración". Al final de este párrafo del Ecce Homo, Nietzsche con altanero engreimiento, concluirá afirmando que la trascendental inspiración que ha experimentado, es tan inédita y de naturaleza tan elevada y desconocida, que ningún artista de los últimos siglos ha tenido la fortuna de ser arrebatado por ella: "No tengo duda de que es preciso remontarse milenios atrás para encontrar a alguien que tenga derecho a decir "es también la mía" (95).
En tal estado de lírica exaltación por tanta luz recibida, por tantas dávidas aceptadas, Nietzsche meditará en el silencio de su solitario aislamiento, lo mucho que le queda por dar, lo mucho que todavía puede ofrecer y regalar, pues dentro de sí siente la sobrecarga de un desbordante caudal creativo, de un inmenso depósito de pensamientos, tan grandes y desmesurados, que todavía no ha sido capaz de extraerlos y labrarlos en sus incomprendidos escritos. A C. von Gersdorff, le expresa desde Sils-María esta gravosa pesadumbre: "¡Ah, lo que todavía se oculta en mí, luchando por hallar la palabra formal! No existe lugar lo bastante silencioso, elevado y solitario para que no pueda escuchar mis voces más íntimas". (96). Poco tiempo después, escribe a Overbeck, para hacerle hincapié de la enorme responsabilidad que pesa sobre él, de la necesidad de seguir viviendo, de tener el tiempo suficiente para plasmar en formas artísticas sus perennes sufrimientos, y poder comunicar a la humanidad todas las graves y peligrosas implicaciones de sus turbadoras doctrinas de tanta consecuencias en el futuro: "Tengo un objetivo por el que necesito seguir viviendo y por el que tengo que dar fin a las cosas dolorosas" (97).
Este doloroso sentimiento interior sobre el terrible peso de su trascendental tarea, se irá incrementando en los últimos meses que todavía le quedaban de lucidez mental. Con tonos ciertamente apocalípticos, Nietzsche considerará que sus revelaciones sobre el "superhombre", la "transvaloración de los valores", y el "eterno retorno", esculpidas para siempre en sus obras, partirán la humanidad y la historia en dos abismales mitades que cambiarán la cuenta y el signo del tiempo, el sentido del arte y el concepto de la vieja moral, nacidos en las decrépitos manantiales de la enferma cultura occidental. En Febrero de 1886, le escribe a Paul Deussen, respecto de las terribles consecuencias de sus "teorías": "Tengo la fuerza suficiente para cambiar la cuenta del tiempo. No hay nada que esté ahora en pie, que no caiga. Yo soy dinamita, más bien que hombre" (98). Dos años después, le vuelve a escribir a Deussen, informándole de sus dos últimos libros recién publicados: Nietzsche contra Wagner, y el Crepúsculo de los Ídolos: "Ambas obras, son una pausa en medio de una tarea inconmensurablemente difícil y decisiva que, si llega a comprenderse, partirá la humanidad en dos mitades" (99).
Un mes después, con parecidos términos, le comentará a Overbeck, la pronta publicación del El Anticristo, en el que rememorando una conocida expresión bíblica, le anuncia con amenazante solemnidad, que las reflexiones vertidas en él, provocarán el derrumbamiento de la cultura y la moral de occidente: hasta no quedar piedra sobre piedra. Una obra a la que considera como: "El primer libro de la transvaloración de todos los valores. Con el dirijo, como viejo artillero, el mayor de los cañones; me temo que mis disparos partirán en dos la historia... Con este libro puede comprobarse con sorpresa mi grado de heterodoxia que, de hecho no deja piedra sobre piedra" (100). El mismo tono y parecidas expresiones, usará al comentarle a Köselitz, la próxima aparición del Ecce Homo, en el que no desaprovecha la ocasión para volver a utilizar su apreciada metáfora de que no es un hombre, sino explosiva "dinamita": "El Ecce Homo partió anteayer para C.G. Naumann... Hasta tal punto excede la noción de "literatura" que, en realidad, no podría encontrarse un precedente ni en la misma naturaleza: literalmente "parte" en dos la historia de la humanidad- el máximo superlativo de "dinamita" (101). A este mismo amigo, que le fue tan fiel, le había escrito dos meses antes, comunicándole el enorme peso que gravitaba sobre su ser, al vislumbrar proféticamente el futuro de la humanidad: "A veces me miro la mano con cierta desconfianza, porque con ella tengo el destino de la humanidad" (102).
Declaraciones tan explosivas y patológicamente eufóricas, son escritas en los últimos días de su actividad consciente, y a pesar de ello, sabrá compaginarlas con agudas y finas observaciones estéticas, con delicadas ternuras poéticas que todavía latían dentro de sí, plasmándolas en sus últimas cartas y escritos, en los que ya se preludiaba su pronto e irremisible hundimiento. Así se comprueba en el último invierno transcurrido en el soleado litoral mediterráneo, al dirigirse por carta a R. von Seydlitz con juvenil alegría, al describirle las divergentes y suaves tonalidades cromáticas que irradiaban de la esplendorosa atmósfera que le rodeaba, y que ensanchaban su aliento espiritual: "Los días tienen aquí una belleza desvergonzada -nunca hemos tenido un auténtico invierno. ¡Y los colores de Niza...! me gustaría mandártelos. Todos los colores filtrados por un reluciente gris plateado; espirituales, colores rebosantes de espiritualidad; ni el menor vestigio de la brutalidad de los tonos fundamentales, algo impensable en el resto de Europa" (103)
Con el ánimo enternecido, y con parecidos tonos líricos de dulce ensoñación colorista, le explica a Köselitz, en Ecce Homo, el último libro que redacta, el primoroso escenario otoñal turinés, pletórico de sinfonía cromática, al que compara, mostrando un sutil olfato artístico, con los sugerentes paisajes coloristas del pintor C. Lorrain: "Aquí los días se siguen con inmutable esplendor y plenitud solar: el delicioso verdor de los árboles bañado en un amarillo ardiente, el tierno azul del cielo y del río, el aire de la mayor nitidez -un Claude Lorrain- como nunca soñé contemplar" (104).
El Ecce Homo será uno de los últimos testimonios del elevado sentido artístico de Nietzsche, de este filósofo, que a través de sus atrevidos y retadores escritos, pretendió revivir en la cultura moderna el sello perenne del sentido trágico de los artistas griegos y recuperar el sentido de sus mitos. Cuando Jacock Burckhardt a primeros de Enero de 1889, recibe, desde Turín, sendas cartas de Nietzsche, totalmente desconcertantes y desbaratadas, deducirá la terrible situación en la que debía hallarse su antiguo compañero de Universidad. Alarmado, acude junto con Overbeck, a la consulta del Dr. Wille, entonces director de la clínica psiquiátrica "Friedmatt" de Basilea, y éste confirmará, al examinar las cartas, el profundo desequilibrio psíquico de su autor.
Overbeck, acompañado de un enfermero del psiquiátrico, acude con urgencia a Turín, antes de que Nietzsche se perdiera irremisiblemente en algún oscuro hospital de Italia. Después de una laboriosa búsqueda por los barrios de Turín, lo encuentra en la modesta pensión del Sr. Fino, lugar donde residía. Al acceder en el interior de la casa, vio a Nietzsche sentado en la esquina de un sofá, con el cuerpo encogido, leyendo las últimas pruebas del Nietzsche contra Wagner. Al apercibirse de la presencia de Overbeck, lo acechó con la mirada perdida, pero al reconocerle se precipitó sobre él, y abrazándole con lágrimas en los ojos, empezó a gritar y a cantar. Seguidamente, fuera de sí, se puso a tocar el piano y a bailar y saltar, para caer hundido en el sofá en medio de temblorosas convulsiones, pronunciando extrañas y enigmáticas palabras. El filósofo, el artista Nietzsche, había entrado con esta aterradora escena, en el umbral definitivo de su hundimiento personal, hasta su fallecimiento en agosto del inicio del nuevo siglo, en la ciudad de Weimar, en casa de su hermana.
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95) Id., Ecce Homo, af. 3, del aptdo: Así habló Zaratustra. Las citas anteriores, también pertenecen a este apartado.
96).- Id., Correspondencia, carta a C. von Gersdorff, 28 junio 1883, p. 102.
97).- Ibidem, carta desde Sils-María, verano 1883.
98).- Ibidem, carta febrero 1886.
99).- Ibidem, carta desde Sils-María, septiembre 1888.
100).- Ibidem, carta desde Turín, 18 octubre 1888, p. 154.
101).- Ibidem, carta a Köselitz, 9 diciembre 1888.
102).- Ibidem, carta octubre 1888.
103).- Ibidem, carta a R. von Sydlitz desde Niza, 12 febrero 1888. En esta misma carta le dice: "No es imposible que yo sea el primer filósofo de la época; incluso es posible que sea algo más, algo de decisivo y de fatal colocado entre dos milenios"
104).- Ibidem, carta a Köselitz, octubre 1888. Claude Lorrain, pintor flamenco, conocido como Claude Gellée, basándose en el estudio del paisaje romano, intenta captar a través de las gamas cromáticas de sus cuadros, la atmósfera reinante que tenía ante sí, en el momento de pintar sus telas. Para ello, toma como pretexto determinadas escenas bíblicas que le sirven de referencia para sus objetivos artísticos. El título de sus cuadros son suficientemente ilustrativos en relación con sus intenciones pictóricas: La mañana (1667), El mediodía (1661), La tarde (1663), La noche (1672). En Ecce Homo, del aptdo: El crepúsculo de los ídolos, Nietzsche vuelve a referirse a las sensaciones del otoño turinés y las semejanzas que encuentra con los cuadros de este artista flamenco: "No he vivido un otoño semejante, ni tampoco he considerado nunca que algo así fuera posible en la tierra, un Claude Lorrain pensado hasta el infinito, cada día de una perfección idéntica e irrefrenable".
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